jueves, 30 de mayo de 2013

¡Agur San Mamés!, en primera persona

Uno de esos deseos tangibles que había rondado mi cabeza en este 2013 era asistir al último partido oficial en San Mamés, templo sagrado para el aficionado a este deporte de contrasentidos que es el fútbol. Como aficionado del Athletic, tenía un compromiso pendiente debido a mi lejanía con respecto a la capital del Botxo y quería saldarla en forma de pleitesía acudiendo a un evento marcado por la extraña sensación de una despedida agria y emotiva como era el adiós a un campo eterno como La Catedral. Mi gran amigo Joseba Gorordo hizo factible la adquisición de un par de localidades en preferencia norte, lugar donde los partidos se viven con especial pasión y exultación ante la adversidad de cualquier resultado. La memoria del centenario del estadio se dejó sentir en todo el campo desde los prolegómenos en sus aledaños. Pocas veces había visto San Mamés tan lleno. Allí no cabía ni un alma. Nadie se quería perder la despedida. En el ambiente se percibía ese sentimiento de congoja y palpitación común. Era una tarde más especial que cualquier otra por un hecho tan trascendente como la enésima demostración de comunión de una afición ejemplar, unida por una sensibilidad y adhesión hacia unos colores que van mucho más allá de lo que es el deporte.
Durante el partido, miré hacia las gradas más que con los ojos, con los recuerdos de todo lo que había visto a través de la televisión o de las puntuales veces que he tenido el privilegio de asistir a un encuentro ‘in situ’. Me emocioné al ver como las casi cuarenta mil personas compartían un instante colectivo tan íntimo como especial. El resultado fue lo de menos. Un partido bastante demostrativo de una temporada muy irregular. Hubiera sido bonita una victoria para cerrar esos cien años de vida del campo. Si el gran Rafael Moreno “Pichichi” marcó el primer gol en San Mamés día 21 de agosto de 1913, era de débito que un jugador de casa marcara el último hiciera el último. No fue así. El jugador del Levante Juanlu puso esa guinda y dejó una derrota agridulce. Lo importante, más allá del partido, era ese triste adiós. Durante el choque, clamaron la continuidad de Marcelo Bielsa (“¡Si Bielsa no se queda, Urrutia kanpora (fuera)!”, se escucharon todo tipo de cábalas sobre una posible clasificación en la Europa League que era más un sortilegio imposible que algo factible, se increpó a Muniain por exhibir sus hábitos de jugador malcriado al ser expulsado correctamente, hubo sonoras ovaciones a Susaeta y Aduriz cuando salieron del campo y una atronadora pitada a Fernando Llorente cuando entró en él. Pero por encima de todo eso, los cánticos de apoyo fueron los de siempre, más prolongados y enardecidos tal vez, por esa sensación de partida hacia la Historia. Nunca un estadio, ni siquiera San Mamés Barria, en pleno proceso de construcción, reemplazará la grandeza de las gestas vividas en el viejo estadio. Y eso se hizo notar.
Cuando acabó el encuentro, absolutamente nadie se movió de su localidad. Todos los jugadores del Athletic, incluido el cuerpo técnico, esperaron a que otros compañeros de otras categorías del club dibujaran una metafórica portería que ocupó el terreno de juego. Los capitanes de ambos equipos, Gurpegui e Iborra, junto al futbolista más joven de la cantera y el colegiado, avanzaron hacia el centro del campo depositando un ramo de flores y un balón en la divisoria para rendir homenaje a la Historia del estadio. Por megafonía solicitaron cien aplausos por cada año de vida de San Mamés, mientras en los videomarcadores emergían recuerdos del pasado que se van con la destrucción de este icónico campo, célebres instantes que se han escrito en un contexto tan especial. Y fue entonces cuando a todos los que allí asistimos se nos encogió el corazón y visualizamos todas las alegrías y las tristezas, las lágrimas y las celebraciones, los goles y los grandes mitos que han gestado su persistencia en los fastos de San Mamés. La unión, ese ente colectivo tan característico del Athletic, se transformó en un estremecimiento de nostalgia prematura, de despedida amarga. Por mi parte, no pude reprimir alguna que otra lágrima, como miles de aficionados que agitaban sus banderas y bufandas al viento. De esta forma pasaron más que esos cien segundos de aplausos. Hubo muchos más. Y todos juntos cantamos por última vez el “Altza gaztiak” con más fuerza que nunca, despidiendo al estadio que tanto nos ha dado.
La esperanza de la modernidad en un impresionante campo nuevo que nace anexo a este estadio, espera nuevas gestas del Athletic, esperando impetuoso esos gritos ensordecedores de la afición que, a buen seguro, volverá a sentir la emoción observando cómo el equipo recupera su historia. Al fin y al cabo, el corazón del athleticzale debe hacer de su nueva casa el mismo santuario que ha representado un estadio que llevaremos en el corazón toda nuestra vida. San Mamés vivirá en nosotros, porque ha representado la simbiosis entre equipo y afición como una casa que jamás podrá olvidarse. La próxima vez que vuelva a Bilbao, San Mamés ya no estará allí. Nunca es fácil despedirte de algo que forma parte de tu vida. Todo será extraño y enrarecido. Sin embargo, renovará la ilusión por asistir al nuevo estadio. Porque, al fin y al cabo, como escribí hace tiempo en este blog, el Athletic Club seguirá siendo para el aficionado como una forma de ver la vida, un aliciente confeccionado con el tejido sueños y traducido en la devoción de una afición modélica. El fútbol sólo es una excusa. No se trata del deporte, ni de un balón, ni de los goles… se trata sentimiento de alianza, como se dice de “una prolongación de nuestra vida”. Y esto volverá a suceder en el moderno San Mamés Barria.

