miércoles, 30 de enero de 2013

Review 'Lincoln (Lincoln)', de Steven Spielberg

Democracia en tiempos de guerra
La última cinta de Spielberg deja a un lado la Guerra de Secesión para diseccionar la personalidad y función política del Presidente más icónico de la historia de Estados Unidos, evitando la hagiografía y afrontando la complejidad discursiva que impone una de las mejores películas históricas de los últimos tiempos.
A Steven Spielberg el cine histórico trascendente siempre le ha estimulado. Su obra está salpicada, de forma directa o indirecta, por tanteos de este calado. A finales de los noventa, después de haberse consagrado con la demoledora ‘La lista de Schindler’, probó fortuna con dos filmes muy distintos entre sí que corrieron contrariadas suertes. Mientras ‘Salvar al soldado Ryan’ logró pasar a ser un paradigma ejemplar de cine bélico y muestra sobrecogedora de la autenticidad épica y sangrienta de la Segunda Guerra Mundial con epicentro del horror del desembarco de Normandía, resuelto como virtuoso trabajo de un director que recobraba su mejor y más aplaudido pulso, un año antes, con la no tan notable ‘Amistad’, el realizador aspiraba a dibujar con trazo profundo un panegírico revocatorio contra la esclavitud cargado de valores culturales, pero que a pesar de la elegante puesta en escena y la habitual destreza de Spielberg la cinta rindió, en todos sus aspectos, muy por debajo de sus ambiciosas posibilidades.
‘Lincoln’ era la ocasión perfecta para redimirse de aquella revisión de un episodio clave en la Historia de Estados Unidos. La adaptación del libro ‘Team of Rivals: The Political Genius of Abraham Lincoln’, un ‘best seller’ de Doris Kearns Goodwin, una profusa biografía sobre el decimosexto Presidente de los Estados Unidos y que recopila su historia y la de los hombres que sirvieron con él en su gabinete a través de su carrera política. Nos situamos así en 1865, durante el cruento ocaso de la Guerra de Secesión y el proceso gubernamental que daría como consecuencia la crucial votación en el congreso de la decimotercera enmienda destinada a abolir la esclavitud en la nación. El alma del país estaba en juego y, como dijo William Seward, secretario de estado de su gabinete e interpretado por David Strathairn, había que elegir entre “sacar adelante la enmienda o la paz confederada”. Sorprendentemente, Lincoln se atrevió a obstruir la paz de la guerra civil para hacer posible uno de los acontecimientos más importantes de la historia de la democracia del país, planificando un proceso para que se diera antes del fin de la conflagración la extinción de la esclavitud, ya que después hubiera sido imposible este objetivo presidencial.
Para Spielberg el conflicto bélico es secundario, explicitándolo únicamente en un prólogo brutal y cinético, donde se observa la cruenta batalla cuerpo a cuerpo entre hombres llenos de odio y de furia. No obstante, la Guerra permanece latente en cada segundo del filme, con alusiones cartográficas e informaciones sobre estrategias y bajas de soldados como la de Fort Fisher o la toma de Wilmington, en ese ambiente enrarecido con la muertes de miles de jóvenes soldados mientras se dirimen legitimaciones, sobornos, promesas y ardides para obtener los votos necesarios para sacar adelante la enmienda. Lincoln visita a sus tropas, escuchando pacientemente como soldados recitan su propio discurso de Gettysburg y reflexiona ante unos daguerrotipos de afroamericanos con un precio en la parte inferior que miraba su hijo pequeño dormido ante la chimenea como presentación del mito y del hombre que marcó el devenir de Estados Unidos. Más que un ‘bio¬pic’ histórico, la cinta se ciñe al metódico análisis político de un momento muy concreto, apenas un mes donde se ponen de manifiesto las maniobras y dispositivos diplomáticos, incluso testimoniando que sobre la Proclamación de Emancipación se infringieron algunos escarceos difíciles de justificar legalmente. Se trata de una disección de la política donde la democracia coexiste como telón de fondo, como objetivo en tiempos de guerra y sufrimiento.
‘Lincoln’ rehúsa en todo momento a un beneplácito que caiga en el prisma hagiográfico. No existen monólogos entusiastas, ni superfluos encomios hacia la figura de un presidente idealista y pragmático, porque tanto Tony Kushner (guionista de esa otra obra maestra que es ‘Munich’), como el propio Spielberg, reconocen una legítima estimación por Lincoln humanizando su vertiente familiar, despojada de heroicidad al vislumbrar detrás de su carisma a un hombre cuya familia está rota por el dolor de la pérdida de un hijo pequeño por el tifus y por un irrespirable ambiente matrimonial que afecta a su relación con sus otros hijos y al contexto de una Casa Blanca entendida sutilmente como cautividad inevitable.
Pese a todo, Lincoln fue un hombre obsesivo y envejecido a causa de su devoción por el cargo que ostentaba y la vida política vivida con un rasero de coherencia, lo que le sitúo como un gobernante adelantado a su época que no tuvo un legado visible en las administraciones posterior de los Estados Unidos, ya que la clase política parece haber perdido esa integridad que dejó este símbolo americano. Y lo hacen sin subrayados comparativos, ni alusiones que puedan retrotraer discursos para estos nuevos tiempos, más que la de mostrar sin rubor la Cámara era por entonces un gran teatro. Aunque es inevitable pensar que, en tiempos de partidismos y de estulticia política, bien vale una revisión ejemplarizante de político con ideales firmes y conciliadores. Los gobiernos siempre ha sido una piara de juegos sucios y corruptos en la que, en contadas ocasiones, ha emergido alguna figura relevante en la que merece la pena detenerse. Es el caso de Lincoln, que no dudó en utilizar medios poco honorables para conseguir un propósito más importante para el pueblo.
