jueves, 9 de mayo de 2013

Nos ha dejado el gran Alfredo Landa

(1933-2013)
El cine español va perdiendo lentamente los emblemas que hicieron de su sello un patrimonio cultural con un vasto bagaje tantas veces venerado como denostado. Una pieza fundamental para entender la evolución e idiosincrasia del cine patrio es, sin duda alguna, el genial Alfredo Landa. El que fuera adalid de un subgénero que se denominó, con injusto tono peyorativo pero corregido por el tiempo, “landismo”, fue imagen prototípica, junto al no menos mítico Jose Luis López Vázquez, de ese españolito pequeño y miserable de la clase media baja del desarrollismo de los 60, ineludiblemente industrializado, pero con la serigrafía del cazurro inhibido, dejándose llevar por el instinto cuando una hermosa gachí extranjera se le cruzaba en el camino ¿Cuántas veces hemos visto a Landa en calzoncillos? Varias generaciones perdieron la cuenta, identificándole con ese mito simpático del cine atrevido que tuvo su apogeo destapando tapujos a finales de los 70 y principios de los 80.
Pedro Lazaga y Mariano Ozores fueron dos de los directores que supieron exprimir con dignidad esa faceta de ‘playboy’ torpe y venido a menos en películas que se beneficiaron de un discurso hipócrita y falsamente cohesionador, entre la comedia y la parodia, de las frustraciones sociales y sexuales de la España de antaño. ‘La ciudad no es para mí’, ‘Vente a Alemania, Pepe’, ‘Amor a la española’, ‘Despedida de casada’, ‘Una vez al año ser hippy no hace daño’, ‘Cateto a babor’, ‘No desearás al vecino del quinto’, ‘Manolo, la nuit’, ‘Dormir y ligar: todo es empezar’, ‘El reprimido’… y un sin fin de títulos que dan para esa extensa colección sobre este fenómeno a reivindicar. Más en estos tiempos, en los que parece que aquel reflejo satírico de nuestro país comienza a estar más actualizado que nunca con la situación que vive España.
Sin embargo, fue además de un icono representativo de esta tipología y de etiqueta, Landa siempre fue un actor solvente y digno, de una técnica asombrosa, capaz de dejar transmitir en todas aquellas cintas de comedia ligera una extravagante tensión interior que escondía algo más profundo y aciago que la ligereza con la que parecía interpretarse a él mismo. Su debut con la grandísima ‘Atraco a las tres’, de José María Forqué, orienta en sus propósitos más allá del destino al que se vio avocado, llevado por las circunstancias de una época proclive a un tipo de cine específico. Landa destacó muchas veces por interpretaciones de indudable complejidad, que le desvincularon radicalmente del ámbito desarrollista.
Una y otra vez, el menudo y entrañable actor desplegó su mérito y grandeza en cintas como ‘La niña de luto’, ‘Las verdes praderas’, ‘El Puente’, el antológico detective Areta de ‘El crack’, ‘Paco el seguro’, ‘La próxima estación’, ‘Los santos inocentes’, por la que recibió el Premio de interpretación del Festival de Cannes junto a Paco Rabal, ‘La vaquilla’, ‘Tata mía’, ‘El bosque animado’ o ‘La marrana’. Son sólo algunos de los más recordados títulos en los que el rostro actoral dejó aflorar su capacidad de crear personajes inesperados, como producto de una vocación y talento fuera de lo común. Basilio Martín Patino, Juan Antonio Bardem, Luis García Berlanga, Manuel Gutiérrez Aragón, José Luis Cuerda, Mario Camus, Antonio Mercero, José Luis Borau, José Luis Garci... pudieron dar buena cuenta de ello. El cine español pierde de nuevo a otro estandarte, a otro rostro familiar y querido, a otro icono reconocible que deja un hueco imposible de llenar.