martes, 15 de octubre de 2013

Review 'Gravity (Gravity)', de Alfonso Cuarón

De la ingravidez al renacimiento
Con su poderosa sugestión lírica y simbólica, Alfonso Cuarón crea una sorpresiva experiencia sensorial de acción estremecedora, inventiva formal y una descompensada narración intimista sobre la lucha contra la adversidad.
Los trece minutos del plano secuencia que abren ‘Gravity’ transgreden todas las leyes lógicas de la fluidez y el movimiento cinematográfico de una cámara que circula con una perfección geométrica, describiendo un contexto conocido pero ajeno como es el espacio exterior. Alfonso Cuarón emerge como un visionario que capta a un nivel superior esa sensación de levedad, deslizándose por el infinito, siendo capaz de girar 180 grados para introducirse en el punto de vista subjetivo de uno de sus personajes y mirar a través de sus ojos. Con un dominio asombroso del dinamismo y la coreografía, introduce sin respiro al espectador en la desorientación de un ámbito silente, pero a la vez tan inquietante y absoluto que provoca una amenaza de terribles consecuencias. En esta exposición inicial, se va produciendo la progresiva tensión que acumula una sensación de desazón que no se abandonará en todo el metraje.
Conocemos así, en breves pinceladas, cómo un equipo de la NASA del transbordador Explorer ha sido enviado a reparar el telescopio espacial Hubble. Se cataliza la atención en dos de ellos, Matt Kowalski (George Clooney), un veterano cosmonauta en su última misión espacial y la ingeniera médico Ryan Stone (Sandra Bullock), en su primera intervención fuera de los contornos de la atmósfera terrestre. “Houston, tengo un mal presentimiento sobre esta misión”, sugiere el primero en una de sus conversaciones con la base. Y así es. La información acerca de que los residuos metálicos de un satélite espacial que ha sido destruido se dirigen hacia ellos no tarda en anticipar la catástrofe, dejando a ambos al amparo de la supervivencia espacial sucumbida a las continuas reacciones en cadena que proveerán los instantes de acción de la cinta. Hasta ese momento, Cuarón opta por un ejercicio de realismo fantástico antes que por la ciencia ficción como tal, creando una escala de emociones galácticas establecidas en la continuidad visual que provocan la tensión y el miedo a la Nada, descrita con una autenticidad fuera de toda regla. La verosimilitud es tal que llega a ser totalmente incómoda para el espectador, sumergido en la acción y compartiendo en todo momento el reto de sobrevivir en el espacio, voluble ante esos fragmentos meteóricos amenazantes.
En gran parte, ‘Gravity’ fundamente su seña visual en la dirección prodigiosa que cultiva un empleo del 3D modélico, jugando desde la multiperspectiva casi imposible a la hora de diseccionar la naturaleza del movimiento como pocas veces antes un cineasta había mostrado. Esa exactitud, la metodología que hace funcional y tan sugestivo el contraste extremo entre la serenidad del espacio vacío y la violenta llegada de amenazas, refuerza la grandeza con un extraordinario diseño de sonido que matiza el silencio sepulcral y la respiración nerviosa de la doctora Stone con la belleza contemplativa y suspense escalofriante que emana la fotografía de un Emmanuel Lubezki, que llegó a idear un sistema innovador de iluminación LED denominado ‘Sarcophagus’, una caja de luz que simulara a la perfección la iluminación de la ionosfera. Con ciertas resonancias del Gran Maestro Kubrick, procurando evitar el hermetismo de aquél, Cuarón acepta el reto de negarse a la aceptación de límites a la hora de filmar esta aventura llena de sobresaltos.
‘Gravity’ toma como eje central al personaje de Bullock, una heroína abandonada a su suerte desde el primer envite, cuando se rompe el resorte tanto de la estación espacial como de su compañero ante un azar poético donde las casualidades de la mala suerte intimidan con su silenciosa presencia y se corporeizan esa forma de lluvia de restos de satélites que van y vienen en el espacio. Se trata pues de encontrar una forma de volver a casa, enfrentándose a la adversidad en desafíos que podrían representar las etapas de la vida que hay que superar para llegar al reencuentro y al redescubrimiento personal. La evidencia dramática se expone como un trauma insuperable ocasionado por la muerte de la hija pequeña de la astronauta. Ryan permanece muerta en vida antes de que suba al espacio. “Me levanto, voy al trabajo y conduzco”, afirma en un par de instantes. Y en ese terrible marco de soledad, sin subtextos, evidenciando intenciones viscerales sin coartadas, donde Cuarón pretende interpretar la pequeñez del ser humano en el Caos que supone ese indomable vacío del Cosmos. Es entonces cuando el efecto espiritual que tiene la muerte se trasforma en la nada de ese horizonte oscuro que es el espacio. Y la Tierra, en su otro extremo más dominante, simboliza el Todo, la vida. Es la máxima que los Cuarón (padre e hijo, autores del guión) en su objetivo por explorar, desde el plano filosófico, un universo incognoscible a partir de la perspectiva humana. De hecho, todos los mimbres narrativos se fraguan en un fondo de vulnerabilidad de un personaje angustiado por esa herida incurable que no ha logrado superar y que debe luchar por salir adelante, recuperando la voluntad de vivir en una situación límite en la que encuentra los medios para no caer en la derrota.
Hay imágenes de poderosa sugestión lírica y simbólica, como ese intermedio de descanso vital tras superar los primeros desafíos, en el que Ryan gravita en posición fetal, regresando al génesis de la vida, con el efecto de fluidez del útero materno. Todo encauzado hacia un final que revela una intención dramática como un arquetipo metafísico, algo quebradizo y arquetípico, vislumbrado desde sus primeros pasos, en una metáfora de un renacimiento hacia una nueva vida tras la superación de un inexpugnable drama, donde hasta la alegoría amniótica desencadena en un renacimiento de tintes evolucionistas; la vida desde el espacio, readaptando su condición al medio acuático y emergiendo hasta la Madre Tierra para florecer de nuevo como una vida encontrada como ejemplo de superación, de intimidad dolorosa, culminada frente a probabilidades casi insuperables.
No obstante, a pesar de la solidez interpretativa de una Sandra Bullock excepcional y un carismático Clooney que ejerce de reposo cínico y humorístico ante la tensión insostenible, ese juego de profundidad espiritual, toda la miscelánea artística de inventiva formal, acción estremecedora y narración intimista acusa en exceso una cierta descompensación debido a que los Cuarón no logran golpear al público con la exposición de un drama un tanto simplificado, demasiado ostensible y tan poco sutil ante la desgarradora montaña rusa de sensaciones visuales que propone la acción. Lo que hace de ‘Gravity’ una experiencia sensorial a medias, tan hipnotizante como carente del relieve sentimental buscado y que se da con fugacidad en instantes como en la quietud del interior de una estación rusa en la que la desesperación se rompe con una transmisión perdida con un esquimal, al escuchar a un perro o el llanto de un bebé, cuya familiaridad incomprensible estimula a la mujer con un espejismo que invoca la tenaz insistencia de permanecer con vida antes que dejarse vencer por el desértico vacío espacial. Nadie va a negar a esta extraordinaria cinta el cúmulo de virtuosismos técnicos que hace de ella un referente desde el mismo día de su estreno, aunque hablar de obra maestra total o milagro fílmico sea excesivo, incluso para uno de los mejores y más sobresalientes espectáculos del año 2013.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2013