jueves, 12 de diciembre de 2013

Review 'Bienvenidos al fin del Mundo (The World's End)', de Edgar Wright

Completando “La Milla de oro”
Edgar Wright cierra su “Trilogía Cornetto” con una magnífica reflexión no tanto sobre la inmadurez y la crisis de los 40 como de la cínica crítica a las nuevas tecnologías que parecen haber sometido la identidad genuina del hombre moderno.
Los 90 marcaron una época donde los sueños de toda una generación se vieron alentados por un contexto cultural y musical que resucitó la inextinguible idea de un futuro de éxitos imposibles de arrebatar, alimentada por la cadencia de aventuras nocturnas donde la cerveza y las borracheras hasta caer al suelo esgrimían el patrón de diversión sin fin que parecían no tener ni límites. Ese es el prólogo de ‘Bienvenidos al Fin del Mundo’, donde la idealización de una noche memorable y épica esconde el grandioso concepto de “La Milla de Oro”, basada en un objetivo único: acabar un mapa con doce pubs en el que beber doce pintas ubicadas en Newton Haven, célebre por ser la primera aldea del Reino Unido en tener una rotonda de tráfico. Aquella gesta heroica incompleta es el designio vital con subfondo de como desagravio personal con su propio pasado de Gary King (Simon Pegg), un alcohólico que se aferra desesperadamente a sus fantasías adolescentes. Mientras, los amigos que le acompañaron entonces han alcanzado ese grado de respetabilidad que se va asumiendo con la madurez. Su director, Edgar Wright y el propio Pegg en el guión inician esta aventura de una forma atrozmente perversa, con una voz en off y un ‘flashback’ de aquellos autodenominados “cinco mosqueteros” para presentar al antihéroe de la función en el presente narrando esta historia en una charla compartida dentro de un programa Alcohólicos Anónimos.
Por encima de todo, a los creadores de esta mezcla de fantasía paródica y aventura épica, les interesa arrancar su historia proponiendo a un personaje cuya idealización de la adolescencia le ha convertido en un perdedor grotesco absorbido por la nostalgia. Con ello, ‘Bienvenidos al fin del mundo’ proyecta su interés en esa colisión frontal de King con sus antiguos socios de borracheras, Steven (Paddy Considine), Peter (Eddie Marsan), Oliver (Martin Freeman) y Andy (Nick Frost), cuando éstos acceden a recuperar las sensaciones juveniles de una buena cogorza, de sentir los progresivos efectos de la dipsomanía recobrando el espíritu de aquellos tiempos que no volverán. No sólo sirve para que el conflicto de este imposible ‘heroes’ quest’ evidencie a un personaje que fluctúa entre la inmadurez ‘peterpanesca’ en pleno desfase con la aceptación de ése paso definitivo sin vuelta atrás de los demás, que le miran con cierta distancia y lástima, si no que puntúa el desencanto que surge cuando ese impulso nostálgico no funciona, cuando la necesidad de volver al lugar de la juventud provoca la desilusión inherente y el regreso a casa sea todo menos triunfal
¿Qué es lo que sucede entonces? Algo que determina ese universo de Wright en esa “Trilogía Cornetto” con la que cierra esta su cuarta película: la irrupción de un elemento descomedido e imprevisto que altera la función y los términos de lo inicialmente planteado, un giro radical de ciencia ficción que sirve de ruptura y arco de desarrollo dentro de la trama y que no es más que un ‘mgguffin’ dentro del caos que va a provocar este vuelco aparentemente paródico hacia el género de la ciencia ficción. Como en ‘Zombies Party (Shaun of Dead)’, donde los zombies no tenían un peso específico más que la hostilidad que hacía moverse a los personajes en un progreso emocional y constructivo dentro de los parámetros de la comedia romántica, aquí también se reformulan los esfuerzos personales de ese hombre que actúa como un niño grande para crecer y aprender el valor de responsabilidad como una cuestión más literal, volatilizando así lo sobrenatural. Wright articula de este modo una particular sátira genérica que se atomiza ambiciosamente entre los estigmas conspiratorios y sustitutivos de las conocidas obras de John Wyndham, Ira Levin o Jack Finney con el cine más propio de John Carpenter o Joe Dante, al son de la música ‘britpop’ y ese aroma de finales de los 80 que se infiltra a todo el conjunto, para escarbar en la verdadera crítica que circunda la cinta.
Y no, como pueda parecer, no se trata ni mucho menos de la crisis de los cuarenta, de la evolución hacia la aceptación de las obligaciones de un personaje que va creciendo según va estando más y más mamado, sino que alude, primero, a un llamado ‘starbucking’ al que ha llevado la capitalización del espíritu idiosincrásico de ese pueblo en el que los pubs han perdido su carácter inconfundible para sucumbir a las cadenas ‘mainstream’, haciendo de ellos meras réplicas idénticas entre sí. Una crítica que es también extensible a otras esferas que Wright y Pegg no sortean en su manifiesto contra la uniformidad corporativa y social a la que el mundo desarrollado está sometido. Y, segundo, y siguiendo este patrón, interpela a la manipulación a la que somete a la sociedad la tecnología actual, que ha logrado establecer una monotonía de acción colectiva y transformar los hábitos ciudadanos llevándolos a un nivel homogéneo de absorción y control por esta tecnificada tendencia. ‘Bienvenidos al fin del mundo’ advierte sobre los riesgos de transformación del hombre moderno en autómata, en un escenario que responde a la eliminación del albedrío metaforizado en una invasión alienígena de robots a golpe de ‘gag’, ‘slapstick’ surrealista y salpicones de ‘gore’ azulado.
King, nuestro antihéroe infantilizado y beodo, esté anclado en el pasado y rehúye de todo ese tipo de modernización, porque para él lo importante es preconizar su extravagante obsesión por cumplir su propósito final de beberse hasta la última cerveza del último pub del mapa, que, obviamente, lleva el nombre que da título al filme: The World’s End (el fin del mundo). Wright no ansía rehacer un recuerdo identificable por el espectador, tanto como proponer una alternativa constructiva que sirva de catarsis a esa experiencia y formular así una apasionante glorificación a lo genuino de las personas, atribuyendo al protagonista la importancia de su legado imaginado, asumiendo que es más importante ser fiel a uno mismo que vivir a base de engaños que complazcan la autosatisfacción. Como el ‘Loaded’ de Primal Scream que sirve de banda sonora, el hecho de superar cuestiones de responsabilidad, amistad y la propia nostalgia no es reconocer que ha pasado más tiempo que el que se está obligado a admitir, si no ese “queremos ser libres” que suena en boca de King y que concibe un cine de cine de evasión y reflexivo. Estamos ante una reconstituyente mezcla de espectáculo, humor inspirado en la ‘nutball comedy’ y detalles de pesimismo realista que terminan conectando con el público gracias a su ambición desprejuiciada y su inagotable inteligencia hasta la última de las pintas de cerveza de esta sugerente comedia apocalíptica.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2013