lunes, 1 de abril de 2013

‘Al rojo vivo (White Heat)’, de Raoul Walsh: la inmortalidad del villano

Una de las más antológicas cintas del género negro viene representada por ‘Al rojo vivo’, sórdido ascenso y la caída de “Cody” Jarret, inspirada en la historia real de Francis Crowley, apodado “Dos pistolas (Two gun)’, que allá por los años 30 se convertiría en un popular y arquetípico gángster irlandés con sólo diecinueve años siendo arrestado por la policía de Nueva York tras un largo tiroteo que llegaron a presenciar hasta quince mil testigos en una operación de captura sin precedentes compuesta por casi tres centenares de agentes. Su falta de escrúpulos y ausencia de percepción de culpabilidad, su arrogancia y megalomanía enfermiza fueron las claves que hicieron que Virginia Kellogg escribiera una historia que adaptarían para la gran pantalla Ivan Goff y Ben Roberts.
Con una indiscutible impronta de genuina ‘crook-story’ y ecos de las grandes ‘heist films’ de la época, el filme de Raoul Walsh se circunscribía a este siniestro personaje y su banda de gángsteres que asaltan un tren postal con 300.000 dólares de moneda federal a bordo y sus enfrentamientos con la justicia que harán que el delincuente tenga que pasar un tiempo a la sombra, entregándose por un crimen menor y saldar cuentas con la justicia por otros crímenes mucho más atroces. A través de un proceso de traiciones por parte de su lugarteniente, “Big” Ed y su esposa, una ‘femme fatale’ rubia y si escrúpulos y la infiltración de un agente de la autoridad del Tesoro que consigue sonsacar información del robo, ‘Al rojo vivo’ propone una descripción innovadora del tipo de gángster que se había personificado cinematográficamente a principios de los años 30.
De este modo, Walsh sobrevuela la acción de enfrentamientos con la justicia a un contendiente más feroz que las bandas que le rodean o la persecución por parte de las autoridades a la que se ve sometido. Más allá del orbe moral, lo que arrienda la conciencia de Jarret es una subordinación al borde de la enfermedad hacia una impetuosa madre, figura castradora que le han convertido en un criminal misógino, manipulador, individualista y violento. Asediado por intensos dolores de cabeza que le asolan desde su infancia y obsesionado por la viabilidad de terminar con problemas psiquiátricos como su padre y su hermano, la fina línea entre la cordura y la demencia confluye en un retrato psicológico de perfil siniestro y complejo.
Para la construcción de este mito del cine negro, es fundamental la figura de James Cagney que, a pesar de haberse encasillado en este tipo de papeles a lo largo de su carrera, bordó este último personaje al que dio vida relacionado con el mundo del hampa. Su rigidez nerviosa, su vena violenta a punto de explotar sin previo aviso causan auténtico miedo no exento de significados narrativos, como ese ataque de histeria de Cody en el comedor de la cárcel al enterarse de la muerte de su madre, a posteriori el desencadenante de sus errores y de la ira por llevar a cabo su venganza. Es la liberación del verdadero “yo” del personaje, sin filtros, una mala bestia neurasténica llevada por el instinto de brutalidad, de la incansable desconfianza hacia todos aquellos que le rodean. Incapaz de mantenerse sujeto a las restricciones del cálculo logístico de un asalto sin perder los nervios.
Walsh describe ese proceso de descenso a los infiernos con un detallismo absoluto, utilizando un estudiado juego de luces y sombras mediante la fotografía de Sid Hickox que puntúa con minimalismo cualquier objeto que aparezca en pantalla, reforzando simbolismos argumentales, sosteniendo en todo momento fuerza y ritmo que resulta contundente tanto en esos lapsos de persecuciones, ejecutadas con inagotable maestría, como en ese tono apagado y crepuscular que denotan los descripciones de sus personajes. En este estrato, Walsh conjuga inmediatez y panorámica para profundizar en una violencia áspera, que corroe todo su metraje con una fuerza devastadora puntuada con la solemne y ‘wagneriana’ partitura de Max Steiner.
Por supuesto, quedará para los anales de la Historia del Cine la inmortalidad del villano en un final apoteósico, como víctima y vergudo de espíritu irredimible, en esa composición del Infierno como el edén del éxito. Cagney gritando frenéticamente: “Lo conseguí, ma. Estoy en la cima del mundo” y contribuyendo a la leyenda de un final envidiable para cualquier personaje. ‘Al rojo vivo’ es una obra maestra del cine negro con voluntad testimonial de una época concreta, pero que hoy en día sigue rezumando energía y testosterona sin parangón.