lunes, 27 de mayo de 2013

Terry Gilliam y el "Factor Hámster"

Hay dos momentos bastantes destacables en el documental ‘The Hamster Factory and other Tales’, que se incluye en una de las ediciones en DVD de la película de Terry Gilliam ‘12 monos’. Un espléndido documento que recoge y define el proceso creativo de un proyecto alejado de las expectativas de Hollywood, pero que, sin embargo, está amparado por un fiero sistema de distribución donde el arte y ensayo sólo es valorado si se entra por el aro de lo comercial.
El primero, corresponde a la explicación de porqué el título de este trabajo. Ése “factor Hamster” al que se alude proviene de un plano de este filme protagonizado por Bruce Willis, Madeleine Stowe y Brad Pitt. En él, Willis debe inyectarse un antídoto con una aguja hipodérmica futurista amparado bajo un enorme decorado en el que, apenas apreciable, se distingue a contraluz un minúsculo hámster corriendo en una rueda. Gilliam, obsesionado por ver al roedor en acción, repite una y otra vez la toma hasta que consigue que ese pequeño detalle cuadre dentro de la secuencia, así como en relación a la historia. A priori, parece no tener importancia, sin que efectúe ningún sentido en la acción. Sin embargo, para Gilliam era un símbolo de la energía del lugar proporcionada por este pequeño animal. Su detallismo enfermo, su ira desatada cuando las cosas no se rigen por la lógica que sigue su imaginación son algunas que se sugieren dentro de este documental. Es por eso, que Willis no dejó que en ‘The Hamster Factory and other Tales’ apareciera Gilliam gritándole violentamente porque había vulnerado una lista de ‘tics’ de sus películas de acción y que tenía prohibidos. El director de ‘Brazil’ llegó a decirle a la estrella de ‘La Jungla’: “Aquí no quiero al Bruce Willis que todos conocemos, quiero al gran actor que todos desconocen”.
El segundo presenta a Gilliam en una reunión de ejecutivos después de un temido ‘screen test’ con público, en el que él es el único que confía en un montaje que a los asistentes les parece confuso. ‘12 monos’ fue concebida como una vía de escape en el género de ciencia ficción, que se asentaba en una mirada muy personal, la de Gilliam, que se aleja de los establecido con un discurso antidogmático, en el que realidad y alucinación, entono muy “a la europea”, muestra un presente y un futuro que tiene una desdibujada historia que escapa tanto del cine comercial como a lo que se esperaba del ex Monty Python. En un alarde de honestidad con el guión de Janet y David Peoples, de juegos metalingüísticos con los viajes temporales y el ‘Déjà vu’ como motor del drama, se mezclan, sin reparo, el cine de Hitchcock (las referencias a ‘Vértigo’ aparecen incluso en la película) con la historia de Chris Marker ‘La Jetèe’, en juego de espejos y de tiempos. Por supuesto, a Gilliam tanta osadía de cara a la ‘major’ que se escondía detrás del proyecto le viene grande.
En un momento del documental, dibuja con destreza un niño triste al que le han obligado a ponerse en el rostro una careta de una sonrisa mientras sujeta otras dos sonrisas. Es la forma que tiene Gilliam de entender la manipulación de Hollywood sobre los artistas. ‘12 monos’ es un rompecabezas argumental de arquitectura deconstructivista, donde los diferentes niveles de realidad y su articulación de tiempos imponen una lectura múltiple que interpela directamente al razonamiento del espectador. Fue considerada demasiado críptica y compleja. Por ello, Gilliam insinúa que al final la firmaría como Alan Smithee. Finalmente, el poder y el sentido común, hicieron de este estupenda película un éxito y dieron la razón a los locos como Gilliam.
.- Dossier TERRY GILLIAM.

