jueves, 25 de julio de 2013

'Los incorregibles albóndigas (Meatballs)', de Ivan Reitman: nostálgica comedia de verano

Vista hoy en día, ‘Los incorregibles albóndigas (Meatballs)’, de Ivan Reitman, puede haber envejecido muy mal para los tiempos que corren. Su humor algo blanco, sus intenciones benévolas, su esencia bondadosa y de moraleja indulgente responden a un momento muy concreto, 1979, estimulación primigenia de las comedias adolescentes de campamentos y de sexualidad a flor de piel, con gracia transgresora pero sutilizada, que concretaba esa temática de hormona revolucionada con un fondo accesible a todos los públicos. Una de las obras germinales de comedias más revoltosas y políticamente incorrectas de los 80 junto a ‘Desmadre a la americana’, ‘Meatballs’ fue una ruptura como vía a la novedad de comedia sediciosa y desvergonzada. En su época fue un éxito, debido a su superficialidad refrescante, de índole veraniega y sin ambiciones, abanderado por elementos que, hoy en día deben ser vistos con el reconocimiento de absolutos clásicos; desde ese enésimo personaje antológico de Tripper interpretado por el icono del género Bill Murray, auténtica alma de la función, pasando por su director Ivan Reitman, nombre imprescindible para entender el éxito comercial como lo entendemos actualmente y sus guionistas Daniel Goldberg, Len Blum y el nunca bien ponderado Harold Ramis.
Obviamente no estamos ante una obra maestra, pero sí ante una de esas entrañables películas que despiertan la nostalgia de otros tiempos y recuerdan experiencias comunes universalizadas en un contexto generacional como son los campamentos de verano. Las aventuras de Tripper, la dulce Roxanna, Mickey, el objeto de todo tipo de putadas Morty, el ‘nerd’ Spaz, Fink, Crickett, A.L., Candance, Wendy, Hardware o Wheels siguen perpetuando esa estela conmemorativa de un tipo de cine algo deslustrado que mantiene su aprecio gracias a una serie de ‘set pieces’ que desfilan con un ritmo vertiginoso, que se rompen en la paternal relación de Tripper con Rudy, ese chico retraído y solitario destinado a ser el gran héroe del NorthStar en las olimpiadas contra el antagónico campamento de pijos y adinerados Mohawk e imponen una agradable cadencia que resulta de lo más reconfortante. Ahora, en verano, acuciados por la inercia de la inactividad es buen momento para recuperar este pequeño clásico provisto de la fascinante banda sonora de Elmer Bernstein.

miércoles, 24 de julio de 2013

Vivi Mac y el “speed art" de lo efímero

¿No se os ha derramado nunca un líquido sobre una superficie y habéis jugueteado a dibujar formas que encontraran cierto sentido sobre los contornos de esa disolución antojadiza? Pues bien, la francesa Vivi Mac ha llevado esto al extremo del arte con diversos elementos sobre un área plana en la que vierte su insólitas herramientas, estableciendo una conexión mágica entre éstas y su destreza, hasta alcanzar un estrato de grafía impresionante tan sólo con recursos naturales.
Leche, cacao, salsa barbacoa, tomate Ketchup, caramelo, café, miel, sal, regaliz, hielo picado o chicles son los dispositivos que formalizan ese arte que la propia autora denomina como “efímero”, como referencia a la naturaleza temporal de sus obras basadas en la caducidad de los líquidos y los alimentos con los que las elabora. Una suerte de "speed art" que pone de manifiesto que los límites de la creatividad artística no existen.
Una muesta de las obras de esta sorprendente artista aquí o en su espacio en Facebook.

lunes, 22 de julio de 2013

Edward Furlong: La decadencia de otro "juguete roto"

