martes, 1 de octubre de 2013

'La casa de bambú (House of Bamboo)', de Samuel Fuller: Retazos del gran maestro

Este mes de octubre tengo un objetivo claro y que no puedo dilatar más: revisar y redescubrir toda la filmografía de ese director de culto y predilección particular que es el gran tótem Samuel Fuller, el pequeño gran Sam, ese Dios cinematográfico al que tanto admiro e idolatro. Un férreo objetivo que a buen seguro voy a disfrutar como nunca. Todo ello viene provocado por haber rescatado hace pocos días ‘La casa de bambú’, una de sus muchas obras maestras. En un pequeño retazo memorístico pude recopilar mentalmente la historia del sargento Kenner, de cómo en su comienzo intenta amenazar a un pobre japonés para que le pillen y así infiltrarse en la banda de Dawson, un soldado estadounidense desmovilizado en Tokio que dedica a la delincuencia organizada. Es admirable la forma en que Fuller contenía una violencia que parece que está a punto de saltar por todos lados, una violencia seca, sin ningún efectismo. Disfrutar de esa secuencia final en el parque de atracciones (no sólo Hitchcock sabía finalizar sus películas en sitios de altura que pasaran a ser legendarios), en la que Dawson muere de un disparo certero, es volver a sentir el cine en estado puro. Sin embargo, hay que enfatizar la relación que se establece entre Keener y Mariko; ella creyendo que es Eddie Spanier, un amigo de su marido, él sabedor de que sus intenciones van por otro lado. Ese acercamiento entre los dos, esa fidelidad y amor latente es lo mejor de la película. Como la utilización de ese eterno nombre que fluye en toda la filmografía de Fuller: Griff.
Fuller llegó a decir varias veces de la secuencia de máximo apogeo de violencia entre Kenner y Dawson que se trataba de “una secuencia de violencia y erotismo entre dos hombres”. Y así es. Revisar esta cinta ha revitalizado sensaciones apagadas, inspiradoras. Dejarse embaucar por este cineasta que, más allá del célebre autor, es un mito reivindicable tan controvertidamente político como brillante cineasta considerado maestro de maestros sin el que el cine no tendría la grandeza que tiene, es todo un lujo. Sam Fuller consideraba Estados Unidos como un hervidero donde el racismo, el patriotismo, la guerra nuclear, la locura y la perversión sexual se mezclaban en un polémico visionario capaz de retratar parte de la Historia de su país con una feroz vena crítica. Es hora, por tanto, de hacerle la ofrenda que se merece. No sólo volviendo a desempolvar su mítica obra, si no para dedicarle unas cuantas líneas que este blog le debe, porque desde que recuerde, Fuller siempre fue un referente en las conversaciones familiares.
Ya estoy deseando involucrarme bajo la perspectiva de este genio dentro de los márgenes de la II Guerra Mundial, revivir aquellas ínfulas periodísticas de adolescencia que suscitaron, entre otros referentes, Park Row, explorar el western como nadie supo, reflexionar sobre su mirada frontal hacia el racismo soterrado y la violencia, su devenir antiacadémico y libre y regodearme con la locura, con el cine, con la vida y, por supuesto, con Balzac.
Quedaos con esa cita que religiosamente me viene a la cabeza nada más empezar a escribir un guión y que proviene de la sabiduría eterna de Fuller “cuando no notes que con la primera página de tu guión se te pone dura, tíralo inmediatamente a la basura”.
Amén.