martes, 31 de diciembre de 2013

Resumen Abismal del 2013 Cinematográfico

TOP TEN 2013
10. 'Gravity (Gravity)', de Alfonso Cuarón.
Los trece minutos del plano secuencia que abren ‘Gravity’ transgreden todas las leyes lógicas de la fluidez y el movimiento cinematográfico de una cámara que circula con una perfección geométrica, describiendo un contexto conocido pero ajeno como es el espacio exterior. Alfonso Cuarón emerge como un visionario que capta a un nivel superior esa sensación de levedad, deslizándose por el infinito, siendo capaz de girar 180 grados para introducirse en el punto de vista subjetivo de uno de sus personajes y mirar a través de sus ojos. Con un dominio asombroso del dinamismo y la coreografía, introduce sin respiro al espectador en la desorientación de un ámbito silente, pero a la vez tan inquietante y absoluto que provoca una amenaza de terribles consecuencias. En esta exposición inicial, se va produciendo la progresiva tensión que acumula una sensación de desazón que no se abandonará en todo el metraje.
Cuarón opta por un ejercicio de realismo fantástico antes que por la ciencia ficción como tal, creando una escala de emociones galácticas establecidas en la continuidad visual que provocan la tensión y el miedo a la Nada, descrita con una autenticidad fuera de toda regla. La verosimilitud es tal que llega a ser totalmente incómoda para el espectador, sumergido en la acción y compartiendo en todo momento el reto de sobrevivir en el espacio, voluble ante esos fragmentos meteóricos amenazantes.
9. ‘Searching for Sugar Man (Searching for Sugar Man)‘, de Malik Bendjelloul.
Conformado como un extraordinario enigma, este documental aborda a modo de pesquisa investigativa la institución de un mito desconocido, Sixto Rodríguez, un cantante cuyos dos únicos discos, a pesar de su calidad y de su poesía beligerante, fueron un fracaso en Estados Unidos. Pero no en Sudáfrica, donde se transformó en un fenómeno de masas y en la voz del movimiento antiapartheid. El documental de Bendjelloul es un bello periplo hacia el desentierro de ese icono desaparecido, recolocando experiencias, documentos gráficos y narraciones que van completando el puzzle de esa mitificación musical sin que el espectador sepa si todo es puro artificio o la historia es real. Mientras aquel hombre de la guitarra continuaba con dignidad alejado de los escenarios con un duro trabajo rutinario, sus discos vendieron millones de copias sin que él supiera se había convertido en un emblema para una toda generación.
‘Searching for Sugar Man’ va dosificando la información y jugando entre cruces de caminos donde las leyendas urbanas y la realidad de un ídolo fantasmal cuya música se tradujo en el milagro para la unión de un movimiento de libertad que devolvió a este músico callejero de Detroit al sitio que le corresponde. Un asombroso documental sobre un héroe anónimo que, lejos de ser glorificado, reivindica la necesidad de recuperar la importancia y el talento de aquellas canciones empapadas de una sugerente magia.
8. 'Django Desencadenado (Django Unchained)', de Quentin Tarantino.
‘Django desencadenado’ vuelve a ser una mezcla heterogénea de ingredientes derivados, otra demostración de filtrado dialógico y cinéfilo donde Tarantino encuentra un discurso propio, que no expone un homenaje manifiesto más allá de algunos lujos de perversión visual a modo de ofrenda como son esos ‘crash-zooms’ o pequeños retazos referenciales, sino que impone una renovación dentro de las fronteras de los módulos y paradigmas del ‘western’. De hecho, incluye el aliento de otro tipo de filmes ajenos al cine europeo como ‘Mandingo’, de Richard Fleischer, ‘Sillas de montar calientes’, de Mel Brooks, cintas contributivas del ‘blaxploitation’ de Fred Williamson, uno de los grandes pioneros dentro de este tipo de ‘afrowesterns’ como ‘Boss Niger’ o el ‘Thomasine and Bushrod’, de Gordon Parks Jr.. Y ello no parece afectar a su singularidad más allá de sus correlaciones.
‘Django desencadenado’ es una cinta provocadora, que nada en aguas de ambigüedad moral muy turbia, con momentos de comedia negra salpicada de hilaridad desconcertante, como el improbable nacimiento del Ku Klux Klan a modo de ‘gag’ y que no es más que otra consecución cinematográfica por parte de Tarantino a la hora de justificar su condición de autor capaz de crear cine de entretenimiento sin dimitir en su empeño de alternar ese cúmulo de referencias culturales y debates morales que, como ya ocurría en ‘Malditos bastardos’, altera la Historia para paliar la depravación y la injusticia por medio de la venganza de un esclavo como metáfora de una justicia histórica merecida pero nunca llevada a cabo, orientando su fábula hacia esa magistral conexión de estereotipos genéricos con la impronta de clasicismo que se ciñe a un lenguaje formal modélico, que es ya un distintivo de uno de los grandes revolucionarios de este arte.
7. ‘The Act of Killing (The Act of Killing)’, de Joshua Oppenheimer.
‘The act of killing’ propone una narrativa deliberada por Joshua Oppenheimer que utiliza un método poco ortodoxo en su énfasis a la hora de analizar la realidad del horror en su expresión más diáfana. Se trata de plantear a los antiguos verdugos causantes del genocidio anticomunista de Indonesia de los 60, que contó con la confabulación del régimen militar y que contribuyó tan decisivamente a erigirla como nación, la recreación de forma ficticia aquellos acontecimientos a través de una película que no es otra cosa que una inteligente argucia sobre el objetivo que confluye en los pilares de este sorprendente trabajo: el de mostrar a uno tipos que ejercen casi de demiurgos orgullosos, mostrando una evidente falta de conciencia, sin contemplar en sus testimonios ningún grado de culpa o arrepentimiento. Sus personajes van sugiriendo esa recreación de sus atroces crímenes delante de una cámara, interpretando todo tipo de personajes, abordando una doble perspectiva donde la realidad y la ficción se aúnan en un discurso donde ambos términos se confunden.
Se sustenta en un oscuro proceder que busca no sólo incomodar, si no hacer reflexionar acerca de los límites de la violencia y el Mal real que impera en el ser humano, allá donde la ética ha desaparecido, poniendo en duda la validación de la memoria histórica como necesaria catarsis que evite los errores del pasado para dejar un efecto de vacío moral provocado por aquellos hechos terribles auto justificados. Y es en ese instante en el que el gánster anciano Anwar Congo se viene abajo al verse interpretar a una víctima comunista el que abre la incógnita sobre las intenciones complejamente ambiguas de este rotundo trabajo, donde la moralidad se difumina ante lo atroz del mensaje y la duda de si la contrición forma parte de una postura simulada o de la autenticidad que se expresa a varios niveles dentro de este valioso y lúcido documental.
6. 'Amor (Amour)', de Michael Haneke.
‘Amor’ continúa esa constante de Haneke por diseccionar desde un objetivo endoscópico el género humano, con una escrupulosidad que llega a ser insostenible, lanzando al público a una diáfana realidad de circunstancias y contextos sin filtros que la suavicen. Se trata de mirar de cerca a eso a lo que nadie quiere enfrentarse o no quiere pensar. El amor, en este filme, está definido a la perfección con la complejidad que el propio término simboliza. A lo largo de este triste periplo que vivimos junto a la marchita pareja se reivindica un sentimiento que resulta menos romántico y enternecedor como brutalmente perturbador y atroz, pero que convoca tal cantidad de emociones que es imposible no sentir la devastadora convulsión con esa derrota contra el tiempo, ese toque de atención por la vulnerabilidad ante la que se enfrenta el ser humano cuando la vejez golpea de forma cruel a su naturaleza.
‘Amor’, estremece y remueve las entrañas. Estamos ante una obra maravillosa y profunda, estoicamente amarga que inspira el verdadero sentido del amor más allá de su concepto y explicación, incurriendo en terrenos como la compasión y la lealtad, símbolos de su naturaleza agotadora. Haneke sigue expresando con su cine que continúa ajeno al ámbito demostrativo, que prefiere atribuir e invitar su propósito a la reflexión del que siente este cine imposible de esquivar. Su lapidaria última obra es una lección de vida de antiséptico y cruel realismo que perdurará en la memoria hasta que ésta aguante.
5. ‘Bestias del Sur Salvaje (Beasts of the Southern Wild)’, de Benh Zeitlin.
La revelación del cine independiente americano supone un cuento de hadas deformado por la oscura realidad, construyendo una ficción desde la perspectiva de la pequeña Hushpyppy, integrante de una comunidad bayou que vive en La Bañera, una isla rodeada por agua creciente amenazada por el deshielo que está provocando el cambio climático y que ha destrozado la vida de muchas personas con carencias económicas. Sin embargo, lejos de rendirse, encuentran las ganas de seguir viviendo en colectividad y con un indestructible sentido de pertenencia casi atávico a su entorno. El filme está plagado de imágenes que atesoran una fuerza poética e iconográfica prodigiosa, de realismo mágico devenido en la ilustración de una niña que teme a la soledad por la enfermedad de un padre que se empeña en que su hija aprenda a sobrevivir.
