miércoles, 16 de enero de 2013

Review 'The Master (The Master)', de Paul Thomas Anderson

Dogmas manipuladores y psicologías adversas
Como viene siendo habitual en su obra, Paul Thomas Anderson exhibe su grandeza en una oda cinematográfica sobre la manipulación y los falsos credos convertidos en fantasmas bajo múltiples lecturas, descontextualizando la realidad expuesta como una cronología de la América de postguerra.
Mucho se ha hablado sobre la analogía entre ‘The Master’, de Paul Thomas Anderson y las bases que dictan la dianética de la iglesia de la cienciología propagada por Ron L. Hubbard. Más allá de ese pugna metafísica de poder y religión, el nuevo y abrupto trabajo de un director contracorriente que se postula como un clásico indiscutible no utiliza en todo su metraje, salvo en una excepción, el término “culto” para referirse esa corriente llamada La Causa que vertebra la cinta y que ha sido equiparable a la técnica ‘hubberiana’ de soterrar y resolver los anagramas o incidentes traumáticos que asedian la mente humana. Cierto es que en ‘The Master’ hay una exploración que gira en torno a la convergencia de la fe y la falsedad y que esgrime unos postulados semejantes a esta secta como son los teóricos viajes de regresión en el tiempo, auditorias emocionales mediante hipnosis o la gestión de los problemas desde la prehistoria.
Sin embargo, más allá de eso, Anderson se rehúsa cualquier proximidad equivalente, centrándose en evidenciar de qué forma un colectivo puede absorber la voluntad particular. Su sexta obra no pretende profundizar ni exponer los métodos de un dogma o un culto para atraer a sus devotos, ya que cualquier religión nace de la ficción. Eso es algo que podemos extraer de las líneas fundamentadas de las diversas creencias que asolan el mundo, en cualquier credo que contamina la libertad individual en beneficio de los réditos de las altas esferas que lo detentan, llámese cristianismo, judaísmo, islamismo, hinduismo… etc.
Más allá de eso, se replantea una temática recurrente en el cine del director, asentada en la dicotomía entre padre e hijo, en la autonomía del Ego y superación del Superego; desde John y Sydney en ‘Hard Eight’, Dirk Diggler y Jack Horner en ‘Boggie Nights’, Frank T.J. Mackey y Earl Partridge en ‘Magnolia’ o Daniel Plainview y el predicador Eli Sunday en ‘Pozos de ambición’, el fondo dramático de búsqueda del amor y pertenencia a una familia y la redención de la aceptación siguen siendo temas de permanente heterogeneidad en esa tipología de cine complejo y críptico que caracteriza al cineasta. ‘The Master’ presenta así a Freddie Quell (Joaquin Phoenix), un personaje a primera vista desagradable, desarraigado, obsesionado con el sexo y propenso a la violencia que se evade de sus problemas con la adicción a un potente licor de fabricación propia extraído de carburante y otros derivados químicos. Se revela como uno de esos hijos huérfanos de la guerra con secuelas emocionales que evoca a los soldados reales que regresaron sufriendo un terrible síndrome de la II Guerra Mundial y que John Huston describió en el documental de 1946 ‘Let There Be Light’.
En su pérdida espiritual y desbocamiento conoce a Lancaster Dodd (Phillip Seymor Hoffman), un hombre que se autodefine como “escritor, médico, físico nuclear, filósofo teórico. Pero por encima de todo, un hombre sin esperanza inquisitiva”, “igual que tú” le dice a Quell. Dodd es, a su vez, fundador y líder de un movimiento, La Causa, que utiliza una terapia de vidas pasadas donde sus miembros aprenden lo concerniente acerca de sus existencias anteriores y traumas que deben superar. Con ese encuentro se establece una fascinante y progresiva relación paternofilial de recíproca necesidad, que se desliza hacia la dependencia para acompañar estas soledades contrapuestas. Dodd impulsa una proyección de sí mismo en su pupilo para demostrarse la validez de una doctrina capaz de esconder toda la falsedad moral que atesora esta corriente religiosa. Ambos representan las caras de una misma moneda; mientras uno está desamparado y fantasea dejándose llevar por su lado animal y configura el estereotipo perfecto para ser abducido para La Causa, el otro tiene un séquito que le idolatra y le sigue, aunque en realidad permanezca en un aislamiento que deviene en simbiosis al ver que su discípulo como una fiera salvaje indómita y libre a la que subyugar.
Es este punto donde ‘The Master’ encuentra su apasionante arquitectura de su narrativa, en esa influencia bilateral que ambos personajes se profesan, ocultando sus frustraciones en la aceptación en una familia inventada. Mientras uno trata de dar sentido a la vida después de la guerra, obsesionado con el sexo y la exoneración a sus traumas, el otro insiste impetuoso en la creación de un nuevo tipo de orden, dominado a su vez por una mente que opera en la sombra y que no es otra que su mujer, Peggy Dodd (Amy Adams), fuerza impulsora maquiavélica que domina los bajos instintos de su marido supeditándolos a su control, como da a entender esa escena de masturbación frente al espejo.
