jueves, 25 de julio de 2013

'Los incorregibles albóndigas (Meatballs)', de Ivan Reitman: nostálgica comedia de verano

Vista hoy en día, ‘Los incorregibles albóndigas (Meatballs)’, de Ivan Reitman, puede haber envejecido muy mal para los tiempos que corren. Su humor algo blanco, sus intenciones benévolas, su esencia bondadosa y de moraleja indulgente responden a un momento muy concreto, 1979, estimulación primigenia de las comedias adolescentes de campamentos y de sexualidad a flor de piel, con gracia transgresora pero sutilizada, que concretaba esa temática de hormona revolucionada con un fondo accesible a todos los públicos. Una de las obras germinales de comedias más revoltosas y políticamente incorrectas de los 80 junto a ‘Desmadre a la americana’, ‘Meatballs’ fue una ruptura como vía a la novedad de comedia sediciosa y desvergonzada. En su época fue un éxito, debido a su superficialidad refrescante, de índole veraniega y sin ambiciones, abanderado por elementos que, hoy en día deben ser vistos con el reconocimiento de absolutos clásicos; desde ese enésimo personaje antológico de Tripper interpretado por el icono del género Bill Murray, auténtica alma de la función, pasando por su director Ivan Reitman, nombre imprescindible para entender el éxito comercial como lo entendemos actualmente y sus guionistas Daniel Goldberg, Len Blum y el nunca bien ponderado Harold Ramis.
Obviamente no estamos ante una obra maestra, pero sí ante una de esas entrañables películas que despiertan la nostalgia de otros tiempos y recuerdan experiencias comunes universalizadas en un contexto generacional como son los campamentos de verano. Las aventuras de Tripper, la dulce Roxanna, Mickey, el objeto de todo tipo de putadas Morty, el ‘nerd’ Spaz, Fink, Crickett, A.L., Candance, Wendy, Hardware o Wheels siguen perpetuando esa estela conmemorativa de un tipo de cine algo deslustrado que mantiene su aprecio gracias a una serie de ‘set pieces’ que desfilan con un ritmo vertiginoso, que se rompen en la paternal relación de Tripper con Rudy, ese chico retraído y solitario destinado a ser el gran héroe del NorthStar en las olimpiadas contra el antagónico campamento de pijos y adinerados Mohawk e imponen una agradable cadencia que resulta de lo más reconfortante. Ahora, en verano, acuciados por la inercia de la inactividad es buen momento para recuperar este pequeño clásico provisto de la fascinante banda sonora de Elmer Bernstein.