A través de los ojos de la pequeña, el debutante Zeitlin muestra un universo que confronta la dureza dramática de la pobreza con la imaginación de simbolismo lírico, desde la civilización depauperada que ahoga los espíritus libres y les obliga a formar parte de ella impositivamente hasta esas bestias antediluvianas llamadas uros. Con un trasfondo de amor a la naturaleza donde un viaje iniciático enfrenta la inocencia ante un paisaje devastado bajo una cámara invisible e inquieta que ofrece una mirada tribal capaz de transportar al espectador a diversos estados emocionales. ‘Bestias del Sur Salvaje’ es un hermoso y evocador canto a la supervivencia tan triste como esperanzador, tan épico como milagroso.
4. ‘Mud (Mud)’, de Jeff Nichols.
Después de su fantástica ‘Take Shelther’, Jeff Nichols sintetiza la voluntad literaria de transmitir en imágenes ese legado de Mark Twain como fuente de inspiración que pervive en cada fotograma de ‘Mud’. De esta manera, jugando con el ‘thriller’ y el drama, se explora un cuento sobre el despertar a las dudas que genera una etapa tan compleja como es la adolescencia, en un mundo adulto hostil que devuelve las respuestas en forma de violencia y decepción. Una familia que se deshace ante la mirada inspiradora de un niño que quiere creer en el amor en un entorno donde éste parece haberse agotado, se traduce un juego de espejos cuyos personajes cuyas actitudes se contraponen y se equiparan con un tono de romanticismo casi mitológico; desde esos chavales que conviven de forma rutinaria y desprendida de prejuicios con la pobreza alimentando su experiencia con aventuras de cierto escapismo a orillas del Mississippi, pasando por el fugitivo que se gana su confianza y les encomienda la misión de hacer posible el reencuentro con el amor de su vida, un matrimonio a punto de acabar hasta llegar a ese deteriorado hombre que percibe que el aprendizaje de todos ellos serán tan abrupto como catártico.
Nichols consigue crear una atmósfera natural tan bella como enigmática, un ecosistema de contrastes convertido en un personaje más, delimitando ese espacio a que el espectador se implique hacia la profundidad de un relato que retrata un mundo infantil obligado a crecer sin piedad hacia la madurez, describiendo un mundo real incorporado a esa América Profunda poblada por la genealogía ancestral del ‘white trash’ determinada con una narrativa clásica en la que abundan lecturas metafóricas alejadas de moralismos o convencionalismos gratuitos. ‘Mud’ conceptualiza temas inmortales como el miedo, el amor, la maldad bajo la batuta de una calmada y lírica ambigüedad.
3. 'Antes del anochecer (Before midnight)', de Richard Linklater.
Linklater sigue asumiendo con ‘Antes del anochecer’ que la naturaleza que encauza el significado de estas tres películas se estructura en su totalidad en dos actores, en dos rostros que iluminan cada plano a través de unas actuaciones de una fuerza ineludible, contribuyendo asimismo, con la coescritura de sus historias, a una fluidez y complicidad totalmente estimulantes, donde la improvisación se ciñe a unos límites que por estructurados no restan la libertad necesaria para ahondar en el alma de los personajes. Hawke y Delpy empujan al espectador a su historia, con destacables matices de confabulación, con miradas y reacciones de escalofriante franqueza. Ellos dos representan la grandeza de toda la saga. De hecho, aquí ya no existen bellos itinerarios por ciudades de postal como Viena y París, remarcados con detalles en la conclusión final o en el comienzo de las anteriores entregas, respectivamente. Aquí Grecia es una excusa para retroceder en la memoria para evaluar el paso del tiempo, admitiendo con ello la relectura de sus anteriores encuentros.
‘Antes del anochecer’ conlleva a una conclusión bastante evidente: encontrar el amor ideal y vivir un romance perfecto y eventual es relativamente sencillo. Lo complicado y problemático es mantener una relación a lo largo de los años. Eso es lo difícil. El hecho de que Jesse, tras la discusión en el frío e impersonal hotel, recurra a su faceta de escritor para crear una historia de fantasía para intentar levantar una sonrisa en Celine, responde a ese factor de inteligencia e intimidad por la que respira de forma tan frontal toda la trilogía.
2. 'The Master (The Master)', de Paul Thomas Anderson.
La sexta obra de Anderson no pretende profundizar ni exponer los métodos de un dogma o un culto para atraer a sus devotos, ya que cualquier religión nace de la ficción. Por ello, el hecho de que se comparase el argumento con aquellas directrices que dictan la dianética de la iglesia de la cienciología propagada por Ron L. Hubbard, es simple especulación. ‘The Master’ puede verse como una cronología bastarda y fidedigna del nacimiento de actitudes y convicciones que moldearon la América moderna hace décadas, preñada de pequeños detalles que confieren a la película una dimensión casi inalcanzable, llena de símbolos implícitos e imágenes recurrentes como los del test de Roschard, visualizados en los dibujos ininteligibles del oleaje del mar al paso de una embarcación que aparecen en los cambios de actos o las proyecciones, no siempre reales, a las que se enfrenta su protagonista, ofuscado con la libídine, que recurren a Arthur Schnitzler en su referencia a la hegemonía de las pulsiones sexuales sobre las demás costumbres sociales, así como las secuencias que no obtienen sentido más que asimilando el cripticismo de la obra de Anderson, con múltiples lecturas, descontextualizando la propia realidad que se percibe.
El último filme de Anderson es una obra maestra difícil de procesar, un puzzle dialéctico de emociones y situaciones imprevisibles que llevan al espectador hacia un viaje estético y narrativo que debe sentirse como una experiencia cinematográfica casi extática, como una expresión fascinante de ideas de poética visual insertadas en una obra cuyo núcleo es las prodigiosa conciencia del medio fílmico, esculpida con oficio, pleno de madurez, por un cineasta que se puede permitir concluir su nueva epístola romántica al cine.
1. 'La vida de Adèle (La vie d'Adèle)', de Abdellatif Kechiche.
Kechiche despliega el difícil dominio del formato panorámico para captar ese cúmulo de sensaciones, en una poética que tiene mucho de fruición antropológica, integrando un ambiente urbano y contemporáneo de la ciudad de Lille con la voluntad de proponer un acto ‘vouyerista’ con propósitos de implicación fuertemente sujetos hacia la verdad de unos personajes inolvidables. A través de la experiencia vital de Adèle, Kechiche no escatima en retratar con su cámara flotante y cercana, instantes que proponen inquietudes, sufrimientos e inseguridades, aportando con trazo agresivo ese ahondamiento en la veracidad al abrigo de una historia convencional que hurga con desinhibición en un retrato donde los primeros planos de los rostros de estas dos mujeres son más significativos que la sensación deslumbrante de lo físico, de la exploración carnal o la lívida fogosidad inicial para combinar sensaciones descritas con maestría en ambos personajes, como la consumación de su primer encuentro, fagocitando ese despunte enérgico que transmite la esencia del deseo en una relación apasionada.
‘La vida de Adèle’ sintetiza una década constreñida a tres horas de pura narrativa intimista, donde el paso del tiempo define la legitimidad de cualquier amor, igual de sensual e imperecedero como catastrófico y frustrante, a la vez que destructivo, donde la necesidad se transforma en rutina y los errores en penitencias imposibles de aliviar. Cine como elemento transgresor con identidad más allá de lo puramente artístico, de lo humano, como estudio del erotismo y la belleza, de la condición humana, el amor y sus consecuencias. No es la vida de Adéle lo que se narra aquí, es la vida misma como escenario común y reconocible capaz de agitar el alma y corazón.
DIRECTOR 2013
Michael Haneke (‘Amor’).
Fue extraño ver a Michael Haneke recogiendo un Oscar de manos de Arnold Schwarzegger y Sylvester Stallone el pasado marzo. Fue el corolario de un año anterior donde ‘Amor’, la película que recibió la dorada estatuilla, ya había conseguido la Palma de Oro en Cannes. Por ello, nadie pone en duda que este año 2013 ha sido su año, no sólo por semejantes reconocimientos, sino porque también fue galardonado con el Príncipe de Asturias de las Artes, estrenó en el teatro Real la ópera ‘Cosí fan tutte’ y fue objeto del documental ‘Michael H.’, de Yves Montmayeur. Su cine se basa en el acercamiento casi entomológico a la culpabilidad, a la incomprensión, a la soledad y la incomunicación en una sociedad que engendra una forma de violencia contenida que tiene que reventar en algún momento. El objetivo es la confrontación del hombre moderno a su responsabilidad individual dentro de un orden asfixiante y de apariencias, puesto que, de algún modo, cualquier elemento desestabilizador derroca los pilares consolidados de las familias, del individuo como dispositivo de un todo que se viene abajo con gran facilidad.
La sobriedad invisible y la audacia argumental esconden una enfermiza turbiedad imperceptible que desemboca en la catástrofe moral y psicológica de su extraña fauna humana. Haneke ejecuta un cine que cuestiona no sólo los propios límites de la narración convencional, sino la naturaleza y la fiabilidad de sus imágenes, ya sea dietéticas o no. El cine de Michael Haneke se transforma siempre en una experiencia radical que nunca puede dejar indiferente.
