domingo, 17 de febrero de 2013

38 palos

Los años van cayendo inexorablemente. Uno podría decir que incluso con prisa. la cercanía ineludible de la senectud, los achaques propios del crecimiento maduro encaminado a la edad provecta; las arrugas, la caída del cabello, las canas, el descolgamiento testicular, la hipocondría, el taca-taca, el fascinante mundo de las sondas, la cuñita, el respirador artificial, las partidas de petanca… Todo ello no es más que una gambox artificial que nos colocamos en los duros días en los que uno va entrando en años en los que comienza a atisbar el principio del fin. Es así. Para todo el mundo. La juventud se desvanece como la arena entre los dedos. Se supone que con esa conocida crisis que emerge cuando se ronda los dígitos que comienzan por el número cuatro, uno abandona esa supuesta vida sosegada y estructurada para pasar a querer retomar las experiencias de los veinte.
Muy bien. En este apartado, yo lo tengo bastante chungo. El escenario de mi vida ha hecho que el ciclo que comencé cuando alcancé la mayoría de edad no se haya clausurado definitivamente. Precisamente, por eso no lo echo de menos. Sigo viviéndolo. Me he habituado a esa tónica del ‘carpe diem’ absurdo, negándome de forma involuntaria a profundizar en la verdadera importancia de la trascendencia vital. La llamada a la madurez. Y, paradójicamente, es lo que me arrastra a la zozobra existencial. Lo lógico al llegar a ciertas edades sería hacer un balance o postulado, procurando desestigmatizar todo lo negativo y virando hacia una actitud más adulta e incluso aprensiva. Cumplo 38 y no he consumado satisfactoriamente algunas metas que todos consideran nomotéticas y establecidas como tener trabajo, tener hijos, cierto poder adquisitivo o estabilidad a medio plazo ¡Qué panorama, oigan!
Para colmo, vivimos en un país de gobernantes ladrones que cercenan cualquier expectativa de mejora para los que sufrimos sus constantes putadas y atentados a los derechos ciudadanos. Tampoco creo que ayude mucho que mi incapacidad para madurar y la realidad se lleven mal entre sí. Por lo que voy a hacer una cosa; como le dije al amigo César Brito para su blog ‘Pasaporte Charro’ hace poco, uno no tiene más remedio que mirar al desapacible futuro y mantener lo poco que queda de ilusión lo más intacta posible, procurando sobrevivir como uno bien pueda y seguir en pie sin renunciar a ello. Lo importante es no rendirse nunca. Ahí, con dos cojones. Sólo así podremos soportar el constante desengaño del presente y aguardar nuestra oportunidad en caso de que aparezca. Así que vamos a vivir lo que hay con el mejor de los rostros, justificando que esta irrefutable circunstancia anual da vía libre para la juerga dipsomaníaca sin límite, la diversión y el guiño al circunstancial albedrío que me ofrece mi situación. Bebamos y miremos al futuro desafiándole. Y mañana, resaca.
Ya lo decía Sancho Gracia en ‘800 Balas’: “No divertirse cuando uno puede es el peor pecado que existe en este mundo”. Así que vamos a ello.