viernes, 17 de enero de 2014

Review 'A propósito de Llewyn Davis (Inside Llewyn Davis)’, de Joel y Ethan Coen

La Odisea a ninguna parte
Los Coen regresan a su particular cine de perdedores para reflejar la escena neoyorquina de principios de los años 60 del West Village donde floreció la música folk para fundamentar otra fábula de semiótica ilimitada sobre el fracaso.
Con ‘A propósito de Llewyn Davis’, Joel y Ethan Coen regresan, tras reformular el western con ‘Valor de ley’ en un voluntarioso ejercicio de espíritu deudor de los grandes clásicos, a ese universo personal que hace un uso interpretativo de la realidad llevada a su ámbito más sardónico, dotado de cierto grado de abstracción a la hora de derivar sus historias hacia un contexto más hermético que tanto define la particular iconografía de los Coen. Responde así a ese sello distintivo, a ese matiz privativo denominado con el adjetivo ‘coeniano’. Siguiendo los pasos de anteriores obras suyas, como ‘Barton Fink’, ‘Oh brother!’, ‘El hombre que nunca estuvo allí’, ‘Quemar antes de leer’ o ‘Un tipo serio’, como ejemplos identificativos de la orientación de su nuevo filme, los cineastas regresan a ese submundo donde la perversidad de un destino y las consecuencias que trae consigo azotan a unos personajes dotados de cierta antipatía que se ven envueltos en un debacle de la voluntad ante los estrambóticos y adversos acontecimientos. Es, por tanto, un cine de ‘losers’, de individuos a merced de la disposición de otras personas, pugnando contra su mala suerte en un universo hostil que les corroe bajo la sombra de su propia estupidez o provocada por las malas decisiones.
La película comienza con el clásico ‘Hang Me, Oh Hang Me’, cantado por un joven cantante de folk cuyo nombre da título al filme y que está inspirado en su autor original, Dave Van Ronk. Con ello, los Coen sitúan su historia en la escena neoyorquina de principios de los años 60 que supusiera el territorio germinal de la música folk, en el West Village, con clubes como el Gerde’s Folk City o ese Gaslight Cafe donde Llewyn Davis (estupendísimo Oscar Isaac) toca en cuanto tiene oportunidad. Un personaje que se integra a la perfección en el catálogo de personajes sin destino que abunda en la filmografía de los cineastas, luchando contra su propio talento y cohibido por su condición de perdedor. Llewyn no tiene casa, su manager pasa de promocionarle ni de enviar su disco en solitario, ocupa sofás de amigos y conocidos, afronta el frío de la Gran Manzana sin un abrigo decente y por si fuera poco la novia de uno de sus socios musicales está embarazada sin saber si él es el padre.
Se trata de un nómada que sustenta su patética vida en la ilusión de la fama, arrastrando el trauma que haber perdido a su compañero del dúo 'Timlin y Davis', con el que había llegado a repercutir en el cosmos musical y que se suicidó lanzándose desde el puente George Washington. Pululando entre Upper West Side hasta Queens con el gato fugado de los Gorfeins, Llewyn Davis emprende un viaje metafísico donde verá envuelto en una pugna no admitida con su propia negligencia y misantropía. Los Coen componen otro mosaico de situaciones cotidianas en el que dejan entrever ese juego de trasfondo ideológico para, con su sutil crueldad, redefinir su humor negro de simulacro e infectar de ironía toda esta biliosa fábula como coda antisocial en la vida de un artista (anti)carismático.
‘A propósito de Llewyn Davis’ no es más que otra vuelta de tuerca a ese tratado filosófico retrospectivo que alude a la esencia de su cine, a la exploración de la angustia existencial de un hombre desubicado a través de las tristes cuerdas de una guitarra acústica, lazando a la intemperie y al frío de una ciudad incómoda y que a pesar de intentarlo contra viento y marea, acabará por fracasar. Los Coen siguen sin atender a cualquier conversión hacia una metodología manierista, situados en un contexto autoral que redefine esa tendencia en un eclecticismo capaz de descolocar al espectador y transportarlo al nivel de implicación que buscan. De ahí, que ese lirismo kafkiano, de pasillos imposibles y situaciones estrambóticas, de desarrollo argumental sobre el nacimiento de la escena folk neoyorquina o el apoyo musical que prepondera a lo largo del filme no sea más que ‘macguffin’ en sí mismo para fundamentar otro legado de semiótica ilimitada, donde la exégesis e interpretación insuflan el verdadero significado a un relato en apariencia vacío y ejemplificado en una frase rotulada en la pared de un wáter y que advierte sobre el sentido del todo en el mismo instante en que el protagonista se dispone a defecar.
Y en el camino, los creadores de ‘El gran Lebowski’ entregan un nuevo tratado estético caracterizado por la declinación de cualquier jerarquía catalizadora y lograr así que su complejo universo multirreferencial sea reconocible. Una mirada escéptica sobre la mitología del sueño americano y del éxito que trasforma esa época mitificada bajo los tintes de un drama existencial tan subterráneo como prodigioso, que pertenece al infierno de los perdedores que acumulan las copias de los vinilos sin vender en una caja debajo de una mesa. Es la forma de presentar la antiépica historia de un hombre consumido por su infortunio que emprende un sucinto periplo donde no logra ni consolidar su carácter ni superar la prueba de determinación a la que es sometido. Es decir, la antítesis paródica del postulado del viaje del ‘Ulises’ de Homero o en los paradigmas del monomito de Joseph Campbell. Un tipo egoísta capaz de renunciar a los ‘royalties’ de un auténtico ‘hit’ millonario al que todo le sale mal. “Eres como el hermano imbécil del rey Midas” le dice en un instante de la película Jean (Carey Mulligan). Pero lo cierto, es que pese a sus defectos y que su talento se vea abocado a una vida a la deriva de una rutina que no desea, quiere triunfar en el mundo de la música sin saber cómo, consciente de su honestidad respecto a su estilo y convicciones, consciente de su identidad y de su integridad como artista y músico.
