viernes, 27 de diciembre de 2013

Especial Navidad: ‘Jungla de Cristal (Die Hard)’, de John McTiernan

El gran clásico del cine de acción
Veinticinco años después de su estreno y a estas alturas, ya nadie cuestiona ‘Jungla de Cristal’, de John McTiernan, como un referente modélico. Es, posiblemente, si no la mejor película de acción de todos los tiempos, una de las más destacadas. Cuando se presentó al gran público, el cine de género apostaba por una fórmula que establecía sus estrategias comerciales en ensalzar la testosterona hipertrofiada y musculosa de inexpugnables héroes armados hasta los dientes que celebraba el individualismo sin ley bajo proclamas ideologías y políticas que rozaban la parodia críptica de un discurso que, más allá de la metáfora, aludía a la implacable posición mundial hegemónica de Estados Unidos. Eran los tiempos en que Sylvester Stallone y Arnold Schwarzenegger popularizaron esa fisicidad de músculo marcado, iconos heroicos motivados, al menos con carices metafóricos, por la sed de venganza debido a las iniquidades que los estadounidenses habían sufrido una década antes. Aquel héroe estoico, sin miedo, impasible e indestructible determinaría el cine de acción y fundaría el término ‘actioner’, tan taquillero de aquella década de los 80.
Un joven Joel Silver ya era un consolidado productor dentro de un torbellino de cintas de acción como ‘Límite: 48 horas’ y ‘Calles de fuego’, ambas de Walter Hill, ‘Commando’, de Mark L. Lester (uno de los ejemplos seminales del ‘actioner’). Junto a Lawrence Gordon, con quien produjo algunos de estos títulos, a los que habría que añadir ‘Depredador’, del propio McTiernan, apostaron por virar los derroteros del cine de acción comercial encauzándolos hacia otros propósitos que sellaron su inicio con la exitosa ‘Arma letal’, de Richard Donner, cinta que abriría esa nueva vertiente que se buscaba dentro del género. ‘Jungla de Cristal’ llegaba como guión firmado por Jeb Stuart y Steven E. de Souza, basado en una novela ‘Nothing Lasts Forever’, de Roderick Thorp, con un detective llamado Joe Leland, al que interpretó en 1968 Frank Sinatra en ‘El detective (The detective)’, de Gordon Douglas. Leland pasaría a llamarse John McClane, la ubicación acontecería en un enorme rascacielos en construcción donde desarrollar una trama policiaca de aventuras adrenalíticas. El mencionado McTiernan, después del crédito y la recaudación de ‘Depredador’, junto Schwarzenegger, sería el responsable de dirigir la película. El cineasta neoyorquino puso una condición inflexible: la estrella de la función tenía que ser Bruce Willis.
Por entonces, era una estrella televisiva gracias a ‘Luz de luna (Moonlighting)’, desplegando una innegable química con Cybill Shepherd y había rodado un par de producciones en Hollywood a las órdenes de Blake Edwards: ‘Asesinato en Beverly Hills (Sunset)’, junto a James Gardner y ‘Cita a ciegas (Blind Date)’, compartiendo cartel con Kim Bassinger. McTiernan argumentó como requisito que McClane debía ser interpretado por una estrella cuya combinación de habilidades cómicas y potencial físico más normalizado que en los habituales héroes de acción. Willis rodaba durante el día la popular serie de televisión y por las noches se exprimía en un rodaje de dureza y complejidad como era el de ‘Jungla de Cristal’. Otro riesgo, el antagonista, el villano de la función que compartía protagonismo con Willis, era un gran desconocido para la gran pantalla. Alan Rickman, respetado actor teatral, no había interpretado ningún rol para el cine.
La idea de esta reconversión del héroe se trazaba en su tratamiento antitéico, en la presentación de un policía corriente, vulnerable y falible, con arreglo a la humanización de sus rasgos para empatizar con un modelo de espectador acostumbrado a otro modelo inquebrantable. ‘Jungla de Cristal’ sintetizaba los códigos de aquellos ‘actioner’, pero presentando a un personaje cínico no muy interesado en subsanar ninguna misión de riesgo, ni enfrentarse a una gran coalición maligna ni a un enemigo concreto. De hecho, más allá que evitar a unos asaltantes que no estaba en los planes, el protagonista se ve envuelto berenjenal cuando intenta hacer las paces con la parienta se encuentra con esta situación imprevista. McClane es un antihéroe abandonado a la suerte de una la situación le sobrepasa.