“¡Dinero fácil!” fue la frase dentro de ‘Terminator 2’, que esgrimía el joven John Connor o lo que es lo mismo, Edward Furlong, cuando debutó a lo grande en Hollywood de la mano de James Cameron. Entonces tenía catorce años y todo el mundo destacó su química y desparpajo frente a la cámara. Su corte de pelo, su forma de vestir y el rostro con pinta de meterse en problemas hicieron que su primera aparición le etiquetaran como estrella con un futuro prometedor. Durante unos años así fue. Las carpetas de las adolescentes se llenaron con fotos de este rebelde gracias a una serie de filmes que evidenciaron que aquel chavalín era más que el actor juvenil de moda; ‘Cementerio viviente 2’, ‘Corazón roto’ junto a Jeff Brigdes, ‘Little odesa’, ‘Juego mortal’, ‘Antes y después’ interpretando al hijo de Meryl Streep y Liam Neeson, ‘Pecker’, la controvertida ‘America History X’, ‘Cero en conducta’, ‘Animal Factory’… le transformaron en un actor de culto.
Su carrera como actor no se ha detenido. Sin embargo, ha seguido por otros derroteros, sin el esplendor de aquellos años ‘post-Terminator’. Su regreso a la primera división de las grandes producciones se iba a producir en la tercera entrega del Cyborg de Cameron en 2003, pero se truncó debido a que los productores prescindieron de sus servicios por una razón muy puntual: Furlong llevaba demasiados años siendo un yonqui reconocido, adicto al alcohol y a todo tipo de sustancias que le han llevado a las portadas de los medios sensacionalistas por otros motivos bien diferentes a los interpretativos. La desvirtualización de la fama, el término “juguete roto” y la constante decadencia de la vida vivida sin control han condenado la imagen de un hombre transformado por las drogas en un espantajo de prematura vejez, retrato figurado de la fragilidad suicida en la que ha caído tantas veces. Tras varias sobredosis y demasiados excesos, Furlong es el muerto viviente de la imagen que encabeza esta entrada. Se enfrenta a tres casos de maltrato contra su ex novia. Celebrada la vista preliminar del caso hace unos días, espera la condena que le podría llevar a la cárcel.

domingo, 21 de julio de 2013

Franco De Gemini, "The Harmonica Man"

1928-2013
La Hohner Chromatic, la armónica favorita de Franco De Gemini, ha dejado de sonar para siempre. Más conocido como "The Harmonica Man", comenzó su carrera como músico autodidacta en pequeñas orquestas y bandas para lanzarse en el Festival de San Remo con la banda EIAR de Turín. A principios de los 50, empezó a componer inolvidables melodías para bandas sonoras de películas, debutando con ‘Pan, amor y fantasía’ bajo la batuta de Alessandro Cicognini y continuando su carrera profesional dentro de los estudios televisivos Fonit Cetra, donde junto a Berto Pisano grabó música para varios programas televisivos.
En su discografía se incluyen más de 800 colaboraciones con su portentosa armónica en las bandas sonoras de algunos de los compositores más reputados de la historia del cine italiano; Nicola Piovani, Piero Piccioni, Francesco De Masi, Riz Ortolani, Armando Trovajoli, Carlo Rustichelli, Piero Umiliani, Franco Micalizzi o Bruno Nicolai, que acudieron al genio del instrumento de viento para arreglar y mejorar algunos de sus mejores trabajos.
Hollywood le abrió sus puertas con ‘West Side Story’, con la partitura de Leonard Bernstein, que siempre proclamó el desbordante talento de De Gemini y que expondría en su inolvidable ‘duetto’ junto a la flauta de Severino Gazzelloni en la cinta de Giussepe di Santis en ‘Italianos buena gente’. Sin embargo, a De Gemini siempre se le recordará por el importante legado que dejó junto a Ennio Morricone en varias partituras de las más clásicas partituras del ‘spaghetti western’. Sus tres notas en ‘Hasta que llegó su hora’ configuran uno de los prototipos más distintivos que evidencia su trascendencia dentro del sonido que determina el carácter de una banda sonora. Con Morricone también trabajó previamente en ‘El bueno, el feo y el malo’ y ‘Por un puñado de dólares’.

