miércoles, 29 de enero de 2014

Review 'El lobo de Wall Street (The wolf of Wall Street)', de Martin Scorsese

Los perversos excesos del sueño capitalista
Scorsese delinea, bajo el signo del humor negro, una reflexión sobre la economía mundial y la gran estafa llamada capitalismo a través de un personaje despreciable que exhibe con orgullo el verdadero rostro de la ambición que anida en los grandes focos de poder.
En ‘Uno de los nuestros’, Henry Hill (Ray Liotta) significaba ya desde su inicio, con esa voz en off que no es ajena a la vasta filmografía de Martin Scorsese, los propósitos de un personaje obsesionado con un destino que cumplir: “Desde que tengo memoria, siempre quise ser un gánster”, decía. En ‘El lobo de Wall Street’ se constituye una máxima paralela también bajo los preceptos de ese narrador omnisciente, esta vez con la voz de Leonardo DiCaprio interpretando al ‘broker’ de bolsa Jordan Belfort: “Siempre he querido ser rico” inicia su arenga sobre su excesivo modo de vida. Esa conexión entre ambos submundos, el de las familias de mafiosos y el de los chacales que mueven millones en las altas esferas de la red bursátil de, se fusionan en equivalencias correlativas casi instantáneas, figuradas en ambientes donde parece no haber límites. Las dos películas, como muchas otras del cineasta italoamericano, representan desde su inicio un sórdido e irresistible viaje a los infiernos del poder. Wall Street es aquí como la Cosa Nostra de nuestro tiempo, donde a través del hedonismo y la arrogancia, se explora el lado oscuro y salvaje del sueño americano.
Basada en las memorias del mencionado Belfort, Terence Winter (cotizado guionista de ‘Los Soprano’ y creador de ‘Boardwalk Empire’), junto a Scorsese, comienzan auscultando de forma precisa la podredumbre ética que promovió el desplome de Wall Street en 2008 y que tuvo consecuencia la crisis financiera mundial que asola en este momento a un mundo occidental que todavía no se ha podido recuperar del fatal desgarro, más fatídico incluso que el hundimiento bursátil de 1929 y la consiguiente Gran Depresión. Sin embargo, su visión moral se autodestruye en la manifestación de un espacio que juega con sus propias reglas, como sucedía con ‘Uno de los nuestros’ o ‘Casino’, cintas a las que les une ya no sólo una comunión estilística basada en la agilidad de movimientos de cámara o la predilección por un montaje electrizante, si no por esa incursión en un cosmos de corrupción movida por un énfasis arribista. ‘El lobo de Wall Street’ podría ser un complemento vinculante sobre el dogma arrastrado hasta lo irreflexivo de la aparente seducción por enriquecerse al margen de la ley.
En los grandes rascacielos donde se mueve la economía mundial, los ejecutivos son presentados como energúmenos trajeados que se gritan “hijos de puta” y se profieren todo tipo de insultos y frases hechas con un lenguaje vulgar y ordinario. Eso es Wall Street, cómo suena el ciclo del dinero, la alegoría de un sistema financiero que ya no sabe distinguir entre la estafa y el negocio legítimo. En esta bacanal de euforia, una de las primeras acciones que el espectador observa absorto es cómo un grupo de especímenes de esta fauna lanza a dos enanos con trajes de velcro contra una diana cuyo centro ilumina el símbolo del dólar, mientras los desaforados ‘brokers’ jalean tan surreal y despiadada acción. Sólo es el principio. Jordan Belfort se presenta al público; es un multimillonario hedonista que se mete varios tiros de ‘farla’ directamente del culo de una prostituta, conduce un Ferrari (no rojo, si no blanco, como el de Don Johnson en ‘Corrupción en Miami’) mientras su preciosa mujer modelo (Margot Robbie) le hace una felación o pilota puesto hasta las cejas un helicóptero que acaba estrellado en el césped de su multimillonaria mansión en una de las zonas más selectas y exclusivas de Long Island. Pero sobre todo, Belfort esgrime una elegía sobre aquellas sustancias que componen su vida: marihuana, adderall, xanax, mezcalina, adrenalina, morfina o metacualona (los ya míticos Quaaludes). Y como motor de vida: la cocaína.
Sin embargo, este pez gordo de la bolsa no siempre fue así. Mediante un ‘flashback’ descubrimos que siendo un joven felizmente casado candidato a ‘broker’ empezó con ilusión en la prestigiosa firma L.F. Rothschild, en la que trabajaba para Mark Hanna (Matthew McConaughey), mentor e iniciador en su verdadera vida bursátil, un maestro Zen que nutre al pupilo de consejos basados en la estafa, el desprecio por el inversor, en la masturbación, la ingesta de Martinis para almorzar y la cocaína como único revitalizante para mantenerse vivo. Una instrucción que termina con el maestro y el aprendiz dándose golpes en el pecho entonando un canto tribal. Es el comienzo de una dionisiaca espiral hacia el éxito.