jueves, 23 de mayo de 2013

‘Días de vino y rosas (Days of wine and roses)’, de Blake Edwards

Vidas al borde del abismo
"Recoged las rosas mientras podáis. Largos son los días de vino y rosas… de un nebuloso sueño, surge nuestro sendero... y se pierde en otro sueño".
Posiblemente sea uno de los planos finales más tristes y desconcertantes de cuantas escogidas obras maestras podamos elegir en los fastos del cine. La incertidumbre que provoca en el espectador no es si no las constante duda que planea a lo largo del metraje sobre sus personajes cerca de un futuro marcado por un lastre tan pesado como el alcoholismo. La genial ‘Días de vino y rosas’, de Blake Edwards, instaura sus cimientos sobre un melodrama acerca de la adicción y la necesidad no sólo a la bebida, si no al amor, tortuoso e ineludible, como la propia botella de alcohol. El filme se abre con ese melancólico tema de Henry Mancini y con la inolvidable voz de Johnny Mercer, anunciando algo que traiciona a modo de espejismo a cualquier cinta romántica de la época. Él es Joe Clay (Jack Lemmon), un relaciones públicas que satisface a los clientes de su empresa con todo tipo de fiestas y servicios que rozan lo impúdico. Ella, Kirsten Arnasen (Remick), la secretaria del jefe y dulce mujer inocente que acaba enamorándose de un hombre cuyo rostro perpetúa la bondad y la amabilidad que siempre hizo factible el gran Lemmon.
Sobre el papel, es un borracho sin asumir su problema, un personaje totalmente antipático que logra transformarse en alguien cercano con el que sufrir el tránsito en forma de pesadilla. Un hombre llevado por un trabajo hacia un estrato profesional más que cuestionable que amplifica su desventura con una terrible adicción provocada, en gran parte, por esa situación laboral. Sin embargo, es un tipo capaz de transformar a una adorable joven amante del chocolate y la lectura de enciclopedias en una adicta al alcohol, desde que él, consciente de su vampirismo, la infecta mediante un Brandy Alexander, un cóctel de cacao, mientras la observa cotejándola como posible bebedora, como una compañera de juegos con la que compartir su alcoholismo. Se casan, tienen una hija y asumen su rol de familia modélica en los estándares familiares de la ‘american way of life’, pero las alteraciones de humor y las recriminaciones perpetúan una idea: beber para aliviar el dolor. Ambos abrazan el alcoholismo como zona de común, como nexo autodestructivo atenuante de la presión y los problemas. El vaso de whisky es la temida vía de escape a la que se avocan los sueños rotos, la frustración o el fracaso.
Es curioso como Edwards, experto en comedias y películas más ligeras, desarrolla su visión tremebunda del cataclismo que divulga ese tercer vértice de una relación destinada a la tragedia invisible, la misma que atribuye la tolerancia insatisfecha, la autocomplacencia efímera, la avidez tendenciosa por la bebida con una tristeza y contigüidad difícilmente soportable. El amor, ese concepto de posibilidades infinitas, que parece la salvación de futuro idílico, se desintegra de forma inexorable. La superación, la complicidad, el egoísmo, las tentaciones y las recaídas gradúan el acercamiento y el alejamiento de la pareja. Cuando Clay consigue la sobriedad continuada, aferrándose a una esperanza cuya amenaza de reincidencia es parte del juego, desciende a los infierno del alcohol de nuevo, porque es una de las únicas maneras de reecontrarse con la persona a la que quiere. Kirsten asume esa fuga, ese componente que aleja los fantasmas que siempre han amenazado su estabilidad emocional, como algo necesario en su día a día. Mientras él, salvado por Jim (Jack Klugman), pieza (des)estabilizadora argumentalmente consignada a reorientar la vida de Joe que glorifica la asociación de Alcohólicos Anónimos e irrumpe con un importancia bastante perversa dentro de la narración, reconduce una vida sin ella, abordan un tema más complejo; las promesas que agitan la indecisión y la desconfianza, la contaminación de la buena voluntad. La única vía de volver con ella es la botella. Por eso, cuando Clay mira hacia esa mujer vulnerable alejarse del bar anexo a su vivienda, éste solicita su atención perversamente, estimulándole con las luces de neón como ofrecimiento de reencuentro con la mujer que ama.

martes, 21 de mayo de 2013

Josh Mecouch y la magnífica ‘Formal Sweatpants’

Josh Mecouch es el creador del imprescindible webcomic ‘Formal Sweatpants’. En ella, uno de los temas predilectos de este genio del humor, entre muchos otros, es reflexionar y cuestionarse las razones por las que se posponen las cosas anteponiendo otras mucho más baladíes, incluso cuando se sabe que algo debe ser acabado obligatoriamente. Lo que se viene llamando procrastinar. Mecouch, dibujante de Portland, es autor también del satírico ‘Mitt and Rob’ y aborda desde su formación como viñetista de periódico las posibilidades de este formato llevado al entorno 2.0. Cada lunes ofrece una ración de brillantez sin formulismos y de inspirada comicidad que conlleva con desprejuicio a la reflexión absurda sobre la errática condición humana y su entorno. Eso sí, no exenta de referencias cinematográficas.
Página de Josh Mecouch.

