lunes, 21 de enero de 2013

‘Mátalos suavemente (Killing them softly)’ o la putrefacción del sistema

El capitalismo neoliberal ha logrado destruir no sólo la estabilidad del mundo, sino que ha posicionado a la humanidad en una encrucijada de lodo sin salida: el capital o la vida. No es ajeno el mundo del hampa. El fantasma de la crisis, de las palabras rimbombantes de los políticos, vacías de contenido y valor, sobrevuelan el éter enrarecido de un filme que propone ese submundo también envenenado por la desconfianza y los malos tiempos.
No hay diferencias entre el primer mundo, el que ahora mismo se deshace por la ineptitud de unos ladrones monopolistas y esa cloaca infecta que representa el universo de mafiosos de baja estofa y pequeños ladrones necesitados de subsistencia. La equivalencia no podía ser más clara. El estado es una mierda con pólvora en su interior que ha volado por los aires y ha salpicado a todo el mundo, menos a aquellos que detentan el poder.
Andrew Dominik renueva el ‘noir’ con ‘Mátalos suavemente’, adaptación de ‘Cogan’s Trade’, de George V. Higgins, indagando en la herida de esa crisis a través de un cine de largos diálogos, de chanchullos y ajustes de cuentas, con un lento proceder en una cazería pausada, empleando una visualización poliédrica a la hora de seguir los preceptos literarios, entrelazando conversaciones que poco que ver con la trama con otras cardinales en el seguimiento de sus personajes y destinos.
Su estilo de ‘slow-motions’ en un espléndido e inolvidable tiroteo de belleza sangrienta, la sensación de viaje heroinómano minuciosamente rítmica en un instante crucial del filme y su violencia física y verbal se intercalan con esos ecos políticos en las voces de George W. Bush, Henry Paulson, John McCain y Barack Obama que atribuyen su resonancia ética sobre el putrefacto mundo actual en el que vivimos, no sólo el inframundo criminal que recorre el filme, si no todos nosotros. Los mandos de poder vendrían a ser un ente tan indeterminado y ambiguo como esos mercados colapsados. Y Jackie Cogan (Brad Pitt), un cazador nihilista un tecnócrata que mira por sus bienes.
Las promesas no se cristalizan en soluciones. La culpa desaparece cuando se trata de defender los intereses. Una soberbia comedia negra que no margina otros géneros con los que define su existencia, resuelve sus propósitos en uno de los mejores finales que se recuerdan. Cuando Cogan reclama lo suyo a ese misterioso intermediario de los grandes capos (Richard Jenkins) e intenta escamotearle dinero aludiendo a un cambio de plan por la muerte de otro de los implicados cuando en la televisión a Obama se le escucha decir “Reclamar el sueño americano y reafirmar esa verdad fundamental para muchos: que somos uno”. A continuación el filme cierra de forma fría y sin miramientos con sublime diálogo que exhorta manifiestamente que América, y por extensión de consecuencias económicas todo el mundo, ha sido y es un país de ladrones y tramposos fiscales donde cada hombre sólo actúa para sí mismo.
Driver
¿Escuchas eso? Es para ti.
Cogan
No me hagas reír ¿Somos un pueblo? Es un mito creado por Jefferson.
Driver
Oh… ¿ahora me sales con Jefferson?
Cogan
Mi amigo Jefferson es un santo norteamericano porque escribió las palabras “todos los hombres han sido creados iguales”... palabras en las que claramente no creía, dado que permitía que sus propios hijos vivieran en esclavitud. Era un rico snob que estaba harto de pagar impuestos a los británicos. Así que, sí, escribió algunas palabras que suenan bien e incitó a las masas. Y el pueblo salió y murió por esas palabras. Mientras él se sentaba, bebía su vino y violaba a su esclava. Este tipo (refiriéndose a Obama) ¿quiere decirme que vivimos en una comunidad? No me hagas reír. Vivo en Estados Unidos y en Estados Unidos vas por tu cuenta. Estados Unidos no es un país. Es sólo un negocio. Y ahora, págame de una puta vez.
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