ACTRIZ 2013
Jennifer Lawrence (‘El lado bueno de las cosas’, ‘La casa al final de la calle’, ‘Los juegos del hambre: En llamas’).
Si hay una actriz que haya roto los baremos de popularidad y talento en este año esa es Jennifer Lawrence. Es la chica de moda y ha sabido poner su talento al servicio de ese cine de doble vertiente tan difícil de compaginar que es el cine comercial, con ‘blockbusters’ como esa saga de ‘Los juegos del Hambre’ o ‘X-Men: First Class’ con otros trabajos más arriesgados que requieren un carácter y talento interpretativo mayor, como ‘El lado bueno de las cosas’. Con ésta última Lawrence consiguió el Oscar y se encumbró con el aplauso de la crítica como una sólida actriz que tiene un futuro abrumante a sus pies. Hollywood, ese universo de oropel tan dado a crear y destruir mitos, ha visto en ella la nueva reina de la interpretación.
Incluso prestigiosas publicaciones como Variety y Time no han dudado en nombrarla “el personaje más influyente en el mundo del espectáculo este año”. Su intuición, ese instinto natural para componer sus roles desde un estrato de complejidad imperceptible, con una madurez insólita para una joven de veintidós años y una voz de poderoso magnetismo efectúan que este distinguido reconocimiento llegue con el merecimiento de una actriz que seguirá dando que hablar en los próximos años.
ACTOR 2013
Daniel Day-Lewis (‘Lincoln’).
Antes la apuesta por destacar a cualquier actor de moda, este 2013 tuvo en su principio de año una de esas interpretaciones imposibles de pasar por alto. Daniel Day-Lewis en la piel de Abraham Lincoln logró redimensionar a este personaje histórico un asombroso tonelaje interpretativo, con un mimetismo colosal de percepción íntima en todas sus facetas; como presidente, esposo, padre y hombre, realizando otro de esos inalcanzables trabajos que suele regalar. Su poderosa interpretación, obsesiva y metódica, le valió su tercer Oscar y unió su nombre en esta distinción a Meryl Streep, Jack Nicholson, Ingrid Bergman y Walter Brennan (el único en ganarlos como actor principal).
Es él quien corporeiza la refulgencia humana de una persona admirable, con defectos y virtudes, más allá de ese monstruoso monumento de mármol que preside el National Mall de Washington. Su control de los personajes describe a un talento fuera de lo común y es de recibo considerarle como uno de los actores más importantes ya no sólo de los últimos tiempos, Daniel Day-Lewis merece un reconocimiento mayor, que le equipare a los grandes mitos del celuloide. Por eso, este 2013 ha vuelto a ser su año.
PELÍCULAS DESTACADAS
- ‘Lincoln (Lincoln)’, de Steven Spielberg.(Leer crítica).
- 'Bienvenidos al fin del Mundo (The World's End)', de Edgar Wright.(Leer crítica).
- ‘La caza (Jagten)’, de Thomas Vinterberg.
- ‘La noche más oscura (Zero Dark Thirty)’, de Kathryn Bigelow.
- Una familia de Tokio (Tokyo kazoku)’, de Yôji Yamada.
- ‘La cabaña en el bosque (The Cabin in the Woods)’, de Drew Goddard.
- ’12 años de esclavitud (12 Years a Slave)’, de Steve McQueen.
- ’El impostor (The imposter)’, de Bart Layton.
- ‘El ejercicio del poder (L'exercice de l'État)’, de Pierre Schöller.
- ‘The East (The East)’, de Zal Batmanglij.
- ‘Iron Man 3 (Iron Man 3)’, de Shane Black.(Leer crítica).
- Proyecto Nim (Project Nim)’, de James Marsh.
- ‘Stoker (Stoker)’, de Park Chan-wook.
- ‘Monstruos University (Monsters University)’, de Dan Scanlon.(Leer crítica).
- ‘¡Rompe Ralph! (Wreck-It Ralph)’, de Rich Moore.
- ‘Nameless Gangster (Bumchoiwaui junjaeng), de Yun Jong-bin.
- ‘Star Trek: En la oscuridad (Star Trek Into Darknes)’, de J.J. Abrams.
- ‘Gru 2. Mi villano favorito (Despicable Me 2)’, de Pierre Coffin y Chris Renaud.
- ‘Pacific Rim (Pacific Rim)’, de Guillermo del Toro.
- ‘Después de mayo (Après mai)’, de Olivier Assayas.
- ‘Dolor y dinero (Pain & Gain), de Michael Bay.
- ‘Perder la razón (À perdre la raison)’, de Joachim Lafosse.
- ‘El camino de vuelta (The Way, Way Back)’, de Nat Faxon, Jim Rash.
- ‘Don Jon (Don Jon)’, de Joseph Gordon-Levitt.
- ‘Blue Jasmine (Blue Jasmine), de Woody Allen.
- ‘Camille Claudel 1915 (Camille Claudel 1915)’, de Bruno Dumont.
- ‘Bárbara (Barbara)’, de Christian Petzold.
- ‘The Trip (The Trip)’, de Michael Winterbottom.
- ‘De tal padre, tal hijo (Soshite chichi ni Naru)’, de Hirokazu Kore-eda.
- ‘Prisioneros (Prisioners)’, de Denis Villeneuve.
- ‘El lado bueno de las cosas (Silver Linings Playbook)’, de David O. Russell.
- ‘The Lords of Salem (The Lords of Salem)’, de Rob Zombie.
DECEPCIONES
- ‘El vuelo (Flight)’, de Robert Zemeckis
- ‘Hitchcock (Hitchcock)’, de Sacha Gervasi.
- ‘Spring Breakers (Spring Breakers)’, de Harmony Korine.
- ‘El mayordomo (Lee Daniels' The Butler)’, de Lee Daniels.
- ‘On the road (En la carretera) (On the road)’, de Walter Sales.
PEORES PELÍCULAS
- ‘After Earth (After Earth)’, de M. Night Shyamalan.
- ‘Oz, un mundo de fantasía (Oz: The Great and Powerful)’, de Sam Raimi.
- ‘Hermosas criaturas (Beautiful Creatures)’, de Richard LaGravenese.
- ‘LOL (Laughing Out Loud)’, de Lisa Azuelos.
- ‘The Host (La huésped)’, de Andrew Niccol.
- ‘La gran boda (The Big Wedding), de Justin Zackham.
- ‘Malavita (The family)’, de Luc Besson.
- ‘Scary movie 5 (Scary movie 5)’, de Malcolm D. Lee.
FUTURAS ‘CULT MOVIES’
- ‘Las ventajas de ser un marginado (The Perks of Being a Wallflower)’, de Stephen Chbosky.
- ‘El atlas de las nubes (Cloud Atlas)’, de Tom Tykwer, Andy Wachowski, Lana Wachowski.(Leer crítica).
- ‘El llanero solitario (The Lone Ranger)’, de Gore Verbinski.
- ‘Juerga hasta el fin (This is the end)’, de Evan Goldberg, Seth Rogen.
- ‘El último desafío (The Last Stand)’, de Kim Jee-woon.
- ‘Siete psicópatas (Seven Psychopaths)’, de Martin McDonagh.
- ‘Fast & Furious 6 (A todo gas 6)’, de Justin Lin.
- ‘Turistas (Sightseers)’, de Ben Wheatley.
CINE ESPAÑOL
- ‘El muerto y ser feliz’, de Javier Rebollo.
- ‘Mapa’, de León Siminiani.
- ‘La herida’, de Fernando Franco.
- ‘Todas las mujeres’, de Mariano Barroso.
- ‘Grand Piano’, de Eugenio Mira.
- ‘Tres bodas de más’, de Javier Ruiz Caldera.
- ‘A puerta fría’, de Xavi Puebla.
- ‘El callejón’, de Antonio Trashorras.
- ‘Los ilusos’, de Jonás Trueba.
- ’15 años y un día’, de Gracia Querejeta.
- ‘Insensibles’, de Juan Carlos Medina.
- ‘La gran familia española’, de Daniel Sánchez Arévalo.
- ‘Retornados’, de Manuel Carballo.
- ‘Stockholm’, de Rodrigo Sorogoyen.
- ‘Ayer no termina nunca’, de Isabel Coixet.
LO MEJOR… DE OTROS AÑOS
- 2004.
- 2005.
- 2006.
- 2007.
- 2008.
- 2009.
- 2010.
- 2011.
- 2012.
