lunes, diciembre 31, 2012

Resumen Abismal del 2012 Cinematográfico

TOP TEN 2012
10. ‘Infierno Blanco (The Grey)’, de Joe Carnahan.
Ya desde su descorazonador prólogo, ‘The Grey’ impone una lucha contracorriente con la historia que narrará a continuación, la de seis trabajadores de una compañía petrolífera que sobreviven a un accidente de avión que les deja perdidos en algún lugar de Alaska, acechados por una manada de lobos que va menoscabando al grupo en una lucha contrarreloj por subsistir en tan hostil escenario. Se trata de un ‘survival’ insólito, a medio camino entre el ‘thriller’, el drama y el género de acción, que esconde bajo sus estereotipos multireferenciales una fábula existencialista que exprime las propulsiones primarias del ser humano cuando se trata de subsistir ante la adversidad.
A todo ello se suma ese velado tono de ‘western’, de clásico alusivo a ciertas situaciones reconocibles del género, refrigerado por un éter insostenible que representa ese desierto de nieve y hielo, donde hombres cercados exploran sus soledades y miedos de diversas formas, acumulando en esta indagación ciertas dosis de tensión excepcionales cuando se enfrentan a una muerte segura en las fauces lobeznas que les hostigan. Un filme mucho más reflexivo de lo que parece, que sabe dotar de humanidad a todos esos hombres enfrentados con la cruel naturaleza y que alcanza las bondades de un director que realiza su mejor película hasta la fecha e invoca la épica de supervivencia ante esas bestias que han marcado su territorio y que proponen un aciago destino hasta desprender un halo de pesimismo inherente a las circunstancias de esta gélida y fascinante pesadilla.
9. ‘Argo (Argo)’, de Ben Affleck.
Ya en sus primeros dos filmes, ‘Adiós, pequeña, adiós’ y ‘The Town (Ciudad de ladrones)’, Ben Affleck verificó su condición de cineasta capaz de definirse con un talento demostrativo, sin alardes ni pretensiones, dejando constancia de ser un sólido realizador empecinado en un proceder no exento de identidad, arraigado a una energía narrativa de honesto impacto visceral que no necesita enfatizar en el peso autoral de la obra, haciendo que la modestia hable por encima de una demanda de espectacularidad en lo narrado. Son esos valores los que eclosionan de una forma más manifiesta en ‘Argo’, un incisivo ‘thriller’ político de suspense deudor de esa reconocible atmósfera vivificante del cine genérico de los años 70. En ella, Affleck aporta una mirada nostálgica que promueve un estilo depurado en la concesión para apostar por un juego de contrastes y percepciones con una maravillosa puesta en escena en la historia de ese esperpéntico plan de la CIA para rescatar a un grupo de embajadores americanos en Irán, en plena crisis entre ambos países con una supuesta filmación de una película en Oriente Medio.
Todo está sistematizado en un cúmulo de aciertos que engloban paulatinamente las buenas sensaciones que va creando una película en constante ascenso de interés, con una gratificante contención en la visualización de una trama dramatizado que defragmenta todos sus elementos para trenzar un descriptivo aditamento de suertes en una cinta llevada al entretenimiento sin pausa, que evita caer en la sobreinformación o el exceso. Todos los dispositivos operan a favor de un equilibrio espléndido entre tensión y equilibrio, pulsando las emociones en un ‘in crescendo’ que combina humor y acción con ese trasfondo cinematográfico pulsado con inteligencia y cognición y que encuentra su mejor ejemplo en un tramo final totalmente magnífico.
8. ‘Take Shelter (Take Shelter)’, de Jeff Nichols.
Jugando con la percepción real y la ficción alterada por una imaginación enfermiza o tal vez visionaria de los acontecimientos que acontecen dentro de este abrumante drama, Jeff Nichols aborda el cine apocalíptico desde un prisma intrínseco e íntimo, con el drama de un hombre que percibe truenos amenazantes, lluvias oleaginosas, pájaros muertos y un acuciante ultimátum que revierte en su condición de vástago obsesionado con la esquizofrenia de su madre, lo que le lleva a construir un refugio antinuclear en su jardín. Ello será el desencadenante de esa doble articulación que mezcla subconsciente y realidad, confundiéndolas en una espiral de simbolismos continuamente enfrentados.
‘Take Shelter’ ejerce un poder de fascinación insano que corroe la perspectiva sobre lo que se está percibiendo, planteando dudas sin respuesta, mostrando la locura profética con sutileza, en la violenta transformación de una mentalidad que resquebraja una relación matrimonial y profesional y que impone la necesidad de creer en esa amenaza mucho más tangible que la de ese fin del mundo y que levanta la suspicacia de todos sus allegados. Una cinta excepcional con un Michael Shannon que está tremendamente hipnótico y que posee una perturbadora condición que hace que la subjetividad limite la previsibilidad, haciendo que el espectador acompañe en la percepción de esa realidad alterada por el miedo y el trastorno ante esa ceguera que parece rodearle y que no es más que esa aceptación de los males que corroen nuestra sociedad actual.
7. ‘Los descendientes (The descendants)’, de Alexander Payne.
‘Los descendientes’ continúa férrea al estilo inconfundible de Payne, en la que línea que separa la comedia del drama es tan delgada que apenas es imperceptible, ambos géneros son utilizados como un arma de doble filo, estilando como principal instrumento la ambigüedad que rodea a sus personajes, a los que suele dotar de un caparazón que camufla un carácter tan poliédrico como realista. Durante toda la película, de forma etérea y transversal, las distancias se alejan y se acercan, concretando las posturas encontradas por una mentira que tambalea todos los cimientos de la amargura y las emociones volcadas en una muerte anunciada, en una disyuntiva de odio y compasión.
Un enternecedor relato en el que el director vuelve a demostrar que es un maestro cuando se trata de filmar la simplicidad de esos fragmentos de vida que marcan una existencia, sabiendo sutilizar la insondable dramaturgia hacia un terreno naturalizado y cercano para arrimar al espectador a un episodio que mañana podría sucederle a él. Lo cotidiano, lleno de esperanza y patetismo, es relatado con emotiva sinceridad, sin dejar de lado los destellos de brillantez cuando mueve la cámara siempre en función de la necesidad del personaje y nunca al contrario, filmando consecuentemente lo inmaterial, las sensaciones que rodean el paraíso transformado en un suplicio para los King. ‘Los descendientes’ es una imprescindible obra sobre la madurez y la aceptación que deja un emboque mucho más amargo que agridulce, en la que Payne sabe filtrar la ficción y hacer de su cine una experiencia de riqueza y pureza cinematográfica que respira verdad por todos sus fotogramas.
6. ‘Holy Motors (Holy Motors)’, de Leos Carax.