Belfort encaja a la perfección en esa estirpe de personajes ‘scorsesianos’ con dificultad para empatizar con el espectador, pero que acaba por convertirse en celebridad mediática como resultado directo de sus delitos y faltas; Jake LaMotta, Rupert Pupkin o Travis Bickle no estarían muy lejos de ese céfiro encantador que tiene el personaje de DiCaprio. Cuando el 19 de octubre de 1987 se produjo una caída histórica de 508 puntos del Dow Jones y su destino parece forzarle a una vida lejos de la riqueza, Belfort se reinventa dentro de la venta de “acciones a centavo”, como se explica despectivamente en el filme, vender "basura a los basureros" con el que conseguir el 50% de comisión. Junto a Donnie Azoff (muy sobresaliente Jonah Hill), un lugarteniente fiel con las mismas ínfulas calculadoras que Belfort, erigirán un emporio basado en esta táctica "pump and dump", metiéndosela doblada a los más ricos. La fundación de Stratton Oakmont transmuta a un grupo de torpes estafadores que visten en chándal en acaudalados ‘brokers’ que especulan con acciones millonarias: parábola definitoria de la calaña que envuelven los grandes corredores de mercados que, en el fondo, esconden a codiciosos timadores sin entrañas con astucia suficiente para estafar a inversores de forma (i)legal.
Scorsese y Winter delinean, por medio de un humor negrísimo y desaforado, una reflexión sobre la economía mundial basada en la consecución de una combinación de azares; sólo el que juega gana dentro de un casino hediondo donde se apuesta dentro de los mercados bursátiles. Eso sí, jugándose los ahorros y el dinero de los demás, ya sea un pobre asalariado de clase media, un exitoso emprendedor que arrasa con una marca de zapatos o grandes millonarios. Belfort es un antihéroe narcisista que habla directamente al espectador, coartando cualquier orientación artificiosa por parte del narrador. La historia la cuenta el propio Belfort, desde un punto subjetivo. Aquí lo que se cuenta es la solemnidad de lo irreverente y de la mala conducta exhibida no tanto un concepto histriónico, sino un reflejo de una realidad que mueve este cosmos de ambición. La hura de ‘white trash’ que crece hasta convertirse en una opulenta manada de lobos con hambre de dinero y frenesí es la lógica consecuencia de esos miserables materialistas sin entrañas que visten corbata y organizan las transacciones de compra-venta.
Gánsteres en la bolsa
Scorsese, después de ‘Shutter Island’ y ‘La invención de Hugo’, dos obras tan personales como sugestivas que no han hecho si no fortalecer el ilusionismo visual de un mito del celuloide, recupera aquí una tendencia que vierte sus esfuerzos al impulso lúdico, a cierta grandilocuencia contagiosa que exuda testosterona e irriga una falta de contención que se puede considerar casi imperativa dentro de este contexto de descarrío ‘farlopero’. La explosión de la puesta en escena provoca una constante sensación de celeridad, de narrativa en continuo avance, desglosando algunos de sus mejores recursos para armonizar con el talento vitalista de lo telúrico. Scorsese deja llevar su imaginería a la dinamización omnipresente de unos estudiados movimientos de cámara, forzando la percepción sensorial e intensidad a un juego de divertimento sin fin, al que se suma el gaudeamus de montaje que exhibe su inseparable Thelma Schoonmaker, que centrifuga a golpe de edición este ciclón traducido en un difícil paradigma de libertad dentro del Hollywood actual. El montaje, en este caso, sirve como elemento estructurador y generador de conceptos invisibles, dotando a la acción de una frenética musicalidad narrativa. Precisamente, en este apartado también es importante la precisión con la que las canciones (asesoradas por Robbie Robertson) interactúan, integrándose en el sentido de lo que se observa en pantalla.
Por otra parte, la sutileza y la precisión cómica de Leonardo DiCaprio dota de un aporte físico a Belfort, llenando la pantalla con una entrega apasionada y precisa que modela la personalidad de un personaje despreciable que acaba por conquistar a la platea, como la autoconvicción que muestra en los complejos discursos de ventas ‘show-stopping’ a lo largo de la película. Si DiCaprio no gana un Oscar por este trabajo, probablemente nunca lo hará.
