martes, 2 de abril de 2013

Homenaje a Jesús Franco, el eterno “Tío Jess”

1930-2013
El avieso francotirador del cine fantástico español
Conocí a Jesús Franco un 21 de mayo de 1997, durante una rueda de prensa que ofreció en el Café Moderno debido a una inolvidable charla coloquio inscrita en el Espacio de Arte Contemporáneo “El Gallo” que moderó Luis García Jambrina. Acudió con su inseparable Lina Romay, una musa a la que unos pocos de los que allí acudimos nos hacía especial ilusión conocer. También al tío Jess. Para mí era un día más que especial. Para los enviados por los medios de la ciudad que cubrieron la noticia con cierta displicencia no tanto. Al día siguiente, los periódicos de Salamanca describieron esa condición de cineasta todoterreno y subrayaron que Quentin Tarantino había reverenciado al tío Jess en varias entrevistas internacionales e incluido ‘The Lions and the Cucumber’, una de las canciones de ‘Vampyros Lesbos’, en ‘Jackie Brown’. A él lo que le preocupaba era quitarse años. Subrayaba “soy del 36, no del 30 ¿eh? Tenedlo en cuenta. Es importante”. Los artículos del día después fueron lamentables.
Yo, sin embargo, nunca olvidaré aquella tarde y noche. Había conocido a un tótem, a un mito del cine que compartimos varios amigos en los primeros años de descubrimiento cinéfago y tenía una entrevista fabulosa para mi programa de cine en una emisora de radio cochambrosa por la que pasamos todos los estudiantes de periodismo de aquélla época. La conversación que mantuvo con tres o cuatro personas aquel día, más bien freaks adoradores de su cine, fue una de esas veladas irrepetibles. Allí entre copas y cervezas, le atiborrarmos a preguntas de toda índole. Fue maravilloso oírle narrar con un detallismo exhaustivo anécdotas y sucedidos, recuerdos de rodajes y discernimientos sobre el cine, el sexo, la vida y la música.
El tío Jess era un vendaval verborreico, un hombre disoluto e insubordinado, un libertino entrañable con un humor muy particular. Su énfasis cinematográfico, su adicción al jazz, la inquietante Lina Romay, la gran Soledad Miranda, la censura y su exilio, Miguel Mihura, Edgar Neville o Tono, Berlanga y Bardem, su por entonces mala relación con parte de su familia (la de los Marías), la pesadumbre por la muerte de su sobrino Ricardo, intrigas de cientos de rodajes sin presupuesto narrados desde el cinismo y la ocurrencia, todo tipo de influencias y sobre todo Orson Welles fueron algunos de los muchos temas recurrentes con los que nos ganó más allá de su cine provocador. Volví a coincidir con Jess en algún festival y se volvió a repetir ese ‘feedback’, esa comunión con el vejete gamberro y algo jeta, que gustaba del buen vino y del marisco, de unas ricas cocochas y una buena charla, cuyas historias parecían no agotarse nunca. Jess era un tipo divertido, un gran conocedor y erudito del medio cinematográfico, así como apasionado de los grandes maestros.
Contaba en su autobiografía ‘Memorias del tío Jess’ (Aguilar. 2004) que uno de sus recuerdos más emotivos tuvo lugar en 1998, durante una muestra de su obra que se produjo en la célebre Cinémathèque Française, donde Jean François Rauger enfatizó en que el talento de Franco fue advertido por mitos del celuloide como Fritz Lang, que le elogió por ‘Necronomicon’ o el mencionado Welles, con el que trabajó en ‘Campanadas a Medianoche’ y fraguó una amistad que se extendió hasta proyectos que nunca se produjeron debido al fallecimiento de éste último. Los aplausos de una platea rendida a su cine saldaron una noche mágica que Rauger ratificó definiendo a la perfección lo que significa el cine de este polifacético cineasta: “Jesús Franco es un director contemporáneo y moderno. Sus filmes llegan en un momento en el que el espectador ha perdido sus credos primitivos y fundamentales. Sin preocuparse de inventar nuevas mitologías se contenta con analizarlas, desnudarlas, con reducirlas a figuras de retórica pura: no se puede comprender su cine sin tomar conciencia de que aquello que los lugares comunes consideran defectos, en él son cualidades muy particulares”.