‘Holy Motors’ muestra un juego de máscaras como símbolo posmoderno, exponiendo bajo su feísmo y transgresión un discurso de necesidad de cambio, como una metáfora de la crisis social que estamos viviendo, también en el arte, de su sordidez y miseria estructural, de la escasez y la necesidad que pide a gritos una metamorfosis radical, como las vidas que interpreta ese actor que recorre la ciudad en una limousine-camerino un protagonista que da vida hasta nueve personajes distintos. Resulta complejo definir este trayecto sin principio ni final, transmutado en experiencia a través del espacio cinematográfico, geográfico y psíquico de un cineasta que parece no temer la exposición de su obra y lanzarla a los riesgos estéticos y argumentales definitorios de un cineasta kamikaze. Su poder de abstracción e intertextualidad parecen ser el modelo preexistente en las narraciones en las que cada espectador pueda interpretar sus piezas.
El cine es concebido como una mitología pagana que acerca al actor y al espectador a la vida real desde una ficción mostrada como paisaje onírico. Carax busca provocar reacciones, impulsar su discurso metalingüístico más allá de los ojos del que mira, llevándolo al límite, sin que importe lo bizarro que pueda llegar a ser el hecho de sustraerse a la teatralidad de los conceptos enrevesados que convergen en esta oda sobre la identidad, la vida, la muerte o la mutación tecnológica del arte hacia algo imperceptible. Lo que hace de ella una obra radicalmente distinta, críptica e hipnótica, que se establece como narración vivida y filmada al límite.
5. ‘La invención de Hugo (Hugo)’, de Martin Scorsese.
Más allá de un rotundo ejercicio de nostalgia abrumadora que remite a los ancestros del cine en su quimérico poder visual, la esencia que delimita una cinta de la magnitud de ‘La invención de Hugo’ se haya en los sueños, en el despliegue de la ficción a un mundo de hipnotismo transformado en oda de amor al séptimo arte en su concepción más diáfana. La historia de ese niño huérfano que sobrevive en la estación de Montparnasse arreglando relojes, invisible al mundo y que sueña con arreglar un misterioso autómata heredado de su padre se concibe como un proyector de sentimientos, de filias, de amistad y de amor que recupera esa percepción iniciática de los albores fílmicos de la mano de nombres como los Lumière y George Méliès, uno de los protagonistas y figura idealizada de esta aventura cinéfila.
Martin Scorsese, constituido por méritos propios como genio y maestro del cine contemporáneo, orquesta un cuento sobre la pasión cinematográfica donde impera el clasicismo, pero que sabe mantener la constante de innovar a través de esta epístola atávica sobre el arte. Y lo hace con una profunda sensibilidad, con imaginería inagotable en su constante empeño de transcribir la belleza de narrar historias y resucitar fantasías llenas de matices y referencias para desplegar un cúmulo de homenajes ilusionistas. A través de la mirada infantil a ese mundo de magia y arte, de vida y sensibilidad, Scorsese despliega su portentoso talento con el propósito de componer una película familiar bajo la estela de una poética absolutamente milagrosa que reivindica la cinefilia y capta en toda su dimensión el lenguaje fílmico.
4. ‘Cosmópolis (Cosmopolis)’, de David Cronenberg.
Una de las cintas más incomprendidas del año, resulta ser uno de los análisis más rotundos y brillantes sobre esta crisis destructiva a la que ha llevado un capitalismo neoliberal que se derrumba como una distopía triunfalista donde, como apuntaba Zbigniew Herbert, las ratas operan como valor de cambio. Basado en la novela de Don DeLillo, la trama se objetiviza a través de los ojos de un alineado, poderoso y displicente multimillonario que ve caer su imperio mientras recorre las calles de Nueva York en una limousine impenetrable ajena a una ciudad que es representada como una selva. Las páginas de DeLillo apuntaban a la exoneración de un arquetipo económico extenuado, de una esencia profética que impone la realidad de tintes conspiratorios y que han creado entes autodestructivos inmersos en un sistema dinamitado no por sus reglas, si no por la mano humana y sus errores. Cronenberg transcribe los diálogos de la novela y asume una aceptada frialdad del relato para construir un juego de modulación de un discurso sobre la gran tragedia de nuestro tiempo en una realidad neoliberalista dislocada, retando al espectador con un expresionismo y abstracción poco asequibles.
‘Cosmópolis’ es una cinta extremadamente hermética, que usa su énfasis discursivo como modelo de metáforas sociopolíticas para exponer su discurso a base de monólogos que van escupiendo profusos datos sobre su clave reflexiva en torno a una invectiva sobre las teorías del valor, del trabajo y del tiempo. Una corrosiva visión del mundo contemporáneo, de la realidad que vivimos, en una gélida y enfermiza representación que entroniza un discurso que apunta a que después del dinero no hay absolutamente nada, dando a entender hasta qué punto está carcomido un sistema que ofrece un futuro que es posesión de los poderosos y viene a ser, como dice el propio autor, total incertidumbre. El mundo parece nutrirse de ególatras nihilistas que viven en una realidad configurada por la asimetría multidisciplinar. Eso es ‘Cosmópolis’.
3. ‘Redención (Tyrannosaur)’, de Paddy Considine.
Con esta adaptación de su premiado cortometraje ‘Dog Altogether’, el actor Paddy Considine debuta en el largometraje con una dura historia que podría encuadrarse en esa tipología tan británica que es el cine social de suburbio evocadora del ‘free cinema’. Una áspera cinta sobre un borracho de tendencias violentas y complejo de culpa que vive su miseria como un infierno y una beata que convive con una pesadilla insostenible y subsiste ayudando a los demás, pero incapaz de solventar su propio tormento. Se trata de un amargo y brutal retrato sobre la soledad y la frustración, sobre la violencia que corroe y destruye la bondad dentro de una fábula de terror bajo una máscara de normalidad.
Considine acerca al espectador a la humillación y a la redención, a la rudeza sin sutilezas, con voluntad de crítica, retratando esos barrios empobrecidos que esconden dramas urbanos terribles, sin ningún efectismo ni artificio formal, rodado de una forma directa y frontal. Mediante sutiles pinceladas se va fraguando una historia de acercamiento y comprensión, mucho más allá de una inexistente relación afectiva, de dos personajes que padecen la violencia de un modo dicotómico, enfrascados en una espiral de fragilidad que les supera, unidos por un nexo espiritual tan desapacible como es el sufrimiento y que al unir sus tragedias encuentran una pequeña esperanza liberadora. Estamos ante un filme de autodestrucción expuesto como un universo tan sórdido e implacable que llega a resultar incómodo. Cine hiperrealista que subyuga y punza con su afilada visceralidad y que encuentra en sus dos protagonistas, Peter Mullan y Olivia Colman, una muestra abrumante de interpretaciones que llega a alcanzar la perfección, mostrando una humanidad despojada de cualquier artificio que se une al empeño de su realizador por no caer en el sentimentalismo para afrontar una realidad tan terrible como rigurosamente real.
