jueves, 18 de julio de 2013

Review 'Antes del anochecer (Before midnight)'. de Richard Linklater

El amor, la vida… el cine
La tercera entrega de esta extraordinaria trilogía propone una compleja descripción sobre la madurez dentro de la relación de pareja con un portentoso ensayo sobre los conflictos y decisiones que supone vivir una vida en común.
Jesse (Ethan Hawke) y Celine (Julie Delpy) se conocieron en un viaje de Interrail por Europa. Allá por 1995. Ella aceptó el reto de él: bajarse en Viena para conocerse antes de su vuelo a Estados Unidos al amanecer. Sólo unas horas para conocerse, enamorarse y jurarse volver a verse en seis meses. Ese reencuentro llegaría nueve años después. En París, donde ambos ya no eran dos críos espontáneos e idealistas, sino que la madurez comedió sus deseos de retomar aquellas sensaciones venecianas. ‘Antes del amanecer’ fue un espejo de carácter generacional, dentro de un planteamiento idealista sobre el amor y las relaciones de pareja. Su secuela, ‘Antes del atardecer’ transmutó aquella promesa de juventud en una realidad bajo la brisa en París, acercando a dos personajes conocidos a un fortalecimiento entre la realidad y el recuerdo cruel. El final abierto de esta segunda entrega de esta relación, donde la conexión vital fue restablecida y se abría la puerta al cruce de un destino común con un avión perdido supuso un espléndido híbrido entre la memoria, el deseo y el sueño.
En ‘Antes del anochecer’, todo ha cambiado hacia la normalidad de la unión en pareja, del establecimiento y consolidación de ese vínculo que arrastra la convivencia y la confidencialidad. Ya desde su arranque se percibe que el carácter romántico se ha difuminado para dejar pasa a la rutina. Ahora Jesse y Celine están atrapados en su propia relación, con dos niñas en común, viviendo en París, el hijo de él que acaba de regresar a Estados Unidos… La acción se traslada a la Costa Griega, donde trascurren las vacaciones de esta pareja, que trata de equilibrar sus respectivas carreras con las responsabilidades filiales. Jesse está ya totalmente establecido como novelista, un tanto narcisista y preocupado por la distancia que le separa de su vástago y que permanece en Chicago con su ex mujer que le odia. Celine es un activista ambiental que está considerando la posibilidad de aceptar un trabajo gubernamental. Cuando él sugiere la posibilidad de trasladarse a Norteamérica, ella no recibe la sugerencia de forma muy entusiasta. Es la mecha que enciende la mecha dentro de lo que parece una relación idónea, la grieta que hace aflorar distintos reproches encubiertos que comienzan a emerger y que estructura este tercer acto que Richard Linklater vuelve a asumir con el espíritu de Èric Rohmer, dejándose llevar por la verbalización extensa y sin prisa, con conversaciones que se esgrimen con parsimonia y naturalidad, para ir llegando a los objetivos emocionales.
Los primeros compases del filme de la placidez bajo la luz mediterránea helena. El mejor ejemplo un extenso diálogo rodado en un solo plano, desde el aeropuerto hasta la casa vacacional donde se hospedan, en la que se plantean todos los dispositivos dramáticos sobre los que girará la historia con una espontaneidad y pureza transparentes. La fuerza común de la trilogía siempre ha sido ese naturalismo auténtico, no forzado, que obliga a la asimilación de sus situaciones y a largos diálogos como elemento perspicuo, emplazado en un entorno donde se respira una convicción adecuada a estos personajes.
El riesgo que implica ‘Antes del anochecer’ es el mismo que acarreaban sus antecedentes. Y es la empatía con los no habituales, con aquellos espectadores a los que el tono dialéctico, discusiones argumentativas y evocaciones subjetivas puedan llegar a saturar. Al fin y al cabo, esta trilogía está delineada hacia el ejercicio intelectual, amplificando a esos mismos personajes con los que toda una generación se identificó, replanteando situaciones que ejerciten la reflexión sobre las relaciones de pareja.Linklater se establece como crucial una secuencia que define muy bien la substancia narrativa de toda la trilogía, como determinación fructuosa de esta tesis evolutiva e insondable sobre el amor. Se trata de una charla de sobremesa veraniega con unos amigos que contextualiza no sólo la situación de la pareja ya no sólo en el presente, sino en el pasado y en el futuro.