No son buenos años para nadie. Salvo para algunos pocos, claro está. En cuanto a este año cinematográfico se ha dado un fuerte contraste en la situación del cine en un país que sigue en caída libre; por un lado la calidad de las propuestas que esgrimen las películas españolas sigue en aumento, ofreciendo una variedad y una calidad muy por encima que la de otros años, con multiplicidad de historias enfocadas desde múltiples géneros. El cine internacional también ha generado una opinión muy positiva. Sin embargo, por otro, y según datos del ICAA, en 2013 se han recaudado 107 millones menos que el año pasado y se han vendido 17 millones menos de entradas. Este descenso viene marcado por dos puntos que están destrozando la viabilidad del sector: ese 21% de IVA impuesto por el tiránico gobierno que se empecina en destrozar la industria (llegando a despreciarla públicamente ¿verdad señor Montoro?) y, por supuesto, la piratería. Son cifras e indicadores bastante poco halagüeños. La situación es bastante preocupante, pues ese descenso del 20% sobre los 94 millones de espectadores que adquirieron su entrada en 2012 pone de manifiesto la caída del cine en España y lo pone a la cola de las grandes potencias europeas en esta esfera. Sólo esperemos que este contrastado incremento en el atractivo de las películas que ha dejado este año que acabe se repita en 2014, acompañado, eso sí, por unos números más esperanzadores.
A título personal, 2013 sólo dejó como único evento destacable el esperado estreno de nuestro cortometraje ‘3665’, del que esperamos buenas noticias en este año que comienza. Por lo demás, una situación laboral y económica que roza lo grotesco y trágico y que genera una desesperanza absoluta de cara a ser optimista a corto plazo. Esto es así.
Aun así, no queda otra que mirar hacia delante, luchar contra cualquier desafío y procurar ser feliz con nada y seguir escribiendo, trabajando en nuevos proyectos y no caer en el abatimiento a la hora de continuar narrando con el objetivo de sacar algo en claro tras varias décadas sacrificando todo con un titánico esfuerzo y trabajo. La ilusión de que algún día todo vaya mejor no podrán quitármela jamás. Al menos hasta el momento.
FELIZ 2014, amig@s del Abismo. Dentro de lo que se pueda y os dejen.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Especial Navidad: ‘Jungla de Cristal (Die Hard)’, de John McTiernan

El gran clásico del cine de acción
Veinticinco años después de su estreno y a estas alturas, ya nadie cuestiona ‘Jungla de Cristal’, de John McTiernan, como un referente modélico. Es, posiblemente, si no la mejor película de acción de todos los tiempos, una de las más destacadas. Cuando se presentó al gran público, el cine de género apostaba por una fórmula que establecía sus estrategias comerciales en ensalzar la testosterona hipertrofiada y musculosa de inexpugnables héroes armados hasta los dientes que celebraba el individualismo sin ley bajo proclamas ideologías y políticas que rozaban la parodia críptica de un discurso que, más allá de la metáfora, aludía a la implacable posición mundial hegemónica de Estados Unidos. Eran los tiempos en que Sylvester Stallone y Arnold Schwarzenegger popularizaron esa fisicidad de músculo marcado, iconos heroicos motivados, al menos con carices metafóricos, por la sed de venganza debido a las iniquidades que los estadounidenses habían sufrido una década antes. Aquel héroe estoico, sin miedo, impasible e indestructible determinaría el cine de acción y fundaría el término ‘actioner’, tan taquillero de aquella década de los 80.
Un joven Joel Silver ya era un consolidado productor dentro de un torbellino de cintas de acción como ‘Límite: 48 horas’ y ‘Calles de fuego’, ambas de Walter Hill, ‘Commando’, de Mark L. Lester (uno de los ejemplos seminales del ‘actioner’). Junto a Lawrence Gordon, con quien produjo algunos de estos títulos, a los que habría que añadir ‘Depredador’, del propio McTiernan, apostaron por virar los derroteros del cine de acción comercial encauzándolos hacia otros propósitos que sellaron su inicio con la exitosa ‘Arma letal’, de Richard Donner, cinta que abriría esa nueva vertiente que se buscaba dentro del género. ‘Jungla de Cristal’ llegaba como guión firmado por Jeb Stuart y Steven E. de Souza, basado en una novela ‘Nothing Lasts Forever’, de Roderick Thorp, con un detective llamado Joe Leland, al que interpretó en 1968 Frank Sinatra en ‘El detective (The detective)’, de Gordon Douglas. Leland pasaría a llamarse John McClane, la ubicación acontecería en un enorme rascacielos en construcción donde desarrollar una trama policiaca de aventuras adrenalíticas. El mencionado McTiernan, después del crédito y la recaudación de ‘Depredador’, junto Schwarzenegger, sería el responsable de dirigir la película. El cineasta neoyorquino puso una condición inflexible: la estrella de la función tenía que ser Bruce Willis.
Por entonces, era una estrella televisiva gracias a ‘Luz de luna (Moonlighting)’, desplegando una innegable química con Cybill Shepherd y había rodado un par de producciones en Hollywood a las órdenes de Blake Edwards: ‘Asesinato en Beverly Hills (Sunset)’, junto a James Gardner y ‘Cita a ciegas (Blind Date)’, compartiendo cartel con Kim Bassinger. McTiernan argumentó como requisito que McClane debía ser interpretado por una estrella cuya combinación de habilidades cómicas y potencial físico más normalizado que en los habituales héroes de acción. Willis rodaba durante el día la popular serie de televisión y por las noches se exprimía en un rodaje de dureza y complejidad como era el de ‘Jungla de Cristal’. Otro riesgo, el antagonista, el villano de la función que compartía protagonismo con Willis, era un gran desconocido para la gran pantalla. Alan Rickman, respetado actor teatral, no había interpretado ningún rol para el cine.
La idea de esta reconversión del héroe se trazaba en su tratamiento antitéico, en la presentación de un policía corriente, vulnerable y falible, con arreglo a la humanización de sus rasgos para empatizar con un modelo de espectador acostumbrado a otro modelo inquebrantable. ‘Jungla de Cristal’ sintetizaba los códigos de aquellos ‘actioner’, pero presentando a un personaje cínico no muy interesado en subsanar ninguna misión de riesgo, ni enfrentarse a una gran coalición maligna ni a un enemigo concreto. De hecho, más allá que evitar a unos asaltantes que no estaba en los planes, el protagonista se ve envuelto berenjenal cuando intenta hacer las paces con la parienta se encuentra con esta situación imprevista. McClane es un antihéroe abandonado a la suerte de una la situación le sobrepasa.
Supone otra visión muy demostrativa de la relación del ser humano y su contexto más próximo, algo que caracterizó la obra más productiva de McTiernan en su apogeo hollywoodiense, abordando la capacidad de sus héroes para desafiar y pervertir lo establecido. Su gusto por la referencia a los clásicos, no hace muy difícil imaginar que si ‘Jungla de Cristal’ se hubiera rodado en los 50, probablemente habría estado protagonizada por James Stewart y dirigida por Alfred Hitchcock. Lo tenía todo para dinamitar la percepción del cine acción. Funcionó relativamente bien en taquilla, pero la crítica le dio la espalda vertiendo líneas y textos generalizadamente bastante negativos ¿La razón? Se trataba de una película de acción comercial que no dudaron en tachar como “manipuladora y artificiosa”, “violentamente inverosímil” o “filme mediocre poblado por personajes bidimensionales”. La evolución histórica, por el contrario, ha hecho que la película de McTiernan haya encontrado su sitio en los fastos cinematográficos siendo considerada una de las mejores muestras de cine de acción realizadas jamás.
Reformulando los códigos genéricos
John McClane es un policía de Nueva York que viaja a Los Ángeles en Nochebuena para embarcarse en cruzada personal que consiste recuperar su familia y asumir el nuevo puesto triunfal de su mujer, que ha logrado destacar en una multinacional japonesa ubicada en el edificio Nakatomi (nada menos que el Fox Plaza, en Century City). Su llegada coincide lamentablemente con un grupo de supuestos terroristas alemanes compuesto por doce integrantes que asaltan el edificio con el objetivo de apoderarse de los 640 millones de dólares en bonos negociables que alberga la caja fuerte de la compañía. El policía consigue escapar armado con su pistola, iniciando una confrontación donde prevalece el bienestar de los rehenes y su propia supervivencia. Obviamente, la irrupción del filme no supuso una revolución argumental, pero ‘Jungla de cristal’ era diferente a todo lo visto. Por varias razones; primero, porque lograba una perfecta deconstrucción de los estilemas naturales del cine de acción, componiendo un mosaico de secuencias dispuestas como un mecanismo estructural perfecto y subvertiendo los estereotipos para infiltrarles una buena dosis de sarcasmo y jugar así con sus diálogos irónicos y matemáticos giros de guión.
El impecable planteamiento y el pulso de los tiempos habilita que el ‘in crescendo’ vaya propiciando que la violencia enmarcada dentro del contexto moral de la acción implique al policía neoyorquino hacia una posición de superviviencia dentro de la anarquía encontrada en una realidad donde maniobrar con todos tipos de armas, explosivos y detonadores. La descripción de ese espacio vital que representa el gigantesco rascacielos Nakatomi Plaza que les acoge se traduce en imágenes que se tornan igual de amenazantes como familiares, con las subidas y bajadas por el ascensor, obligándonos a arrastrarnos por los conductos del aire acondicionado, descubriendo su esqueleto interior. McTiernan inspira a través de su cámara esa atmósfera opresiva de lo desconocido, circunscribiendo toda la trama a un solo espacio y su inmediata periferia. El primoroso uso del ‘scope’ fructifica además en un derroche de fantasía y talento fílmico bajo los preceptos de un estilo que no traiciona el cine comercial, llevando sus propósitos a unos términos visuales y de coreografías mucho más complejas. Tanto la inflexión de las anteriores fórmulas como el reflexivo estudio de los condicionantes, ceñidos a la funcionalidad narrativa activa, termina no sólo por evidenciar que ‘Jungla de Cristal’ es cine de autor, sino que testimonia una ofrenda a los grandes clásicos, respetando hasta el extremo el lenguaje cinematográfico, pero a la vez transgrediéndolo constantemente.