2. ‘Moonrise Kingdom (Moonrise Kingdom)’, de Wes Anderson.
El séptimo largometraje de Wes Anderson puntúa un estilo invariable que aborda un viaje iniciático, de sensaciones desarrolladas, para enfatizar la honestidad con la que el cineasta ha sabido inteligentemente ir mostrando su ya reconocible imaginario cinematográfico. ‘Moonrise kingdom’ devuelve ese personal y demencial equilibrio entre belleza, riesgo y talento que imprime a sus obras, con un sentido de la teatralidad, de melancolía emocional, de introversión y deseo a flor de piel en una historia de amor primeriza, un viaje iniciático donde la identidad y discurso juegan con la alteración cuantitativa o cualitativa del relato para hacer de la tragedia una comedia y viceversa.
Wes Anderson destruye lo preconcebido, desformalizando los criterios discurridos, experimentando con el cine, con el arte gráfico, con el drama y la comedia, con todo aquello que pueda hacer delimitar sus películas a un cualquier concepto estipulado. Vuelve, por tanto, a profundizar en esa raigambre de personajes desencantados, modelos jerarquizados como los Boy Scouts o las familias que aparecen como ente disfuncional que catalizan la alucinación soñadora de ese amor virginal y translúcido que es contrapuesto al de esos adultos con carencias afectivas y desorientados en una vida de monotonía que ha perdido, precisamente, esa pureza afectiva y hermosa que es el primer amor. Un filme maravilloso que deconstruye las peculiaridades de un entorno donde la candidez de sus personajes elevan la aceptación de un barroquismo visual que se va disolviendo cuanto más complicado se pone el amor preadolescente de Sam y Suzy, haciendo de sus pequeños fragmentos una necesidad para que la armonía colectiva imponga su lógica proclamación de la excentricidad con grandes dosis de nostalgia desencantada, como esa ‘Guía de orquesta para jóvenes’, de Benjamín Britten, que abre el relato y anuncia el sello del director.
1. ‘Moneyball: Rompiendo las reglas (Moneyball)’, de Bennett Miller.
El discurso del filme de Miller parece orientar hacia una la adaptación a nuevos recursos como prototipo de salvaguardia, porque sólo así es posible la derrota de los grandes por parte de los modestos, certificando con ello la imperecedera eficacia del sueño americano. A través de esta historia de béisbol se induce a pensar que el riesgo de asumir todo como una cábala moderna sobre la superación del fracaso con estos designios argumentales oculta, bajo teorías y praxis, cierto cariz descriptivo de la parte menos humana del deporte.
El libro de Michael Lewis en el que se basa la película era una especie de epítome sumarial de cifras y estadísticas, de números y demostraciones matemáticas sobre el valor de los talentos atribuidos a jugadores que no eran ni mucho menos estrellas de primer orden pero que podían rendir como tales. La arquitectura de las tramas y los soberbios diálogos de Aaron Sorkin van dando las claves para meterse de lleno en un universo tan aparentemente poco accesible como lo es el vaivén de gestiones deportivas y financieras de un deporte que lejos de América tiene poca o nula repercusión. La grandeza del filme es que todos los números acaban siendo personas y el espectador se deja llevar en una inolvidable travesía de voluntades y triunfos personales plasmando con acierto sus circunstancias.
ACTRIZ 2012
Olivia Colman (‘Redención’, ‘La dama de hierro’).
Este año Meryl Streep acaparó todas las miradas con ‘La dama de hierro’, de Phyllida Lloyd, por mimetizarse con la icónica Margaret Thatcher en una virtuosa interpretación llena de sutileza y humanidad, calcando los gestos, la voz y los movimientos de la malograda y célebre ex primera ministra británica. No obstante, el Oscar fue el reconocimiento a tan espectacular y merecido logro. En dicho filme, la actriz que interpreta fugazmente a su hija Carol Thatcher es el rostro que merece este silencioso distintivo dentro del blog. Se trata de Olivia Colman, cuya interpretación en el debut de Paddy Considine ‘Redención’ supone una de las mayores consecuciones interpretativas de los últimos años. Colman, es una actriz con una carrera cinematográfica que ha pasado un tanto desapercibida, aunque se la recuerda por apariciones en la gran pantalla en filmes como ‘Arma fatal’ o ‘Le Donk & Scor-zay-zee,’, aunque su carrera esté más enfocada al teatro y la televisión.
Aquí da vida a uno de los personajes más humillados vistos dentro del género del drama social en años, a una mujer que necesita abrazarse a la Fe y al alcohol para soportar las vejaciones de un marido al que todos consideran modélico. Su interpretación es simplemente devastadora, dándole un sentido de esperanza y trascendencia a ese rostro envejecido por el infierno sin descanso en el que sobrevive. Colman moldea a Hannah con una sutileza y verdad fuera de lo común, haciendo que la desgraciada vida de esta mujer impregne y ahogue dentro de una narración donde cualquier gesto, cualquier mirada o sollozo provocan el estertor de un espectador llevado al extremo por los dos protagonistas. La actriz desnuda su talento entregando una actuación magistral, donde la desolación está presente en cada plano, capaz de transmitir el miedo y la fragilidad hasta límites insospechados.
ACTOR 2012
Peter Mullan (‘Redención’, ‘Caballo de batalla’).
Siempre ha sido uno de los talentos interpretativos más destacados del panorama internacional. Sin embargo, dada la poca trascendencia que suelen tener sus trabajos más poderosos le sitúan como ese rostro familiar con esa voz profunda y majestuosa, algo reconocible que se ha visto en alguna que otra producción algo más ‘maisntream’ de lo que él acostumbra. Dos de sus películas de 2012 provocan ese doble condicionante que determina su grandeza como actor. En ‘Caballo de batalla’, de Steven Spielberg, da vida con una fantástica convicción a Ted Narracott, un alcohólico padre de familia que cultiva los campos y adquiere el que será protagonista de la historia dramática que vehicula la trama del filme, un equino que forjará una especial amistad con su hijo, que le considera un perdedor, cuando fue condecorado de guerra y un buen hombre, al fin al cabo. Un personaje básico que determina con su profesionalidad británica. La otra película, en divergencia intencional con el ‘blockbuster’ hollywoodiense, es ‘Redención’, ese desgarrador drama de Paddy Considine.