lunes, 20 de mayo de 2013

El Athletic cerró una temporada para el olvido

Una temporada para olvidar. Esta es la sensación que queda en el aficionado del Athletic tras conocer ayer la salvación matemática después de un curso que se ha ido viendo salpicado por situaciones ajenas a lo deportivo, con polémicas abiertas desde antes del inicio de la campaña y que agitaron un club acostumbrado a ver estos culebrones desde el exterior. Dentro del campo, el conjunto de Marcelo Bielsa ha jugado contra la lógica, con una irregularidad y puesta en escena del todo inesperada si nos atenemos a la temporada pasada. Ya entonces, incluidas las dos finales perdidas, el Athletic no estuvo a la altura del juego desplegado entonces. Este año se ha constatado que la reacción se ha producido a ráfagas, sin un rumbo fijo o un juego tan indefinido como computado en contadas ocasiones, que ha hecho ver muy pocas veces a ese reconocible equipo capaz de albergar ilusiones con otro juego bien distinto marcado por la apatía y el quebranto. El triunfo agónico contra el Zaragoza, que dejaba el respiro y la tranquilidad a los del Botxo, sirve de ejemplo para definir lo que ha sido el equipo toda la liga; un equipo apremiado por situaciones de riesgo puntuales, que ha cometido errores, demostrando que sabe mover el balón, tenaz e inestable partes iguales, con un portero capaz de salvar un gol con una mano prodigiosa y estar a punto de meterse un autogol con la otra en la siguiente jugada. Un desastre. Pero un desastre capaz de demostrar su pericia para crear ocasiones suficientes y fallarlas. Ayer tocaba ración de fortuna. Cuando más se necesitaba.
Unas veces se ha perdido dejando esa desazón de la oportunidad perdida. Otras, como ayer, pese a todos estos elementos negativos que influyeron en el juego, el Athletic tiró de raza y ganó, dando carpetazo a una campaña que no se puede volver a repetir. A efectos prácticos, el hecho de la salvación era lo mejor que le podía pasar al equipo. Y es paradójico que, con una serie de carambolas resultadistas, incluso podría quedar mejor en la clasificación que la gloriosa temporada pasada. Poco importa. La semana que viene el equipo se despide del centenario San Mamés, en lo que debe ser una fiesta de celebración de adiós a un símbolo memorable, de un icono a punto de desaparecer. Sin embargo, también tiene que serlo del alejamiento de los fantasmas que han deducido al descalabro los objetivos con los que el Athletic emprendió esta olvidable aventura liguera. Ha llegado pues, el tan ansiado momento de calma que abra un profundo plebiscito de reflexión y cuestionamientos, de respuestas y de tratamientos importantes de cara a la siguiente temporada. Existen múltiples preguntas que flotan en el ambiente, que dejan una época en la que la transformación evolutiva debe ser el logro si este equipo quiere volver a la élite a la que pertenece.
La liga 2013-2014 debe ajustarse a metas tangibles como la completa estabilidad del club, institucional y deportiva, recuperando la confianza y la ilusión colectiva. Sin factores intrínsecos que dinamiten el buen ambiente, sin polémicas respecto a ampliaciones de contratos y personajes que no quieren jugar con el equipo. Hay que postergar los nombres que han salpicado de desequilibrio el espíritu rojiblanco y dar importancia a los pilares que fundamentan la columna vertebral de este club. Porque suceda lo que suceda, por muchos vaivenes que se vivan, el Athletic seguirá siendo para el aficionado esa hermosa forma de ver la vida, un aliciente confeccionado con el tejido sueños y traducido en la devoción de una afición modélica. El fútbol sólo es una excusa. No se trata del deporte, ni de un balón, ni de los goles… se trata sentimiento de alianza, como se dice de “una prolongación de nuestra vida”. Y eso no se puede arrebatar así como así. El Athletic está por encima de todo. Y así seguirá siendo. Se auguran cambios. Y eso debe ser suficiente para devolver la ilusión a la afición athleticzale. La temporada ha acabado. Miremos pues adelante. Es lo que toca. De una vez por todas.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Han cerrado el EKU-Steine, uno de los bares más especiales de mi vida

A lo largo de nuestra vida, existen locales de ocio y de hostelería que marcan nuestro ir y venir, nuestros ratos libres, salpicados de instantes especiales, de recuerdos colectivos, de unión y complacencia. Lugares a los que regresar sabiendo que en ellos estás como en tu casa. Me refiero, cómo no, a los bares que marcan una vida. A principios de los 90 comenzamos a acudir al bar Steine, que poco después pasó a llamarse EKU y compartir binomio para los habituales clientes. Pues bien, a principios de esta misma semana, este mítico bar ha cerrado dejando en el camino una extraña sensación de tristeza. En Salamanca, cada vez quedan menos lugares reconocibles que han sobrevivido al paso del tiempo y a la crisis, cediendo a manos de multinacionales o abandonando locales vacíos que han colgado el fúnebre cartel de “cerrado”.
El EKU o Steine (como yo siempre he preferido llamarlo) pasa a engrosar esta triste lista, con lo que desaparece uno de los iconos de calidad de Garrido. Un bar memorable que aglutina recuerdos y amistades forjadas entre sus cuatro paredes. En todos estos años, Edu y Miguel compartieron con sus clientes mucho más que charlas y cervezas, que deliciosos menús y pinchos con los comensales que acudieron allí buscando la tranquilidad de un bar ejemplar, mucho más que partidos de fútbol, que celebraciones varias o que alegrías comunes. Edu y Miguel pasaron a ser dos amigos más. Y eso es muy difícil encontrar a día de hoy.
Nosotros empezamos a ir a Steine con la impresión de que allí teníamos un punto al que volver, que ofrecía buenos precios, buen ambiente, buena comida y, sobre todo, la alternativa de cervezas de importación que en el barrio era difícil de conseguir hasta ese momento. Su decoración de taberna irlandesa y su entorno de bienestar le hicieron ideal para repetir con gran querencia. Es lo que tenía este bar, ésa particular sensación de sentido de pertenencia, de complicidad grupal.
Si bien es cierto que últimamente acudía muy poco, como tampoco voy al cine o me puedo permitir otros muchos lujos por exigencias de la pobreza a la que sucumben los pasatiempos y que apaga la diversión, hubo una época más boyante en la que podía ir hasta cinco o seis veces por semana. Una época de felicidad y bienestar que jamás podré olvidar. Y el Steine, el EKU, forma parte de ella, porque ha sido como un hogar para mí y sus clientes como una familia con la que conversar, con la que beber o compartir penas y participar de ese contexto de cordialidad abierta. Con la marcha de Edu y el cierre del bar, desaparece de Garrido toda una institución a la que echaremos de menos con nostalgia. Y con ello, todo lo anteriormente expuesto.
Una lástima que todo sea así, pero la vida sigue y hay que aceptarla tal y como venga. Al menos nos sigue quedando el mítico Bar Gema, cuyo espacio adquirió Miguel recientemente para emprender una aventura en solitario y que comparte todas sus virtudes y clientela con el EKU. Eso que no se pierda bajo ningún concepto. Pero ya nunca será lo mismo, porque no podremos hacer la doble ronda de saludar a aquellos dos amigos que abrieron uno de los bares más importantes de mi vida. Echaré mucho de menos las jarrotas de litro y medio con el logotipo de Grölch en las que me servían la cerveza, las partidas de dardos, los pinchos, los platos combinados, pero sobre todo echaré de menos el contexto, el bar en sí y todo lo que allí he vivido. Son días tristes. Y hablo incrementando la sensación a una época, a un lapso de tiempo, que parece no tener fin.
Como conclusión, si lees esto alguna vez, amigo Edu, muchísima suerte de corazón con todo a partir de este instante y, sobre todo, muchísimas gracias por haber hecho junto a Miguel que el EKU prevalezca siempre en nuestra memoria con un cariño fuera de lo común.

