viernes, 13 de diciembre de 2013

Estreno salmantino de '3665' en Van Dyck, una noche para el recuerdo

Voy a intentar escribir una crónica de un estreno utilizando un método algo discordante. Más ajustado al contexto de la historia que hemos pretendido contar en el cortometraje. Los que habéis visto ‘3665’ sabéis que es un trabajo que apela, además de al amor inabarcable al cine y a varios géneros clásicos que han conformado mi visión como realizador, a la inamovible nostalgia que provoca el pasado. Ese pretérito concebido como pequeño páramo individual donde se amontan los recuerdos en forma de retazos de felicidad, de tristeza, de dudas y de melancolía. En cierta medida, todos echamos de menos algún instante concreto que nos viene a la memoria durante lapsos de reflexión sobre la vida. Por eso, el estreno de ayer recuperó un extraño sentimiento de retroceso temporal que fue capaz de avivar aquella memoria cinéfila que he vivido desde mi infancia, en un contexto tan cercano como si de mi propia casa se tratara. En cierto modo, esa reivindicación de todo aquello que ya no volverá y que se concierta como piedra angular dentro de la historia que narro en el corto, fue capaz de resucitar mis ilusiones fílmicas cuando soñaba en la oscuridad de una butaca frente a la pantalla grande.
Mi aprendizaje vital se dio en el colegio, cierto. También parte fundamental a través de lo que me inculcaron mis padres y lo poco que ido aprendiendo en esta vida que cada día se transforma en un complejo marasmo de preocupaciones. En la Facultad, por el contrario, me enseñaron, básicamente, a perder el tiempo y mirar con cierto nihilismo varios aspectos de todo lo que me rodea. Por eso, ayer añoré las salas donde aprendí a vivir; el Coliseum, Cine España, los Multicines Salamanca, el gran Teatro Bretón, Teatro Liceo, el Taramona o el de mi barrio, los cines Llorente… Todas ellas ya no existen. Se han extraviado en el tiempo para siempre, dejando en su estela algunos de los intervalos más felices de mi vida como espectador apasionado y vehemente. Siempre he confesado que donde más he aprendido ha sido, sin lugar a dudas, en una sala de cine. En la lista de los citados cines tristemente derruidos que convocan el sentimiento común a la hora de rememorar capítulos cinéfilos faltan los Cines Van Dyck. Y faltan porque son, precisamente, los únicos que resisten pétreos al paso del tiempo. El tiemplo donde tuvo ayer lugar la presentación salmantina de ‘3665’.
Recuerdo cada película desde que era un niño que he visto en estos cines, creciendo a través de las historias que han ido acompañándome desde entonces. Entre sus paredes he experimentado todo tipo de emociones, de dudas, de intrigas, de odios, de miedos o de amores… Al fin y al cabo, eso es el cine. Y la empresa creada por el gran Juan Heras lleva treinta y cuatro años consolidados como unos cines capaces de resistir todas las crisis en el sector que estén por venir, ajustándose a los tiempos e innovando con cada decisión que se toma en una familia que ha vivido por y para el cine. En breve, será el único complejo de salas que perviva en esta ciudad en declive. Y ellos siguen con la ilusión de seguir apostando por la calidad.
Por eso, estrenar ayer ‘3665’ en Van Dyck, despertó en mí esa doble emoción; por un lado la de que mis padres, todos mis amigos, ex compañeros del colegio, de la facultad, de trabajo, conocidos y familiares pudieran ver en Salamanca este pequeño trabajo rodado en una ciudad que está perdiendo la arraigada tradición cinéfila. Una fiesta compartida que, como siempre en estos casos, supone una de las complacencias y parte jubilosa de todo estreno. El de ayer fue un auténtico lujo. Por el otro, ver nuestro cortometraje en una de las pantallas donde he contemplado obras memorables de maestros inmortales. De ahí, que anoche supusiera un acontecimiento tan especial. Además, tanto Raúl Prieto, como el resto del elenco artístico (Marta Benito, Ángel González Fraile, Chema Guevara, David Maes y Néstor Gómez) y parte del equipo técnico, no faltaron a la cita. Lo que hizo incluso más especial esta premiere. Hasta tuve la suerte de que dos de mis mejores amigos y productores del cortometraje, Asier Guerricaechebarría y Joseba Gorordo, se unieran a la fiesta recién llegados de Bilbao. Una velada corta, pero intensa que contó con toda la gente de Salamanca a la que aprecio, respeto y admiro. Nueve años después de aquel estreno de ‘El límite’ en la Filmoteca de Castilla y León, tocó disfrutar otra de esas noches maravillosas e inolvidables.
Si tuviera que enumerar algún día en el que he sido feliz, empezaría apuntando la noche de ayer.
Gracias a todos los que compartisteis esta cita e hicisteis que un sueño se hiciera realidad.