jueves, 23 de mayo de 2013

‘Días de vino y rosas (Days of wine and roses)’, de Blake Edwards

Vidas al borde del abismo
"Recoged las rosas mientras podáis. Largos son los días de vino y rosas… de un nebuloso sueño, surge nuestro sendero... y se pierde en otro sueño".
Posiblemente sea uno de los planos finales más tristes y desconcertantes de cuantas escogidas obras maestras podamos elegir en los fastos del cine. La incertidumbre que provoca en el espectador no es si no las constante duda que planea a lo largo del metraje sobre sus personajes cerca de un futuro marcado por un lastre tan pesado como el alcoholismo. La genial ‘Días de vino y rosas’, de Blake Edwards, instaura sus cimientos sobre un melodrama acerca de la adicción y la necesidad no sólo a la bebida, si no al amor, tortuoso e ineludible, como la propia botella de alcohol. El filme se abre con ese melancólico tema de Henry Mancini y con la inolvidable voz de Johnny Mercer, anunciando algo que traiciona a modo de espejismo a cualquier cinta romántica de la época. Él es Joe Clay (Jack Lemmon), un relaciones públicas que satisface a los clientes de su empresa con todo tipo de fiestas y servicios que rozan lo impúdico. Ella, Kirsten Arnasen (Remick), la secretaria del jefe y dulce mujer inocente que acaba enamorándose de un hombre cuyo rostro perpetúa la bondad y la amabilidad que siempre hizo factible el gran Lemmon.
Sobre el papel, es un borracho sin asumir su problema, un personaje totalmente antipático que logra transformarse en alguien cercano con el que sufrir el tránsito en forma de pesadilla. Un hombre llevado por un trabajo hacia un estrato profesional más que cuestionable que amplifica su desventura con una terrible adicción provocada, en gran parte, por esa situación laboral. Sin embargo, es un tipo capaz de transformar a una adorable joven amante del chocolate y la lectura de enciclopedias en una adicta al alcohol, desde que él, consciente de su vampirismo, la infecta mediante un Brandy Alexander, un cóctel de cacao, mientras la observa cotejándola como posible bebedora, como una compañera de juegos con la que compartir su alcoholismo. Se casan, tienen una hija y asumen su rol de familia modélica en los estándares familiares de la ‘american way of life’, pero las alteraciones de humor y las recriminaciones perpetúan una idea: beber para aliviar el dolor. Ambos abrazan el alcoholismo como zona de común, como nexo autodestructivo atenuante de la presión y los problemas. El vaso de whisky es la temida vía de escape a la que se avocan los sueños rotos, la frustración o el fracaso.
Es curioso como Edwards, experto en comedias y películas más ligeras, desarrolla su visión tremebunda del cataclismo que divulga ese tercer vértice de una relación destinada a la tragedia invisible, la misma que atribuye la tolerancia insatisfecha, la autocomplacencia efímera, la avidez tendenciosa por la bebida con una tristeza y contigüidad difícilmente soportable. El amor, ese concepto de posibilidades infinitas, que parece la salvación de futuro idílico, se desintegra de forma inexorable. La superación, la complicidad, el egoísmo, las tentaciones y las recaídas gradúan el acercamiento y el alejamiento de la pareja. Cuando Clay consigue la sobriedad continuada, aferrándose a una esperanza cuya amenaza de reincidencia es parte del juego, desciende a los infierno del alcohol de nuevo, porque es una de las únicas maneras de reecontrarse con la persona a la que quiere. Kirsten asume esa fuga, ese componente que aleja los fantasmas que siempre han amenazado su estabilidad emocional, como algo necesario en su día a día. Mientras él, salvado por Jim (Jack Klugman), pieza (des)estabilizadora argumentalmente consignada a reorientar la vida de Joe que glorifica la asociación de Alcohólicos Anónimos e irrumpe con un importancia bastante perversa dentro de la narración, reconduce una vida sin ella, abordan un tema más complejo; las promesas que agitan la indecisión y la desconfianza, la contaminación de la buena voluntad. La única vía de volver con ella es la botella. Por eso, cuando Clay mira hacia esa mujer vulnerable alejarse del bar anexo a su vivienda, éste solicita su atención perversamente, estimulándole con las luces de neón como ofrecimiento de reencuentro con la mujer que ama.