lunes, 13 de mayo de 2013

Steven Soderbergh y el estado del arte

“…El arte es contar historias y tenemos que narrarlas para transmitir una cierta cantidad de ideas e información y tratar de dar sentido a todo este caos. A veces, cuando se logra que una historia sea convincente por parte de un buen artista, casi se puede lograr ese factor que es imposible, capaz de entrar en la conciencia del ser humano, literalmente, haciendo que se vea el mundo como ellos lo ven. Entonces, si se tiene una muy buena obra de arte y un muy buen artista, se altera de alguna manera, logrando una experiencia transformadora. Y en el momento en se aprecia una obra de arte, deja de estar solo para conectarse con las artes...”


“…El arte es también de la resolución de problemas y es obvio, por lo que vemos en las noticias, que tenemos bastantes problemas con la solución de más problemas. Según mi experiencia, el principal obstáculo para la resolución de los problemas es una ideología enraizada. La gran ventaja de hacer una película o una obra de arte es aquello que no entra en juego. Todas las ideas están sobre la mesa. Todas las ideas y todo lo que está abierto al debate, y es lo que hace que todo el mundo triunfe al entregarse a la exposición de que eso debe ser así. El arte, en mi opinión, es un modelo de solución de problemas muy elegante. Y es cuando llegamos al meollo de la diatriba, al estado del cine. En primer lugar… ¿existe una diferencia entre el cine y las películas? Sí. Si yo estuviera en el equipo de los Estados Unidos, diría “joder, sí”. Y la forma más sencilla en que puedo describirlo es que una película es algo que se ve y el cine es algo que se hace…”.
Steven Soderbergh

sábado, 11 de mayo de 2013

El pincho de merluza de Robinson a LeBron

Ayer me volví a tragar el partido de playoffs Chicago-Miami. Soy gran seguidor de los Bulls y cuando tengo oportunidad, trasnocho con la esperanza de que los de Tom Thibodeau lleguen a buen puerto, en este caso, dando guerra al colosal equipo de los LeBrones de Miami. Ganaron, como era lógico, éstos últimos. Para eso son los actuales campeones de la NBA y parten como favoritos en cualquier quiniela para renovar ese puesto de privilegio. Se llevaron el triunfo de este tercer partido de las semifinales de conferencia por 104-94, no sin cierta injusticia y con alguna que otra ayuda arbitral en faltas clave durante momentos decisivos. Los de Chicago anularon a LeBron y a Wade durante los tres primeros cuartos. No obstante, Miami supo definir muy bien en último periodo (con un Norris Cole muy inspirado). Y eso, les dio la victoria. Sin embargo, todo aficionado quedó deslumbrado con un momento espectacular. De esos que serán recordados durante un largo periodo. El instante mágico se produjo cuando Nate Robinson, base de 1’75 m. y auténtico valedor de estos Bulls a medio gas, le puso un monumental PINCHO DE MERLUZA al mejor jugador del mundo. Anteriormente había logrado similar hazaña contra jugadores de poste como Shaquille O’Neal, Yao Ming o Dwight Howard. Cuando los Heat recuperaron en balón en un contraataque fácil, la estrella se dispuso a entrar a canasta sin esperar que el estratosférico salto de Robinson frustrara sus intenciones. Un tapón antológico, de cierto cariz humillante para un LeBron acostumbrado a que todo le salga bien.
Es una lástima que estos Bulls que están plantando cara con una tenacidad abrumante a los grandes campeones no tengan el concurso de su estrella total, Derrick Rose o que otros factores claves como Luol Deng y, sobre todo, Kirk Hinrich, estén también en el dique seco. Gary Washburn, reportero del Boston Globe, afirmó hace pocos días que “Miami sin Lebron, aspiraría tan sólo a un quinto o sexto puesto”. Totalmente acertada la aseveración. Chicago, por contra, con sus estrellas al máximo nivel podría aspirar al anillo. Es más que probable que Miami, con permiso de San Antonio (los Thunder también juegan a otro nivel sin Westbrook), se haga con su segundo anillo. Pero eso ya… es otra historia.

