lunes, 9 de septiembre de 2013

Madrid 2020: Sorprende la sorpresa

Este pasado sábado se citaba la nueva sede olímpica en Buenos Aires, donde Madrid aspiraba con la convicción que su tercera candidatura consecutiva era la definitiva para conseguir esas Olimpiadas de 2020 tan deseadas por unos cuantos comisionados que han vuelto a emerger ofreciendo al mundo la cruda realidad de este país. Más allá de la rotación continental a la que suele acudir el Comité Olímpico Internacional (COI) a la hora de designar las sedes elegidas, Madrid se quedó fuera de la disputa por la concesión de esos JJ.OO. a las primeras de cambio, siendo Estambul y Tokio las que pugnaron por los votos finales. Fue ésta última la que acabó llevándose tan preciado objetivo. Tokio empezó asumiendo en su discurso el golpe que supuso el terrible tsunami de Fukusima acontecido en 2011 como inicio de una brillante argumentación con el respaldo de un país creciente en estabilidad y potencial comercial.
Por su parte, Madrid envío a un grupo de ineptos abanderados por Ana Botella, simulacro y paradigma político que ilustró el carácter incompetente del rostro más desagradable de la candidatura; su inhabilidad con el inglés, sus gestos cargados y artificiosos, su pose absurda al contestar a una periodista de Associated Press que le consultó sobre qué hacía un país con una tasa del 27 % de paro y una profunda crisis social y económica presentándose a un proyecto olímpico de tal envergadura con otra respuesta estudiada sobre las infraestructuras urbanísticas, han hecho que la imagen de España tuvieran un merecido rincón de pensar en la carrera por estas olimpiadas de 2020.
Mientras los japoneses se refirieron en todo momento, ante la prensa y en su compromiso reflexivo, a una presentación tranquilizadora como gran potencia capaz de asumir el reto de unos juegos de alta calidad, Madrid escondió la situación de España, la crisis financiera, el desempleo o la incesante corrupción política apelando a la deslucida emoción del discurso de Antonio Samaranch en recuerdo de su padre o la insulsa alegación de Alejandro Blanco, destacando la labor del príncipe Felipe en apoyo de la candidatura, escapando a justificar la austeridad de su proyecto y no sabiendo refutar todo el entramado del dopaje de la Operación Puerto, entre otros muchos errores. Ganó Tokio, sí. Y con este rotundo fracaso, debe frenarse la enloquecida idea de otra nueva presentación como sede olímpica por parte de Madrid; una década de gastos con un agujero que se plasma en más de 6.500 millones de euros, un dinero en el que un porcentaje podría haberse destinado a la financiación de los planes de formación de deportistas que, con los desfalcos y recortes monetarios a los que nos han acostumbrado desde el poder, ven incumplidas las promesas y alejarse sus sueños. En comunión con el sentimiento nacional de impotencia y rabia ante esos impresentables que viven en el lujo de una farsa hipócrita sin fin.
Unos Juegos Olímpicos no hubieran sido una solución a estos problemas de financiación deportiva, Madrid 2020 hubiera sido otra de esas tantas excusas de aquéllos que prefieren soñar con unas Olimpiadas que en salvar de la muerte la Educación y Sanidad Pública. Tokio se muestra como una ciudad orientada a ejemplarizar una estructura financiera poderosa dentro del ámbito mundial. Madrid está en pleno declive con la devastación de servicios e infraestructuras públicas ¿Qué esperábamos? Mejor, respirar tranquilos y tomar un “relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor”.