jueves, 18 de julio de 2013

Review 'Antes del anochecer (Before midnight)'. de Richard Linklater

El amor, la vida… el cine
La tercera entrega de esta extraordinaria trilogía propone una compleja descripción sobre la madurez dentro de la relación de pareja con un portentoso ensayo sobre los conflictos y decisiones que supone vivir una vida en común.
Jesse (Ethan Hawke) y Celine (Julie Delpy) se conocieron en un viaje de Interrail por Europa. Allá por 1995. Ella aceptó el reto de él: bajarse en Viena para conocerse antes de su vuelo a Estados Unidos al amanecer. Sólo unas horas para conocerse, enamorarse y jurarse volver a verse en seis meses. Ese reencuentro llegaría nueve años después. En París, donde ambos ya no eran dos críos espontáneos e idealistas, sino que la madurez comedió sus deseos de retomar aquellas sensaciones venecianas. ‘Antes del amanecer’ fue un espejo de carácter generacional, dentro de un planteamiento idealista sobre el amor y las relaciones de pareja. Su secuela, ‘Antes del atardecer’ transmutó aquella promesa de juventud en una realidad bajo la brisa en París, acercando a dos personajes conocidos a un fortalecimiento entre la realidad y el recuerdo cruel. El final abierto de esta segunda entrega de esta relación, donde la conexión vital fue restablecida y se abría la puerta al cruce de un destino común con un avión perdido supuso un espléndido híbrido entre la memoria, el deseo y el sueño.
En ‘Antes del anochecer’, todo ha cambiado hacia la normalidad de la unión en pareja, del establecimiento y consolidación de ese vínculo que arrastra la convivencia y la confidencialidad. Ya desde su arranque se percibe que el carácter romántico se ha difuminado para dejar pasa a la rutina. Ahora Jesse y Celine están atrapados en su propia relación, con dos niñas en común, viviendo en París, el hijo de él que acaba de regresar a Estados Unidos… La acción se traslada a la Costa Griega, donde trascurren las vacaciones de esta pareja, que trata de equilibrar sus respectivas carreras con las responsabilidades filiales. Jesse está ya totalmente establecido como novelista, un tanto narcisista y preocupado por la distancia que le separa de su vástago y que permanece en Chicago con su ex mujer que le odia. Celine es un activista ambiental que está considerando la posibilidad de aceptar un trabajo gubernamental. Cuando él sugiere la posibilidad de trasladarse a Norteamérica, ella no recibe la sugerencia de forma muy entusiasta. Es la mecha que enciende la mecha dentro de lo que parece una relación idónea, la grieta que hace aflorar distintos reproches encubiertos que comienzan a emerger y que estructura este tercer acto que Richard Linklater vuelve a asumir con el espíritu de Èric Rohmer, dejándose llevar por la verbalización extensa y sin prisa, con conversaciones que se esgrimen con parsimonia y naturalidad, para ir llegando a los objetivos emocionales.
Los primeros compases del filme de la placidez bajo la luz mediterránea helena. El mejor ejemplo un extenso diálogo rodado en un solo plano, desde el aeropuerto hasta la casa vacacional donde se hospedan, en la que se plantean todos los dispositivos dramáticos sobre los que girará la historia con una espontaneidad y pureza transparentes. La fuerza común de la trilogía siempre ha sido ese naturalismo auténtico, no forzado, que obliga a la asimilación de sus situaciones y a largos diálogos como elemento perspicuo, emplazado en un entorno donde se respira una convicción adecuada a estos personajes.
El riesgo que implica ‘Antes del anochecer’ es el mismo que acarreaban sus antecedentes. Y es la empatía con los no habituales, con aquellos espectadores a los que el tono dialéctico, discusiones argumentativas y evocaciones subjetivas puedan llegar a saturar. Al fin y al cabo, esta trilogía está delineada hacia el ejercicio intelectual, amplificando a esos mismos personajes con los que toda una generación se identificó, replanteando situaciones que ejerciten la reflexión sobre las relaciones de pareja.Linklater se establece como crucial una secuencia que define muy bien la substancia narrativa de toda la trilogía, como determinación fructuosa de esta tesis evolutiva e insondable sobre el amor. Se trata de una charla de sobremesa veraniega con unos amigos que contextualiza no sólo la situación de la pareja ya no sólo en el presente, sino en el pasado y en el futuro.
Explícitamente, tanto el director como sus coguionistas (Hawke y Delpy) reflejan el progreso de esa relación con varios espejos que devuelven respuestas al trance matrimonial por el que pasan. El viejo y sabio escritor Patrick (el veterano cineasta Walter Lasally), el anfitrión que ha hecho posible estas vacaciones griegas y una íntima amiga, Natalia (Xenia Kalogeropoulou), representan ese futuro de anhelos heterogéneos, de vidas en común durante toda una vida en pareja, que viven el ocaso comprometidos con su pasado como amantes y compañeros, pero un presente de viudedad bien diferente. A su vez, comparten tertulia con Stefani y Ariadni (Panos Koronis y Athina Rachel Tsangari), que simbolizan el sosiego de una vida en común sin responsabilidades ni traumas, la idealización abstracta de lo que Jesse y Celine imaginaron algún día. Y, por último, Achilleas y la bella Anna (Yannis Papadopoulos y Ariane Labed), que simbolizan ese pasado vienés de los protagonistas, de aquello que fueron. Es en este entorno, donde ‘Antes del anochecer’ encuentra su sentido, al revelar una dilucidación en profundidad sobre el amor y la relación conyugal a unos extremos dialécticos que bordea los contornos del ensayo argumental sobre el tema. Jesse y Celine se enfrentan así a la madurez como dualidad y sus consecuencias, delimitando con ello la ensoñación y el deseo.
