jueves, 30 de mayo de 2013

¡Agur San Mamés!, en primera persona

Uno de esos deseos tangibles que había rondado mi cabeza en este 2013 era asistir al último partido oficial en San Mamés, templo sagrado para el aficionado a este deporte de contrasentidos que es el fútbol. Como aficionado del Athletic, tenía un compromiso pendiente debido a mi lejanía con respecto a la capital del Botxo y quería saldarla en forma de pleitesía acudiendo a un evento marcado por la extraña sensación de una despedida agria y emotiva como era el adiós a un campo eterno como La Catedral. Mi gran amigo Joseba Gorordo hizo factible la adquisición de un par de localidades en preferencia norte, lugar donde los partidos se viven con especial pasión y exultación ante la adversidad de cualquier resultado. La memoria del centenario del estadio se dejó sentir en todo el campo desde los prolegómenos en sus aledaños. Pocas veces había visto San Mamés tan lleno. Allí no cabía ni un alma. Nadie se quería perder la despedida. En el ambiente se percibía ese sentimiento de congoja y palpitación común. Era una tarde más especial que cualquier otra por un hecho tan trascendente como la enésima demostración de comunión de una afición ejemplar, unida por una sensibilidad y adhesión hacia unos colores que van mucho más allá de lo que es el deporte.
Durante el partido, miré hacia las gradas más que con los ojos, con los recuerdos de todo lo que había visto a través de la televisión o de las puntuales veces que he tenido el privilegio de asistir a un encuentro ‘in situ’. Me emocioné al ver como las casi cuarenta mil personas compartían un instante colectivo tan íntimo como especial. El resultado fue lo de menos. Un partido bastante demostrativo de una temporada muy irregular. Hubiera sido bonita una victoria para cerrar esos cien años de vida del campo. Si el gran Rafael Moreno “Pichichi” marcó el primer gol en San Mamés día 21 de agosto de 1913, era de débito que un jugador de casa marcara el último hiciera el último. No fue así. El jugador del Levante Juanlu puso esa guinda y dejó una derrota agridulce. Lo importante, más allá del partido, era ese triste adiós. Durante el choque, clamaron la continuidad de Marcelo Bielsa (“¡Si Bielsa no se queda, Urrutia kanpora (fuera)!”, se escucharon todo tipo de cábalas sobre una posible clasificación en la Europa League que era más un sortilegio imposible que algo factible, se increpó a Muniain por exhibir sus hábitos de jugador malcriado al ser expulsado correctamente, hubo sonoras ovaciones a Susaeta y Aduriz cuando salieron del campo y una atronadora pitada a Fernando Llorente cuando entró en él. Pero por encima de todo eso, los cánticos de apoyo fueron los de siempre, más prolongados y enardecidos tal vez, por esa sensación de partida hacia la Historia. Nunca un estadio, ni siquiera San Mamés Barria, en pleno proceso de construcción, reemplazará la grandeza de las gestas vividas en el viejo estadio. Y eso se hizo notar.
Cuando acabó el encuentro, absolutamente nadie se movió de su localidad. Todos los jugadores del Athletic, incluido el cuerpo técnico, esperaron a que otros compañeros de otras categorías del club dibujaran una metafórica portería que ocupó el terreno de juego. Los capitanes de ambos equipos, Gurpegui e Iborra, junto al futbolista más joven de la cantera y el colegiado, avanzaron hacia el centro del campo depositando un ramo de flores y un balón en la divisoria para rendir homenaje a la Historia del estadio. Por megafonía solicitaron cien aplausos por cada año de vida de San Mamés, mientras en los videomarcadores emergían recuerdos del pasado que se van con la destrucción de este icónico campo, célebres instantes que se han escrito en un contexto tan especial. Y fue entonces cuando a todos los que allí asistimos se nos encogió el corazón y visualizamos todas las alegrías y las tristezas, las lágrimas y las celebraciones, los goles y los grandes mitos que han gestado su persistencia en los fastos de San Mamés. La unión, ese ente colectivo tan característico del Athletic, se transformó en un estremecimiento de nostalgia prematura, de despedida amarga. Por mi parte, no pude reprimir alguna que otra lágrima, como miles de aficionados que agitaban sus banderas y bufandas al viento. De esta forma pasaron más que esos cien segundos de aplausos. Hubo muchos más. Y todos juntos cantamos por última vez el “Altza gaztiak” con más fuerza que nunca, despidiendo al estadio que tanto nos ha dado.
La esperanza de la modernidad en un impresionante campo nuevo que nace anexo a este estadio, espera nuevas gestas del Athletic, esperando impetuoso esos gritos ensordecedores de la afición que, a buen seguro, volverá a sentir la emoción observando cómo el equipo recupera su historia. Al fin y al cabo, el corazón del athleticzale debe hacer de su nueva casa el mismo santuario que ha representado un estadio que llevaremos en el corazón toda nuestra vida. San Mamés vivirá en nosotros, porque ha representado la simbiosis entre equipo y afición como una casa que jamás podrá olvidarse. La próxima vez que vuelva a Bilbao, San Mamés ya no estará allí. Nunca es fácil despedirte de algo que forma parte de tu vida. Todo será extraño y enrarecido. Sin embargo, renovará la ilusión por asistir al nuevo estadio. Porque, al fin y al cabo, como escribí hace tiempo en este blog, el Athletic Club seguirá siendo para el aficionado como una forma de ver la vida, un aliciente confeccionado con el tejido sueños y traducido en la devoción de una afición modélica. El fútbol sólo es una excusa. No se trata del deporte, ni de un balón, ni de los goles… se trata sentimiento de alianza, como se dice de “una prolongación de nuestra vida”. Y esto volverá a suceder en el moderno San Mamés Barria.