La labor de McTiernan es fundamental en toda esa culminación constructiva y de composición, que se define por la intensidad paulatina que albergan sus secuencias. La exposición y la puesta en escena, en conjunción con la coreografía visual, acaban por transmitir el desasosiego de la acción, reservando los muy pocos instantes de calma para subir el nivel dramático y codificar así los puntos de vista con la inteligente utilización de los ángulos de cámara. Una de las claves que impone un factor diferencial de ‘Jungla de Cristal’ es la limitación de información para lograr la convulsión y el interés del espectador, sin recurrir al efectismo o el fuego artificial sin sentido. Con esto, lo que se obtiene es sobredimensionar el vértice más abstracto del papel del protagonista contra una situación imprevista y que esas fantásticas ‘set pieces’ estén escrupulosamente engarzadas con dilación, sin dar respiro entre ellas, con un énfasis de adrenalina que va construyendo un clímax fraguado en la épica, solapando la percepción de la acción proporcionada al espectador de un modo fragmentado.
Otro de los paradigmas geométricos que dan un sentido contextual a la excelencia de sus elementos es la escrupulosa dimensión con la que se dibujan unos personajes aparentemente perfilados, establecidos con una economía en la que no exigen subrayados para entender todas sus aristas. Bastan dos o tres pinceladas para diseñar con pequeños rasgos las diversas personalidades que desfilan por esta fábula. Desde ese chófer de limusina llamado Argyle (De’voreaux White), parlanchín y enrollado, que escucha a Run- DMC mientras el edificio Nakatomi es tomado por los delincuentes, el jefe de la esposa de McClane, Joseph Yoshinobu Takagi (James Shigeta), recto mandamás ejecutivo que ejerce de patrón hasta que es interrogado por la banda criminal, el perfecto lameculos de éste o Harry Ellis (Hart Bochner), un cocainómano pusilánime y que enfila sus intereses hacia la esposa del policía, Holly Gennaro (Bonnie Bedelia), descrita como una mujer de fuerte carácter, con capacidad de liderazgo y valedora de sus compañeros de trabajo incluso circunstancias extremas.
También los personajes del exterior, encabezados por las fuerzas del orden público, no exigen de aparente hondura pare concretar sus caracteres; el periodista Richard Thornburg (William Atherton) es un carroñero periodista de malas artes y sin escrúpulos, el jefe de policía Dwayne T. Robinson (Paul Gleason) un arrogante personaje incapaz de llevar la situación con cierta coherencia o Big Johnson (Robert Davi), un desalmado agente especial del FBI que todavía resucita el espíritu de Saigon cuando se pone en marcha para intentar tomar el edificio y desbaratar los planes de los asaltantes. Pero, sobre todo destaca la figura de Al Powell (Reginald VelJohnson), un orondo policía con un trauma profesional que pasa a ser el confidente y aliado de McClane, sirviendo como informador de la situación en el exterior. Entre ellos se establece una relación de necesidad que se va convirtiendo, paulatinamente, en una férrea amistad mediante un por ‘walkie talkie’ interceptado. Ambos representan esa actitud contestaría ante la ineficacia policial.
Héroes y villanos
Como ya se apuntaba más arriba, durante la década de los 80, la figura del villano se englobó dentro de una representación fraguada en la distancia irónica y estereotipada, con una vocación crítica que arrastró toda la Guerra Fría y la demonización del enemigo ruso. En ‘Jungla de Cristal’, de entrada, los villanos proceden de Alemania del Este, incorporando además una calibración innovadora, subiendo un nivel más el espectro de los villanos secundarios. Su signo se establece en la sofisticación y en la inteligencia, alcanzando el nivel del héroe, humanizando sus movimientos. Con ello, la banda criminal estaba compuesta por técnicos especialistas, expertos electrónicos, ingenieros especializados en explosivos… Theo (Clarence Gilyard Jr.), por ejemplo, es un ‘hacker’ encargado de abrir la combinación de siete claves de la caja fuerte son ejemplos de un tipo de villano que alteraba los teoremas del malvado monopolizado durante aquellos tiempos, Karl (Alexander Godunov), la otra cara de la moneda, el único de ellos que se muestra como un tipo sanguinario y peligroso, de instinto animal. Pero si ‘Jungla de Cristal’ ofrece una perspectiva global que revoluciona el género es, fundamentalmente, por el villano de cine de acción más poderoso de cuantos hayan poblado el género: Hans Gruber (Alan Rickman). Un tipo extremadamente culto, que cita clásicos como Diodoro Sículo para criticar el colonialismo japonés y viste trajes lujosos. Es encantador y fascinante. Tanto es así, que Gruber bien podría ser el verdadero protagonista de la función. Y McClane sería su antagonista. No es teoría propia, si no que pertenece al co-guionista Steven E. de Souza, ya que transcribe sus intenciones delictivas con un poder intelectual que va más allá de ese acto terrorista que esconde como objetivo el robo de altos vuelos.
La maldad tiene un gusto exquisito y un poder de seducción fuera de toda regla: “…podríamos estar hablando de industrialización y de moda masculina todo el día, pero el deber me llama…” declama en uno de los instantes del filme. Y es ésa personalidad y su choque con la de McClane, dos perfiles fuertemente contrastados, la que convoca los secretos del preciso lucimiento de una cinta como ‘Jungla de Cristal’. Podría decirse que tanto McClane como Gruber y sus secuaces provienen de un mundo ajeno a esa empresa multinacional que opera desde el Nakatomi y que ambos son fuerzas potencialmente disruptivas en la noche de Navidad de la corporación, lo que les une y a la vez les distancia. Ese intercambio dialéctico entre Gruber y McClane, su interacción por radio especulando sobre sus personalidades son la substancia que determina la grandeza del filme. Mientras uno sabe todo acerca del otro, el villano desconoce la identidad de McClane. “Sabe mi nombre, pero ¿quién es usted? ¿Otro americano que vio demasiadas películas de niño. Otro huérfano de una cultura en declive que se cree John Wayne, Rambo, El equipo A (Marshall Dillon, en su versión original)?”, exclama Gruber.
Una de las estrategias de guión más celebradas es esa lenta prórroga de la confrontación cara a cara de los protagonistas, abordando todo tipo de sutilidades en la delineación de los caracteres, que eclosiona cuando se encuentran inesperadamente. Cuando busca los detonadores y es interceptado por McClane, Gruber reacciona haciéndose pasar por un rehén que acaba de escapar, ganándose la confianza del policía, que le ofrece un cigarrillo y le entrega su pistola para defenderse. Sin embargo, éste ya sabe de antemano quién es. Un encuentro que establece esa colisión entre la intuición e instinto de supervivencia que especifica la voluntad de conseguir un objetivo como es el de salir con vida contra la del otro, mucho más banal, como es el de continuar con el plan de substraer el dinero de la fortaleza desde la sofisticación y la severidad. La estrategia argumental respalda en esta pugna a McClane, que siempre va un paso por delante de todos de los villanos (e incluso del espectador). En su énfasis por salir de esta encerrona, primero intentando llamar la atención de las fuerzas del orden público para, comprobando la ineptitud de éstas, ir improvisando un plan para acabar con la situación desde dentro, como fabricar una bomba de C4 con un monitor de ordenador atado a una silla de oficina si así puede parar una sangría, el policía irá avanzando en su obcecación por salir con vida y respaldar la seguridad de los rehenes.
En su estreno, ‘Jungla de Cristal’ se percibió como un libelo contestatario al sistema sociopolítico estadounidense de la época, al dejar entrever un ensañamiento hacia las autoridades, proclamando la ineptitud de la policía de Los Ángeles, presentada como un sistema de simples funcionarios irrelevantes e ineficaces (desde la telefonista de la policía hasta el más alto mandatario de los policías), así como una fuerza de élite como el FBI, capaz de llevar su obcecación a dispensar a los terroristas el “milagro” que necesitan para abrir la caja fuerte, siempre en contraposición al talante perspicaz de los asaltantes bávaros. Sin emarbgo, el verdadero argumento del filme no se trata tanto de un hombre que se enfrenta a unos ladrones ‘hi-tec’ o un tergiversado ‘shoot- em-up’ de cuidada pretensión cualitativa, si no que se trata de un viaje interno de un hombre cuya última pretensión es salvar su matrimonio. El filme de McTiernan descubre su verdadero magnitud cuando emerge a la superficie el fondo dramático que sustenta los condicionantes de un McClane del que afloran sus dobleces al decaer física y psicológicamente, una vez que se destroza las plantas de los pies al intentar escapar de los asaltantes.
