lunes, 28 de octubre de 2013

Lou Reed, poeta del rock

1942-2013
A principios de los 70 The Velvet Underground dejó de ser la banda de sustrato revolucionario musical, evento representativo de una época de excesos orgiásticos, sadomasoquistas, alucinógenos e irreverentes que abanderaron el espíritu de la generación ‘beat’. Las letras de un grupo que rompió, de repente, los límites influyentes que tantos grupos marcaron durante aquellos años de desenfreno e indisciplina. Y dejó de serlo no por el agotamiento de sus proclamas irreverentes bajo el mecenazgo de otra figura agitadora como lo fue Andy Warhol, ni porque su futuro no siguiera aquella canonización de sus discos ‘White light/White heat’, ‘The Velvet Underground’ o ‘Loaded’, el fin oficial del grupo. El hecho conmocionó al universo musical, fundamentalmente por la marcha de sus integrantes más carismáticos; Nico quería ser actriz y dedicarse al cosmos cinematográfico y John Cale también abandonó la banda por otros derroteros que derivaron en discos en solitario como 'Vintage Violence' y 'The Academy in Peril'.
Lewis Allan Reed, más conocido como Lou Reed, tendría un camino mucho más abrupto y lleno de complicaciones. Después de una serie de malogrados intentos por sacar adelante su desalentada carrera musical, se fue a México a trabajar de camarero y regresó a trabajar con su padre en una empresa de contabilidad. Reanudó su actividad artística animado por David Bowie, que le ayudaría a redirigir su estilo y letras hacia un ‘glam’ mucho más ambiguo y efectista en un disco que resucitó a un poeta musical que iniciaría en 1972: ‘Transformer’, el comienzo de su propia leyenda. El disco fue aclamado por la crítica musical y acabaría por convertirse en un edicto del movimiento gay que luchaba por sus derechos en un contexto de turbulencias y desasosiego. Aquel ‘Walk on the wild side’ pasó a ser un himno que seguía las pautas de un estilo de vida condicionado por las drogas, el sexo y el ‘carpem diem’ que autografía las vivencias del propio Reed dentro de aquella espiral de vicio crápula que supuso The Factory, en una disoluta Nueva York que extendía su nivel con poderosas canciones como ‘Vicious’, ‘Perfect day’ o Andy’s chest’.
A este disco le seguirían los más sombríos ‘Berlin’ y ‘Sally cant’ dance’, donde Reed convoca lo mejor de sí mismo traduciendo y adaptando un estilo sombrío lleno de letras cargadas de tristeza y poesía. Aunque sería el extravagante y radical chute de sintetizadores y distorsiones ‘Metal Machine Music’ y, sobre todo, el más convencional ‘Rock’ n’ roll heart’, sus máximas representaciones de esa expresión artística que acabaría revelándose como lealtad a su instauración como figura clásica dentro del mundo de la música, alejado ya de cualquier efecto epidérmico. Discos como ‘The bells’, ‘Growing up in public’, ‘The blue mask’ o ‘New York’ implican esa condición moral que exprimían sus pensamientos entre las calles de una gran metrópoli en las que lo sórdido adoptaba una crítica de cinismo y acidez. La plenitud de Reed llegaba a principios de los 90 con ‘Magic and loss’, oscurísimo recital que aúna, precisamente, esa tendencia hacia lo inmundo, pero desde un prisma más conmovedora y sensible sobre la muerte, el vicio, la enfermedad y las grandes preguntas sobre la humanidad y su sentido, con recurrente esencia de clásico inmortal, para recuperar esos submundos de suciedad más desfigurada con sus posteriores ‘Set the twilight reeling’ o la más mística ‘Ecstasy’. Reed terminaría perdiendo sus señas de identidad a favor de la admiración literaria a Poe, esgrimiendo un extraño disco que reinterpretaba su obra ‘The Raven’ para culminar con su última gran obra discográfica ‘Animal serenade’, que devolvía al eterno Reed de siempre. La colaboración junto a Metallica en ‘Lulu’ es ya otra historia.
Lou Reed ha fallecido. Pero como se dice en estos casos, ha dejado su legado en forma de discografía que encumbró su efigie hacia el olimpo de los elegidos.