La carretera circular
Uno de los elementos a los que los Coen suelen recurrir en muchos instantes de sus películas es a esa carretera entendida como un símbolo de monotonía existencial, de la amarga deriva a la que se refería Kerouac, aunque visualizada con un filtro de parodia y sarcasmo. En esa huida de Llewyn Davis que le lleva a intentar cumplir un sueño y regresar sin haberlo conseguido, fructifican las secuencias más escatológicas y surreales del filme, la vía libre para escrutar lo grotesco dentro la aparente ortodoxia que ha ido desarrollando el drama de este cantante. Es entonces cuando entra en juego Roland Turner, personaje inspirado en Doc Pomus, artista de rhythm and blues (y al que da vida John Goodman) acompañado por un poeta ‘beatnik’ silencioso y traumatizado llamado Johnny Five (Garrett Hedlund), lo que clarifica ese itinerario absurdo hacia una fama que le dará la espalda. “¿Cantante de folk? Creí que me habías dicho que te dedicas a la música”, le dice Turner. Más adelante, ya en Chicago, Bud Grossman (F. Murray Abraham), el propietario de una gran discográfica de Chicago, tras escuchar una sentida canción le espeta "No veo dinero en eso".
En ella, el cantante expresa mucho más de lo que se canta; su nulidad para encontrar el amor de su vida, como la imposibilidad de aceptar responsabilidades de ningún tipo. Un guiño que patentizará poco después, cuando deja pasar con cierta displicencia la posibilidad de visitar a una antigua amante que ha tenido un hijo suyo. Él es la personificación del fracaso constante, sin asimilar en absoluto su experiencia, con la esperanza de que algún día algo podría cambiar, aprovechándose de la buena voluntad de los demás, huyendo de sí mismo. Esta huida se cristaliza en una vuelta desprovista de épica, dispuesta por los Coen desde una perspectiva nihilista sobre aquellos desamparados y solitarios que están predestinados a la confusión y el fracaso propagado por culpa de los errores. Como esa exposición de naufragio egocéntrico final en el Gaslight, cuando insulta a una pobre mujer de Arkansas que debuta en la sala y representa a la América Profunda de vertiente más rural.
Propone a su vez un intencionado laberinto ético al que contribuyen un par de gatos que se transforman en dos visiones distintas del protagonista, una análoga, la real, la de ese felino llevado por la providencia de un lado a otro al que el propio Llewyn abandona en la carretera. Vendría a ser él mismo, consciente de su mala suerte y que si es atropellado tendrá que levantarse y procurar sobrevivir. El otro gato, el de los Gorfeins, vendría a ser lo que el cantante nunca tendrá; un techo, gente que le quiere y que encima sabe volver a casa. Y para colmo, se llama precisamente Ulises. Para los Coen esta duplicidad se ajusta perfectamente a ese viaje circular a ninguna parte, sin imponer una reflexión moral ni un objetivo motivacional que despierte una melancolía compasiva por un personaje que está sentenciado a repetir de un modo inmutable una y otra vez este itinerario como si de un estribillo de una canción folk se tratara.
‘A propósito de Llewyn Davis’ dibuja con puntual acierto el sustrato de la desolación, el ámbito de los sueños que se rompen en un mundo de negativas y desengaños con la fantasmal perversidad de unos creadores que no olvidan transferir cierto sentido nostálgico y sentimental a su discurso; cuando su protagonista, mira a los ojos a su padre, otrora marino mercante, al que dedica una canción de tristeza crepuscular sobre los arenques y el paso del tiempo, que identifica el talento perdido de un trabajo destinado a destruir al artista y a hacer crecer al hombre.
Una cinta cuya atmósfera gélida y desapacible, creada por el francés Bruno Delbonnel, derivada hacia una imagen sutilmente decolorada (influencia estética de ‘The Freewheelin’, segundo álbum de Bob Dylan) ilustra a la perfección la importancia que le dan los Coen a la música respecto a la narración (y donde tiene especial importancia T-Bone Burnett), con ese género folclórico y expresivo, de condición umbroso y con letras llenas de desesperanza, dolor de la pérdida y constante despedida, desesperación y fracaso, que es realmente de donde nace la más genuina esencia de la música folk a través de su naturaleza emocional.
Estamos ante uno de los mejores trabajos en la filmografía de los hermanos Coen, que devuelven su obra las fronteras de un cine independiente en su condición de relato intrahistórico, esta vez a ese lapso despreciado por breve, pero fundamental para la música y que sirvió como vaso conductor necesario para que el mencionado Dylan y congéneres terminaran cambiando todo el espectro musical de una época que marcaría el desarrollo cultural norteamericano. Otros sin embargo, se quedaron en el camino, frustrados en otro oficio y alejados de sus ilusiones. Porque si hay algo que vertebra esta cinta (y que se extiende en la filmografía de los Coen) es que la leyenda que impone un final feliz a la persecución de los sueños, el sacrificio, la persistencia y el talento innato para algo es tan falsa como crudamente real. Y lo peor de todo, es que esa Ítaca homérica no es más que una ensoñación inalcanzable.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2014