sábado, 1 de febrero de 2014

El mundo del fútbol llora la muerte de Luis Aragonés

(1938-2014)
Fue el encargado de destruir los fantasmas del pasado que perpetraban los malos augurios que socavaron durante años la suerte de la selección nacional en las competiciones de élite, el responsable directo de aquella Eurocopa de 2008 que fragmentó tópicos y maldiciones. Fue un sabio del fútbol, “El Sabio de Hortaleza”, un hombre hosco, al viejo estilo que entendía el juego más allá del discernimiento moderno. Siempre fiel a su imagen en los campos, pasaba de la fotogenia y el decoro de ese fútbol de escaparate mediático. Un genio ajeno a los nuevos tiempos que menoscababan el arquetipo brusco y meditado de una perspectiva inteligente como era la suya, centrado en lo fundamental y nunca en cuestiones epidérmicas. Tanto como jugador clásico como entrenador fuera de la norma.
Luis Aragonés era ceñudo, intratable e imprevisible y vivió el fútbol en las pequeñas distancias con sus jugadores, como debe ser. Su característica más controvertida fue la obstinación en decisiones reprochadas que siempre le dieron la razón a la larga, dejando claro que su discernimiento se asentaba en la deliberación meditaba. Y eso le convirtió en un entrenador modélico pese a sus formas, dejando grandes anécdotas, frases trufadas de palabras malsonantes e impertinencias, pero en definitiva, adjudicó un modelo táctico que servirá como legado de nostálgica eficacia en cualquier tiempo. Su herencia de fútbol de toque y su percepción de que el único líder dentro del campo es la colectividad simboliza esa nobleza de un deporte que ha perdido a uno de sus grandes iconos.
Descanse en paz “abuelo” y gracias por todo.