La madurez del genio
No es ‘Lincoln’ una obra que evite el tono grave y dramático en la verbalización de sus argumentos, recurriendo al humor anecdótico, si es menester, ni se amedrenta al comenzar con una dosis de sobreinformación que puede llegar a resultar algo farragosa. Lo cierto es que complejidad de personalidades y enfrentamientos la convierten en una cinta discursiva y hermética, que demanda al espectador una atención muy exigente, trufada de alocuciones, de énfasis y diatribas políticas, de detallismo plagado de testimonios y posturas enfrentadas que van tejiendo una red de personajes necesarios e inexcusables en la composición del mosaico histórico de una de las más valientes e imprevistas cintas de Spielberg de los últimos años. Su tendencia al espectáculo familiar deja paso a la reflexión, al parsimonioso suceder de los hechos, acercándose a la epopeya cuando es necesario, perforando de forma enfática y clínica la vida interior de los despachos y las cámaras legislativas para traducir los plúmbeos diálogos en una suntuosa fórmula de ‘sub-acción’ narrativa.
Hay algo que ha cambiado en Spielberg, en su forma de atender a los personajes, de mover la cámara, de mostrarse transigente con la historia y conseguir, al fin y al cabo, un cine de solemnidad mayúscula. ‘Lincoln’ está infiltrada de la genialidad de un director que ha madurado tras una trayectoria de impecable valía y que apuntala con este magistral filme su visión más clásica y depurada del cine como arte de excelsitud que en contadas ocasiones se tiene la fortuna de contemplar. Además, se entrega al público como reverso de la moneda de la estupenda y maltratada ‘Caballo de batalla’, más grandilocuente e infantilizada, pero igual de válida en su trazo histórico para un público heterogéneo y con enfrentados propósitos. Ahí, Spielberg también es un genio.
Y ésa diferencia era algo inesperado que acentúa la versatilidad de talento y que le ha permitido consolidar un sueño perseguido desde hace décadas. Es capaz de reconstruir con las mismas armas que el propio Lincoln, la lírica templada y sublime de un gran discurso, una obra tan portentosa como esta película. Sin olvidar el póker de ases que suele acompañar al director de la saga de ‘Indiana Jones’, con el intrincado trazado lumínico de un inspirado Janusz Kaminski, la música tan imperceptible como lograda de John Williams, la cadencia del montaje de Michael Kahn o el minucioso e impresionante diseño de producción de Rick Carter, que contribuyen a hacer del filme un episodio épico de pujanza expresiva inalterable.
Un documento histórico conmovedor compuesto de tragedia y esperanza, en la que destaca un respeto nada mora¬li¬zante, que dramatiza perfectamente la recreación de un período trascendental en los anales de Estados Unidos con una doble función; por inaparte, de lección de historia y, por otra, como memorándum de las inconvenientes paralizantes de un país seccionado. A través de esas habilidades y negociaciones de votos para que la enmienda llegara a buen puerto, Lincoln supone el eje de la acción de toda la trama, pero desaparece en numerosas ocasiones, cediendo protagonismo a otros factores del juego que equilibran la balanza, como en el instante en que Mary Todd (Sally Field) recrimina a Thaddeus Stevens (Tommy Lee Jones) delante de la cohorte que saluda al presidente, el desarrollo de cómo W.N. Bilbo (James Spader), Latham Robert (John Hawkes) y Richard Schell (Tim Blake Nelson) convencieron a rivales políticos para votar por la enmienda abolicionista.
Las poderosas imágenes del filme nos dejan momentos para el recuerdo, como la decisión de indultar a un chaval de dieciséis años por una deserción, la secuencia en la que Lincoln deja que su hijo mayor (Joseph Gordon-Levitt) acuda a la guerra sabiendo que si no lo hace vivirá con ese estigma de cobardía y de miedo constatado al ver cómo se deshacen de los miembros amputados de varios soldados supervivientes al conflicto o la imagen de un presidente abatido por el cansancio a lomos de un caballo observar en primer persona el precio de su gesta en los campos de Petersburg atestado de cadáveres de cientos de soldados de ambos bandos.
Tal vez el doble final, tras conocer que Lincoln ha sufrido un atentado en el Teatro Ford de Washington, que inteligentemente se deja en elipsis, sucumba a cierta complacencia, al margen de la cual se le perdona el remarcado ‘sign-off’ final con discurso santificador de un mito sin el que el actor que le ha dado vida no tendría la significancia que tiene en el filme. El tonelaje interpretativo y de mimetismo de un Daniel Day-Lewis colosal redimensiona a su personaje con asombrosa percepción íntima en todas sus facetas; como presidente, esposo, padre y hombre, realizando otro de esos inalcanzables trabajos que suele regalar. Es él quien corporeiza la refulgencia humana de una persona admirable, con defectos y virtudes, más allá de ese monstruoso monumento de mármol que preside el National Mall de Washington o el rostro que comparte con George Washington, Thomas Jefferson, y Theodore Roosevelt en el Monte Rushmore, porque para Lincoln aquel lugar en la historia al que estaba destinado no era tan importante como la Historia en sí.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2013