Es cuando, en un prodigioso paseo de Jesse y Celine por las calles de Kardamili, emerge esa sensación de libertad, de ruptura con los condicionamientos que llevan la conversación desde lo mundano a lo espiritual, retrocediendo en la memoria para evaluar el paso del tiempo, admitiendo con ello la relectura de sus anteriores encuentros. Sin embargo, esa sensación concreta la frugalidad de un pequeño instante de asueto, puesto que la verdadera situación emerge cuando descubren que no son capaces de disfrutar de una noche de sosiego y sexo, destinada a recuperar la chispa del enamoramiento que habían ido fraguando en el díptico anterior. Es inevitable que el conocimiento mutuo haga saltar el sarcasmo, la duda, el malentendido o el reproche en un momento inoportuno. Algo que, de forma contundente, sublima la realidad que ha acabado eliminando el factor idealista de la fórmula.
No es casualidad que sea el Peloponeso griego la lugar elegido para mostrar esta crisis de pareja, puesto que supone un emblema inequívoco de esa dura crisis que destroza ilusiones metamorfoseadas en diversos factores, tanto sociales, como económicos y sentimentales y que aluden, a su vez, a las alegóricas raíces de la humanidad. La ilusión de aquellos jóvenes dispuestos a dejarlo todo por una quimera se ha desvanecido. Ahora, pertenecen a otra bien distinta, donde se ha evaporado una ilusión sustituida por la desconfianza y, lo que es más importante, les ha avocado al derrotismo de estos tiempos presentes con los que la realidad escupe todas aquellas promesas que hoy son un recuerdo.
Con todo, Linklater sigue asumiendo que la naturaleza que encauza el significado de estas tres películas estructura su totalidad en dos actores, en dos rostros que iluminan cada plano a través de unas actuaciones de una fuerza ineludible, contribuyendo asimismo, con la coescritura de sus historias con una fluidez y complicidad totalmente estimulantes, donde la improvisación se ciñe a unos límites que por estructurados no restan la libertad necesaria para ahondar en el alma de los personajes. Hawke y Delpy empujan al espectador a su historia, con destacables matices de confabulación, con miradas y reacciones de escalofriante franqueza. Ellos dos representan la grandeza de toda la saga. De hecho, aquí ya no existen bellos itinerarios por ciudades de postal como Viena y París, remarcados con detalles en la conclusión final o en el comienzo de las anteriores entregas, respectivamente. La Grecia de ‘Antes del anochecer’ es una excusa, un testigo como esa montaña que ve esconderse el sol como presagio de una noche que hará aflorar las dudas y que provocará la escisión promovida por esa deliberación sobre si ambos deben trasladarse a Estados Unidos para acercarse al hijo de Jesse. Una idea que no comparten y que implica que sus posiciones en la vida, esta vez como padres y matrimonio, puede alterar con un efecto devastador en su relación.
‘Antes del anochecer’ conlleva a una conclusión bastante evidente: encontrar el amor ideal y vivir un romance perfecto y eventual es relativamente sencillo. Lo complicado y problemático es mantener una relación a lo largo de los años. Eso es lo difícil. El hecho de que Jesse, tras la discusión en el frío e impersonal hotel, recurra a su faceta de escritor para crear una historia de fantasía para intentar levantar una sonrisa en Celine, responde a ese factor de inteligencia e intimidad por la que respira de forma tan frontal toda la trilogía. Tal vez, ese mensaje trasladado desde el futuro de Celine a su yo del presente brinda la extraña sensación premonitoria en el año 1995, cuando ambos se conocieron a través de sus conversaciones, de sus inquietudes, de imaginar cómo sería vivir una vida en común.
Lo milagroso de este necesario tríptico es el diálogo, la comunicación fluida que no se centra en algún aspecto determinado, si no el mero hecho de hablar y escuchar. ‘Antes del anochecer’ pone punto final (a menos que director y actores sorprendan con otra entrega en 2022) a un estudio muy íntimo y provocador de las relaciones de pareja. El legado propiedad de Delpy, Linklater y Hawke supone un ejemplar paradigma de cine y la vida, porque, queramos o no, Jesse y Celine, forman parte de nosotros, de nuestra educación sentimental y como personas dentro de un tema tan complejo como es el amor.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2013