Scorsese ejerce de nuevo como un demiurgo cinematográfico con ganas de ejercitar su vertiente de irreverente maestro de ceremonias. Y lo hace con una constante faceta lúdica y creativa de un cine que parece inalcanzable, imbuyendo de personalidad esa plasmación visual de un modo de vida, de un universo de depravación y vicio que no atisba fronteras de carácter ético compuesto de psicotrópicas fiestas, viajes a Suiza, sobornos, blanqueo de dinero y montañas de cocaína. Todo ello dentro de una jerarquía extrañamente regida por la lealtad, la amistad y los valores enviciados por un deformante propósito. ‘El lobo de Wall Street’ evoca así esa vertiente casi feérica de cinismo que provocan esas ‘sets pieces’ casi prosaicas (pero trascendentales) dentro del filme, que retribuyen a la esencia de la narración y describen a la perfección el sentido de ese hábitat tóxico que también forma parte la gloriosa ponzoña que anida en el orgullosa alma americana; esa reunión sobre el tratamiento a los enanos y su utilización como instrumento en una fiesta de celebración en la que le rapan el pelo a una empleada, los problemas para sacar unos cuantos millones de dólares de Estados Unidos a Suiza y las consecuencias que provoca una absurda discusión interna, un chimpancé con patines como surreal antojo, la pérdida de la compostura que supone una despedida de soltero con un coste de dos millones de dólares o la magistral secuencia instaurada sobre elementos de ‘slapstick’ provocados por los efectos de unos Lemmon 714 caducados que ofrece la verdadera esencia de los ‘brokers’, que llegan a hablar de forma atropellada y balbuceando, actúan de forma negligente e incluso llegan a arrastrarse por el suelo y terminan por convertirse en fortuitos héroes sólo cuando la cocaína revive sus cuerpos… También eso es Wall Street.
Lo paradójico de todo ello es que, para la adaptación de las correrías de Belfort, Scorsese y Winter imponen un cierto distanciamiento a la naturaleza de su mecanismo narrativo, sin persuadir al espectador hacia un sentimiento compasivo. Todo lo contrario, ‘El lobo de Wall Street’ está trufado de personajes negativos, de tiburones miserables que exhiben con orgullo el verdadero rostro del poder, desfigurado con la adulteración moral escondida detrás de un disfraz de neutralidad y corrección. El director de ‘Taxi Driver’ se desentiende de la necesidad de crear un discurso subversivo e incluso crítico de lo narrado, sin ambigüedad alguna, un ‘crescendo’ en la personalidad de unos personajes que revelan sus intenciones desde el primer minuto. No existen digresiones ni juicios. Tampoco espacio para la redención, ni se expone un arrepentimiento que sirva como recurso o justificación a tanta barrabasada en este camino hacia la grandeza de un desfase que ha provocado esa mentira, esa gran estafa llamada capitalismo.
Es el punto de vista de un espejo que refleja el mísero mundo al que nos han abocado a vivir al resto del mundo, llevados por la negligencia de aquellos que se enriquecen en un marasmo de números y dinero tan pútrido y oscuro como el proveniente de la bolsa. Por eso, no es difícil imaginar esa oligarquía de corruptelas y degeneraciones morales dentro de la política actual o de las grandes esferas de las multinacionales, poblada por cabrones que juegan con impunidad como adolescentes drogados con los resortes del destino del mundo. Ni siquiera la irrupción en el relato de los agentes del FBI, a la cabeza con Patrick Denham (Kyle Chandler), representan el flanco positivo o legal, ya que optan por catalizar su interés en unos recién llegados al imperio del poder económico antes que meter mano a los que llevan años fructificando millonarias cifras con la negociación de los valores en los mercados bursátiles. Y todo ¿para qué? Posiblemente para nada, por mucho que se sienta íntegro y regrese como un asalariado más a casa en un triste metro nocturno.
No es una historia acerca de corredores sin principios, se trata de cazarrecompensas modernos que se aprovechan de la avaricia de los demás y de sus deseos de hacerse ricos rápidamente como excusa para llevarse parte de su dinero, en definitiva, oportunistas que se enriquecen a costa de la debilidad ajena. Una oda homérica a la egolatría desmesurada de un hombre con complejo de mesías que provoca su caída y termina salpicando de mierda a todos los que les rodean y participan jubilosos del ilícito juego patrimonial ¿Y cuál es su escarmiento? La delimitación a ese usufructo conseguido de forma fraudulenta termina por reciclarle en un orador motivacional y ‘sales coach’ (entrenador de ventas), que sigue hablando para rebaños que creen que son dueños de su destino, haciéndoles creer la riqueza está a su alcance, hipotéticamente hablando. La épica desenfrenada y el ansia desmedida por lo material parecen haberse transmitido como signo de que la codicia y el dinero siguen moviendo los sueños de la gente.
‘El lobo de Wall Street’ acaba, por tanto, igual que empieza, con un mensaje de engañabobos para los que siguen creyendo que la felicidad y la calidad de vida se pueden negociar en un ejercicio de ‘compra-venta’, con la convicción de que si alguien es pobre es por su culpa. La única forma de superar los problemas es haciéndose rico, cuando lo cierto es que Scorsese y Winter parecen orientar su conclusión a que los excesos y la riqueza amasadas por los grandes focos de poder dejan una hipoteca a los que menos tienen y que serán éstos los que tendrán que asumir y pagar varias décadas venideras de expiación.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2014