Es cuando el público observa en todas sus dimensiones la ansiedad y miedo del policía, la deliberación intrínseca entre el abandono o seguir luchando para revertir el caos moral y social impuesto por los propios villanos. El héroe cínico ya no tiene más ganas de seguir jugando ni de reír y es significativo que esto suceda en el mismo instante en el que reconoce su egoísmo a la hora de afrontar el triunfo profesional de su mujer, que ha aceptado un traslado de ciudad para evolucionar en su carrera de ejecutiva mientras él ha hecho todo lo posible por seguir ejerciendo como policía de Nueva York. Precisamente, cuando se extrae los trozos de vidrio de sus pies ensangrentados, expresa ese mencionado doble dolor, emocional como físico: “me ha oído decir te quiero miles de veces, pero nunca me ha oído decirle perdona”, le dice a Powell.
El espectáculo transformado en arte
‘Jungla de Cristal’ está trufado de pequeños detalles que habilitan un vasto submundo referencial. Desde sus primeros instantes, se establecen pautas para ser descubiertas en nuevos visionados, como esa mirada de la azafata del inicio o la chica de culo perfecto que salta a abrazarse a su novio. Sendos instantes hacen percibir que McClane sea un mujeriego, a lo que ayudan otras dos mínimas secuencias, como que repare en un pictorial de una revista erótica que cuelga de la pared o al escuchar los disparos intimidatorios en la planta donde se celebra la fiesta se dice a sí mismo “piensa, piensa…”, observando a través de la ventana a una bella señorita en ropa interior. También hay esparcidas unas cuentas frases que evidencian que McClane odia la costa californiana. Todo ello requiere la complicidad del espectador, despojado de su simple condición de observador; desde la anticipación tecnológica de una pantalla táctil para buscar el nombre de Holly McClane para comprobar que utiliza su nombre de soltera, pasando por cómo Karl le entrega un billete a Theo que hace suponer que habían hecho una apuesta sobre si Takagi diría o no las claves de la caja fuerte. Más evidente es el primordial hecho de que vaya McClane esté descalzo y expuesto a que en otra secuencia los terroristas disparen a los cristales de una oficina para malherir sus pies responda al prólogo, en el que un pasajero del avión le aconseja caminar sin calcetines por la moqueta juntando los dedos de los pies: “Lo encuentra idiota, pero créame, llevo nueve años haciéndolo”, le aconseja.
Toda la película está salpicada de momentos de sutil humor y costumbrismo que no hacen sino acrecentar su excelencia, como cuando casi, de forma consecutiva, uno de los hombres del grupo de asalto se pincha con un zarzal y uno de los miembros de la banda, Uli (Al Leong), en el fragor de este mismo instante, no puede evitar mangar un Crunch del mostrador en el que se apoya. Así como esa reacción al ver volar con un bazooka una tanqueta de asalto policial: “Ay, qué pena… ¡Que se quema el cochecito!”, grita divertido uno de ellos. De entre un buen puñado de frases memorables, destaca una que pasará a los anales de la historia. Se trata de la expresión: “Yippee ki-yay, hijo de puta”, utilizada por los cowboys en el Siglo XIX como alegre saludo antes de la fiesta.
Más allá del cine de evasión y netamente comercial, ‘Jungla de Cristal’ rubrica su importancia con el inagotable uso del espectáculo sin renunciar a una extraña cualidad de película navideña, tutelada con un ritmo ajustado a la cada tempo de la narración, suministrada bajo una clarividencia impensable en una cinta de acción de aquélla época y que, hoy en día, podría emplearse como representación distintiva y ejemplarizante de lo que es una película de género modélica. No hay que olvidar la preponderante utilización del sonido: es valiosísimo en toda su dimensión, destacando, entre muchas otras, esa escena en la que, desde la posición de McClane a varios metros donde Gruber está a punto de acabar con la vida de Takagi, el espectador sólo entiende a medias debido a la distancia el diálogo entre ellos. También en el ámbito fotográfico predomina la intencionalidad imperfecta y plagada de ‘lens flares’, contraluces o enfatización de siluetas en el mejor trabajo de Jan de Bont en su carrera, así como los fugaces cortes multiángulo que instaura una ruptura para disponer de forma excepcional al público en el fuego cruzado y los golpes visuales del montaje de John F. Link y Frank J. Urioste o la subversiva banda sonora de Michael Kamen, que aunque en ciertos intervalos suene como un facsímil de ‘Arma letal’, es capaz de incluir los acordes de ‘Cantando bajo la lluvia’ en la irrupción de los terroristas en el Nakatomi o reiterar constantemente y de forma sutil el cuarto movimiento de la Sinfonía nº 9 de Beethoven (el ‘Himno de la alegría’) cuando se trata de personificar a través de la partitura la condición de héroe trágico a Gruber.
En definitiva, la cinta de McTiernan es una obra maestra a la que el paso de los años no sólo ha respetado, sino que ha expandido la contundencia de lo políticamente incorrecto, sempiterna en su superioridad cuyos valores genéricos siguen codificándose en la temáticas universal que profesa. Inauguró un género propio, que podría definirse como un ‘blockbuster’ post-clásico, reabsorbiendo referencias y clichés para destruirlos y erigir un nuevo modo de entender el cine de acción. ‘Jungla de Cristal’ es, hoy en día, la más influyente de cuantas irrumpieron al final de una década en la cual el cine de acción obtuvo sus mejores y más recordados éxitos. Una auténtica experiencia que reaviva su magnitud en cada nuevo visionado.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2013

martes, 24 de diciembre de 2013

NAVIDAD ABISMAL 2013: el año en el que nos robaron hasta la ilusión

Ay… la Navidad, ese tiempo de contradicciones y reencuentros ¿Qué tiene la Navidad para confabular lo mejor y lo peor de cada persona, de cada situación y de cualquier festividad aceptada como representativa de esta sociedad que nos arrastra a celebrar cada año todo tipo de parafernalias? En estas líneas abismales, llevo años manifestando que no hay que desnaturalizar la Navidad, ni arremeter contra ella. Simplemente disfrutarla o esperar a que los días pasen como uno bien pueda, de la mejor forma, tramitando su tiempo con el objetivo de divertirse. Lo cierto es que toda esa alegría entre el conflicto atávico que se produce en el cambio de estación, de celebración y fiesta para preconizar unas fiestas absorbidas por el consumismo y la estética llamativa han cambiado. Hubo un tiempo en que la Navidad tenía sentido y se disponía como un lapso vacacional en el que ingerir sin freno opulentas cenas y comidas con compañeros, amigos y familiares. Suponía un paréntesis para abandonar los malos augurios y reponer la energía a base de comer y beber en Nochebuena y continuar con más brío en Nochevieja, engarzando Año Nuevo con pitanzas y cogorzas de toda índole. Era bonito y entrañable.
Sin embargo, ya nada es lo mismo. Lo de meterle buenos viajes al hígado y al colesterol ha pasado a mejor vida. Ahora las luces son unas ‘led’ baratas que ni siquiera son capaces de irradiar el espíritu de las pascuas de antaño, se afrontan sin la misma capacidad de figuración o fingimiento, agotados por que la trascendencia de una vida que nos pisotea más allá de lo testimonial. Incluso las ridículas cestas con embutido del barato, champán sin marca y turrón del duro han desaparecido. Nos corroe una sensación de vacío imperante que mitiga la interpretación de estar debajo del muérdago, silencia los villancicos y las panderetas suenan con un sonido oxidado. Ahora la botella de anís y el cuchillo ya no nos sugiere la graciosa tradición de hacerlos sonar, sino que podríamos arrojarla y utilizar el cuchillo para clavarlo con saña en el cuello de algunos de los hijos de puta que han provocado esta situación. Son los tiempos que corren. Tiempos putrefactos donde desde el poder se dicta una ley retrógrada sobre el aborto que desprecia los derechos fundamentales basándose en el fanatismo religioso de una infecta secta, sube la luz destrozando aún más las economías familiares más débiles o prepara un anteproyecto de ley orgánica de seguridad ciudadana para implantar adecuadamente lo que viene su objetivo desde hace años: una dictadura totalitaria.
Estas despreciables personalidades públicas (vengan del partido que partido que vengan –sindicatos incluidos-), aquellos que viven en puestos intocables de privilegios y corruptelas, brindarán con champán exquisito, comerán marisco recién capturado, seguirán fomentando el despilfarro generalizado con una risa cínica mientras eluden hacer memoria sobre las continuas caídas y desplomes del consumo, las bajadas de producción, los descensos de las importaciones y exportaciones, la emigración y la falta de puestos de trabajo, el menosprecio por la educación y la cultura, la privatización de la sanidad, los recortes… Ellos sí que saben disfrutar de la Navidad ¡Oh sí! Y encima lo hacen a costa de los demás. Imagináoslos por un momento riendo, abriendo exorbitantes regalos en su lujoso hoga, mientras muchas familias pasan hambre y han recortado su gasto hasta el límite de lo grotescamente exiguo.