En él, Mullan roza la perfección actoral, con una insostenible presión trágica que naturaliza desde su personaje, otro alcohólico con complejo de culpa por la muerte de su esposa que no puede evitar inclinar su actitud hacia una violencia desbocada. El rol del actor es muy complejo, porque a través de su viaje y encuentro con su pareja protagonista logrará ir ganándose al público, pasando de una fuerte antipatía a la fragilidad interna de un hombre torturado, capaz de transmitir sus emociones ambivalentes. Mullan es ese actor despojado de cualquier atisbo de glamour al que nos tienen acostumbrados las estrellas norteamericanas pero que, a cambio, es capaz de vivir a través de un personaje con actuaciones en carne viva, que traspasan la pantalla con un excepcional talento que le hacen ser considerado uno de los mejores intérpretes del cine actual.
DIRECTOR 2012
Leos Carax (‘Holy Motors’).
Hacía trece años que Leos Carax no estrenaba un largometraje. Desde que en 1999 lo hiciera con ‘Pola X’, tan sólo había filmado uno de los episodios del filme colectivo ‘Tokyo’ con una pieza que ya avanzaba los objetivos de este nuevo filme y ‘42 One Dream Rush’, cuarenta y dos cortos de cuarenta y dos segundos dirigidos por algunos de los nombres más trascendentes del mundo del cine. Como viene siendo habitual en él, la normalidad parece ser un obstáculo en su condición de entender el arte. Para Carax la noción obsoleta de una realidad objetiva es sustituida y reinterpretada por la magia del cine y la contravención de los formalismos. Y en esta línea sigue esta locura fantástica llamada ‘Holy Motors’.
Una platea repleta de espectadores duerme ante el sonido de unos pasos de alguien que abre una puerta, se lamenta y seguidamente escuchamos un disparo que encadena con la resonancia de un barco, las gaviotas, las olas, el mar… El propio ‘enfant terrible’ del cine francés despierta de un sueño para abrir con una especie de llave adaptada a su dedo una puerta fantástica sobre una pared con un bosque dibujado sobre el papel. Una vez dentro, un corredor le lleva directamente a ese enorme cine lleno de gente aletargada ante la pantalla. Por uno de sus pasillos corretea un bebé desnudo, al que sigue un enorme perro que transita lentamente por la alfombra del patio de butacas mientras Carax echa un vistazo a la proyección. Es el umbral de todo lo enigmático y surrealista que está por venir y que aludirá a territorios comunes de Cocteau, Franju, Demy, Buñuel, Godard o Lynch.
PELÍCULAS DESTACADAS
- ‘Milagro (Kiseki)’, de de Hirokazu Kore-eda.
- ‘Martha Marcy May Marlene (Martha Marcy May Marlene)’, de Sean Durkin.
- ‘Caballo de batalla (War horse)’, de Steven Spielberg. (Leer crítica).
- ‘Alps (Alpeis)’, de Yorgos Lanthimos.
- ‘Martes, después de Navidad (Marti, dupa craciun)’, de Radu Muntean.
- ‘Vacaciones en el infierno (Get the gringo)’, de Adrian Grunberg.
- ‘El profesor (Detachment)’, de Tony Kaye.
- ‘Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres (The girl with the dragon tattoo)’, de David Fincher. (Leer crítica).
- ‘Looper (Looper)’, de Rian Johnson.
- ‘J. Edgar (J. Edgar)’, de Clint Eastwood.
- ‘Los Muppets (The Muppets)’, de James Bobin.
- ‘Declaración de guerra (La guerre est déclarée)’, de Valérie Donzelli.
- ‘Young adult (Young adult)’, de Jason Reitman.
- ‘¡Piratas! (The pirates! Band of misfits)’, de Peter Lord.
- ‘Los idus de marzo (The ides of march)’, de Farragut North.
- ‘Polisse (Polisse)’, de Maïwenn.
- ‘Indomable (Haywire)’, de Steven Soderbergh.
- ‘Fausto (Faust)’, de Alexander Sokurov.
- ‘Las malas hierbas (Les herbes folles)’, de Alain Resnais.
- ‘Esto no es una película (‘In film nist’)’, de Jafar Panahi y Mojtaba Mirtahmasb.
- ‘Las nieves del Kilimanjaro (Les neiges du Kilimanjaro)’, de Robert Guédiguian.
- ‘Los Vengadores (The Avengers)’, de Joss Whedon. (Leer crítica).
- ‘Hara-kiri, muerte de un samurai (Ichimei)’, de Takashi Miike.
- ‘La cueva de los sueños olvidados (Cave of forgotten dreams)’, de Werner Herzog.
- ‘Profesor Lazhar (Monsieur Lazhar)’, de Philippe Falardeau.
- ‘Marley (Marley)’, de Kevin Macdonald.
- ‘Madagascar 3: De marcha por Europa (Madagascar 3: Europe’s most wanted)’, de Eric Darnell.
- ‘El fraude (Arbitrage)’, de Nicholas Jarecki.
- ‘Brave. Indomable (Brave)’, de Mark Andrews y Brenda Chapman.
- ‘The deep blue sea (The deep blue sea)’, de Terence Davies.
- ‘Ted (Ted)’, de Seth MacFarlane.
- ‘007: Operación Skyfall (Skyfall)’, de Sam Mendes. (Leer crítica).
- ‘Frankenweenie (Frankenweenie)’, de Tim Burton.
- ‘Damiselas en apuros (Damsels in distress)’, de Whit Stillman.
- ‘El hobbit: Un viaje inesperado (The hobbit: An unexpected journey)’, de Peter Jackson.
- ‘Sin tregua (End of watch)’, de David Ayer.
CINE ESPAÑOL
- ‘Promoción fantasma’, de Javier Ruiz Caldera. (Leer crítica).
- ‘Extraterrestre’, de Nacho Vigalondo. (Leer crítica).
- ‘Blancanieves’, de Pablo Berger.
- ‘Arrugas’, de Ignacio Ferreras.
- ‘Grupo 7’, de Alberto Rodríguez.
- ‘Lo imposible’, de J.A. Bayona. (Leer crítica).
- ‘[REC]³ Génesis’, de Paco Plaza.
- ‘Carmina o revienta’, de Paco León.
- ‘El artista y la modelo’, de Fernando Trueba.
- ‘Una pistola en cada mano’, de Cesc Gay.
- ‘Luces rojas’, de Rodrigo Cortés.
DECEPCIONES
- ‘Prometheus (Prometheus)’, de Ridley Scott.
- ‘El Caballero Oscuro: La leyenda renace (The Dark Knight rises)’, de Christopher Nolan.
- ‘Tan fuerte, tan cerca (Extremely loud and incredibly close)’, de Stephen Daldry.
- ‘Sombras tenebrosas (Dark shadows)’, de Tim Burton.
- ‘Los juegos del hambre (The Unger games)’, de Gary Ross.
