lunes, 2 de septiembre de 2013

'A Colt Is My Passport (Koruto Wa Ore No Pasupooto)', de Takashi Nomura o el film 'noir' tamizado con el spaghetti

Takashi Nomura no es muy conocido por estos entornos, pero una maravilla como ‘Koruto Wa Ore No Pasupooto’, más conocida con su título anglosajón, ‘A Colt Is My Passport’, no debería quedar sin espacio en la galería de películas de culto pertenecientes a ese género tan denostado como es el cine de acción. Un filme de referencia trazado con las coordenadas de un clásico donde el mito heroico está diseccionado dentro de un fresco con los elementos que se acercan a conmemoradas obras del estilo del ‘Bob le Flambeur’; un submundo del hampa donde hasta los traidores poseen un código de honor, cinismo, traiciones y hasta una ‘femme fatal’. El resultado es una confabulación de ese realismo lanzado al espectador como representación de un mundo criminal con cierta sofisticación.
Parece que en esa trama donde un asesino a sueldo (el legendario Jo Shishido) que es contratado para acabar por un reconocido personaje del hampa local está destinado a esquivar la muerte por las ansias de venganza de los hombres de confianza de este objetivo, podría parece un cliché en estos tiempos de sequía creativa. Sin embrago, en 1964, este universo de yakuzas y acción sostenían una percepción de un mundo amenazante novedosa y revolucionaria, la más representativa de la emblemática compañía Nikkatsu.
Nomura cree férreamente en una narrativa propia y se permite jugar con elementos ajenos al mecanismo argumental, potenciando la estela de maestría que apuntan algunas intenciones ciertamente extravagantes (como esa mariposa artificial que reverenciara Jim Jarmusch en ‘Ghost Dog’), pero sin perder de vista esa subtrama de alegato a favor de la lealtad y la amistad donde dar rienda suelta a una puesta en escena de salvaje efectividad que escapa a la catalogación de cualquier fábula moral desde los pasos de una senda contracorriente, atreviéndose a traspasar cualquier frontera. Como si sus tiroteos explosivos, persecuciones y el espíritu que corroe cada fotograma de esta película evidenciaran una impronta ‘hard boiled’ de coreografía en la que la acción armoniosa, de furioso lenguaje, estuviera destinada a culminar en su desértica escena final que dibuja toda la majestuosidad existencial de una obra maestra sin concesiones.
Por si fuera poco, la banda sonora puede apreciarse como una lección de magnificencia dentro de la musicalización cinematográfica e inspiración intuitiva de las artimañas sonoras de Quentin Tarantino a lo largo de su carrera, adulterando de un modo prodigioso los momentos más intentos del filme con música de diversa índole; desde tradicional japonesa, en un ‘in crescendo’ sinfónico hasta llegar a las melancólicas notas de jazz, sin olvidar la tradición del ‘spaghetti western’ para, como Melville en ‘El silencio de un hombre’, recrearse en un número musical, esta vez en la figura y la voz de Chitose Kobayashi, con una balada de tintes ‘enka’ inolvidable.