miércoles, 5 de febrero de 2014

Centenario de William S. Burroughs: La alucinógena visión de un genio

"La única ética posible es hacer lo que uno quiere"
(William S. Burroughs).
Congénere de Jack Kerouac, Gregory Corso o Allen Ginsberg, William Seward Burroughs fue uno de los máximos exponentes de la ‘Beat Generation’. Amante de las drogas fuertes y psicotrópicas, de las armas, de la subversión, de la rebeldía y del sarcasmo, el autor dejó una impronta de genialidad irrepetible, de personal estilo donde el viaje existencial necesitaba de los alcaloides para explicarlo, mediante sus desvaríos alucinógenos se acercó a la metamorfosis, homosexualidad, pesadillas, delirios poéticos y grandes dosis de perversión malintencionada. Existe un oscuro episodio biográfico de la vida del genio acontecido en México; mientras practicaba puntería a lo Guillermo Tell con una de sus pistolas de su colección privada, mató accidentalmente a su mujer. Se dice que salió indemne de tal terrible contrariedad gracias al dinero de su familia. Hoy Burroughs hubiera cumplido cien años.
En una de sus más representativas obras literarias, 'Yonqui', enfoca el mundo como una necesidad narcótica donde la praxis vital de esta tendencia adictiva es energía y conocimiento, advirtiendo que toda la simbología de toxicomanía acaba estructurándose como un lenguaje discursivo. ‘Yonqui’ sigue siendo hoy en día la mejor ficción que se ha publicado sobre la drogadicción, pero está lejos de lo que Burroughs establecería como creador literario tan corrosivo como trascendente.
El Burroughs trasgresor, destructor de las pautas académicas, revitalizador de los modos lingüísticos más marginales e inventor de términos de imposible coherencia, sin significado, pero de rotundidad verbal, hizo posible la creación de diversos lenguajes y dialectos marginales. La invención de códigos es ineludible a la hora de transmitir nuevas ideas, pero también de suscitar nuevas sensaciones. En ése sentido, muy cerca de las normas de los surrealistas, practicó con vehemencia la escritura automática o el ‘cut-up’ narrativo, seccionando un texto en varios fragmentos y recolocándolo aleatoriamente. Métodos de creación liberándose en los que dejar fluir sus obsesiones hacia un estilo sincopado. Era su forma de utilizar el lenguaje sin ningún condicionante, abrazando la filosofía o la obscenidad llevado por la psicodelia, el jazz, la literatura ‘underground’, el ‘pulp’ o el ‘be-bop’, elementos identificativos del ‘Beat’ que servirían de referencia y postulado para las nuevas generaciones apoyadas en el ‘punk’ y la querencia a quebrantar y violar cualquier precepto, ley o estatuto establecido.
Por supuesto, obras como ‘El almuerzo desnudo’, inspiración reconocida de artistas como David Lynch, Philippe Garrel y llevada a la gran pantalla por David Cronenberg, engarza la demencia onírica y barroca del autor con un lenguaje sexual de sugerente perversión, así como esa mezcla de realidad e imaginación llevada al extremo en la que la adicción a los opiáceos como enfermedad metabólica ejercen de médula dentro de una obra onírica, subversivamente evocadora, donde todos los elementos de la narración se liberan de los convencionalismos.
Su obra fue diversa, prolífica e irregular, pero a su vez reinventó en cada libro la genialidad del autor y el género que acometía; ‘The Soft Machine’, ‘El billete que explotó’, ‘Nova Express’, ‘Exterminador’, ‘Ciudades de la noche roja’, ‘El lugar de los caminos muertos’, ‘Queer’… Todas ellas han convertido a William S. Burroughs en un mito de la contracultura, pero lo que es más importante, en uno de los grandes genios innovadores de la novelística contemporánea.