Son espíritus afines que encuentran el consuelo de su inadaptabilidad consumida en el abandono en una creencia improbable de fe redentora que solucione sus problemas por la vía rápida. La esfera crítica del filme se concentra en esa abducción de conciencias con las que hacer negocio, a través de un viaje que siembra las teorías primigenias de esta secta religiosa. Los grandes bandos de poder y sus técnicas de manipulación como vehículo discursivo, las mismas que utilizan los sofistas modernos para enriquecerse aprovechándose de aquellos desheredados que caen en las redes de este tipo de soflamas seductoras son las mismas que aprende y asume el propio Quell al final de la cinta, intuyendo el poder de la palabra para mover a la gente a su antojo, doblegando a su maestro, quien no puede retener en su familia a esta oveja descarriada.
‘The Master’ puede verse como una cronología bastarda y fidedigna del nacimiento de actitudes y convicciones que moldearon la América moderna hace décadas, preñada de pequeños detalles que confieren a la película una dimensión casi inalcanzable, llena de símbolos implícitos e imágenes recurrentes como los del test de Roschard, visualizados en los dibujos ininteligibles del oleaje del mar al paso de una embarcación que aparecen en los cambios de actos o las proyecciones, no siempre reales, a las que se enfrenta Quell, ofuscado con la libídine, que recurren a Arthur Schnitzler en su referencia a la hegemonía de las pulsiones sexuales sobre las demás costumbres sociales, así como las secuencias que no obtienen sentido más que asimilando el cripticismo de la obra de Anderson, con múltiples lecturas, descontextualizando la propia realidad que se percibe.
El filme, en este sentido, está repleto de planos y secuencias de significados que podría haber ilustrado el mismísimo Norman Rockwell para proyectar un mundo en busca de la salvación y la prosperidad en tiempos de postguerra, en una época concreta donde un país en ruina y desorientado, que dejó la paz perecedera, abrió otras batallas interiores que afectaron al cariz psicológico y a la forma de pensar. Como le ocurre al propio Quell, que tiene que inventarse esa especie de ‘kool-aid’ que describió Tom Wolfe y que conlleva a su anulación como individuo para beneficio de los sucios intereses de un grupo que juega con la conciencia individual. Pero lo cierto es que lo que hostiga a este ex soldado traumatizado no son sus dudas, su enfermedad o sus adicciones, sino que se trata de un hombre destrozado por la nostalgia de un antiguo amor que, en su búsqueda de libertad, acaba sometido y destrozado, incapaz de recobrar las riendas de su vida sin demostrar que no son necesarios guías ni gurús para afrontar su dionisiaca personalidad.
Anderson compone un mosaico impresionista, tan frontal como hermético, lleno de simbolismos dentro de la exposición de las múltiples intencionalidades que hay a la hora de exhibir las relaciones interpersonales como las diversas disfunciones que convoca la fauna que desfila por este complejo estudio humano. Para ello, el director vive y respira junto a sus personajes, poniendo la cámara cerca del alma de sus roles, escarbando en sus rostros, explorando cada registro de gestualidad y movimientos, con un control absoluto de la cámara, plasmando instante justo y la expresión facial adecuada, sin importarle que el plano no esté a foco, porque es el resultado de su exigente determinación visual. Una obra de cámara donde elipsis y elementos de suma importancia rodean silenciosos e imperceptibles a sus personajes, delimitándolos a una abstracción decretada, acudiendo a ciertos desenfoques literales y simbólicos para razonar desde estados de ánimos, paisajes o situaciones.
La fotografía en 65mm. Del rumano Mihai Malaimare Jr. (que sustituye a su habitual colaborador Roger Elswit) logra plasmar el propósito radiográfico que da como consecuencia esas imágenes equiparables a frescos impresionistas de sobresaliente calado pictórico, profundamente reflexivos, que transfieren tanto la lucha interna como lo anecdótico, adquiriendo el conjunto un grado de relevancia inusual. A ello contribuyen con su excelente trabajo la partitura desordenada y atonal de Jonny Greenwood y el diseño de producción de David Crank y Jack Fisk. Pero, sobre todo, destaca la prodigiosa complicidad de dos intérpretes en estado de gracia; un Joaquin Phoenix que ejerce como el mejor Montgomery Clift en su caracterización de frágil fracasado de impulsos a flor de piel, hombros caídos y mueca ansiosa e inquietante y un Phillip Seymour Hoffman que refrena lo inextricable de la personalidad de su personaje con la contención de un maestro de la actuación, paradigmáticos los dos en sendas secuencias maravillosas en la que Dodd implica a Quell en un proceso de auditoría con preguntas sobre el pasado y los miedos del joven soldado y que supone el comienzo del tortuoso idilio o se enfrentan evidenciando sus estados espirituales en una cárcel separados por los barrotes.
‘The master’ es una obra maestra difícil de procesar, un puzzle dialéctico de emociones y situaciones imprevisibles que llevan al espectador hacia un viaje estético y narrativo que debe sentirse como una experiencia cinematográfica casi extática, como una expresión fascinante de ideas de poética visual insertadas en una obra cuyo núcleo es las prodigiosa conciencia del medio fílmico, esculpida con oficio, pleno de madurez, por un cineasta que se puede permitir concluir su nueva epístola romántica al cine sobre la manipulación de aquellos que prometen alguna forma de vida después de la muerte del cuerpo y haciendo creer a las personas que en realidad se trata de ideas suyas con una contundente secuencia sexual que culmina con la frase “métela dentro, que se ha salido”, fruto de nuevos interrogantes que pueden comenzar a llenarse con la fertilidad de nuevos visionados capaces de esclarecer una mínima parte de todo el caudal de arte que expone Anderson en este grandioso filme.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2013
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