jueves, 11 de abril de 2013

Pequeños problemas, pequeñas soluciones

Mi ordenador de mesa tiene la entrañable edad de seis años y medio. No sé a cuántos años humanos equivaldría tal acumulación de tiempo de uso. Probablemente sería un anciano achacoso que ya ha cumplido su función en esta vida. El caso es que, contra toda lógica, sigue funcionando con una precisión más que aceptable. Algo que no es óbice para que empiece a mostrar signos de agotamiento. Primer achaque: la NVIDIA GeForce 7600 GS. No suelo utilizar el CPU como centro de ocio. Lo cierto es que adoro los juegos, disfruto con ellos, me lo paso como un enano, pero no soy exactamente lo que se dice un “jugón”. Los sábados suelo quedar con mis amigos y disfrutar de una tarde de Pro Evolution Soccer entre risas, cervezas y anécdotas. Lo típico. Hace algunas semanas la cosa se desvirtuó porque comenzaron a aparecer en el monitor unas alternaciones en la imagen que impedían el normal funcionamiento del juego.
Estas anormalidades tienen el temido nombre de ‘artifacts’ ¿Qué coño son los ‘artifacts’? Eso mismo me preguntaba yo hasta que comencé a interesarme por este conflicto gráfico más habitual de lo que parece. Se trata de un problema que se produce en la tarjeta gráfica, bien sea por una complicación con el software o (en la mayoría de los casos) que provenga del GPU del ‘hardware’ de la propia tarjeta. Se produce una alteración en los ‘frames’, originando extraños y molestos polígonos o degradaciones de colores y texturas en la imagen. El problema no era muy evidente en la apariencia habitual de mi escritorio, ni en los diversos programas que utilizo en mi monótona vida rutinaria. Sin embargo, durante los últimos días la calidad gráfica había disminuido perceptiblemente. Y eso ya suponía un arduo inconveniente que había que enmendar con tal de preservar mi salud ocular.
Existen algunas soluciones básicas; desde el lógico proceso de actualización de los ‘drivers’, pasando por una inversión en el ‘overclok’ para evitar el sobrecalentamiento, cambiar el ‘cooler’ (o sistema de ventilación) para fomentar una mejor refrigeración del componente, trastear con la BIOS para comprobar algún problema de incompatibilidad… Lo curioso es que existe una medida extrema que puede solucionar la papeleta. Cuando no tienes nada que perder ¿por qué no arriesgar? En los foros especializados aluden a un recurso drástico, que no es más que hornear la tarjeta como insólito método de resurrección. Parece una locura, pero se asegura un elevado tanto por ciento de éxito. En una bandeja o rejilla de horno sobre papel de aluminio y pequeños apoyos en los laterales creados con el mismo material para evitar el contacto con la superficie se coloca la gráfica (previamente desconectados el disipador y los cables) eliminando la pasta térmica del chip gráfico o los de memoria. Como si de un asado se tratara, se precalienta el horno a 200º durante unos minutos para introducir la tarjeta durante diez minutos. Pasado este tiempo, se apaga el horno y se deja reposar con la puerta entreabierta durante media hora para evitar el cambio brusco de temperatura. Otra media hora de reposo, con el fin de que se enfríe por completo. Y a probar de nuevo, aplicando la pasta térmica donde estaba y montando la tarjeta. Se supone que este tipo de dispositivos sometidos a constantes calentamientos y enfriamientos corren el riesgo de producir microfracturas en las soldaduras del chip gráfico. El objetivo es que los puntos de soldadura dañados vuelvan a fusionarse parcialmente con la exposición a un alto grado de calor remendando el problema. Conozco casos en los que el experimento extremo ha funcionado con éxito.
Bien. A ver cómo os lo cuento: en mi caso no fue así.
Me he visto obligado a tomar medidas, especulando seriamente sobre la única solución posible que, en estos procelosos tiempos de corrupción política e injusticia social, se antojaba embarazoso. Había que cambiar de gráfica. Una asequible, que fructificara su función a medio plazo, hasta que se dé la coyuntura hipotética de poder cambiar de equipo. Opté por la NVIDIA GeForce GT 630 de 2Gb, cofinanciada por la filantropía de mis amigos del alma Jose Jimbo y Nacho Verdejo, que me han echado un mano en el duro trance de soltar los euros para adquirirla. Y ahí está. No sólo ha mejorado mi calidad de imagen, que se percibe en este mismo instante que escribo estas líneas, si no también en que ahora puedo jugar a juegos como el reconfortante y adictivo NBA 2K13 con una fluidez y funcionalidad impensable hace unos días. Qué vicio, oiga. Tanto es así que voy a aprovechar a dedicar a recuperar mi nostalgia ‘videojueguil’ con los imprescindibles Max Payne 3 y Mafia 2. Sé que hay más y mejores, pero la avidez no será satisfecha. Y aquí ando, como un niño con tarjeta gráfica nueva. Si no aparezco por aquí en unos días, ya sabéis porqué es.
En realidad es coña. Estoy metido en algo más cabal, el capítulo de un libro sobre mitos televisivos de la televisión contemporánea titulado ‘Los héroes están muertos’. Pero de eso… ya habrá tiempo de hablar.