jueves, 19 de septiembre de 2013

El duelo en la cumbre del miedo entre H.P. y Sigmund

Contemos una historia... Empieza con la tortuosa vida de H.P. Lovecraft. Es sabido por los lectores más apegado al género que profesó el autor, que la infancia y juventud del jovial Howard Phillips la pasó rodeado de su viuda madre, sus indulgentes tías y su abuelo, en un ambiente intelectual pero conservador que rigieron un férreo control sobre su vida más precoz. Además de unos primeros años de enfermedades, cuenta la leyenda que Lovecraft no dormía durante la noche y que escribía sin parar hasta el amanecer, que es cuando el buen escritor conciliaba el sueño rendido ante las horas de trabajo. Así, se ahorraba aguantar a su familia más cercana. De esta rutina acontece lo que iba a ser la fuente de inspiración del gran genio. Lovecraft contó siempre que escribía lo que soñaba. El escritor se refería a los sueños (y pesadillas) que experimentaba noche a noche como manifestaciones muy reales en las que vivía, según palabras del propio Lovecraft, "una extraña sensación de expectación y aventura, relacionada con el paisaje, con la arquitectura y con ciertos efectos de las nubes en los cielos, donde sólo había monstruos y bestias inmunes". Pues bien, esto que todos conocíamos fue algo que provocó el indirecto enfrentamiento con Sigmund Freud y sus teorías del psicoanálisis.
Lovecraft siempre se negó a creer las teorías y  la corriente esgrimida por Freud. Por su parte, éste siempre negó que los escritos H.P. fueran producto de una influencia de sus pesadillas. El célebre neurólogo austriaco aseguraba que los escritos eran producto de su imaginación, que no los soñaba, cosa que al de Providence nunca le sentó muy bien. Como Freud estaba acostumbrado a reducir sus disquisiciones a un plano sexual, tomó a H.P. como un degenarado por este tipo de lóbregos y angustioso sueños, en cuanto que el autor de ‘En las montañas de la locura’ dejó constancia a lo largo de su obra el desprecio que tenía al psicoanalisis de Freud. Desde sus primeros textos, inspirados en Poe, pasando por las narraciones derivadas de Dunsany, hasta los catorce cortos relatos de ‘Los Mitos Cthulhu’, hizo apreciar un elemento subversivo hacia esta antipatía mutua.
También hubo una disputa teórica en las conjeturas que ambos tenían sobre el miedo; Freud lo achacó a una ruptura del inconsciente, al ‘uncanny’, ligado al efecto de lo ‘unheimlich’, es decir, aquello que no es familiar, que nos resulta extraño. El resultado psicológico puede ser experimentado en mayor o menor grado, según la experiencia individual y única de la lectura fantástica. Por contra, Lovecraft señaló que lo fantástico precisamente, radica en la experiencia del lector, en el elemento psicológico que imparte su carácter fantástico, sosteniendo que el horror absoluto es lo desconocido, mientras Freud nos decía que el horror definitivo es aquel que nos conduce hasta lo más familiar e íntimo. Lovecraft sabía que sus analogías con lo conocido para describir lo desconocido eran el arma natural de su cerebro, algo que no compartía Freud.
Es más, la segunda antología monumental de la obra ‘lovecraftiana’ editada por Arkham House hacía ver que sus sueños chocaban con el conocimiento de los profesores de idiomas y de economía política de la universidad Miskatonic o de los palurdos de Catskill Mountain eran una metáfora de la incredulidad de Freud al extraño gnosticismo de parasomnia de Lovecraft. Todas las tumbas ancestrales, la legendaria y encantada Rrkham envuelta en sudarios de niebla y los monstruos creados por el genio literario fueron tan terribles que Freud no quiso analizarlos. No porque no quisiera o pidiera, sino por el hecho de que escapaban al intelecto y al análisis del mejor psiquiatra de todos los tiempos (con permiso de Jung).