El fantástico español es uno de esos géneros ocultos y poco accesible hasta la aparición de los nuevos modelos de comunicación y que contienen en su intrahistoria narraciones catedralicias más allá de los títulos de serie B de los que se nutre, encontrando además de híbridos, caspa y títulos indefinibles otros que no sólo hay respetar o estudiar, sino reverenciar por su contribución a un género de variantes de un valor irrefutable como obras de arte, en su sentido más amplio y elogioso. Cineastas como Leon Klimovsky, Paul Naschy, Juan Piquer Simón, Amando D’Ossorio, Carlos Aured, Eugenio Martín, José Ramón Larraz, Chicho Ibañez Serrador, Santos Alcocer o Sebastián d’Arbo, entre muchos otros, son los abanderados de un ‘fantastique’ patrio que tuvo en Jesús Franco un destacado adalid que supo contribuir con su pertinaz desafío a la normalización de los cánones cinematográficos con películas atrevidas e innovadoras que marcaron una apertura, un camino a seguir por las generaciones ulteriores. Su cine, tan desigual como apasionante, bebe de una cinefilia voraz que fue moldeando hacia un terreno en el que las referencias y tributos de sus comienzos tomaron personalidad a lo largo de la década de los 70, donde irrumpe el tío Jess más batallador y rebelde, caracterizándose por una vena creadora incansable y abundante.
Sus más de doscientos títulos son el claro ejemplo de un vasto legado donde la continencia no fue su valor más destacado. Es prácticamente imposible ir deteniéndose en sus variadas etapas, en su constante doctorado jurisperito dentro del cine de bajo presupuesto, de obras alimenticias e iniciáticas alejadas de su conversión al terror y el fantástico, de filmaciones por pura diversión, de experimentación absurda o de rodar por rodar que compone esta abusiva filmografía; desde una de sus obras maestras y comienzo de su leyenda ‘Gritos en la noche’, pasando por ‘El enigma del ataúd’, su revisión de ‘Drácula’ y sucedáneos, con una de las adaptaciones más notables y fieles a la obra de Bram Stoker, ‘La maldición de Frankenstein’, ‘Miss Muerte’, ‘La muerte silba un blues’, ‘Necronomicon’, ‘Cartas de amor a una monja portuguesa’, ‘Sadomanía’, ‘El diablo que vino de Akasawa’, ‘Ojos sin rostro’, su idiosincrática saga de ‘Fu-Manchú, ‘La muerte silba’, ‘Eugénie de Sade’, ‘Justine’, ‘El caso de las dos bellezas’, ‘La mano del hombre muerto’, ‘El proceso de las brujas’, su sugestiva visión de ‘Sade’, el clásico ‘Las Vampiras’, ‘99 mujeres’, ‘Les demons’, ‘Viaje a Bangkok, ataúd incluido’, ‘El hundimiento de la casa Usher’, ‘La comtesse Noire’, ‘Los sueños eróticos de Christine’, ‘Macumba sexual’…
Tras ‘Killer barbies’, en 1996, su etapa de profusión se activa por la resurrección popular tras ser mencionado por Tarantino como uno de sus influencias más estimadas en la promoción de ‘Jackie Brown’. A pesar de este empujón y con el incambiable beneplácito de la legión de seguidores que le venera, éste no permuta sus preceptos narrativos, ni presupuestarios, ni muchos menos argumentales. Su incesante proactividad trae una sarta de títulos que redundan en su énfasis sangriento, ‘Tender Flesh’, ‘Marie-Cookie and the Killer Tarantula’, ‘Lust for Frankenstein’, ‘Vampire Blues’, ‘Broken Dolls’, hasta seguir su frenética actividad pese a su delicado estado de salud hasta el final de su carrera, con dípticos como ‘La cripta de las mujeres malditas’ y ‘La cripta de las condenadas’. Su último filme ‘Al Pereira vs. the Alligator Ladies’ pone fin a una vida de genio y figura, de cine y descaro. Sin embargo, si existe un mito privativo en la filmografía de Franco, un personaje que trasciende el nombre de su autor pero siempre ligado a él, ése es el Dr. Orloff. Rol protagónico y fúnebre que nace en la exitosa ‘Gritos en la noche’, revivió en ‘La venganza del Dr. Mabuse’ para emerger personificando otro de los iconos sangrientos más célebres de la historia del crimen, Jack “El destripador”, en ‘Jak the Ripper’ para regresar triunfal con una historia equivalente a revivir dentro de ‘El siniestro Dr. Orloff’.