miércoles, 17 de julio de 2013

‘La ventana indiscreta’: Burr-Bardem, parecidos veraniegos

¿Es cosa mía o Raymond Burr tiene un enfatizado aire y/o parecido a Javier Bardem en ‘La ventana indiscreta’? ¿Por qué observándole en otros trabajos como ‘Ironside’ o ‘Perry Mason’, por poner dos de los personajes más representativos del actor, no se percibe este sutil parecido pero aquí es tan notable? Ese rostro petrificado, esa mirada que rezuma amenaza y maldad inalterable que transmite el poco amigable y peligroso vecino Lars Thorwald tiene puntos en común con la fisonomía de nuestro actor más internacional, equiparándose a un intérprete del que le separan varias décadas dentro del entramado hollywoodiense. No es difícil imaginar a Bardem dando vida a ese vecino comercial de una joyería que asesina a su mujer descubierto por la afición vouyerística de un fotógrafo con la pierna escayolada.
Pura abstracción en una noche de estío. Posiblemente llevada por la alucinación a la que conlleva este insoportable canícula. Simple tontería.
Ningún momento es malo para volver revisar el clásico de Alfred Hitchcock, auto-tributo a su estilo, a una forma exclusiva de hacer y sentir el cine. De tal maneta, que supone un género en sí mismo y una ofrenda al cinéfilo más adicto a la personalidad del autor británico. Un vecindario observado desde un ventanal que recuerda a una pantalla de cine, percibida desde la subjetividad de Jeffries (James Stewart), un hombre aventurero y, en cierto modo, solitario, que vive bajo la responsabilidad de aceptar su compromiso con Lisa (el eterno rostro de Grace Kelly), una mujer que parece no encajar en su mundo. A través del protocolar ‘Mcguffin’ centrado en esa relación, el espectador caerá en las redes de un claustrofóbico y cautivador laberinto de suspense cargado de espléndido análisis psicológico multiperspectiva, que va desde la mórbida mirada hasta la reconstrucción de los límites de esa intimidad, concebida desde la propia ficción. Habrá tiempo en este espacio abismal para analizar con profundidad todo el poder de fascinación al que invita este repertorio de esplendor que significa ‘La ventana indiscreta’ dentro de la obra de Hitchcock.

martes, 9 de julio de 2013

'El año pasado en Marienbad': el lugar y el tiempo

En el excelente artículo ‘The Haunted Palace’, Kathleen Murphy compuso una meticulosa exploración sobre la frías losas de piedra del corredor de báculos de madera y estucos rodeados de grabados que se perciben como hermoso contexto de ‘El año pasado en Marienbad’. En él, la escritora centraba su mirada por la obra maestra de Alain Resnais para abordar un apasionante recorrido a través de otros puzzles cinematográficos condenados al recuerdo, como los siniestros secretos que encierran las enmoquetadas galerías del Hotel Overlook de ‘El Resplandor’, de Stanley Kubrick, atravesando (y diseccionando) diversas correderas como vías de escape a la psique humana de la entelequia y la irrealidad, donde lo imaginario se confunde con lo tangible, en el momento en que la memoria reinventa el mundo. Se paseaba de puerta en puerta por películas como ‘La dama de Shanghai’, de Orson Welles, ‘El Oscuro Objeto del Deseo’, de Luis Buñuel, haciendo alusión a Max Ophuls y Josef Von Sternberg e incluso llegaba, con lógica inercia, al ‘Vertigo’, de Alfred Hitchcok, haciendo semejanzas entre una película de sortilegio único con los juegos y puzzles que proponen estas obras también clásicas, como laberintos ficcionales donde el hipnotismo, la amnesia o la imaginación solipsista establecen una ilusión óptica que el espectador debe desvelar sin ningún tipo de pretensiones cartesianas.
Desde el gusto por la ornamentación visual, hasta el arrebato de fractura epistemológica, Resnais utilizó este clásico como ejemplo, destructivo y renovador al mismo tiempo, de la expresión y la evolución del lenguaje cinematográfico, donde la significación prevalece antes en el deseo y la imaginación que en la lógica y la realidad. Hermética y calculada, ‘El año pasado en Marienbad’, narra cómo un hombre se obstina por persuadir a una mujer de un encuentro en el mismo hotel donde se hospedan un año antes, lugar donde mantuvieron un ‘affaire’ y se citaron justo un año después. Sin embargo ella no lo recuerda, entrando en un turbio juego de reiteración pasional y persuasiva. Se muestra al espectador como una miscelánea de emociones e imágenes, donde su seductora planificación, la utilización de los espacios y los rostros de Delphine Seyrig y Giorgio Albertazzi se perpetúan conjurados por la magia formidable del Séptimo Arte en la penetración alegórica de un mundo espectral que el crítico Dave Kehr definió como “el hemisferio perdido de la cinefilia”.
La mirada del público consume los retazos visuales que adornan esta indescifrable historia desarrollada en el barroquismo del entorno, en los interminables pasillos, en estáticos personajes vestidos de gala y en el recuerdo borroso de unos jardines geométricos en un tiempo desestructurado que esconde secretos inconfesables. La cinta de Resnais, escrita por Alain Robbe-Grillet, es un enigma psicológico perceptivo que no ofrece conclusiones a las incógnitas lanzadas al espectador. Bajo esa música de órgano fúnebre y siniestra se esconden preguntas acerca del tiempo y los lugares, el pasado y el presente, la locura y el sentimiento, incluso de la muerte y el recuerdo. La obra del director francés es un legado que apela a la mirada del que se introduce en su rompecabezas y a su facultad de contemplar, de escuchar, de sentir.

