viernes, 8 de febrero de 2013

Review 'Amor (Amour)', de Michael Haneke

La derrota contra el tiempo
Aunque pueda parece algo más heterogénea que anteriores cintas, ‘Amor’ es un crudo y atroz relato acerca de la vulnerabilidad ante la que se enfrenta el ser humano cuando la vejez y la enfermedad golpean de forma cruel su existencia.
Michael Haneke es un erudito experto en enfrentar a la confortable vida burguesa occidental con temores como la violencia, la culpabilidad, la incomprensión, la soledad, el sadomasoquismo, la incomunicación e incluso escarbar en la Historia para ofrecer particulares metáforas sobre el peligro del poder único o de la religión ortodoxa. Su filmografía es una de las más rotundas y personales del cine europeo. Es capaz de transformar su prodigioso análisis de la sociedad en una experiencia radical que nunca puede dejar indiferente, bajo una mirada contigua al voyeurismo de la fría realidad ante la que es preciso sustentar arduamente la observación ante lo que se ve. Su intensidad provoca y determina una posición y reflexión concretas. Así es Haneke.
El arranque de ‘Amor’ define perfectamente el carácter del director austríaco. Su circunspección sin reservas expone el crudo prólogo con la irrupción de unos bomberos en un espacioso apartamento parisino que desprende un insoportable hedor. Tras el examen del mismo, descubren a una anciana fallecida tumbada en una cama, ataviada con un vestido y rodeada de pétalos de flores. Fundido a negro y el título de la película. Seguidamente, Haneke predispone al espectador con un plano de un patio de butacas de gente observando un concierto. Un plano que parece avanzar la sacudida emocional que viene a continuación. Al cineasta le encanta ‘objetivizar’ al público como un materia pasiva de la mirada, con la intención de involucrarle con lo que percibe y haciéndolo partícipe de los desapacibles viajes a los que instiga. En esta ocasión, a través de la rutina de dos ancianos jubilados que fueron profesores de música que ven alterado ese día a día y su vínculo afectivo por una inesperada enfermedad degenerativa que anuncia que todo va a cambiar a peor. La mutación de la normalidad conlleva a una entraña y compleja prueba de amor. Tras un primer seísmo que sobresalta e inquieta su existencia, la mujer hace prometer a su marido que no volverá a un hospital pase lo que pase.
Esta historia crepuscular alcanza el grado de verosimilitud habitual de su director, que en ocasiones se muestra seco y esquemático, yuxtapuesto a una realidad austera y directa en su empeño de representar y escudriñar lo que el paso de los años define, percibiendo que en cualquier gesto, movimiento, silencio, mirada o conversación (por muy intrascendente que parezca) se esconde una vida en común que se apaga lentamente sin perder el ápice de entrega. En este parsimonioso desarrollo, la sobriedad invisible y la audacia argumental de sus imágenes se traza la voluntad de poner al espectador ante un espejo en el que todos tendremos que mirarnos antes o después, sin ahorrar detalles en esa languidez trascendental que impone la decrepitud y la muerte. ‘Amor’ impone con ello un alto grado de exigencia e interpelación con respecto al que mira. A pesar de lo heterogéneo que pueda parecer su primer tramo, ‘Amor’ continúa diseccionando desde un objetivo endoscópico el género humano, con una escrupulosidad que llega a ser insostenible, lanzando al público a una diáfana realidad de circunstancias y contextos sin filtros que la suavicen. Se trata de mirar de cerca a eso a lo que nadie quiere enfrentarse o no quiere pensar.
La gélida poética que rodea el drama, sin apenas música y con la sopredente fotografía de Darius khondji, aborda con naturalismo intrusista situaciones que no atienden a dramatismos fáciles ni a la triste situación del matrimonio, sabiendo ser sutil en la enfermedad y en los diagnósticos o el terreno médico de una situación insostenible. El fuera de campo es una de las especialidades del cineasta y con un par de sublimes elipsis, devuelve la acción a la intimidad de un hogar que ve apagarse la vida. De este modo, el drama se circunscribe a un único espacio que confiere una atmósfera cerrada, sometida a la progresión fatal de la mujer, a los silencios y la soledad en la que empieza a caer un marido por la falta de diálogo, por la pérdida de su hábitat que se desvanece descompuesto por la enfermedad. Sin embargo, Haneke, mínimamente, abre pequeños instantes ese terreno de opresión; con las esporádicas visitas de Eva (la hija interpretada por Isabelle Huppert) y un antiguo alumno que triunfa en el mundo de la música (Alexandre Tharaud) o la súbita dedicación de un par de enfermeras que tratan a la anciana de forma desigual. Incluso se acerca a la sensibilidad, cuando Anne quiere echarle un vistazo a unos álbumes de fotos y suspira por las imágenes de la vida en forma de recuerdos. También permitiendo respirar unos segundos al espectador deteniéndose en primeros planos de obras pictóricas y disponiéndolo para lo que verá a continuación.
Con la devastación de ese amor humanista que pugna contra la catástrofe, que grita en silencio al dolor del vacío, se esconde una mirada sobre la crisis de la sociedad contemporánea, al miedo y a la discapacidad para erigir ese sentido que encuentra el anciano como resistencia resignada a tan degradante dolor. ‘Amor’ hurga el trance de ser anciano y los obstáculos a lo que ello conlleva, con la decadencia física y psicológica que se aguanta con la convivencia y necesidad acumulada durante décadas. Es la agotada demostración del amor incondicional de ese viejo desolado que lucha por no separarse de su esposa y que va dejando su propia salud en el esforzado acto de procurar atender a la mujer que va quedando postrada en cama y sin poder discernir o de sentirse insultado al ver cómo una asistenta peina sin ternura a su mujer, de asumir, en definitiva, que la decrepitud conlleva a la pérdida de la dignidad humana y al carcoma de la identidad de ese ser querido que desaparece lentamente y dilata aún más el sufrimiento conjunto.
El amor, en este filme, está definido a la perfección con la complejidad que el propio término simboliza. A lo largo de este triste periplo que vivimos junto a la marchita pareja se reivindica un sentimiento que resulta menos romántico y enternecedor como brutalmente perturbador y atroz, pero que convoca tal cantidad de emociones que es imposible no sentir la devastadora convulsión con esa derrota contra el tiempo, ese toque de atención de Haneke por la vulnerabilidad ante la que se enfrenta el ser humano cuando la vejez golpea de forma cruel a su naturaleza. A tal muestra de verismo, de sacrificio ante una cámara estremecen las interpretaciones de Emmanuelle Riva y Jean-Louis Trintignant, con sendas actuaciones dolorosamente reales, que hacen sentir la angustia de debilitación condenada a la extinción con una dignidad y una valentía loables.
‘Amor’, estremece y remueve las entrañas. Estamos ante una obra maravillosa y profunda, estoicamente amarga que inspira el verdadero sentido del amor más allá de su concepto y explicación, incurriendo en terrenos como la compasión y la lealtad, símbolos de su naturaleza agotadora. Haneke sigue expresando con su cine que continúa ajeno al ámbito demostrativo, que prefiere atribuir e invitar su propósito a la reflexión del que siente este cine imposible de esquivar. Su lapidaria última obra es una lección de vida de antiséptico y cruel realismo que perdurará en la memoria hasta que ésta aguante.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2013