Su peculiar utilización del ‘zoom’ fue sólo un elemento indagador de ese ‘cine de guerrilla’ de la época, de su entusiasmo celérico por narrar historias, haciendo de todo ello en una seña de identidad que no se adaptó ni a mercados ni a censuras, que operó con la independencia del subversivo agitador visual incómodo y contestatario. Jess confraternizó en sus historias con ‘mad doctors’ de bisturí fácil, con asesinos de múltiples rostros, con torturadores, detectives imposibles, monstruos sádicos y perturbadoras musas aparentemente ingenuas y frágiles con los rostros de Elisa Montés, Diana Lorys, Maria Rohm, la llorada Soledad Miranda o Rosalba Neri. Aunque con una figura predilecta, la de su eterna mujer de inspiración, Lina Romay, con la que compartió decenas de títulos y una vida en común ligada al cine.
El tío Jess pudo ejercer de maestro y pionero en la inclusión de ese erotismo personal e inclasificable dentro del fantaterrorífico, desde una perspectiva que acaricia la belleza del sexo conjugándola con la muerte y la deformidad, el eros y el tánatos, siempre presentes en su obra con los espectros simbólicos de denuncia o de mitificación de códigos clásicos al servicio de su visión del terror y los múltiples géneros que abordó. Podría decirse que Franco es un género en sí mismo que subraya su condición de autor dentro y fuera del ‘pulp’ mutante, de sus diversas fórmulas de bizarrismo reivindicativo con su multitud de autorrevisiones, de ‘remakes’ sobre anteriores películas, secuelas y reinvenciones genéricas, reiteraciones argumentales o estructuras paralelas dentro de una temática homogénea, reincidiendo muchas veces en su raigambre de silenciosa autofagia, con un estilo lírico y experimental. Muchas veces las ejecutó erróneamente, otras codificando los estilemas genéricos con voluntariedad, pero siempre con la intención de llevar su profusión fílmica hasta las últimas consecuencias.
Su cine no duda en mostrar una abstracción de vigor estético, convulso, en cierto punto romántico y perverso, de equilibrio entre lo onírico y lo real, destruyendo los límites de lo coherente y subyugando al espectador con el delirio forzoso para embaucarle a través de unos personajes avocados a un destino avieso. Una obra reivindicativa que sufraga con ingenio y derroche de pasión todos esos extravíos que se dan cita a lo largo de una carrera que, en su cómputo general, es tan sincera y proverbial que persevera en la idea de la filmación cinematográfica por necesidad, de acumulación de proyectos como necesidad artística y vital. Se cuenta que prefería realizar una película que no estuviera a la altura de sus exigencias que dejar pasar la coyuntura de ponerse tras una cámara y disfrutar con su trabajo siempre vehemente y entusiasta. Amante y profundo conocedor del jazz (contaba con cariño el día que pudo conocer a Chet Baker), fue un cineasta íntegro que consumó con el factor de la inconsciencia una mitología única, entremezclando góticos escenarios con prostíbulos de decadencia y voluptuosidad con la misma facilidad que entroncaba el ‘thriller’ más circunspecto, el ‘gore’ o el cine ‘noir’ y un punto de sarcasmo que expuso desde el prisma de un ‘voyeur’ fetichista, donde las musas desprenden el candor erótico de lo imprevisible y poderoso.
Una vez, Tim Lucas definió su cine con el término ‘Horrorotic’, debido a la su miscelánea perpetua de horror y erotismo, pero al tío Jess nunca le gustaron las etiquetas ni las definiciones ‘underground’ que calificaron su obra cinematográfica y a él como director discordante. Lo de “cineasta maldito”, “de culto”, “incomprendido”, “maestro de la serie B”… no fue con su forma ni de ver el cine, ni de vivir la vida. Le gustaba decir que siempre fue un músico de jazz vocacional que encontró el cine como medio de expresar su arte. Su actitud inconformista deja un extenso legado de una obra de innegable trascendencia, contradictoria y eterna. Y deja el cariño de millones de fanáticos, entre los que me encuentro, que hoy lloran la pérdida de ese viejo bribón que desafío la logística de producción acumulando títulos anuales. Intentar abarcar su obra o pretender transferir un homenaje honorable a su opulenta obra y figura se antoja imposible. Tanto o más como el propio Jesús Franco. O Jess Frank, Clifford Brown, Charlie Christian, Rosa María Almirall, A.L. Marioux, John O’Hara, Roland Marceignac… y tantos otros pseudónimos que promulgó. Echaremos de menos a todos, al mismo, a ese cineasta irrepetible y eterno.