viernes, 5 de julio de 2013

Review 'Monstruos University (Monsters University)', de Dan Scanlon

Los alumnos aventajados
Sin renunciar ningún instante a las virtudes y conceptos de la filmografía de Pixar, esta precuela se presenta como una comedia algo menos ligera de lo que aparenta, para incidir en los grandes temas que han llevado al sello de Lassetter a lo más alto.
Después de los estrenos de ‘Cars 2’ y, en menor medida, ‘Brave’, muchos fueron los que se lanzaron a anunciar ese imperceptible declive dentro de la factoría Pixar, la misma que fue capaz de fecundar algunas de las últimas obras maestras cinematográficas y elevar a la excelencia el cine de animación por ordenador hasta cotas insospechadas. Puede que la secuela de ‘Cars’ respondiera a un efecto comercial y abriera una constante revisitación de éxitos más o menos recientes.
Si bien es cierto que desde su cohesión con Disney parece que el intuido riesgo de la factoría de John Lasseter se ha desvanecido en función de la sobreexplotación de secuelas, la pregunta sería si en todo este hipernegocio Disney ha fagocitado la capacidad de sorpresa que proponía Pixar con cada propuesta. ‘Monstruos Univeristy’ enfila ambos caminos. Por una parte, sufraga la estela demostrativa de Pixar, ofreciendo al público la posibilidad de continuar sintiendo esa peculiar mirada a un mundo mágico de estética perfecta que se reinventa constantemente. Pero por otro, no deja de existir cierto formulismo que entorpece su grandeza empañada por factores exógenos y mercantilistas que hace años parecían ajenos a la compañía, sacrificando con ello aspectos que le confirieron esa divinidad en la que la tecnología inspiró al arte y la transformó en fascinación colectiva, para llegar a su pináculo con una obra maestra de la talla de ‘Toy Story 3’.
No obstante, con ‘Monstruos University’ se devuelve, en gran medida, a la senda de entendimiento de ese mundo fantástico que pasa por el aprendizaje y donde las lecciones morales se establecen como fábulas, cuanto menos, indefectibles Y lo es porque en ella se mantiene un dispositivo que Pixar no ha perdido de vista en ningún momento: elaborar entretenimientos familiares que satisfagan un mínimo de exigencia y diversión desprovista de una preestablecida intensidad de alcance sensorial. En ese sentido, la película de Dan Scanlon podría definirse como una cinta fácilmente subestimable, puesto que su decencia impera en la ligereza de espíritu, cuyo único objetivo visible es el de la comedia vibrante e hilarante, precisamente siguiendo una línea narrativa algo convencional, pero en absoluto autocomplaciente. La tipología cultural y sello de Pixar, la misma que parece haber malacostumbrado al espectador de todas las edades, se mantiene intacta aquí, aunque sea menos lustrosa que en anteriores éxitos.
El salto temporal a modo de precuela que define la relación de amistad vital entre Mike Wazowski y James P. “Sulley” Sullivan basa sus conceptos en un guión estructural que fusiona tradición y modernidad, lo conocido y lo nuevo, y que, pese a recurrir durante su metraje a reconocibles convencionalismos genéricos, mantiene un alto nivel de sortilegio, sin rebajar ese estratosférico nivel de visualidad infográfica infinita e hiperrealista. No hay que dejarse engañar, ‘Monstruos University’ garantiza el vademecum de logística característica de Pixar, síntoma de su férreo compromiso con sus virtudes, para lo bueno y para lo malo, sin traicionar en ningún instante los elementos marcados por la factoría de John Lasseter.