Supone otra visión muy demostrativa de la relación del ser humano y su contexto más próximo, algo que caracterizó la obra más productiva de McTiernan en su apogeo hollywoodiense, abordando la capacidad de sus héroes para desafiar y pervertir lo establecido. Su gusto por la referencia a los clásicos, no hace muy difícil imaginar que si ‘Jungla de Cristal’ se hubiera rodado en los 50, probablemente habría estado protagonizada por James Stewart y dirigida por Alfred Hitchcock. Lo tenía todo para dinamitar la percepción del cine acción. Funcionó relativamente bien en taquilla, pero la crítica le dio la espalda vertiendo líneas y textos generalizadamente bastante negativos ¿La razón? Se trataba de una película de acción comercial que no dudaron en tachar como “manipuladora y artificiosa”, “violentamente inverosímil” o “filme mediocre poblado por personajes bidimensionales”. La evolución histórica, por el contrario, ha hecho que la película de McTiernan haya encontrado su sitio en los fastos cinematográficos siendo considerada una de las mejores muestras de cine de acción realizadas jamás.
Reformulando los códigos genéricos
John McClane es un policía de Nueva York que viaja a Los Ángeles en Nochebuena para embarcarse en cruzada personal que consiste recuperar su familia y asumir el nuevo puesto triunfal de su mujer, que ha logrado destacar en una multinacional japonesa ubicada en el edificio Nakatomi (nada menos que el Fox Plaza, en Century City). Su llegada coincide lamentablemente con un grupo de supuestos terroristas alemanes compuesto por doce integrantes que asaltan el edificio con el objetivo de apoderarse de los 640 millones de dólares en bonos negociables que alberga la caja fuerte de la compañía. El policía consigue escapar armado con su pistola, iniciando una confrontación donde prevalece el bienestar de los rehenes y su propia supervivencia. Obviamente, la irrupción del filme no supuso una revolución argumental, pero ‘Jungla de cristal’ era diferente a todo lo visto. Por varias razones; primero, porque lograba una perfecta deconstrucción de los estilemas naturales del cine de acción, componiendo un mosaico de secuencias dispuestas como un mecanismo estructural perfecto y subvertiendo los estereotipos para infiltrarles una buena dosis de sarcasmo y jugar así con sus diálogos irónicos y matemáticos giros de guión.
El impecable planteamiento y el pulso de los tiempos habilita que el ‘in crescendo’ vaya propiciando que la violencia enmarcada dentro del contexto moral de la acción implique al policía neoyorquino hacia una posición de superviviencia dentro de la anarquía encontrada en una realidad donde maniobrar con todos tipos de armas, explosivos y detonadores. La descripción de ese espacio vital que representa el gigantesco rascacielos Nakatomi Plaza que les acoge se traduce en imágenes que se tornan igual de amenazantes como familiares, con las subidas y bajadas por el ascensor, obligándonos a arrastrarnos por los conductos del aire acondicionado, descubriendo su esqueleto interior. McTiernan inspira a través de su cámara esa atmósfera opresiva de lo desconocido, circunscribiendo toda la trama a un solo espacio y su inmediata periferia. El primoroso uso del ‘scope’ fructifica además en un derroche de fantasía y talento fílmico bajo los preceptos de un estilo que no traiciona el cine comercial, llevando sus propósitos a unos términos visuales y de coreografías mucho más complejas. Tanto la inflexión de las anteriores fórmulas como el reflexivo estudio de los condicionantes, ceñidos a la funcionalidad narrativa activa, termina no sólo por evidenciar que ‘Jungla de Cristal’ es cine de autor, sino que testimonia una ofrenda a los grandes clásicos, respetando hasta el extremo el lenguaje cinematográfico, pero a la vez transgrediéndolo constantemente.
La labor de McTiernan es fundamental en toda esa culminación constructiva y de composición, que se define por la intensidad paulatina que albergan sus secuencias. La exposición y la puesta en escena, en conjunción con la coreografía visual, acaban por transmitir el desasosiego de la acción, reservando los muy pocos instantes de calma para subir el nivel dramático y codificar así los puntos de vista con la inteligente utilización de los ángulos de cámara. Una de las claves que impone un factor diferencial de ‘Jungla de Cristal’ es la limitación de información para lograr la convulsión y el interés del espectador, sin recurrir al efectismo o el fuego artificial sin sentido. Con esto, lo que se obtiene es sobredimensionar el vértice más abstracto del papel del protagonista contra una situación imprevista y que esas fantásticas ‘set pieces’ estén escrupulosamente engarzadas con dilación, sin dar respiro entre ellas, con un énfasis de adrenalina que va construyendo un clímax fraguado en la épica, solapando la percepción de la acción proporcionada al espectador de un modo fragmentado.
