lunes, 9 de diciembre de 2013

Review 'La vida de Adèle (La vie d'Adèle)', de Abdellatif Kechiche

Una relación “à fleur de peau”
Abdellatif Kechiche regala un explícito viaje iniciático que desglosa un cine transgresor con identidad más allá de lo puramente artístico, explorando la belleza y el erotismo y profundizando en un estrato mucho más fundamental: la vida y el amor.
La ganadora de la Palma de oro Cannes 2013, con aquel jurado presidido por Steven Spielberg y que aunó, por primera vez en años, el aplauso tanto de crítica como de público, tenía varios inconvenientes que jugaban en su contra. Primero, sus controvertidas escenas de sexo explícito que imponían una calificación moral bastante severa. Un elemento éste adverso en los objetivos comerciales de todo filme. A ello le acompañaba la duración, casi tres horas para adaptar en imagen la novela gráfica de Julie Maroh ‘Le bleu est une couleur chaude’ (título que adoptado el mercado americano: ‘El azul es un color cálido’). Sin embargo, ‘La vida de Adèle’ ha prevalecido frente a cualquier obstáculo, brillando bajo el fulgor de la abrumadora invasión de una intimidad que va de lo físico a lo más profundo, explorando lo emocional, la sensualidad, la sexualidad y el naturalismo, donde no hay espacio para el glamour o el morbo, sin efectos ni cortes de montaje que entorpezcan ni un ápice su alejamiento del artificio.
La película de Abdellatif Kechiche contempla la evolución de Adèle, una adolescente que representa la inocencia e inconformismo de esta compleja edad, que se abre a la ambigüedad cuando conoce a Emma, una estudiante de bellas artes, poniendo en duda su sexualidad y dejándose cautivar por un espíritu que rompe sus cánones para iniciar un placentero y exótico periplo vital en el que encontrará su verdadera identidad y el amor de su vida. Desde la adolescencia hasta la realización personal, este viaje de iniciación y aprendizaje va subrayando con pequeñas pinceladas otros factores que rodean a la pareja de jóvenes amantes. A través de los ojos de esta adolescente inquieta, Kechiche no escatima en retratar con su cámara flotante y cercana, instantes que proponen inquietudes, sufrimientos e inseguridades, aportando con trazo agresivo ese ahondamiento en la veracidad al abrigo de una historia convencional que hurga con desinhibición en un retrato donde los primeros planos de los rostros de estas dos mujeres (cómo duermen, cómo comen, cómo se miran o reaccionan) es más significativo que la sensación deslumbrante de lo físico, de la exploración carnal o la lívida fogosidad inicial para combinar sensaciones descritas con maestría en ambos personajes, como la consumación de su primer encuentro, fagocitando ese despunte enérgico que transmite la esencia del deseo en una relación apasionada.
No obstante, la grandeza que logra relativizar el sexo como parte natural de toda relación y su pasión va instaurando la verdadera entidad del filme, hacia otros estratos mucho más fundamentales; como la diferencia de clases; Adèle pertenece a la clase obrera y Emma proviene de una raigambre elitista. Así, mientras los de ésta última asumen la condición sexual de su hija y comen ostras felices, los de Adèle, conservadores y humildes, comen espaguetis a la boloñesa y viven en el engaño, describiendo con todo lujo de detalles lo que resulta todo un regalo para los sentidos. O, sobre todo, la relación y el vínculo, la necesidad y un afianzamiento que se ve salpicado por los conflictos que sacuden a cualquier pareja, más allá de la homosexualidad, que se regulariza a lo universal con una inteligencia apabullante. De la puerilidad y necesidad fisiológica a la complejidad de la madurez, donde la explosión del acercamiento pasional deja paso a un submundo que concentra el verdadero sentido del amor, de la obligación y el compromiso.
Kechiche despliega el difícil dominio del formato panorámico para captar ese cúmulo de sensaciones, en una poética que tiene mucho de fruición antropológica, integrando un ambiente urbano y contemporáneo de la ciudad de Lille con la voluntad de proponer un acto ‘vouyerista’ con propósitos de implicación fuertemente sujetos hacia la verdad de unos personajes inolvidables, encaminando su narración hacia un ciclón de matices que suscitan esa empatía autoconsciente, involucrando al espectador hasta niveles pocas veces se llegan a experimentar dentro de una sala de cine. Y a esta identificación afectiva contribuyen de forma imprescindible Adèle Exarchopoulos y Léa Seydoux, dos actrices en estado puro, explotadas hasta el límite de su enorme talento, alejadas de formalismos o metodologías que superan la interpretación para llegar a la verosimilitud de sus personajes, viviendo en ellos y transmitiendo su intensa armonía de espontaneidad plena, incluso cuando hay que llorar desgarradoramente y el llanto real no escatima en lo menos estético del sufrimiento.
‘La vida de Adèle’ sintetiza una década constreñida a tres horas de pura narrativa intimista, donde el paso del tiempo define la legitimidad de cualquier amor, igual de sensual e imperecedero como catastrófico y frustrante, a la vez que destructivo, donde la necesidad se transforma en rutina y los errores en penitencias imposibles de aliviar. Es la metáfora de cómo ese color azul, salvaje y misterioso, va adoptando otras tonalidades según avanza la historia, disolviéndose en un cauce de emociones intensas y crudeza extraordinaria. Cine como elemento transgresor con identidad más allá de lo puramente artístico, de lo humano, como estudio del erotismo y la belleza, de la condición humana, el amor y sus consecuencias. No es la vida de Adéle lo que se narra aquí, es la vida misma como escenario común y reconocible capaz de agitar el alma y corazón.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2013