- ‘Red state (Red state)’, de Kevin Smith.
- ‘The amazing Spider-Man (The amazing Spider-Man)’, de Marc Webb.
PEORES PELÍCULAS
- ‘Shame (Shame)’, de Steve McQueen.
- ‘Jack y su gemela (Jack and Jill)’, de Dennis Dugan.
- ‘Ira de titanes 3D (Wrath of the titans)’, de Jonathan Liebesman.
- ‘Battleship (Battleship)’, de Peter Berg.
- ‘Rock of Ages (La Era del Rock)’, de Adam Shankman.
- ‘Un lugar donde quedarse (This must be the place)’, de Paolo Sorrentino.
- ‘Qué esperar cuando estás esperando (What to expect when you’re expecting)’, de Kirk Jones.
- ‘Esto es la guerra (This means war)’, de McG.
- ‘La montaña rusa’, de Emilio Martínez-Lázaro.
FUTURAS ‘CULT MOVIES’
- ‘Project X (Project X)’, de Nima Nourizadeh.
- ‘Chronicle’, de Josh Trank.
- ‘La cabaña del bosque (The Cabin in the Woods)’, de Drew Goddard.
- ‘Sinister (Sinister)’, de Scott Derrickson.
- ‘The Yellow Sea (Hwanghae)’, de Na Hong-jin.
- ‘El irlandés (The Guard)’, de John Michael McDonagh.
- ‘The French kissers (Les beaux gosses)’, de Riad Sattouf.
LO MEJOR…DE OTROS AÑOS
- 2004.
- 2005.
- 2006.
- 2007.
- 2008.
- 2009.
- 2010.
- 2011.
Es paradójico que el cine español acabe con una cuota de mercado del 17,9%, la cifra más alta desde hace 27 años, cuando en este año el Gobierno apuñaló salvajemente el séptimo arte aplicando la subida del IVA de las entradas en trece puntos porcentuales, situándolo en un 21%, como los artículos de lujo. Los 40,5 millones de euros y casi 5,8 millones de espectadores que ha recaudado ‘Lo imposible’ parece la respuesta a esta subida, ejemplarizando un modelo de promoción, producción y distribución que no parece que esté al alcance del resto del cine patrio. La política de recortes y el tratamiento que se le está dando al cine parece no poder con la actitud del público, que sigue viendo cine español, le pese a quien le pese. Que el descenso de la taquilla haya caído al 6% es mucho más significativo que los buenos datos con respecto a la situación de nuestro cine. No obstante, este año, aunque con menos espectadores, el cine internacional también ha dado un puñado de buenos títulos que no han pasado desapercibidos, dejando una buena cosecha en este 2012.
A título personal, la cosa sigue en ‘stand by’, rozando el catastrofismo. Este año estuvo a punto de ser el punto y final de un blog que subsiste pese a los contratiempos. Los desafíos incompletos acaban por destruir la moral y el ánimo se resquebraja con el pesimismo cada vez que se envía un curriculum o se sigue perseverante en la búsqueda de un empleo, eliminadas hace tiempo las preferencias en cuanto a la labor a desempeñar. Así está la cosa. Para colmo, el cortometraje ‘3665’, que rodamos en septiembre de 2011, sigue aguardando la finalización de algunos departamentos técnicos para poder estrenarse. No hay fecha concreta. Tampoco parece que haya espacio para la esperanza de llevar a cabo ningún otro proyecto en 2013, por lo que el optimismo es nulo. Habrá que tomar decisiones y medidas para evitar que este declive siga su curso paulatino. Tal vez abandonando las ilusiones. Cambiando de aires, muy lejos de todo. Hay veces en que los sueños son los que te abandonan y aquello para lo único que sirves no te ofrece una vía satisfactoria para poder encontrar un soplo de calma o algo de felicidad. Eso queda muy lejos. Es lo complejo de la vida y la espiral de insatisfacción que te ahoga y te mata cada día lentamente. Pese a ello, hay que seguir luchando contra viento y marea. No quedan más cojones.
Dejando a un lado las lamentaciones, sólo quiero daros las gracias a todos los que todavía seguís el Abismo. 2013 debería ser un año de cambios. Por ello le deseo a todos aquellos que nos han llevado donde estamos las peores y más atroces calamidades que puedan suceder. El bienestar de unos parece significar la zozobra del resto. Y no estaría nada mal que la situación se invirtiera de forma inhumana, incluso sanguinaria. Aunque sea una utopía.
Por lo demás, tan sólo desearos a la gente de bien un FELIZ AÑO NUEVO lleno de gratas sorpresas, buen cine, salud y algo de ilusión, esa que nos han logrado arrebatar.
Como escribo cada año en este post que cierra el año, haré como R.J. MacReady, el piloto del puesto fronterizo número 31 al final del clásico de culto ‘La Cosa’, de John Carpenter, “esperaré... aquí, un rato... a ver que ocurre”.
Un fuerte abrazo a tod@s. De corazón.

miércoles, diciembre 26, 2012

Especial 'Blade Runner'

Paradigma de la grandeza cinematográfica, tres décadas después
Iba a titularse ‘Mechanico’ y empezó siendo movido por la productoras con el título provisional de ‘Dangeous days’. Nadie apostaba por un guión de Hampton Fancher, que sería reescrito por David Webb Peoples que se basada en la novela de Philip K. Dick ‘¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?’, modélica obra de tecnología ‘cyberpunk’, cuyo tema medular era el indefinido margen entre lo natural y lo artificial. ‘Blade Runner’ asumía su referencia a una novela de William S. Burroughs que, a su vez, lo tomó en alusión de un relato de Alan E. Nourse con el mismo título del filme.
En sus páginas un mercenario solitario tenía la misión de buscar y eliminar a unos replicantes humanoides que fueron creados con propósitos militares y para la exploración y colonización del espacio. La Corporación Tyrell era la responsable de su creación y el último modelo, los Nexus 6, habían mostrado ciertos defectos con la consecuencia de mostrarse en rebeldía. Las altas esferas gubernamentales se proponen acabar con ellos, recurriendo a esos servicios policiales especiales llamados ‘blade runners’. El tipo solitario es uno de ellos. Su misión: “retirar” del mundo a estos díscolos androides.
Michael Deeley convencería a Ridley Scott para que se hiciera cargo de la dirección. El realizador británico venía avalado, primero por su trayectoria como director de publicidad y televisión en Gran Bretaña, donde dio el salto a la gran pantalla con ‘Los duelistas’ y, segundo, con su espectacular debut en Hollywood de la mano de otra obra maestra como ‘Alien’, que le convirtieron en uno de los genios prodigios de la época. ‘Blade Runner’ puede considerarse hoy en día como la última gran obra artesanal del cine contemporáneo debido a su detallismo y la obsesión que Scott puso en ella, creando un imaginario que sigue siendo referente y modelo dentro del séptimo arte.
