martes, 4 de junio de 2013

El cementerio de sueños

Vivimos tiempos de pánico. Dentro de un terror que deriva hacia un asomo de ideologías constitutivas basadas en la venganza y la ambición que parecen haber extinguido cualquier tipo de esperanza de salvación o bienestar en esta gangrenada sociedad sin destino ni futuro. Nos roban la ilusión, la casa, la sanidad, los servicios básicos… Han hecho que el trabajo sea un bien de lujo. La independencia y la bonanza es un oasis en el que viven unos cuantos que se descojonan desencajados en la cara de sus súbditos, que se suicidan porque no aguantan la presión y el dolor, que emigran por no vivir la vergüenza que supone observar cómo el nuevo tipo de terrorismo implantado desde arriba impera profundamente en una España en plena involución, en un declive cadavérico con tantas exigencias y sin límites. Y por si fuera poco, la autonomía de la cultura y su funcionalidad son un estorbo instrumental que provoca disconformidades y hace alzar voces discordantes y molestas. Es el momento de analizar hasta qué punto se está instaurando la cultura del miedo, aboliendo derechos necesarios para la emancipación integral del ciudadano libre y ayudando a reforzar los factores de poder para mantener su hegemonía sobre cualquier otro elemento catalizador de opinión.
La solución es amedrentar con recortes salvajes en salud, educación o servicios sociales, ayudando al despido gratuito, a invalidar el derecho laboral o amenazando con una jubilación mísera que alargue la edad de descanso del trabajador que se ha partido la espalda toda su vida ¿Acaso no es una buena estrategia la de suprimir cualquier tipo de ayuda a los más necesitados, fustigar al inmigrante para su exclusión dejándole morir si enferma o prohibir a la mujer ejercer su albedrío cuando decide abortar? La jugada maestra es haber convertido la sanidad y la docencia en un negocio, de conformar una legislación laboral en la que trabajo deja de ser un derecho, instaurar el miedo reflejado en siete millones de parados, jubilados angustiados o emigrantes arrinconados. Cuando la democracia ha dejado de serlo y la Constitución es una parodia bastarda de su idea originaria, los derechos humanos pasan a convertirse en una herramienta para jugar con el ciudadano, al que recortar, ya puestos, la libertad de expresión, de socavar su estado de ciudadanía, sin servicios o bienes comunes y donde la cultura y el ocio son pecados capitales. Una amenaza ¿Por qué no excusar en la crisis el hachazo de gravamen al cine, al teatro, a la música, a los libros, al material educativo? Las artes molestan. La educación es un obstáculo. La cultura es irrelevante para la vida de los ciudadanos ¿Por qué no cerrar bibliotecas o instituciones dedicadas a la ayuda del desarrollo pedagógico? ¿Por qué no matar la cultura y evitar que los españoles accedan a ella como expresión máxima del desarrollo de la sociedad? Para acallar las voces en contra se deben desgarrar de raíz los cimientos de la educación provenientes de la formación iniciática. Lo ideal, desde los estamentos terroríficos que cuentan billetes y visten lujosos trajes, es promover la idea de un pueblo sin resistencia, subordinado y silencioso. Puede parecer dramatizado, pero no está muy lejos de la pretensión global que anida en los infectos despachos de las acomodadas mentes corruptas que hacen y deshacen a su antojo. El miedo y la incultura son sus mejores armas. Siempre ha sido así.
Cuando se dinamite ese complejo entramado de conocimientos, de artes o de costumbres, de cultura, en definitiva, se elimina el factor litigioso que conlleva consigo la libertad. El resultado, no puede ser más satisfactorio: la anulación de la voluntad, convirtiendo el juicio disconforme en un dócil prosélito de básicos principios. Un prototipo ideal para el sometimiento, un ciudadano sin voz y circunscrita a la imposición y servicio de unos pocos. Están inoculando ese cáncer metodológico y subyacente que consiste en imponer a las clases sociales menos pudientes la obligación de ser un dispositivo más en el engranaje de su propio usufructo. Se trata, por ejemplo, de modificar un sistema educativo antidemocrático que acomode al rebaño. Son los nuevos tiempos socioeconómicos de un país en pleno declive hacia el subdesarrollo, guiado por la represión que promueve el segregacionismo, la discriminación, la imposición de una religión católica caduca como modelo moral y que favorece las necesidades de los mercados a cualquier formación integral desde su base.
Los valores culturales, las decisiones y la prosperidad van camino de ser ámbitos marginales e infrecuentes de un modelo de sociedad regido por sápatras que llevan décadas desmontando progresivamente la identidad nacional y sus valores de progreso. El imaginario fuertemente estructurado sobre el poder del dinero y la corrupción se afana por someter y destruir distintos tipos de cultura que conllevan al discernimiento y al reproche. El objetivo es una sociedad incapaz de pensar, que tenga un nulo derecho a réplica, donde esté prohibido reunirse con fines de protesta o emitir juicios sumarísimos que susciten cualquier grado de independencia. Este modelo de sociedad debe regirse por los intereses, el dinero, los mercados, la Zona Euro, el déficit, la prima de riesgo o la bolsa, convirtiendo a su vez a un país entero en un ridículo chiste de humor negro entregado a Bruselas, al imperialismo alemán y a los designios económicos de la Unión Europea. No hay marcha atrás para evitar vivir en una próxima distopía tan real como inminente. Las manifestaciones en la calle, los gritos y las lágrimas han dejado de ser suficientes. Están bien mitigadas por las fuerzas de orden público bien adiestrados como hordas de dobermans, con orden de ejercer la violencia ante cualquier alzamiento de voces y actitudes contrarias. Desde arriba, observan con irrisión tanto revuelo y malestar. Permanecen seguros y protegidos en todo momento. El monstruo del poder ha fagocitado cualquier atisbo de optimismo. Nuestra herencia recibida, la real y no la que llevan repitiendo tras muchas elecciones unos cuantos malnacidos, es el fin de nuestros anhelos y una lápida sin nombre dentro de un vasto cementerio de sueños aniquilados.
Ilustración superior: Joshua Heinsz/SCAD.