jueves, 9 de mayo de 2013

Nos ha dejado el gran Alfredo Landa

(1933-2013)
El cine español va perdiendo lentamente los emblemas que hicieron de su sello un patrimonio cultural con un vasto bagaje tantas veces venerado como denostado. Una pieza fundamental para entender la evolución e idiosincrasia del cine patrio es, sin duda alguna, el genial Alfredo Landa. El que fuera adalid de un subgénero que se denominó, con injusto tono peyorativo pero corregido por el tiempo, “landismo”, fue imagen prototípica, junto al no menos mítico Jose Luis López Vázquez, de ese españolito pequeño y miserable de la clase media baja del desarrollismo de los 60, ineludiblemente industrializado, pero con la serigrafía del cazurro inhibido, dejándose llevar por el instinto cuando una hermosa gachí extranjera se le cruzaba en el camino ¿Cuántas veces hemos visto a Landa en calzoncillos? Varias generaciones perdieron la cuenta, identificándole con ese mito simpático del cine atrevido que tuvo su apogeo destapando tapujos a finales de los 70 y principios de los 80.
Pedro Lazaga y Mariano Ozores fueron dos de los directores que supieron exprimir con dignidad esa faceta de ‘playboy’ torpe y venido a menos en películas que se beneficiaron de un discurso hipócrita y falsamente cohesionador, entre la comedia y la parodia, de las frustraciones sociales y sexuales de la España de antaño. ‘La ciudad no es para mí’, ‘Vente a Alemania, Pepe’, ‘Amor a la española’, ‘Despedida de casada’, ‘Una vez al año ser hippy no hace daño’, ‘Cateto a babor’, ‘No desearás al vecino del quinto’, ‘Manolo, la nuit’, ‘Dormir y ligar: todo es empezar’, ‘El reprimido’… y un sin fin de títulos que dan para esa extensa colección sobre este fenómeno a reivindicar. Más en estos tiempos, en los que parece que aquel reflejo satírico de nuestro país comienza a estar más actualizado que nunca con la situación que vive España.
Sin embargo, fue además de un icono representativo de esta tipología y de etiqueta, Landa siempre fue un actor solvente y digno, de una técnica asombrosa, capaz de dejar transmitir en todas aquellas cintas de comedia ligera una extravagante tensión interior que escondía algo más profundo y aciago que la ligereza con la que parecía interpretarse a él mismo. Su debut con la grandísima ‘Atraco a las tres’, de José María Forqué, orienta en sus propósitos más allá del destino al que se vio avocado, llevado por las circunstancias de una época proclive a un tipo de cine específico. Landa destacó muchas veces por interpretaciones de indudable complejidad, que le desvincularon radicalmente del ámbito desarrollista.
Una y otra vez, el menudo y entrañable actor desplegó su mérito y grandeza en cintas como ‘La niña de luto’, ‘Las verdes praderas’, ‘El Puente’, el antológico detective Areta de ‘El crack’, ‘Paco el seguro’, ‘La próxima estación’, ‘Los santos inocentes’, por la que recibió el Premio de interpretación del Festival de Cannes junto a Paco Rabal, ‘La vaquilla’, ‘Tata mía’, ‘El bosque animado’ o ‘La marrana’. Son sólo algunos de los más recordados títulos en los que el rostro actoral dejó aflorar su capacidad de crear personajes inesperados, como producto de una vocación y talento fuera de lo común. Basilio Martín Patino, Juan Antonio Bardem, Luis García Berlanga, Manuel Gutiérrez Aragón, José Luis Cuerda, Mario Camus, Antonio Mercero, José Luis Borau, José Luis Garci... pudieron dar buena cuenta de ello. El cine español pierde de nuevo a otro estandarte, a otro rostro familiar y querido, a otro icono reconocible que deja un hueco imposible de llenar.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Homenaje Ray Harryhausen

(1920-2013)
“There’s a strange quality in stop-motion photography, like in ‘King Kong,’ that adds to the fantasy. If you make things too real, sometimes you bring it down to the mundane”.
(Ray Harryhausen. 2006).
Durante sus años de instituto, allá por los años 30, Ray Harryhausen, el más reconocido animador de ‘stop-motion’ de todos los tiempos, asistía junto al célebre escritor Ray Bradbury, a una reunión semanal llamada ‘Science Fiction League’, que tenía lugar en la cafetería Clifton, en Los Angeles, donde algunos estudiantes departían sobre sus filias comunes instauradas en la ciencia ficción, los viajes a Marte, extraterrestres y lejanas galaxias. Desde siempre, Harryhausen tuvo la certeza de que su vida profesional estaría encauzada a hacia este género. Pero si había algo que al mago de los efectos especiales obsesionó fueron los dinosaurios y la época prehistórica, obsesionado con los murales de murales de Charles R Knight. Su inspiración llegó de dos títulos, ‘El mundo perdido’, de Harry O. Hoyt y ‘King Kong’, de Ernest B. Schoedsack y Merian C. Cooper y desde entonces se convirtió, con ayuda de sus padres, en un autodidacta capaz de crear endoesqueletos de metal, que recubría con látex y algodón. Precisamente el creador del gorila gigante, Willis H. O’Brien, sería su mentor dentro de la profesión y con el que trabajó en ‘El gran gorila’.
La animación ‘stop-motion’ entendida como una alquimia fue forjando la leyenda de un preceptor de procesos e innovaciones que permitieran una mejor integración de la acción en vivo y sus monstruos y figuras animadas. Harryhausen trabajó durante su carrera por mejorar el laborioso proceso con modelos en miniatura tridimensionales captados frame a frame, con pequeños ajustes a mano para producir esa ilusión de movimiento. Trabajó con diferentes efectos fotográficos en los que combinó un proceso propio llamado ‘Dynamation’, donde se fotografiaba la miniatura en una retroproyección a través de un panel enmascarado. Lo que sería un ‘matte shot’ dentro del ‘stop motion’, logrando con ello que la criatura pareciera moverse de forma natural sobre la acción en vivo. Fue esta técnica la que definió su signatura en la imaginación colectiva de una nostálgica animación que concibe toda esa galería de animales y seres fantásticos de películas como ‘Surgió del fondo del mar’, ‘La isla misteriosa’, ‘Jason y los argonautas’, ‘Hace un millón de años’, ‘El viaje fantástico de Simbad’, ‘Simbad y el ojo del tigre’, ‘Furia de titanes’… entre tantas otras obras con ese mágico distintivo de movimientos artesanales. Harryshausen fue un talento obsesivo, capaz de diseñar más cuatrocientos bocetos para rodar que se incluía en sus escenas dentro del guión. Meticuloso y perfeccionista, en la memoria quedarán los terroríficos esqueletos armados con espadas y escudos, el pulpo gigante que destruye el emblemático Golden Gate, el monstruoso Kraken, el redosaurio que asola New York o los Cíclopes devoradores de hombres.
Hoy en día, su técnica puede haber quedado obsoleta frente a los revolucionarios efectos especiales actuales. Sin embargo, sin su labor e influencia jamás se habría llegado a este nivel que exhiben los efectos de última generación. A pesar de que Harryhausen experimentó con la tecnología 3D en los años 50, desistió en seguida porque para él, las novedades de las técnicas que no fueran artesanales suponían “otra forma de entretenimiento”. Su ideal estaba en explorar las posibilidades que ofrecía el guión, diseñando nuevas formas de sorprender a la audiencia. Reconocía que los efectos especiales que fueron imperando en Hollywood le sorprendían, pero aquéllos adelantos técnicos visuales que no pudieran adaptarse a su mitología no concernían a su estilo. El mismo que le ha convertido en un mito inmortal del celuloide.

