miércoles, 21 de agosto de 2013

Elmore Leonard y su eterno 'keep it simple'

1925-2013
- Pregúntale a este tipo por qué me acusa – dijo Harry mirando como el Zip se acomodaba en el sillón reclinable y comenzaba a mover el reposapiés, subiéndolo y bajándolo. - Me gusta este sillón, es cojonudo para ver la tele.
(Diálogo de ‘Pronto’ -1993-).
Se ha ido el gran maestro de la literatura ‘pulp’ contemporánea. Hace muchos años, aquí ya apareció aquel catecismo literario aparecido en The New York Times con una serie de reglas sobre la escritura. Elmore Leonard redefinió los ambientes detectivescos y criminales, envueltos en un halo de misterio, pero acercándolos a esa condición de sencillez directa, con una voz narrativa fresca y atrevida. Bajo las tapas blandas y hojas de papel barato de sus novelas, parecía avisar al lector que dentro de esa trama policial de lenguaje corriente, despojada de largos monólogos internos y exposiciones paisajísticas, había algo mucho trascendente y complejo, sin rodeos, mostrándose impaciente a la hora de dialogar la acción y ponerse en primera persona desde la perspectiva de sus creaciones llenas de vida y contradicciones.
Comenzó escribiendo como redactor publicitario (lo que hoy llaman ‘copy writer’) hasta que logró publicar algunos relatos de ‘westerns’ en la revista Argosy. A partir de ese momento, pasó a formar parte de una generación de escritores de culto suscritos al género de novela policiaca como Mickey Spillane o Ross MacDonald. Muchos fueron los que definieron su escritura como “antiestilo”, un autor capaz de construir acción narrativa únicamente sobre diálogos. Lo cierto es que configuró una fuerza palpitante y ágil que desafió cualquier pauta con su constante diligencia adaptada a la jerga de sus personajes, muchas veces políticamente incorrectas, trufadas de palabras malsonantes y llena de sinuosidades que tenían como objetivo el entretenimiento implacable y sin freno. Enemigo de los adverbios, su adictiva literatura está poblada de personajes carismáticos y villanos recurrentes, pragmáticos, que profesionalizan el crimen con una ética intachable; bien sean corredores de apuestas, traficantes de armas o de drogas, timadores, prestamistas o simples ladrones. En el fondo, son una raza que alcanza cierta virtud y honestidad en un mundo amoral que se desvanece con la corrupción y la suciedad de sus personalidades más lustrosas. ‘Swag’, ‘The Switch’, ‘Joe LaBrava’, ‘Bandidos’, ‘Almas paganas’, ‘Ciudad salvaje’, ‘Hombre desconocido 89’, ‘Cóctel explosivo’, ‘Freaky Deaky’, ‘Riding the Rap’, ‘Cuba libre’, ‘Chantaje mortal’, ‘Mr. Paradise’, ‘Rum Punch’ o la icónica y magistral ‘Pronto’, entre muchísimas otras, retrataron con un escalpelo descriptivo estampas de ese país a veces desconocido que es Estados Unidos, dentro de ciudades que se convierten en un personaje más, perceptivas de esos bajos fondos urbanos ambientados con realismo sucio, donde sus protagonistas son empujados a un mundo escabroso por circunstancias imprevistas.
La ironía fue siempre esa esencia transgresora que caracterizó a este maestro del suspense y la acción, mostrando personajes desde diversos ángulos, deteniéndose en detalles aparentemente triviales, esgrimiendo bajo su acción, llena de personalidad y verborrea, una intrahistoria dentro de la novela negra, género predilecto en el que se saltaba constantemente las reglas academicistas. Leonard era un rebelde, un maestro habilidoso que solía embadurnar sus páginas de estructuras laberínticas, perpetuando una cierta sofisticación accesible, tan atractiva como satisfactoria. Puro nervio. De ahí que su vinculación con el cine se transformara en un matrimonio constante de adaptaciones y guiones para la gran pantalla. Ya en sus comienzos, con aquellas novelas del Oeste, Martin Ritt elevaría la efigie del gran Paul Newman con ‘Un hombre’, además de ‘El infierno del whisky’, de Richard Quine, ‘Los Cautivos’, de Budd Boetticher o las dos versiones de ‘El tren de las 3:10’. Quentin Tarantino profesaría su amor por el autor en la que puede ser su mejor película hasta el momento, ‘Jackie Brown’, donde el sentido literario de Leonard comulgó con la verborreica narrativa del cineasta en una ofrenda reinventada hacia el ‘blaxploitation’ de los 70, que conjugó con el tono crepuscular y pesimismo tan afín al universo del escritor. ‘Get Shorty’, de Barry Sonnenfeld, ‘Un romance muy peligroso’, de Steven Soderbergh, en los 90 o la más actual y catódica ‘Justified’ describen esa correlación entre autor e industria.
Pocos se atreven a afirmar que Leonard ha sido un hacedor obras maestras absolutas y sempiternas. Sin embargo, no es así. La trascendencia de su obra, su inmortalidad, queda atestiguada en las creaciones de mundos erigidos alrededor del lector, de su complicidad y adhesión a un estilo inconfundible. Fue un espléndido manipulador del lenguaje cuyas historias describen el comportamiento humano de un modo paradigmático y que colocan a Leonard en la misma división de nombres clásicos del género como Raymond Chandler, Dashiell Hammett, Jim Thompson o Chester Himes. Hemos perdido a uno de los mejores y más importantes escritores de la Historia. Así de contundente.