viernes, 23 de agosto de 2013

Review 'Guerra Mundial Z (World War Z)', de Marc Foster

Los zombies del ‘mainstream’
Dejando a un lado las pautas críticas que incluía el libro de Max Brooks, la cinta de Marc Foster es una aventura de acción familiar que busca la autosatisfacción y la rapidez de asimilación por parte de la audiencia.
En la cultura popular, el zombie ha pasado, gracias fundamentalmente a la literatura y al cine fantástico, como esa recurrente metáfora social de diversas vertientes, designada, en sentido figurado, a preservar la imagen de unos autómatas privados de voluntad que se mueven mecánicamente con un sólo objetivo e instinto irracional. Un zombie sirve para analizar casi cualquier artefacto cultural. El miedo no viene marcado por la zombificación, si no que invoca al análisis reflexivo y al sustrato metafórico de unos conceptos del subgénero que reposan en el terror a ser controlado y actuar de forma indeliberada, al conformismo llevado al extremo, al sometimiento. Poco a poco, la sociedad se ha ido poblando de zombies involuntarios sujetos a una disciplina que odia, a unos cánones impuestos donde la individuación se ha manifestando a sí misma dentro de un contexto de tenebrosidad maldita. Sin darnos cuenta, nos hemos convertido en hordas de estos no-muertos en vida. La masa social permanece desposeída planes o ambiciones, convertidos en piezas y elementos del engranaje de un colectivo impersonal valedor de cierta infrahumanidad. En un marco de crisis global económica, donde negocios, empresas o bancos subsisten como muertos vivientes que no parecen asumir su condición, las películas de cine fantástico permiten hablar de un escenario actual, representado con un relumbrón post-apocalíptico tan acorde a estos tiempos. Parece como si en la actualidad ese infectado no estuviera muy lejos de los trabajadores manipulados por las circunstancias, del asalariado que no cobra o víctima alineada que vive una ‘bare life’ desposeída de sentido.
Max Brooks en su ‘best seller’ ‘Guerra Mundial Z’, propuso una catastrófica visión crítica por medio de un relato confeccionado por multitud de entrevistas ficticias realizadas a los propios supervivientes, cuyos testimonios orales iban reconstruyendo la aparición de una pandemia mundial originada en China que ocasiona distintas fases como el “plan naranja”, la crisis, los años oscuros o las consecuencia planetarias de esa plaga andante. Las líneas principales de su crítica geopolítica residían en una cínica visión sobre los intereses yanquis en Oriente Próximo, el inacabable antagonismo entre Israel y Palestina, la dictatorial situación que se vive en Corea del Norte o la ineficacia de las Naciones Unidas en cualquier altercado mundial. En ella, defendía la integridad de supervivencia en un mundo gobernado por imbéciles sin capacidad de reacción en cuanto a materia de política estratégica, desflorando esta triste realidad con un detallismo técnico y tecnológico que acababa por proponer una defensa de adaptación del hombre al ecosistema surgido por la infectación vírica que está a punto de acabar con la humanidad a través de narraciones que remodelaban con inteligencia el mito zombie, actualizándolo y transformando su esencia. Pues bien, toda esta multiperspectiva es lo primero que desaparece en la adaptación cinematográfica pergeñada desde su faceta de productor por Brad Pitt, que vehicula la intención comercial de esta libre adaptación (si se puede llamar así) del libro de Brooks para entregar al gran público un ‘thriller’ de acción familiar en el que la estrella de Hollywood da vida a un investigador de la ONU retirado que, ante la inminente alerta que está provocando un virus que infecta a la humanidad y los convierte en zombies, regresa a su peligroso trabajo para salvar al planeta de esta terrorífica pandemia.
El título es el mismo, sí. A partir de ahí, el engranaje de ‘blockbuster’ veraniego fagocita cualquier alusión a las páginas de la novela. Marc Foster, director inclasificable y prolífico, construye una montaña rusa bastante descafeinada que se sostiene en la destreza de una puesta en escena irreprochable, que funciona como un videojuego de plataformas en las que tampoco existe el guiño al cine ‘gore’ o a la esencia excesiva de lo esperado. Ahí, ‘Guerra Mundial Z’ es inflexible. Pese a su presupuesto hipertrofiado, este itinerario de viaje global en busca de una solución al terrible virus es una muestra de continencia moderada que no trasciende a los márgenes del género, exhibiendo, mediante las sugerentes imágenes icónicas que se han llevado parte del presupuesto y que simbolizan esa ambición visual, un ‘tour de force’ de acción persecutoria, sin una línea muy definida a la hora de abordar un recital de tópicos que se imponen como una excusa para dignificar esta pandemia a lo ‘mainstream’, sin manchar de sangre al respetable, estableciendo los tópicos que emergen ordenadamente según avanza su metraje (incluso no falta el típico predicador, en este caso radiofónico, que anuncia alarmado una plaga relacionada con el Infierno).
‘Guerra Mundial Z’ quiere funcionar a otro nivel desarrollado en las demarcaciones del cine de acción, anulando de paso cualquier intención crítica, pese a que emerjan ciertas puyas sangrantes contra la condición extrema planteada ante el virus por naciones como Corea del Norte e Israel. “El movimiento es vida”, dice en un momento del comienzo Gerry Lane, personaje interpretado por Pitt. Y es lo que parece perseguir en todo momento la cinta de Foster: mucho ruido y situaciones rocambolescas (esa situación en un avión contagiada por el virus es categórica) que hagan funcionar un espectáculo que termina quedándose a medio camino entre la autosatisfacción del producto familiar neutro y la inquietud por mostrar los estilemas del cine zombie, con ritmo, sin perder sus objetivos comerciales. Sin embargo, la acción dinámica parece adueñarse de cualquier otra intención con personajes corriendo de acá para allá, con el énfasis de sugerir las consecuencias desagradables de la masa más que mostrarla.
Aquí la amenaza de esos no muertos se exhibe con cuando tiritan en reposo y corren como jaguares en movimiento, pero sin presenciar el contagio o la crudeza de sus ataques. No vaya a ser que se escandalice la audiencia. Lo que han conseguido de este modo es evitar cualquier tentativa de reinventar el modelo zombie. Y lo que han hecho es ajustarlo a un eficaz producto que tiene un ‘target’ tan alejado de los estilemas de un género popularizado en la última década con gran variedad poliforme. Si bien es cierto que consigue conformar una cierta atmósfera opresiva en su último tramo, dentro de un centro de investigación del virus de la OMS en Cardiff, cuando todo está sosegado y filmado de forma minimalista y que contrasta con el resto del filme, de ‘Guerra Mundial Z’ uno prefiere quedarse con ese enjambre de infectados saltando un colosal muro para invadir Jerusalén que con ese discurso final moral y edulcorado que parece reacio a reflexionar sobre los pilares que movieron al hombre a crear estos muertos vivientes que siguen creciendo dentro de los patrones culturales y manifestaciones audiovisuales y literarias.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2013