martes, 9 de julio de 2013

'El año pasado en Marienbad': el lugar y el tiempo

En el excelente artículo ‘The Haunted Palace’, Kathleen Murphy compuso una meticulosa exploración sobre la frías losas de piedra del corredor de báculos de madera y estucos rodeados de grabados que se perciben como hermoso contexto de ‘El año pasado en Marienbad’. En él, la escritora centraba su mirada por la obra maestra de Alain Resnais para abordar un apasionante recorrido a través de otros puzzles cinematográficos condenados al recuerdo, como los siniestros secretos que encierran las enmoquetadas galerías del Hotel Overlook de ‘El Resplandor’, de Stanley Kubrick, atravesando (y diseccionando) diversas correderas como vías de escape a la psique humana de la entelequia y la irrealidad, donde lo imaginario se confunde con lo tangible, en el momento en que la memoria reinventa el mundo. Se paseaba de puerta en puerta por películas como ‘La dama de Shanghai’, de Orson Welles, ‘El Oscuro Objeto del Deseo’, de Luis Buñuel, haciendo alusión a Max Ophuls y Josef Von Sternberg e incluso llegaba, con lógica inercia, al ‘Vertigo’, de Alfred Hitchcok, haciendo semejanzas entre una película de sortilegio único con los juegos y puzzles que proponen estas obras también clásicas, como laberintos ficcionales donde el hipnotismo, la amnesia o la imaginación solipsista establecen una ilusión óptica que el espectador debe desvelar sin ningún tipo de pretensiones cartesianas.
Desde el gusto por la ornamentación visual, hasta el arrebato de fractura epistemológica, Resnais utilizó este clásico como ejemplo, destructivo y renovador al mismo tiempo, de la expresión y la evolución del lenguaje cinematográfico, donde la significación prevalece antes en el deseo y la imaginación que en la lógica y la realidad. Hermética y calculada, ‘El año pasado en Marienbad’, narra cómo un hombre se obstina por persuadir a una mujer de un encuentro en el mismo hotel donde se hospedan un año antes, lugar donde mantuvieron un ‘affaire’ y se citaron justo un año después. Sin embargo ella no lo recuerda, entrando en un turbio juego de reiteración pasional y persuasiva. Se muestra al espectador como una miscelánea de emociones e imágenes, donde su seductora planificación, la utilización de los espacios y los rostros de Delphine Seyrig y Giorgio Albertazzi se perpetúan conjurados por la magia formidable del Séptimo Arte en la penetración alegórica de un mundo espectral que el crítico Dave Kehr definió como “el hemisferio perdido de la cinefilia”.
La mirada del público consume los retazos visuales que adornan esta indescifrable historia desarrollada en el barroquismo del entorno, en los interminables pasillos, en estáticos personajes vestidos de gala y en el recuerdo borroso de unos jardines geométricos en un tiempo desestructurado que esconde secretos inconfesables. La cinta de Resnais, escrita por Alain Robbe-Grillet, es un enigma psicológico perceptivo que no ofrece conclusiones a las incógnitas lanzadas al espectador. Bajo esa música de órgano fúnebre y siniestra se esconden preguntas acerca del tiempo y los lugares, el pasado y el presente, la locura y el sentimiento, incluso de la muerte y el recuerdo. La obra del director francés es un legado que apela a la mirada del que se introduce en su rompecabezas y a su facultad de contemplar, de escuchar, de sentir.