Se trata de una fábula moral que se corresponde a un cine de anticipación que escapa por poco a la distopía, sin renunciar a ciertos ecos de ese post Apocalipsis tan de moda en la actualidad. Algo que hizo que una película de ciencia ficción albergara desde su gestación la particularidad clasicista que apuesta por la conversión de sus elementos en puro cine negro, al abrigo de visiones tan preclaras como la de Raymond Chandler o Dasiell Hammett. Así, la presentación de su antihéroe, Rick Deckard (Harrison Ford), pululando por las atestadas calles de la ciudad, comiendo comida oriental y sin mucho oficio que ejercer después de haber sido el mejor ‘blade runner’ junto a Holden (Morgan Paull), que ha sido eliminado por uno de los Nexus-6, aportan ese tono gélido y nostálgico que no abandonara en toda su portentosa travesía narrativa.
La historia se sumerge en una sugerente poética de húmedos e inexplorados recodos góticos, abriendo en su inicio con un plano detalle de una pupila que mira en panorámica a la ciudad de Los Ángeles, en el transcurso del año 2019, donde se suceden explosiones en lo alto de los rascacielos y de paso presentan a Gaff (Edward James Olmos), personaje clave y silencioso, testigo comprensivo del destino de todos los personajes. Es entonces cuando el filme dispone al espectador para que entre en un mundo inolvidable y asista a una narración única y trascendente. Paradójicamente, el futuro de ‘Blade Runner’ se asume como algo tangible y amenazante, con un mensaje que sigue vigente a lo largo de todos estos años y que ha eclosionado con fuerza en estos últimos tiempos; la de una era donde la hipocresía y el cinismo conforman gobiernos y poder a la hora de transformar los bienes comunes en usufructo propio, sin hacerse cargo de ninguna responsabilidad sobre sus negligencias. Hoy en día los coches no vuelan, ni hemos llegado al punto de creación tecnológica que se percibe en la película, pero es cierto que el aspecto real de lo que nos rodea no se diferencia en absoluto de aquellos callejones acuosos y lóbregos de una ciudad caótica y abigarrada, consumida por la superpoblación, el capitalismo, el miedo y a buen seguro, la crisis en sus diversos estratos.
‘Blade Runner’ presenta una sociedad que simboliza una especie de gigantesca Torre de Babel en la que la idiosincrasia cosmopolita se ha transformado en una amalgama de diversos ámbitos, culturas e idiomas, en la que el mestizaje no claudica en una mezcolanza dejada al antojo, sino que se muestra valedera para describir esa conjunción variada de códigos sintetizados en una nueva Babilonia cargada de representaciones de poder, grandeza y ostentación de esas pirámides donde su ubican las grandes corporaciones. Entramos así en ese cuestionamiento sobre la muerte y lo efímero de la vida, el tiempo y su caducidad de unos humanos artificiales que se salen de los preceptos a los que están destinados.
El sometimiento de esa ciudad está definido a un control que ve en estos Nexus 6 un efecto de albedrío que no es más que la alegoría por conocer el destino y final de su raza, pero también como iconos de la libertad que representan. Un filme donde los simbolismos forman parte de su tejido narrativo, donde los ojos tienen un significado especial; como ese test de Voight-Kampff, que determina la veracidad de un ser humano con preguntas que buscan recoger ciertas inquietudes emocionales y concretar si la persona analizada es replicante o no. O ese otro punto de intercambio de perspectivas que se va dando a lo largo de la exposición del relato.
Sin embargo, si hay algo que caracteriza el filme de Scott es una marcada percepción escéptica, con carices que se podrían tildar incluso de antropológicos. La esfera de amplios logros tecnológicos, impensables hace siglos, termina concluyendo con la deshumanización en toda regla del ser humano, aquélla a la que está avocada la sociedad moderna. Este pesimismo afecta con gran dosis de ambigüedad desde su inicio a Deckard, un héroe cuestionable y sin principios que regresa a las calles para ejercer lo que mejor sabe hacer, ese “trabajo sucio”, como dice su superior Bryant, de retirar replicantes sin contemplación alguna.
Deckard se muestra arrogante y displicente en todo momento. Incluso cuando conoce a la chica de la que se enamora, Rachael (Sean Young), la secretaria particular de Tyrell(Joe Turkel)que resulta ser una replicante especial, no tiene corazón al explicarle su origen creado genéticamente ante sus recuerdos, implantados de la sobrina de su creador. A su vez, Rachael entra en lo cuestionable de la profesión de un policía al que una doble pregunta impugna su acepción de cazador; cuando sugiere si alguna vez ha matado a un humano por error y, definitivamente, si el propio ‘blade runner’ ha pasado el test de Voight-Kampff. ‘Blade Runner’ se percibe tan compleja como coherente, tan inquietante como hermosa. Mientras los replicantes que trabajan como esclavos escapan hacia la búsqueda de la verdad sobre su providencia, respondiendo así a una idea romántica de la vida, el ser humano cuestiona esa rebelión con el acto injustificado de “retirarles”, evitando mencionar así el término ejecución y matanza. ‘Blade Runner’ significará esa reconciliación del hombre con su naturaleza, aprendiendo a recobrar la compasión a través de seres artificiales que a su vez la han desarrollado contra natura.
Cine de atracción como experiencia sensorial
Todo ello bajo un contexto urbanístico novedoso y revolucionario dentro del cine de la época. Tanto es así, que dejaría huella no sólo en el posterior cine de ciencia ficción, sino en los replanteamientos de la cultura urbana con una dirección artística y diseños de producción nunca vista hasta el momento. Movida por su aptitud inherente de gran obra maestra, ‘Blade Runner’ desmonta los límites de la imaginación plástica, recreando una urbe oscura y terrible, inspirada tanto en la tendencia expresionista alemana de ‘Metropolis’, de Fritz Lang, pasando por Jean Giraud “Moebius” y su influencia en la revista ‘Metal Hurlant’ o las atribuciones del clasicismo inspirador de Edward Hooper o la parte superior del infierno del tríptico de ‘El Jardín de las delicias’, de El Bosco para esa ciudad lóbrega y sin alma.