Otro de los paradigmas geométricos que dan un sentido contextual a la excelencia de sus elementos es la escrupulosa dimensión con la que se dibujan unos personajes aparentemente perfilados, establecidos con una economía en la que no exigen subrayados para entender todas sus aristas. Bastan dos o tres pinceladas para diseñar con pequeños rasgos las diversas personalidades que desfilan por esta fábula. Desde ese chófer de limusina llamado Argyle (De’voreaux White), parlanchín y enrollado, que escucha a Run- DMC mientras el edificio Nakatomi es tomado por los delincuentes, el jefe de la esposa de McClane, Joseph Yoshinobu Takagi (James Shigeta), recto mandamás ejecutivo que ejerce de patrón hasta que es interrogado por la banda criminal, el perfecto lameculos de éste o Harry Ellis (Hart Bochner), un cocainómano pusilánime y que enfila sus intereses hacia la esposa del policía, Holly Gennaro (Bonnie Bedelia), descrita como una mujer de fuerte carácter, con capacidad de liderazgo y valedora de sus compañeros de trabajo incluso circunstancias extremas.
También los personajes del exterior, encabezados por las fuerzas del orden público, no exigen de aparente hondura pare concretar sus caracteres; el periodista Richard Thornburg (William Atherton) es un carroñero periodista de malas artes y sin escrúpulos, el jefe de policía Dwayne T. Robinson (Paul Gleason) un arrogante personaje incapaz de llevar la situación con cierta coherencia o Big Johnson (Robert Davi), un desalmado agente especial del FBI que todavía resucita el espíritu de Saigon cuando se pone en marcha para intentar tomar el edificio y desbaratar los planes de los asaltantes. Pero, sobre todo destaca la figura de Al Powell (Reginald VelJohnson), un orondo policía con un trauma profesional que pasa a ser el confidente y aliado de McClane, sirviendo como informador de la situación en el exterior. Entre ellos se establece una relación de necesidad que se va convirtiendo, paulatinamente, en una férrea amistad mediante un por ‘walkie talkie’ interceptado. Ambos representan esa actitud contestaría ante la ineficacia policial.
Héroes y villanos
Como ya se apuntaba más arriba, durante la década de los 80, la figura del villano se englobó dentro de una representación fraguada en la distancia irónica y estereotipada, con una vocación crítica que arrastró toda la Guerra Fría y la demonización del enemigo ruso. En ‘Jungla de Cristal’, de entrada, los villanos proceden de Alemania del Este, incorporando además una calibración innovadora, subiendo un nivel más el espectro de los villanos secundarios. Su signo se establece en la sofisticación y en la inteligencia, alcanzando el nivel del héroe, humanizando sus movimientos. Con ello, la banda criminal estaba compuesta por técnicos especialistas, expertos electrónicos, ingenieros especializados en explosivos… Theo (Clarence Gilyard Jr.), por ejemplo, es un ‘hacker’ encargado de abrir la combinación de siete claves de la caja fuerte son ejemplos de un tipo de villano que alteraba los teoremas del malvado monopolizado durante aquellos tiempos, Karl (Alexander Godunov), la otra cara de la moneda, el único de ellos que se muestra como un tipo sanguinario y peligroso, de instinto animal. Pero si ‘Jungla de Cristal’ ofrece una perspectiva global que revoluciona el género es, fundamentalmente, por el villano de cine de acción más poderoso de cuantos hayan poblado el género: Hans Gruber (Alan Rickman). Un tipo extremadamente culto, que cita clásicos como Diodoro Sículo para criticar el colonialismo japonés y viste trajes lujosos. Es encantador y fascinante. Tanto es así, que Gruber bien podría ser el verdadero protagonista de la función. Y McClane sería su antagonista. No es teoría propia, si no que pertenece al co-guionista Steven E. de Souza, ya que transcribe sus intenciones delictivas con un poder intelectual que va más allá de ese acto terrorista que esconde como objetivo el robo de altos vuelos.