Tanto es así, que la entidad pedagógica tan arraigada a las aventuras de Pixar se enfrenta de cara al fracaso, a la aceptación de los límites vitales que desmantelan los sueños cuando colisionan con la realidad. El tener sueños no significa que van necesariamente se hagan realidad, parece querer justificar el filme. En ese terreno, algo que llama la atención en este universo monstruoso de anhelos e ilusiones primigenias es la pormenorizada exposición acerca de la decepción y el fracaso. A veces, el esfuerzo instintivo, el trabajo duro y la determinación, las horas invertidas en transformar en viable una meta por conseguir un sueño no es suficiente. Tampoco lo es exhibir un talento natural para convertirlo en una realidad sin ningún tipo de esfuerzo. Wazowski, disciplinado y estudioso, no da el suficiente miedo para ejercer de asustador y Sullivan, a pesar de ser el heredero de una estirpe de glorias dentro del trabajo, carece de conducta e interés por los fundamentos educativos.
A partir de esos conceptos familiares dentro del sello animado, Dan Scanlon impone una exploración acerca de la trascendencia de los ciclos vitales, a la que se presta especial atención, presentando un mundo inimaginable como posible y cercano, con guiños y referencias a las comedias de ambiente universitario que proliferaron en el cine norteamericano de los años 80. Incluso la partitura de Randy Newman evoca sintonías anexas a trabajos clásicos de Elmer Bernstein en ‘Desmadre a la americana’ o ‘Los incorregibles albóndigas’. Un contexto ideal para la diversión y el descontrol, para el ‘gag’ frecuentado en las fraternidades de ‘nerds’ con afán de superación en las que todo es posible. La Oozma Kappa define a la perfección este lugar común con un grupo de torpes inadaptados y poco dotados para los sustos que demuestran que el trabajo en equipo va más allá de las limitaciones y del aspecto exterior. Los monstruos secundarios, llenos de pelo y formas imposibles, aportan la variación más importante respecto a su predecesora, con personajes dibujados con personalidades muy estudiadas que roban protagonismo cuando emergen dentro de ese complejo propósito de humanización de bichos heterogéneos llenos de vida y alma. En especial, Furry Art y el rechoncho Squibbles “Squishy” Scott. La conformación emocional y el aprendizaje, la rivalidad, el sentimiento de culpa, el compañerismo, la necesidad de integración en un grupo perviven como mecanismos del drama interno. Con ello, se ofrece una oportunidad de redención donde la ilusión y los miedos o el fracaso y el éxito se solventan con el gran tema que siempre ha inspirado la grandeza de Pixar: la amistad.
‘Monstruos University’ es una comedia algo menos ligera de lo que aparenta, permitiéndose el lujo de tantear en uno de sus ‘set pieces’ el cine de terror y que perpetúa el detallismo llevado a lo imposible para confabular diseño y contextura en un mundo de colorido llamativo donde todo asume su función en torno al esparcimiento y el optimismo con el fin de hablar de cosas más importantes. El cuidado de la textura cromática y de la luz sigue estableciendo el perfeccionamiento a un nivel de exigencia máximo. Ante eso, Pixar no baja la guardia. La calidad que impera dentro del emporio absorbido por Disney, que es no perder espíritu de vista la fantasía para generar aventuras de muy distinta índole, está en cada fotograma de la cinta de Scanlon. Y por mucho que la reiteración evolutiva dentro de la narración no sea todo lo trascendente que se pudiera esperar, ‘Monstruos University’ garantiza la salud de Pixar como un trabajo que dignifica su nombre apelando a sus raíces. Y este era trabajo necesario después del descalabro que supuso ‘Cars 2’.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2013