A Ridley Scott se le acusó de un desproporcionado y maniático esteticismo en la pormenorización de su genial ambientación, llegando a decir que tanto énfasis llegaba a engullir la historia y los personajes. Sin embargo, tanto los recursos estilísticos, como el grafismo, los pequeños detalles que adornan esa portentosa fotografía de Jordan Cronenweth de luces sintéticas y de contrastes, quebrantadas por la extraña mezcla de edificios oscuros y publicidad de grandes marcas que no cesan en su constante venta de imágenes espurias, dan la pauta de un universo indisoluble y real a la trama. La tendencia al éter publicitario de los años 80 que tanto promulgó Scott adjudica a los escenarios ese efecto vaporoso y urbanita, con humo emergiendo de las cloacas, de neones y nocturnidad, con la que la su tipografía mejor se adaptaba a los noctámbulos contextos fílmicos de una ciudad amenazada constantemente por la lluvia ácida.
‘Blade Runner’ es una experiencia sensorial, que impone preguntas subversivas y reflexiones constantes al público a lo largo de la descripción de sus movimientos argumentales, transformado en cine de atracción, en el doble sentido de la palabra. Belleza y decadencia podrían ser dos adjetivos que ratifican la contundencia de esa esencia que supo recoger Vangelis en su mejor partitura, con sintetizadores evocadores de un mundo incómodo, tan lírico en la delicadeza con la que están compuestos sus temas más íntimos, como en la bella impercepción que pasa por alto Deckard rastreando alguna pista con el escáner fotográfico: ese instante de intimidad con Leon (Brion James) y Zhora (Joanna Cassidy), en una habitación y que invoca a ‘El matrimonio Arnolfini’, de Jan van Eyck o ese instante de subrayado dramatismo en el que Zhora es alcanzada sin piedad por los disparos de Deckard, con la duplicidad de transparencias de su chubasquero y el escaparate contra el que acaba derrumbándose. Víctima y verdugo, androide y ser humano que satisface su instinto destructor contra una creación considerada aberrante.
Es la búsqueda de la identidad lo que mueve ‘Blade Runner’, la de esas vidas programadas que caducan a los cuatro años y que se equiparan a ese diseñador genético llamado J.F. Sebastian (William Sanderson) aquejado del síndrome de Matusalem. También a Deckard, cuyo viaje interno provoca el cuestionamiento de todo su mundo, de lo que él representa. Somos lo que hemos vivido. No importa el tiempo que permanezcamos en este mundo. Y es ahí donde entra el cuestionamiento de la propia existencia, del autoconocimiento, de la imposibilidad de perfección. El camino del sentido final de estos androides y su motivación por la necesidad de libertad y repuestas, con el trasfondo teológico que hay en relación a Dios y la creación defectuosa de sus semejantes que ejercen desde esa corporación que se erige imperiosa sobre una pirámide insondable, llega a la lógica destrucción del creador. De la misma manera en que el hombre que ha jugado a ser su deidad imaginada, acaba en manos de su androide, con los ojos arrancados, por haber sido incapaz de ver, más allá de la utilidad de sus creaciones, la afectividad e ira capaces de generar tanto amor como odio y una partida de ajedrez descompone la jerarquía que existe entre los replicantes, peones del tablero capaces de derrocar el poder de la pieza clave de una victoria que no es tal, ya que matar a Dios no concede la inmortalidad ni cambia el destino.
En último término, dentro del mítico edificio Bradbury, emblema de toda esa decadencia del mundo en ruinas y desencantado, donde lo tecnológico y lo humano chocarán frontalmente, el cazador termina siendo el perseguido, acosado por la fortaleza física de un Nexus que descubre su dignidad y piedad como valores humanos. Cuando salva la vida a Deckard, la máquina se fusiona en su trascendencia con el hombre. La tristeza del replicante, el entendimiento final de su muerte y la redención llega con el perdón ante la atónita mirada de Deckard, que concibe a estos seres perecederos como ejemplo de esos nutrientes humanos que se están perdiendo, precisamente, como las lágrimas en la lluvia a las que alude Batty. Precisamente una de las controversias que sugiere ‘Blade Runner’ es la posibilidad de que el propio Deckard fuera también un replicante. En sus tres versiones oficiales (existen hasta siete montajes distintos) existen dos perspectivas sobre esta teoría que se distancian precisamente en la sugerencia sobre la verdadera naturaleza del ‘blade runner’; mientras en la versión impuesta por los productores y estrenada hace tres décadas se enfatizaba en su rama estilísticamente ‘noir’, con voz en off, con ese antihéroe escéptico y descreído inmerso en una misión que cumplir, en las posteriores ‘director’s cuts’, Scott atribuyó a su personaje protagonista esas dudas sin respuestas que buscaba Roy Batty (Rutger Hauer), confrontándole y uniéndole en sus reflexiones finales.
No obstante, el origen de Deckard dentro del filme se atribuye a la ambigüedad, a dotarle de más oscuridad y de cariz enigmático que en el primer montaje, con ciertos añadidos como ese sueño que provoca un final reflexivo cuando Gaff deja el unicornio de origami en la entrada de su apartamento, insinuando o aludiendo a una posible condición de replicante de Deckard. Aunque en ambos montajes, se evoca no tanto a esta disposición más acentuada en la visión de Scott, como en la idea del perdón de la chica, de ese consejo que suena en off anteriormente cuando el protagonista comprende a su vez que la vida es demasiado corta y que se le ha dado la oportunidad de comenzar esa relación con una replicante de la que no se sabe su fecha de caducidad.
‘Blade Runner’ es, con una lógica y un sentido de las leyes cinematográficas propias e indivisibles, una obra maestra absoluta, capaz de conmover con una historia que traspasa las fronteras del tiempo con su actual discurso y que propone la inconsistencia de ese armazón que entendemos como realidad. La cinta de Ridley Scott supone una cosmología estética propia y un mundo de persistentes ecos existenciales, enriquecida con alusiones filosóficas y teológicas que superan todas aquellas teorías acerca de sus significados, muchos más profundos de lo que aparentan.

viernes, diciembre 21, 2012

La Navidad y el Fin del Mundo

Cada año por estas fechas, en el Abismo suele lanzarse uno de esos panegíricos sinsentido que sirve para felicitar, de uno u otro modo, la Navidad a sus cada vez menos lectores. Este año, de forma paradójica, también han anunciado el Fin del Mundo según el calendario maya. No nos damos cuenta, pero es cierto. Desde hace tiempo estamos viviendo ese lento Apocalipsis que nos consume diariamente perplejos ante la insidia y el fraude de aquellos que nos miran descojonándose de todos nosotros, ajenos a esta infausta situación que vivimos en este país empobrecido y ridículo.