Queridos amigos, nos ha tocado vivir nuestra particular pesadilla ‘dickensiana’ con unos Ebenezer Scrooge sin piedad a los que, lamentablemente no se les aparecerá tres siniestros fantasmas, porque ya se les apareció la Virgen hace tiempo, en el momento en el que entraron a desvalijar el país hace varias décadas, repartiéndose el pastel en cada legislatura. El champán, el marisco, el despilfarro generalizado y la sonrisa cínica sólo están reservadas para unos pocos villanos que, cuales sanguijuelas que son y pese a la crisis, siguen montando cenas de partidos en saraos, departiendo sobre lo que se van a seguir descojonando al torturar al que menos tiene con más impuestos, arrebatándole derechos, mientras siguen su vida de haraganería instaurados en una clase alta que no les pertenece.
Pero al fin y al cabo, es Navidad… Hay que disfrutar mientras se pueda e intentar olvidar por unos días que estamos siendo desposeídos de nuestra voz y de nuestra libertad. Recordad que el año pasado nos vendieron el Fin del Mundo, cuando lo cierto es que llevamos años viviéndolo con toda clase de patadas en la boca. Y llegamos a ese punto tristemente tragicómico en el que nos vemos con un vaso de plástico vacío y sin champán, un collar de espumillón desgastado y un viejo matasuegras en la boca que casi no funciona, pidiendo deseos imposibles que transitan hacia un bienestar social que se depaupera minuto tras minuto en una Navidad cuyo espíritu laico fundacional es el mismo que nos emancipó en las teocracias basadas en el temor supersticioso al castigo, a lo sacro como coartada, que ha decretado desde siempre que el derecho a la felicidad viene impuesto. Nos dijeron que todo iría a mejor. Obviamente, nos engañaron. Y lo hicieron a la vez que toda esa mugre que desfila con trajes y sonrisas cínicas en el Congreso de los Diputados, en los Ministerios, en las Diputaciones, en los Ayuntamientos... consolidaba su estatus. Somos las bolas rotas que se han caído del árbol, los Bob Cratchit de esas fiestas terroríficas que, al menos, nos sirven para lamentarnos junto a los nuestros. Al menos hasta que nos dejen. Eso es la Navidad. Así que disfrutemos mientras podamos. Que poco nos queda.
FELIZ NAVIDAD 2013, amigos del Abismo.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Comparativa: '¡Qué bello es vivir!', de Frank Capra y 'Plácido', de Luis G. Berlanga

La Navidad desde un punto de vista aparentemente divergente
‘¡Qué bello es vivir!’ y ‘Plácido’ son las dos películas navideñas más representativas de dos mundos tan disímiles como el americano y el español.
En unas fechas como las que vivimos estos días, es inevitable tratar el cine navideño. A lo largo de la historia del Séptimo Arte se han desarrollado cierto tipo de películas ambientadas en Navidad; unas, de predisposición hacia los buenos sentimientos, otras, de tristeza o cinismo, según convenga. Todas ellas acondicionadas a un contexto visual en el que no faltan las guirnaldas, lucecitas, el árbol, Papá Noel, la Nochebuena, la ilusión y la familia. Elementos utilizados para diversos fines argumentales en cualquiera de los géneros que ofrece la cinematografía.
Impregnados por una globalización norteamericana que impone iconos y prescribe conductas y directrices en cualquier campo, en los últimos años se ha puesto de moda acudir como representación fílmica navideña a la gran película de Frank Capra ‘¡Qué bello es vivir!’, inspirada en un cuento de Philip van Doren, cinta que los norteamericanos (y más de medio mundo) revisita anualmente para asistir a un recorrido por la vida de un buen hombre, altruista sin límites, llamado George Bailey. Si bien es cierto que Capra dio al cine las más preciosas y amables proclamaciones de buenos propósitos, con trabajos de una hondura y emoción que, más allá de cualquier crítica sobre su posible repleción edulcorante, representan cine irrepetible, también lo es la necesidad de reivindicar la película española navideña más importante de todos los tiempos, esa obra maestra del cine ‘azconaiano’ como es ‘Plácido’, admirable celuloide que, con el paso de los años, está empezando a encontrar su importancia en un zócalo genérico navideño donde las producciones americanas parecen querer decir que esto de la Navidad es cosa de yanquis.
‘¡Qué bello es vivir!’ acopia en su metraje unos valores humanos y espirituales donde la amistad, el amor, la generosidad y la solidaridad empapan un cine de corte fantástico, fabulesco y moral. La situación de Estados Unidos de aquéllos tiempos hace pensar que el mensaje subvertido de la historia de los Bailey era una excusa para lanzar una crítica al ‘New Deal’ de Roosevelt, ya que tras el aparente simplismo con que está contada esta tierna historia, podemos apreciar la oscuridad fantástica de un Capra que transcribe sus verdaderas intenciones bajo el más puro cuento de Dickens para hablar entre líneas de una filosofía individualista, de un hombre cuya generosidad ha convertido su vida en un fracaso luchando por el bienestar colectivo.
Por su parte, Luis García Berlanga, apoyado en un prodigioso guión de Rafael Azcona, apuesta por una historia adherida a la realidad de una etapa donde la hipocresía es el arma caritativa que diferencia los estratos sociales del momento y que no son muy diferentes a los que se vislumbran hoy en la sociedad española. Berlanga purga aquí cualquier atisbo de trasfondo amable, conciliador, que había caracterizado su cine hasta el momento, para dedicarse a recrear (en palabras de Román Gubert) “un sainete con cianuro”. En ‘Plácido’ no hay espacio para la bondad, ni para camuflar los buenos sentimientos en una oda a la misericordia navideña. Todo es una proclamación de la falsedad de estas fechas. La represiva sociedad clasista de la época está reflejada en un entorno cotidiano y localista, que tuvo por título ‘Siente un pobre en su mesa’. Una campaña real que sirve para abrir los ojos a un microcosmos social que obligaba a los ricos a tener un acto de buena fe con los más desfavorecidos. El ejercicio de caridad, a diferencia de en ‘¡Qué bello es vivir!’, está forzado e impuesto, como acto exigido de cara a la galería, que esgrime un vendaval de apariencia que arrastra al pobre Plácido, un pobre hombre al que utilizan con su recién adquirido motocarro que paga no sin esfuerzo letra a letra.
En ambas películas está muy arraigada una ambivalencia capciosa. Capra defendía unas ideas y aportaba sus argumentos para demostrar sus tesis políticas y Berlanga ofreció en su mejor etapa una hábil manera de camuflarse con ficticios sainetes costumbristas en los que se podía apreciar una subversiva crítica a la sociedad del momento. Ambos realizadores confluyen en el prototipo de obras inofensivas y amables, pero en el fondo suponen sendos ejercicios de funambulista para hablar de otros problemas sociales mucho más importantes.
En esa combinación de intereses es donde se ensamblan las personalidades de George Bailey y Plácido, dos hombres equiparables que sirven de beneficio para la comunidad que les rodea, ya que ambos representan a antihéroes anónimos inmersos en historias de progresión cuyo sacrificio es utilizado con el propósito de un bien común. A pesar de ello, la película de Capra se antoja como una ilusión alegórica, utópica e irreal, excesivamente moralizada para un ‘happy end’ que en ‘Plácido’ consiste en irse a casa con la familia a comer lo que bien se pueda. Si Capra sofistica su pueblo, su doble juego de pasado y presente alternativo en el que el conformismo natural de la comunidad, tampoco varía mucho la vida de un George Bailey que hubiera nacido en Bedford Falls o en el siniestro Pottersville, Berlanga borda un tono coral de la narración donde no falta la ironía, la mala hostia, la presencia de la muerte y su preferencia por las clases medias.
La abismal diferencia entre ambas visiones de la Navidad está en que mientras en ‘¡Qué bello es vivir!’ utiliza la festividad como entorno de comprensión y expiación de los errores, ‘Plácido’ la delimita, con su rechazo a lo fantástico y ornamental, a una realidad fiel y rigurosa confinada a la incomunicabilidad aterradora del español medio de los 60. Un aspecto que concuerda con la segunda parte de la cinta de Capra, convertida en una aparatosa pesadilla de corte expresionista y de impacto humano. Compostura que, en manos de Berlanga, no puede por menos que convertirse en una comedia negra llena de cínico sarcasmo.
Dos películas que nada tienen que ver entre sí, pero que merecen un visionado en estas fechas como comprobación de todas las aristas posibles del periodo navideño.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Lotería de Navidad, una ilusión apagada

La Navidad trae consigo cada año uno de esos tradicionales acontecimientos que desentierran, en cierta medida, una apagada palpitación que dé sentido a esta celebración. Me refiero a la imposible ilusión que genera la lotería de Navidad. El grado de implicación suele ser alto. No es un sorteo cualquiera, nos decimos. Esa letanía de compra individual, billetes porcentuales con familiares y amigos, participaciones, etc… marcan ese deseo lejano de que toque algo. Fantaseamos con la fortuna que hiciera que mañana cambiaran las cosas y respirar ante la agonía de vivir en un país dirigido de forma tan despreciativa y degradante como es nuestro caso. Sería, al menos, un alivio, una luz tranquilidad, de fugaz utopía que suele, casi siempre, desvanecerse a la hora de comprobar si nos ha tocado el Gordo o alguno de los premios subsiguientes.