Explícitamente, tanto el director como sus coguionistas (Hawke y Delpy) reflejan el progreso de esa relación con varios espejos que devuelven respuestas al trance matrimonial por el que pasan. El viejo y sabio escritor Patrick (el veterano cineasta Walter Lasally), el anfitrión que ha hecho posible estas vacaciones griegas y una íntima amiga, Natalia (Xenia Kalogeropoulou), representan ese futuro de anhelos heterogéneos, de vidas en común durante toda una vida en pareja, que viven el ocaso comprometidos con su pasado como amantes y compañeros, pero un presente de viudedad bien diferente. A su vez, comparten tertulia con Stefani y Ariadni (Panos Koronis y Athina Rachel Tsangari), que simbolizan el sosiego de una vida en común sin responsabilidades ni traumas, la idealización abstracta de lo que Jesse y Celine imaginaron algún día. Y, por último, Achilleas y la bella Anna (Yannis Papadopoulos y Ariane Labed), que simbolizan ese pasado vienés de los protagonistas, de aquello que fueron. Es en este entorno, donde ‘Antes del anochecer’ encuentra su sentido, al revelar una dilucidación en profundidad sobre el amor y la relación conyugal a unos extremos dialécticos que bordea los contornos del ensayo argumental sobre el tema. Jesse y Celine se enfrentan así a la madurez como dualidad y sus consecuencias, delimitando con ello la ensoñación y el deseo.
Es cuando, en un prodigioso paseo de Jesse y Celine por las calles de Kardamili, emerge esa sensación de libertad, de ruptura con los condicionamientos que llevan la conversación desde lo mundano a lo espiritual, retrocediendo en la memoria para evaluar el paso del tiempo, admitiendo con ello la relectura de sus anteriores encuentros. Sin embargo, esa sensación concreta la frugalidad de un pequeño instante de asueto, puesto que la verdadera situación emerge cuando descubren que no son capaces de disfrutar de una noche de sosiego y sexo, destinada a recuperar la chispa del enamoramiento que habían ido fraguando en el díptico anterior. Es inevitable que el conocimiento mutuo haga saltar el sarcasmo, la duda, el malentendido o el reproche en un momento inoportuno. Algo que, de forma contundente, sublima la realidad que ha acabado eliminando el factor idealista de la fórmula.
No es casualidad que sea el Peloponeso griego la lugar elegido para mostrar esta crisis de pareja, puesto que supone un emblema inequívoco de esa dura crisis que destroza ilusiones metamorfoseadas en diversos factores, tanto sociales, como económicos y sentimentales y que aluden, a su vez, a las alegóricas raíces de la humanidad. La ilusión de aquellos jóvenes dispuestos a dejarlo todo por una quimera se ha desvanecido. Ahora, pertenecen a otra bien distinta, donde se ha evaporado una ilusión sustituida por la desconfianza y, lo que es más importante, les ha avocado al derrotismo de estos tiempos presentes con los que la realidad escupe todas aquellas promesas que hoy son un recuerdo.
Con todo, Linklater sigue asumiendo que la naturaleza que encauza el significado de estas tres películas estructura su totalidad en dos actores, en dos rostros que iluminan cada plano a través de unas actuaciones de una fuerza ineludible, contribuyendo asimismo, con la coescritura de sus historias con una fluidez y complicidad totalmente estimulantes, donde la improvisación se ciñe a unos límites que por estructurados no restan la libertad necesaria para ahondar en el alma de los personajes. Hawke y Delpy empujan al espectador a su historia, con destacables matices de confabulación, con miradas y reacciones de escalofriante franqueza. Ellos dos representan la grandeza de toda la saga. De hecho, aquí ya no existen bellos itinerarios por ciudades de postal como Viena y París, remarcados con detalles en la conclusión final o en el comienzo de las anteriores entregas, respectivamente. La Grecia de ‘Antes del anochecer’ es una excusa, un testigo como esa montaña que ve esconderse el sol como presagio de una noche que hará aflorar las dudas y que provocará la escisión promovida por esa deliberación sobre si ambos deben trasladarse a Estados Unidos para acercarse al hijo de Jesse. Una idea que no comparten y que implica que sus posiciones en la vida, esta vez como padres y matrimonio, puede alterar con un efecto devastador en su relación.
‘Antes del anochecer’ conlleva a una conclusión bastante evidente: encontrar el amor ideal y vivir un romance perfecto y eventual es relativamente sencillo. Lo complicado y problemático es mantener una relación a lo largo de los años. Eso es lo difícil. El hecho de que Jesse, tras la discusión en el frío e impersonal hotel, recurra a su faceta de escritor para crear una historia de fantasía para intentar levantar una sonrisa en Celine, responde a ese factor de inteligencia e intimidad por la que respira de forma tan frontal toda la trilogía. Tal vez, ese mensaje trasladado desde el futuro de Celine a su yo del presente brinda la extraña sensación premonitoria en el año 1995, cuando ambos se conocieron a través de sus conversaciones, de sus inquietudes, de imaginar cómo sería vivir una vida en común.
Lo milagroso de este necesario tríptico es el diálogo, la comunicación fluida que no se centra en algún aspecto determinado, si no el mero hecho de hablar y escuchar. ‘Antes del anochecer’ pone punto final (a menos que director y actores sorprendan con otra entrega en 2022) a un estudio muy íntimo y provocador de las relaciones de pareja. El legado propiedad de Delpy, Linklater y Hawke supone un ejemplar paradigma de cine y la vida, porque, queramos o no, Jesse y Celine, forman parte de nosotros, de nuestra educación sentimental y como personas dentro de un tema tan complejo como es el amor.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2013