martes, 7 de mayo de 2013

Review 'Iron Man 3 (Iron Man 3)', de Shane Black

El hombre de la máscara de hierro
La tercera (y tal vez última) parte de ‘Iron Man’ supone un deleitable espectáculo donde humor y acción se combinan para mostrar el factor humano por encima del superhéroe de la armadura.
A Shane Black parece que le han dejado hacer lo que ha venido en gana en esta nueva entrega de ‘Iron Man’, beneficiándose de una voluntaria flexibilidad dentro de un moderado respeto con los exigentes márgenes de Marvel ¿El resultado? Un empeño de albedrío pocas veces visto en una superproducción mastodóntica de este calibre, que más que ceñirse a los propósitos evolutivos del superhéroe, aquéllos que obedecen a esa tormentosa metamorfosis que provocan sus fantasmas, aboga por la indulgencia para plantear ciertos aspectos expositivos a la hora de reedificar la psicología de Tony Stark/Iron Man. No responde al revisionismo de tono protocolario con sus anteriores entregas, si no que, a golpe de ocurrencia, lo exprime y continúa con la ruptura que deja a un lado los estereotipados cuestionamientos sobre el personaje e incide en su exteriorización del superhéroe. Lo que provoca una estupenda rareza frente al último cine superheroico.
Tomando como punto de inicio ‘Extremis’, una sustancial rotación en la serie del hombre de acero provocada por Warren Ellis e ilustrada por Adi Granov, esta tercera entrega se centra en desproveer del traje metálico a Stark para ir desgranando las debilidades de un hombre que no puede dormir, inseguro, dedicado a sus armaduras para evitar pensar en otra cosa, con un temor cercano a la muerte que no fue tan analizado en sus precedentes. Y, para colmo, no puede escuchar las palabras “Nueva York” sin sufrir constantes ataques de ansiedad al recordar esa realidad que vislumbró más allá del agujero de gusano de los Chitauri en ‘Los Vengadores’. El multimillonario playboy que ejerce de filántropo debajo de la armadura necesita ser más Tony Stark y menos Iron Man, entroncando la liza entre la tecnología de altos vuelos y el factor humano. Por tanto, la cinta no se cierne a una película sobre el superhéroe, sino al hombre que va dentro. Una pugna que desfigura y subvierte los arquetipos superheroicos para deleite de todo al que se acerque desde el desprejuicio a una función tan excesiva como disfrutable. Aquí nada parece tener la transcendencia suficiente, lo que revierte positivamente al encontrar a un Tony Stark que es más Iron Man sin su reconocible armazón que con él, capaz de explotar su cinismo mejor que nunca, consciente de su vulnerabilidad desafiante, muy identificativos con la personalidad canalla de un actor que merece todos los elogios posibles como es Robert Downey Jr.. Esa difusión del rol, tan recurrente en la filmografía como guionista de Black, es el motor substancial de ‘Iron Man 3’, donde cada uno parece encontrar su verdadera vocación dentro del filme; el héroe vislumbra que su poder e inteligencia van más allá de una armadura, la frágil chica que acompaña al héroe puede ser vital a la hora de su salvación, así como el villano no es más que un científico que una vez fue humillado por Stark debido a su apariencia ‘nerd’ y su discurso de biotecnología imposible que regresa convertido en un titán sin conciencia ni límites de ambición. Muy al estilo que en ‘Los increíbles’, Pixar trasformaba al inocente Buddy Pine en el maléfico Syndrome.
Además, en ese estrato de villanía, Black y su coguionista Drew Pearce reformulan de forma brillante la figura de la Némesis malévola, expuesta como un Mago de Oz del Mal, cuyo cometido no es más que ser una imagen de terror a lo Bin Laden que trabaja para una gran corporación científica cuyos oscuros propósitos incluyen experimentar con humanos. La religión es una simple excusa para identificar el terrorismo. Sin embargo, “El Mandarín” (interpretado por el siempre acertado Ben Kingsley), lejos de representar la efigie mágica del malvado poseedor de diez anillos mágicos de los cómics, es aquí un pobre hombre manipulado, pequeño, divertido y borracho, que recita discursos atroces bajo un disfraz pagado con putas, drogas y una lancha fueraborda. Sus apariciones con momentos de narcolepsia, escatología y frases absurdas quedarán para los fastos y convocan gran parte de la esplendidez de la película. En realidad, no es más que la marioneta de un grupo de soldados manipulados genéticamente a las órdenes de aquel hombre al que el héroe despreció en el pasado, Aldrich Killian (Guy Pearce) que se une a la lógica coalición con el vicepresidente de los Estados Unidos para configuran una red de intereses a abolir.
