martes, 7 de mayo de 2013

Review 'Iron Man 3 (Iron Man 3)', de Shane Black

El hombre de la máscara de hierro
La tercera (y tal vez última) parte de ‘Iron Man’ supone un deleitable espectáculo donde humor y acción se combinan para mostrar el factor humano por encima del superhéroe de la armadura.
A Shane Black parece que le han dejado hacer lo que ha venido en gana en esta nueva entrega de ‘Iron Man’, beneficiándose de una voluntaria flexibilidad dentro de un moderado respeto con los exigentes márgenes de Marvel ¿El resultado? Un empeño de albedrío pocas veces visto en una superproducción mastodóntica de este calibre, que más que ceñirse a los propósitos evolutivos del superhéroe, aquéllos que obedecen a esa tormentosa metamorfosis que provocan sus fantasmas, aboga por la indulgencia para plantear ciertos aspectos expositivos a la hora de reedificar la psicología de Tony Stark/Iron Man. No responde al revisionismo de tono protocolario con sus anteriores entregas, si no que, a golpe de ocurrencia, lo exprime y continúa con la ruptura que deja a un lado los estereotipados cuestionamientos sobre el personaje e incide en su exteriorización del superhéroe. Lo que provoca una estupenda rareza frente al último cine superheroico.
Tomando como punto de inicio ‘Extremis’, una sustancial rotación en la serie del hombre de acero provocada por Warren Ellis e ilustrada por Adi Granov, esta tercera entrega se centra en desproveer del traje metálico a Stark para ir desgranando las debilidades de un hombre que no puede dormir, inseguro, dedicado a sus armaduras para evitar pensar en otra cosa, con un temor cercano a la muerte que no fue tan analizado en sus precedentes. Y, para colmo, no puede escuchar las palabras “Nueva York” sin sufrir constantes ataques de ansiedad al recordar esa realidad que vislumbró más allá del agujero de gusano de los Chitauri en ‘Los Vengadores’. El multimillonario playboy que ejerce de filántropo debajo de la armadura necesita ser más Tony Stark y menos Iron Man, entroncando la liza entre la tecnología de altos vuelos y el factor humano. Por tanto, la cinta no se cierne a una película sobre el superhéroe, sino al hombre que va dentro. Una pugna que desfigura y subvierte los arquetipos superheroicos para deleite de todo al que se acerque desde el desprejuicio a una función tan excesiva como disfrutable. Aquí nada parece tener la transcendencia suficiente, lo que revierte positivamente al encontrar a un Tony Stark que es más Iron Man sin su reconocible armazón que con él, capaz de explotar su cinismo mejor que nunca, consciente de su vulnerabilidad desafiante, muy identificativos con la personalidad canalla de un actor que merece todos los elogios posibles como es Robert Downey Jr.. Esa difusión del rol, tan recurrente en la filmografía como guionista de Black, es el motor substancial de ‘Iron Man 3’, donde cada uno parece encontrar su verdadera vocación dentro del filme; el héroe vislumbra que su poder e inteligencia van más allá de una armadura, la frágil chica que acompaña al héroe puede ser vital a la hora de su salvación, así como el villano no es más que un científico que una vez fue humillado por Stark debido a su apariencia ‘nerd’ y su discurso de biotecnología imposible que regresa convertido en un titán sin conciencia ni límites de ambición. Muy al estilo que en ‘Los increíbles’, Pixar trasformaba al inocente Buddy Pine en el maléfico Syndrome.
Además, en ese estrato de villanía, Black y su coguionista Drew Pearce reformulan de forma brillante la figura de la Némesis malévola, expuesta como un Mago de Oz del Mal, cuyo cometido no es más que ser una imagen de terror a lo Bin Laden que trabaja para una gran corporación científica cuyos oscuros propósitos incluyen experimentar con humanos. La religión es una simple excusa para identificar el terrorismo. Sin embargo, “El Mandarín” (interpretado por el siempre acertado Ben Kingsley), lejos de representar la efigie mágica del malvado poseedor de diez anillos mágicos de los cómics, es aquí un pobre hombre manipulado, pequeño, divertido y borracho, que recita discursos atroces bajo un disfraz pagado con putas, drogas y una lancha fueraborda. Sus apariciones con momentos de narcolepsia, escatología y frases absurdas quedarán para los fastos y convocan gran parte de la esplendidez de la película. En realidad, no es más que la marioneta de un grupo de soldados manipulados genéticamente a las órdenes de aquel hombre al que el héroe despreció en el pasado, Aldrich Killian (Guy Pearce) que se une a la lógica coalición con el vicepresidente de los Estados Unidos para configuran una red de intereses a abolir.