La maldad tiene un gusto exquisito y un poder de seducción fuera de toda regla: “…podríamos estar hablando de industrialización y de moda masculina todo el día, pero el deber me llama…” declama en uno de los instantes del filme. Y es ésa personalidad y su choque con la de McClane, dos perfiles fuertemente contrastados, la que convoca los secretos del preciso lucimiento de una cinta como ‘Jungla de Cristal’. Podría decirse que tanto McClane como Gruber y sus secuaces provienen de un mundo ajeno a esa empresa multinacional que opera desde el Nakatomi y que ambos son fuerzas potencialmente disruptivas en la noche de Navidad de la corporación, lo que les une y a la vez les distancia. Ese intercambio dialéctico entre Gruber y McClane, su interacción por radio especulando sobre sus personalidades son la substancia que determina la grandeza del filme. Mientras uno sabe todo acerca del otro, el villano desconoce la identidad de McClane. “Sabe mi nombre, pero ¿quién es usted? ¿Otro americano que vio demasiadas películas de niño. Otro huérfano de una cultura en declive que se cree John Wayne, Rambo, El equipo A (Marshall Dillon, en su versión original)?”, exclama Gruber.
Una de las estrategias de guión más celebradas es esa lenta prórroga de la confrontación cara a cara de los protagonistas, abordando todo tipo de sutilidades en la delineación de los caracteres, que eclosiona cuando se encuentran inesperadamente. Cuando busca los detonadores y es interceptado por McClane, Gruber reacciona haciéndose pasar por un rehén que acaba de escapar, ganándose la confianza del policía, que le ofrece un cigarrillo y le entrega su pistola para defenderse. Sin embargo, éste ya sabe de antemano quién es. Un encuentro que establece esa colisión entre la intuición e instinto de supervivencia que especifica la voluntad de conseguir un objetivo como es el de salir con vida contra la del otro, mucho más banal, como es el de continuar con el plan de substraer el dinero de la fortaleza desde la sofisticación y la severidad. La estrategia argumental respalda en esta pugna a McClane, que siempre va un paso por delante de todos de los villanos (e incluso del espectador). En su énfasis por salir de esta encerrona, primero intentando llamar la atención de las fuerzas del orden público para, comprobando la ineptitud de éstas, ir improvisando un plan para acabar con la situación desde dentro, como fabricar una bomba de C4 con un monitor de ordenador atado a una silla de oficina si así puede parar una sangría, el policía irá avanzando en su obcecación por salir con vida y respaldar la seguridad de los rehenes.
En su estreno, ‘Jungla de Cristal’ se percibió como un libelo contestatario al sistema sociopolítico estadounidense de la época, al dejar entrever un ensañamiento hacia las autoridades, proclamando la ineptitud de la policía de Los Ángeles, presentada como un sistema de simples funcionarios irrelevantes e ineficaces (desde la telefonista de la policía hasta el más alto mandatario de los policías), así como una fuerza de élite como el FBI, capaz de llevar su obcecación a dispensar a los terroristas el “milagro” que necesitan para abrir la caja fuerte, siempre en contraposición al talante perspicaz de los asaltantes bávaros. Sin emarbgo, el verdadero argumento del filme no se trata tanto de un hombre que se enfrenta a unos ladrones ‘hi-tec’ o un tergiversado ‘shoot- em-up’ de cuidada pretensión cualitativa, si no que se trata de un viaje interno de un hombre cuya última pretensión es salvar su matrimonio. El filme de McTiernan descubre su verdadero magnitud cuando emerge a la superficie el fondo dramático que sustenta los condicionantes de un McClane del que afloran sus dobleces al decaer física y psicológicamente, una vez que se destroza las plantas de los pies al intentar escapar de los asaltantes.
Es cuando el público observa en todas sus dimensiones la ansiedad y miedo del policía, la deliberación intrínseca entre el abandono o seguir luchando para revertir el caos moral y social impuesto por los propios villanos. El héroe cínico ya no tiene más ganas de seguir jugando ni de reír y es significativo que esto suceda en el mismo instante en el que reconoce su egoísmo a la hora de afrontar el triunfo profesional de su mujer, que ha aceptado un traslado de ciudad para evolucionar en su carrera de ejecutiva mientras él ha hecho todo lo posible por seguir ejerciendo como policía de Nueva York. Precisamente, cuando se extrae los trozos de vidrio de sus pies ensangrentados, expresa ese mencionado doble dolor, emocional como físico: “me ha oído decir te quiero miles de veces, pero nunca me ha oído decirle perdona”, le dice a Powell.