‘Iron Man 3’ supone, ante todo, un autohomenaje del propio Black, que con sólo dos películas en su haber, tras la injustamente olvidada y magistral ‘Kiss Kiss Bang Bang’, manifiesta que es un cineasta con estilo y sello de gran personalidad. Estructurada en ‘set pieces’, en ‘Iron Man 3’ son reconocibles varias rúbricas distintivas, como la Navidad como marco de fondo, la pervivencia de una voz en off que habla directamente al espectador, los esbirros que resultan autoparódicos (uno de ellos a punto de morir a manos de Stark suelta la pistola y dice “ni siquiera me gusta trabajar aquí”) e incluso se permite un ‘revivial’ paternalista y conector con el cine de los 80, cuando el héroe conoce al pequeño Harley Keener (Ty Simpkins) en Tennessee, donde busca el motivo de esa ola de bombas calientes que vaporizan a sus víctimas que son el motor argumental que fomenta el desarrollo de la acción. Su implicación y ayuda serán primordiales para el posterior triunfo de Stark, como lo hacía Danny Madigan con Jack Slater, al que daba vida Arnold Schwarzenegger en ‘El último gran héroe’. Sin olvidar que, en un tramo del filme, cuando Stark y el coronel Rhodes coinciden en busca de Killian y Pepper, si se sustituyeran sus nombres por los de Martin Riggs y Roger Murtaugh a nadie se extrañaría que este segmento pudiera pertenecer a cualquiera de las partes de ‘Arma letal’. Los ecos a las dos primeras entregas de esta saga pionera de las ‘buddy movies’ o filmes como ‘El último boy scout’ o ‘Memoria letal’ son constantes a lo largo del metraje.
Lo más gratificante de ‘Iron Man 3’ es que sabe operar de forma ajustada con lo que el seguidor de la saga espera encontrar, vinculando sin rubor y con inteligencia humor y acción y viceversa, en un rápido y enérgico ‘tour de force’ que amalgama cine de espías, ‘cyberpunk’ y comedia romántica con derivación al melodrama en el vínculo entre Stark y Pepper Potts (deliciosamente eterna Gwyneth Paltrow). Es una lástima que el personaje de Maya Hansen esté tan desdibujado y obstaculice la labor de Rebecca Hall, que apenas aporta nada al contexto argumental. Lo que prolifera, ante cualquier defecto (que los tiene) en ‘Iron Man 3’, sigue siendo la presencia de un Robert Downey Jr. que sabe matizar cada sensación de esa vulnerabilidad post-traumática del héroe en una montaña rusa interpretativa. Un filme en el que abunda materia prima de elementos imprevisibles y picarescos, donde el humor alcanza cotas de comedia de diversas escalas, condensado con acción de máxima intensidad que apalea en su clímax a un ostentoso cúmulo de planos de ingeniería de acción y fantasía que parecen no tener límite y que contrasta, a su vez, con un desenlace melancólico y humanizador de sus personajes. Sobre todo, un Stark que renuncia al reactor ARK asumiendo que el verdadero superhéroe es el hombre y no la armadura. Finalmente, ‘Iron Man 3’ encuentra una riqueza de posibilidades lúdicas, como que toda la película emerja de un ‘flashback’ que tiene su culmen al final de los créditos finales, donde se ilustra ese guiño constante al espectador. Y es que a pesar de esas letras sobreimpresionadas que anuncian nuevas aventuras del héroe, la cinta de Black advierte que más que una venidera continuidad ilusionante estamos ante una digna conclusión de la franquicia.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2013
- Crítica ‘Iron Man’, de Jon Favreau.
- Crítica ‘Iron Man 2’, de Jon Favreau.

viernes, 3 de mayo de 2013

Figuras históricas de hoy en día

La serie ‘Secret Life Of…’ ha surgido como un proyecto de la British TV en el que varios artistas digitales han elaborado una serie de retratos actualizados de personajes históricos a los que han reconstruido a imagen de este siglo. El resultado es una galería de personalidades reconocidas que actualizadas, dentro de un entorno de modernidad, mantienen en su actualización diversos rasgos y características inalterables a los años. Aunque, por ejemplo a William Shakespeare o a María Antonieta este proceso parece haberles alterado y liberado el “yo” interior más manifiesto y revelador que no era tan ostensible en sus respectivas épocas. Enrique VIII, Horatio “Lord” Nelson e Isabel I de Inglaterra son algunos de estos curiosos reajustes.
Ahora... ¿podríamos imaginar algo así en España? ¿Qué aspecto tendrían en esta época gente como Felipe IV, Juana la Loca, el Cid o Miguel de Cervantes?
Enlace - Vía The Telegraph.