‘Iron Man 3’ supone, ante todo, un autohomenaje del propio Black, que con sólo dos películas en su haber, tras la injustamente olvidada y magistral ‘Kiss Kiss Bang Bang’, manifiesta que es un cineasta con estilo y sello de gran personalidad. Estructurada en ‘set pieces’, en ‘Iron Man 3’ son reconocibles varias rúbricas distintivas, como la Navidad como marco de fondo, la pervivencia de una voz en off que habla directamente al espectador, los esbirros que resultan autoparódicos (uno de ellos a punto de morir a manos de Stark suelta la pistola y dice “ni siquiera me gusta trabajar aquí”) e incluso se permite un ‘revivial’ paternalista y conector con el cine de los 80, cuando el héroe conoce al pequeño Harley Keener (Ty Simpkins) en Tennessee, donde busca el motivo de esa ola de bombas calientes que vaporizan a sus víctimas que son el motor argumental que fomenta el desarrollo de la acción. Su implicación y ayuda serán primordiales para el posterior triunfo de Stark, como lo hacía Danny Madigan con Jack Slater, al que daba vida Arnold Schwarzenegger en ‘El último gran héroe’. Sin olvidar que, en un tramo del filme, cuando Stark y el coronel Rhodes coinciden en busca de Killian y Pepper, si se sustituyeran sus nombres por los de Martin Riggs y Roger Murtaugh a nadie se extrañaría que este segmento pudiera pertenecer a cualquiera de las partes de ‘Arma letal’. Los ecos a las dos primeras entregas de esta saga pionera de las ‘buddy movies’ o filmes como ‘El último boy scout’ o ‘Memoria letal’ son constantes a lo largo del metraje.
Lo más gratificante de ‘Iron Man 3’ es que sabe operar de forma ajustada con lo que el seguidor de la saga espera encontrar, vinculando sin rubor y con inteligencia humor y acción y viceversa, en un rápido y enérgico ‘tour de force’ que amalgama cine de espías, ‘cyberpunk’ y comedia romántica con derivación al melodrama en el vínculo entre Stark y Pepper Potts (deliciosamente eterna Gwyneth Paltrow). Es una lástima que el personaje de Maya Hansen esté tan desdibujado y obstaculice la labor de Rebecca Hall, que apenas aporta nada al contexto argumental. Lo que prolifera, ante cualquier defecto (que los tiene) en ‘Iron Man 3’, sigue siendo la presencia de un Robert Downey Jr. que sabe matizar cada sensación de esa vulnerabilidad post-traumática del héroe en una montaña rusa interpretativa. Un filme en el que abunda materia prima de elementos imprevisibles y picarescos, donde el humor alcanza cotas de comedia de diversas escalas, condensado con acción de máxima intensidad que apalea en su clímax a un ostentoso cúmulo de planos de ingeniería de acción y fantasía que parecen no tener límite y que contrasta, a su vez, con un desenlace melancólico y humanizador de sus personajes. Sobre todo, un Stark que renuncia al reactor ARK asumiendo que el verdadero superhéroe es el hombre y no la armadura. Finalmente, ‘Iron Man 3’ encuentra una riqueza de posibilidades lúdicas, como que toda la película emerja de un ‘flashback’ que tiene su culmen al final de los créditos finales, donde se ilustra ese guiño constante al espectador. Y es que a pesar de esas letras sobreimpresionadas que anuncian nuevas aventuras del héroe, la cinta de Black advierte que más que una venidera continuidad ilusionante estamos ante una digna conclusión de la franquicia.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2013
- Crítica ‘Iron Man’, de Jon Favreau.
- Crítica ‘Iron Man 2’, de Jon Favreau.