El espectáculo transformado en arte
‘Jungla de Cristal’ está trufado de pequeños detalles que habilitan un vasto submundo referencial. Desde sus primeros instantes, se establecen pautas para ser descubiertas en nuevos visionados, como esa mirada de la azafata del inicio o la chica de culo perfecto que salta a abrazarse a su novio. Sendos instantes hacen percibir que McClane sea un mujeriego, a lo que ayudan otras dos mínimas secuencias, como que repare en un pictorial de una revista erótica que cuelga de la pared o al escuchar los disparos intimidatorios en la planta donde se celebra la fiesta se dice a sí mismo “piensa, piensa…”, observando a través de la ventana a una bella señorita en ropa interior. También hay esparcidas unas cuentas frases que evidencian que McClane odia la costa californiana. Todo ello requiere la complicidad del espectador, despojado de su simple condición de observador; desde la anticipación tecnológica de una pantalla táctil para buscar el nombre de Holly McClane para comprobar que utiliza su nombre de soltera, pasando por cómo Karl le entrega un billete a Theo que hace suponer que habían hecho una apuesta sobre si Takagi diría o no las claves de la caja fuerte. Más evidente es el primordial hecho de que vaya McClane esté descalzo y expuesto a que en otra secuencia los terroristas disparen a los cristales de una oficina para malherir sus pies responda al prólogo, en el que un pasajero del avión le aconseja caminar sin calcetines por la moqueta juntando los dedos de los pies: “Lo encuentra idiota, pero créame, llevo nueve años haciéndolo”, le aconseja.
Toda la película está salpicada de momentos de sutil humor y costumbrismo que no hacen sino acrecentar su excelencia, como cuando casi, de forma consecutiva, uno de los hombres del grupo de asalto se pincha con un zarzal y uno de los miembros de la banda, Uli (Al Leong), en el fragor de este mismo instante, no puede evitar mangar un Crunch del mostrador en el que se apoya. Así como esa reacción al ver volar con un bazooka una tanqueta de asalto policial: “Ay, qué pena… ¡Que se quema el cochecito!”, grita divertido uno de ellos. De entre un buen puñado de frases memorables, destaca una que pasará a los anales de la historia. Se trata de la expresión: “Yippee ki-yay, hijo de puta”, utilizada por los cowboys en el Siglo XIX como alegre saludo antes de la fiesta.
Más allá del cine de evasión y netamente comercial, ‘Jungla de Cristal’ rubrica su importancia con el inagotable uso del espectáculo sin renunciar a una extraña cualidad de película navideña, tutelada con un ritmo ajustado a la cada tempo de la narración, suministrada bajo una clarividencia impensable en una cinta de acción de aquélla época y que, hoy en día, podría emplearse como representación distintiva y ejemplarizante de lo que es una película de género modélica. No hay que olvidar la preponderante utilización del sonido: es valiosísimo en toda su dimensión, destacando, entre muchas otras, esa escena en la que, desde la posición de McClane a varios metros donde Gruber está a punto de acabar con la vida de Takagi, el espectador sólo entiende a medias debido a la distancia el diálogo entre ellos. También en el ámbito fotográfico predomina la intencionalidad imperfecta y plagada de ‘lens flares’, contraluces o enfatización de siluetas en el mejor trabajo de Jan de Bont en su carrera, así como los fugaces cortes multiángulo que instaura una ruptura para disponer de forma excepcional al público en el fuego cruzado y los golpes visuales del montaje de John F. Link y Frank J. Urioste o la subversiva banda sonora de Michael Kamen, que aunque en ciertos intervalos suene como un facsímil de ‘Arma letal’, es capaz de incluir los acordes de ‘Cantando bajo la lluvia’ en la irrupción de los terroristas en el Nakatomi o reiterar constantemente y de forma sutil el cuarto movimiento de la Sinfonía nº 9 de Beethoven (el ‘Himno de la alegría’) cuando se trata de personificar a través de la partitura la condición de héroe trágico a Gruber.
En definitiva, la cinta de McTiernan es una obra maestra a la que el paso de los años no sólo ha respetado, sino que ha expandido la contundencia de lo políticamente incorrecto, sempiterna en su superioridad cuyos valores genéricos siguen codificándose en la temáticas universal que profesa. Inauguró un género propio, que podría definirse como un ‘blockbuster’ post-clásico, reabsorbiendo referencias y clichés para destruirlos y erigir un nuevo modo de entender el cine de acción. ‘Jungla de Cristal’ es, hoy en día, la más influyente de cuantas irrumpieron al final de una década en la cual el cine de acción obtuvo sus mejores y más recordados éxitos. Una auténtica experiencia que reaviva su magnitud en cada nuevo visionado.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2013