jueves, 4 de julio de 2013

'La Ira Dormida', el libro que todos deberíamos leer este verano

“Hablar de un amigo como mitad del alma es hablar de modo excelente”, decía San Agustín. Y es lo que toca. Iván Sáinz-Pardo no es solamente uno de los genios cinematográficos con más talento que he tenido el privilegio de conocer, un hombre que lucha más que los demás para sacar adelante sus sueños con un ímpetu inacabable, que sonríe a la mala suerte desafiante y se reinventa una y otra vez con más fuerza que la anterior. Iván es un gran amigo. De los mejores que alguien puede tener. De esos en los que puedes confiar con los ojos cerrados, de lealtad y honestidad infinitas. Una gran persona llena de sorpresas, con una cognición abrumante sobre la vida y admirable conversador y confidente, que sabe respetar y compartir con un vínculo sincero y transparente. Algún día tendré que escribir acerca del mejor cortometraje que se ha rodado desde hace décadas en este país. ‘El laberinto de Simone’ debería ser estudiado como modélico trabajo en todas las escuelas del cine del mundo, así como su restante obra fílmica. Tengo una deuda con él a este respecto. Y se saldará. Las promesas entre amigos deben ser cumplidas.
En lo que Iván pugna con esmero ante el caprichoso e injusto destino por poner patas arriba el mundo del largometraje, su nuevo trabajo es ‘La ira dormida’, un libro escrito desde las entrañas a lo largo de los últimos diez años a través algunos de los mejores relatos y textos publicados en ‘El escondite de Iván’, blog referencial que ha ido recogiendo las inquietudes, narraciones y reflexiones de este escritor y contador de historias. En él podréis desgranar mediante sus páginas, la personalidad que constata un cúmulo de actitudes que subrayan esa capacidad de observación y evocación que siempre ha sabido manifestar minuciosamente mediante la expresión de sus textos, que recurren a emociones intrínsecas, a imágenes simbólicas, a denuncias comunes contra la injusticia, a la ficción insinuante… Un libro cuyas páginas despliega una imaginación que testimonia el carácter de un autor todoterreno y perceptivo. Si queréis descubrir al gran escritor que anida en este cineasta, no dudéis en invertir muy poco en tanto talento.
- Podéis adquirir ‘La ira dormida’ aquí.

lunes, 1 de julio de 2013

'A quemarropa (Point Blank)': la reivindicación de Marvin

Viendo ‘A Quemarropa (Point Blank)’, de John Boorman, uno vuelve a darse cuenta por enésima vez de que Lee Marvin nunca ha estado lo suficientemente reconocido ni valorado como lo que es: único y gran actor clásico. Por encima de las etiquetas que le catalogaron como un eficaz secundario de tiesura y dureza física, en papeles de villano, mafioso o asesino, Marvin supo diversificar como nadie esa rigidez fisonómica, inmovilidad corporal cuyo hipnotismo se vio contribuido con los años con su sempiterno pelo canoso. Walker, el gángster que escapa de Alcatraz para vengarse fría y premeditadamente de un grupo de antiguos compañeros que le traicionaron quedándose con una gran suma de dinero de un golpe pretérito, puede que sea su mejor papel dentro de su impecable repertorio cinematográfico.
Alexander Jacobs, David y Rafe Newhouse adaptaron la novela ‘The Hunter’, de Donald Westlake, para que Boorman compilara toda la tradición del cine negro clásico europeo, influenciado por la sofisticación de algunos miembros de la Nouvelle Vague francesa como Jean-Luc Godard o Alain Resnais, distorsionando la historia de una vendetta en una suerte de complejidad narrativa a modo de ‘flashbacks’ y ruptura temporal, de asfixiante atmósfera y luminosa visualización en los estilizados colores de una trama de venganza y desarraigo que, en cierto modo, recuerda a la perspectiva de Don Siegel en ‘The Killers’, la adaptación, esta vez, de una obra de Hemingway, también con Marvin dando una lección interpretativa.
En ‘A Quemarropa’, Lee Marvin se enfrenta a un personaje complejo, endurecido por la traición y la pérdida de su mujer y antiguos cómplices. Un ser introvertido y marcado emocionalmente que ni siquiera con su progresivo resarcimiento criminal para con todos los que le abandonaron recobra una humanidad irrecuperable. Con un poderoso hieratismo, Marvin apenas se despoja del rictus implacable de su personaje, dejando que la interpretación recaiga totalmente sobre la rudeza de su fisonomía, pétrea y embrutecida por unos rasgos puestos al servicio de la inclemencia, pero colmada de integridad moral en la despiadada ética del protagonista. Así, el actor concede una actuación memorable, de violencia impulsiva y vehemente, drástica y parca en recursos expresivos.