No importa que la compra de números de este sorteo especial haya encadenado cinco años de caída en picado en sus ventas, ni que el anuncio dirigido por Pablo Bergés parezca una pesadillesca función de terror que haga añorar los tiempos del deslumbrante dispendio visual y de calidad con aquel mítico calvo. La cuestión es mantener un poco de ilusión. Y es complejo, porque en estos tiempos dictatoriales que nos ha tocado vivir, a uno hasta han conseguido arrebatarle la esperanza. Por si fuera poco, por primera vez en la historia, también han aprovechado para robarle a cada agraciado un 20% de su billete premiado y, de paso, ponerlo más enrevesado, en vez de ochenta y cinco mil números, este año hay cien mil bolas en el bombo de números. Todo sea por llenar las arcas del estado con más dinero sustraído al ciudadano.
El hecho es que hay que tener un número por aquello de “qué pasa si hubiera tocado”. En nuestro caso era muy fácil elegirlo. Obviamente, la elección de un boleto concreto complica más la jugada a la hora de resultar premiado entre las escasas opciones que existen. No obstante, este año lo teníamos muy fácil. Llevamos dos años y medio conviviendo diariamente con un número insertado en nuestra retina, por lo que no hubo duda en la elección: jugamos, como era de esperar, al 3665.
Tocará seguro. Tocará seguro guardar el billete de recuerdo, por lo que el número lleva implícito. Y nada más. Sin embargo, mañana seguiremos el sorteo desde el escepticismo. Pero hasta el instante del desengaño, guardemos un mínimo retazo de ilusión. Si es que podemos y nos dejan.
Suerte a todos.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Las 45 imágenes más impactantes de 2013

Como cada año, así como si fuera una tradición que complementa a todo ese fárrago de raigambre navideña, uno de los hábitos más frecuentes cuando llega el fin de año es hacer balances y epítomes que dejen para la memoria aquello más destacado de los 365 días que están a punto de decir adiós. Hace tiempo que hemos sustituido el “lo mejor de…” por algo más preciso y apropiado como “lo más impactante”. Algo que, a buen seguro, expone mucho más el ánimo de la trágica situación global del mundo que esa visión alegre y calmada que a los bastardos que la han provocado pretenden vendernos.
Lo más señalado en cuanto a imágenes de este año viene a traernos otro de esos instantes que difícilmente podremos olvidar, representado una sociedad transformada en un caos por la mutación democrática que vulnera el bienestar de los más débiles en favor de los poderosos, de la carencia de libertades, de la paulatina dictadura silenciosa que impera en el mundo o bien por las tremendas sacudidas naturales que engendran catástrofes capaces de transgredir el límite de lo lógico. Lágrimas y dolor contrastados con otras fotografías de esperanza, de humanidad o de proezas. También las de la antagónica sensación que despiertan aquellas que reflejan el hambre o la guerra, significadas en varias de ellas, con esa puntual donde los fanáticos católicos alzan sus lujosos ‘smartphones’ y ‘tablets’ para venerar al nuevo Pontífice. Imágenes de protestas enfrentadas a intransigencias, otras muchas que recogen sueños y anhelos, realidades, desesperaciones o heroicidades. Eso, al fin y al cabo, metaforizan a la perfección el mundo que nos ha tocado vivir.
Y como año, y siguiendo la tradición se reúnen, en una pequeña colección, las 45 fotografías más impactantes de la revista on-line BuzzFedd, con la intención de aglomerar algunos de esos momentos que han marcado la dureza y el impacto de un año que es mejor ir olvidando.

martes, 17 de diciembre de 2013

Las falsas judías en bote de CINESITE VFX

Las estrategias publicitarias buscan como objetivo dar con una afinidad comercial respecto al comprador, establecer un ‘feedback’ que atraiga la atención del destinatario. En algunos casos, como el que nos ocupa, incluso son capaces de afrontar un cambio y desarrollar una especie de metapublicidad; es decir vender un producto desde otro que la empresa no oferta. El anuncio de Haynes Baked Beans, a priori con la presentación de la marca de unas alubias en bote, no es más que un señuelo para desarrollar una idea que despliegue las virtudes de lo que, en realidad, quiere ofrecer: los efectos especiales de la compañía británica de postproducción Cinesite VFX. Obviamente es impresionante, divertido y uno de los mejores ‘spots’ del año y formula, además, de forma implícita, algunos replanteamientos publicitarios. O, simplemente, una llamada a los anunciantes que se gastan millonarias cifras de escándalo la noche de la Superbowl.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Estreno salmantino de '3665' en Van Dyck, una noche para el recuerdo

Voy a intentar escribir una crónica de un estreno utilizando un método algo discordante. Más ajustado al contexto de la historia que hemos pretendido contar en el cortometraje. Los que habéis visto ‘3665’ sabéis que es un trabajo que apela, además de al amor inabarcable al cine y a varios géneros clásicos que han conformado mi visión como realizador, a la inamovible nostalgia que provoca el pasado. Ese pretérito concebido como pequeño páramo individual donde se amontan los recuerdos en forma de retazos de felicidad, de tristeza, de dudas y de melancolía. En cierta medida, todos echamos de menos algún instante concreto que nos viene a la memoria durante lapsos de reflexión sobre la vida. Por eso, el estreno de ayer recuperó un extraño sentimiento de retroceso temporal que fue capaz de avivar aquella memoria cinéfila que he vivido desde mi infancia, en un contexto tan cercano como si de mi propia casa se tratara. En cierto modo, esa reivindicación de todo aquello que ya no volverá y que se concierta como piedra angular dentro de la historia que narro en el corto, fue capaz de resucitar mis ilusiones fílmicas cuando soñaba en la oscuridad de una butaca frente a la pantalla grande.
Mi aprendizaje vital se dio en el colegio, cierto. También parte fundamental a través de lo que me inculcaron mis padres y lo poco que ido aprendiendo en esta vida que cada día se transforma en un complejo marasmo de preocupaciones. En la Facultad, por el contrario, me enseñaron, básicamente, a perder el tiempo y mirar con cierto nihilismo varios aspectos de todo lo que me rodea. Por eso, ayer añoré las salas donde aprendí a vivir; el Coliseum, Cine España, los Multicines Salamanca, el gran Teatro Bretón, Teatro Liceo, el Taramona o el de mi barrio, los cines Llorente… Todas ellas ya no existen. Se han extraviado en el tiempo para siempre, dejando en su estela algunos de los intervalos más felices de mi vida como espectador apasionado y vehemente. Siempre he confesado que donde más he aprendido ha sido, sin lugar a dudas, en una sala de cine. En la lista de los citados cines tristemente derruidos que convocan el sentimiento común a la hora de rememorar capítulos cinéfilos faltan los Cines Van Dyck. Y faltan porque son, precisamente, los únicos que resisten pétreos al paso del tiempo. El tiemplo donde tuvo ayer lugar la presentación salmantina de ‘3665’.
Recuerdo cada película desde que era un niño que he visto en estos cines, creciendo a través de las historias que han ido acompañándome desde entonces. Entre sus paredes he experimentado todo tipo de emociones, de dudas, de intrigas, de odios, de miedos o de amores… Al fin y al cabo, eso es el cine. Y la empresa creada por el gran Juan Heras lleva treinta y cuatro años consolidados como unos cines capaces de resistir todas las crisis en el sector que estén por venir, ajustándose a los tiempos e innovando con cada decisión que se toma en una familia que ha vivido por y para el cine. En breve, será el único complejo de salas que perviva en esta ciudad en declive. Y ellos siguen con la ilusión de seguir apostando por la calidad.
Por eso, estrenar ayer ‘3665’ en Van Dyck, despertó en mí esa doble emoción; por un lado la de que mis padres, todos mis amigos, ex compañeros del colegio, de la facultad, de trabajo, conocidos y familiares pudieran ver en Salamanca este pequeño trabajo rodado en una ciudad que está perdiendo la arraigada tradición cinéfila. Una fiesta compartida que, como siempre en estos casos, supone una de las complacencias y parte jubilosa de todo estreno. El de ayer fue un auténtico lujo. Por el otro, ver nuestro cortometraje en una de las pantallas donde he contemplado obras memorables de maestros inmortales. De ahí, que anoche supusiera un acontecimiento tan especial. Además, tanto Raúl Prieto, como el resto del elenco artístico (Marta Benito, Ángel González Fraile, Chema Guevara, David Maes y Néstor Gómez) y parte del equipo técnico, no faltaron a la cita. Lo que hizo incluso más especial esta premiere. Hasta tuve la suerte de que dos de mis mejores amigos y productores del cortometraje, Asier Guerricaechebarría y Joseba Gorordo, se unieran a la fiesta recién llegados de Bilbao. Una velada corta, pero intensa que contó con toda la gente de Salamanca a la que aprecio, respeto y admiro. Nueve años después de aquel estreno de ‘El límite’ en la Filmoteca de Castilla y León, tocó disfrutar otra de esas noches maravillosas e inolvidables.
Si tuviera que enumerar algún día en el que he sido feliz, empezaría apuntando la noche de ayer.
Gracias a todos los que compartisteis esta cita e hicisteis que un sueño se hiciera realidad.