lunes, 17 de febrero de 2014

Al filo de los 40...

Otro año más. Miras hacia atrás y ves un abismo desde esta edad. Todo lo que has pasado, todo lo que has vivido. Todo lo que soñaste ser y no has conseguido. Todo lo que sí tienes y te hace feliz todos los días de tu vida. Todo lo que está por llegar… 39 son muchos. O no... Al filo de esa edad tan cabrona que son los 40. Hasta que llega nunca lo hemos pensado. Pero... Los 40? ¿Y qué? En el albur de la veteranía, de un punto de no retorno, me sigo reconociendo en aquel niño que soñaba con seguir jugando siempre, en vivir el mundo como una aventura, en pensar que los problemas siguen siendo cosas de mayores, aunque cada día sean como un virus que intenta infectarme y contra el que parece que tengo el antídoto en el pensamiento infantil e inocente de que, por muy mal que vaya todo, siempre hay un motivo para sonreír. No hay motivo para sentirse mayor. Y no querer serlo. Un cumpleaños es un trámite absurdo.
Es el desprejuicio de la intrascendencia del tránsito del crecer, de escapar al pensamiento de cumplir años, uno tiene que afrontar ese día en el que vitalizar tu existencia con la experiencia, con la necesidad de saber que, por mucho que pasen los años, sientes que el tiempo es un aliado. Nunca un enemigo. Cuando necesitas reafirmar que la diversión en esta vida lo es todo, que la vitalidad reside en un pacto interior contigo mismo, cuando las ganas de vivir se traduce en disfrutar la vida como si fuera el último día. Cuando logras huir de todo ese rollo de que el ciclo vital está asociado a aspectos normativos y no-normativos que inciden en la persona (físicos, psicológicos y sociales) que te obligan a atender este trance de cumplir años para afrontar el natural proceso de envejecimiento, es que respondes a una madurez que ye empieza a abrazar como un fantasma acaparador. Y no. Por ahí no va el camino. Entonces es cuando te miras al espejo y te dices ¿qué cojones? Llevo años diciendo: “la vida es como un globo de fiesta lleno de helio abandonado en el techo que se va vaciando hasta que cae”. Y con eso queda claro que hay que disfrutar de esta vida que llamamos drama. La vida que no va como querríamos, vale, pero hay que tomarla como la fiesta a la que estamos invitados. Los cobardes son los que se esconden bajo las normas. Y nosotros no somos así. Al menos yo. ¿39? Quiero los 40, los 50, los 60 y saber que puedo hacer que mi estancia aquí me pertenezca y hacer de ella un álbum de fotos de momentos inmensos.
Soy de los que piensan que hay que seguir luchando contra viento y marea. Todo está jodido. Y os lo puedo contar. Y gente cercana aún con más motivos. Pero hay que mantenerse en pie y reírse del destino con una cerveza en la mano. Y sí, perderemos la ilusión. Pero lo bonito de esta vida es recuperarla y sentir que las ganas de vivir con más fuerza no nos la quita ni Dios. Sólo hay un secreto para ello: aprovechar cada instante. Hay que vivir. Y cuando puedas, intentar ser feliz. Si no, no hay trucos de eterna juventud que valgan. El único enigma es seguir manteniendo intactas las ganas de seguir jugando es crérselo. Así que, a disfrutar. Un año más. Y la vida es demasiado corta, por lo que uno no tiene más remedio que mirar al desapacible futuro y mantener lo poco que queda de ilusión lo más intacta posible, procurando sobrevivir como uno bien pueda y seguir en pie sin renunciar a ello. Si uno no intenta ser feliz con lo poco se tiene, ha perdido la batalla. Si tienes gente que cree en ti y está a tu lado, lo tienes todo para poder ganar esa pugna. Y hay que seguir luchando. Por lo tanto, bebamos y miremos al futuro desafiándole. Con esa sonrisa cínica, mostrando que somos jóvenes. Aunque tengamos 90 años. Somos unos críos que aún creen en un mundo mejor. Aunque nos lo estén robando. Si no mantenemos esa actitud, mal.
Y mañana, resaca. Sobre todo de BALONCESTO. Qué recuerdos que este día coincida con esta noche de espectáculo deportivo.
El año que viene 40… Y a seguir siendo un niño como el de la foto que encabeza este texto. Ahí está el truco.