La mercadotecnia de las grandes superficies comerciales que han matado al pequeño negocio, la teatralidad lumínica, los adornos y guirnaldas, la Lotería del día 22, el portal de Belén (ojo, sin buey y mula, que lo dice el Papa), ese consumismo con el que las grandes superficies se frotaban las manos, comer y beber de todo sin control, machacando el hígado y subiendo el colesterol como si de un concurso se tratase, cenas de empresa en las que asistir a cómo la compañera más inesperada se pone “piripi”, cestas que van mermando y desapareciendo, aquélla paga extra… Todo eso, ahora ya no luce tanto. Fundamentalmente, porque no estamos para jolgorios ni gilipolleces. Nuestro regalo navideño de este año se ha ido fraguando lentamente, como ese pavo relleno que se hace en el horno, sólo que preñado de precariedad, desposesión y privatización, que es lo que estamos viviendo en este (ahora SÍ) país de pandereta. Un término identificativo ideal para estos días.
Por eso, la espiral de convite y brindis varios se limita, la celebración este año es una justificación disimulada de esa sonrisa a media comisura que esconde una gran preocupación por el devenir. A buen seguro que los que ostentan o han ostentado el poder y altos cargos, aquellos que viven en puestos intocables de privilegios y corruptelas, brindarán con champán exquisito, comerán marisco recién capturado, seguirán fomentando el despilfarro generalizado con una risa cínica mientras eluden hacer memoria sobre las continuas caídas y desplomes del consumo, las bajadas de producción, los descensos de las importaciones y exportaciones, la emigración y la falta de puestos de trabajo, los recortes…
Pero al fin y al cabo, es Navidad… Hay que disfrutar mientras se pueda y olvidar por unos días que estamos siendo desposeídos de nuestra voz y de nuestros derechos ¿Y todavía hay quien se pregunta cómo será el Fin del Mundo? Amigos, ya lo estamos viviendo. En primera persona. En directo y con un collar de espumillón y un matasuegras en la boca, levantando la copa, pidiendo deseos imposibles. Pese a todo, no hay que desnaturalizar este estético y hermoso periodo, ni arremeter contra una serie de ritos sacralizados que han perdido la batalla contra el gasto comercial sin control.
Vamos a intentar rebañar esa felicidad a modo de sobras. Lo poco que nos dejen. Y disfrutar un poco de esas cosas que ahora saben mejor en esta tradición universal y ancestral. Por lo menos, siempre habrá amigos con los que agarrarse un morón, la familia a la que soportar y querer a partes iguales y vivir unos días con especial énfasis en mirar el triste escenario con distancia. Siempre en su justa medida. No tendremos la suerte de que se acabe el mundo, como avanzaron unos cabalistas mexicanos hace siglos en ese cambio a la era de el B’aktun.
Ya tendremos todo 2013 para seguir haciéndonos mala sangre, presenciar ultrajes a nuestra debilitada situación por ese señor Potter que es el Estado, el mismo que nos oprime como a los habitantes de Bedford Falls. Como siempre escribo, la predisposición de los buenos sentimientos convertidos a la mínima de cambio en encendida mala hostia no puede quitárnosla nadie. Y al fin y al cabo, eso es la Navidad. Un pequeño fragmento tendente a la omisión y al perdón de nuestras vidas. Aunque sea una vez al año. Aprovechémosla.
Por eso, desde este blog que cumplirá nueve años en 2013 os deseo, esta vez de todo corazón y sinceramente, una FELIZ NAVIDAD.
Si es que todavía me lee alguien, claro.
Un abrazo a tod@s.

lunes, diciembre 17, 2012

'160 metros: Una historia del rock en Bizkaia', iniciativa 'crowdfunding' que merece la pena

Ahora el país se hunde económica y laboralmente, que el sector artístico y cultural se ha visto afectado por el apaleamiento al que está siendo sometido por aquellos que siguen robando desde las altas esferas y limitan y escupen a su vez sobre otros derechos más fundamentales como el trabajo, la vivienda, la sanidad y la justicia, es cuando se exige una actitud que sufrague estas medidas de empeoramiento vital a las que nos humillan como ciudadanos. Una de estas tentativas innovadoras que auxilian proyectos culturales de toda índole es el conocido como el ‘crowdfunding’. O lo que es lo mismo, una financiación colectiva que ayude a sacar adelante objetivos de todo tipo.
Una de estas iniciativas emprendedoras es el documental ‘160 metros: una historia del rock en Bizkaia’, un trabajo que espera poder materializarse gracias a esta iniciativa y que será dirigido por Álvaro Fierro (de las revistas ‘Mondo Sonoro’ y ‘Ruta 66’) y Joseba Gorordo (director de los documentales ‘La Otxoa, sin complejos’ y ‘Zu Zara Nagusia’) en asociación con la WebTV StereoZona. Para ello han acudido a esta forma de micro-mecenazgo o ‘crowdfunding’ en su propósito de narrar la transformación urbana que tuvo lugar en los años 90 en ambos márgenes de la ría de Bilbao desde el punto de vista del rock. El título hace referencia a la distancia que separa ambas márgenes, con el Puente Colgante como testigo (in)móvil y mudo, remarcando las diferencias sociológicas y económicas que se materializaron, en un contexto de desindustrialización y de construcción del Museo Guggenheim, en dos escenas de rock diferentes y hasta dos formas de ver la vida. La de la margen izquierda con un corte más punk y social (Eskorbuto, Parabellum, Zarama, etc.) y la de la derecha, con lo que se denominó Getxo Sound, con un carácter más hedonista y global (El Inquilino Comunista, Los Clavos, Lord Sickness, etc.).
El ‘crowdfunding’ lleva en marcha desde el 1 de diciembre de 2012 y tiene más de 70 partners que han aportado casi 2.000 euros del total que precisa para que la financiación de este viaje musical y cultural que se autodefine como una combinación de revival y actualidad se lleve a cabo. Toda persona, entidad o marca que cofinancie la idea recibirá una retribución o recompensa (aparecer en los créditos, copia en HD de la película, invitación al estreno, figurar como productor asociado, etc.). StereoZona.com es una plataforma WebTV musical, que lleva más de cinco años documentando en vídeo y texto la escena musical del País Vasco, dando oportunidades y visibilizando los grupos emergentes e iniciativas interesantes que por sus características no tienen cabida en medios generalistas.
Si quieres aportar algo, aunque sea lo mínimo, puedes hacerlo de forma sencilla aquí.
El docuweb, contará con contenidos ampliados: conciertos de la época, metraje inédito y entrevistas extendidas que tiene como objetivo se estreno a mediados de 2013 en Internet.

jueves, diciembre 13, 2012

‘8’, un cortometraje de Raúl Cerezo

Oscuros rituales familiares
En su segundo y anterior cortometraje, ‘Escarnio’, el cortometrajista Raúl Cerezo apostó por un texto ajeno, materializado en la adaptación del cuento ‘La gallina degollada’, de Horacio Quiroga. En aquél, el realizador incidía en una oscura fábula de marcada subversión, diabólica y cruel, que tenía como fondo del relato la violencia, la familia, el rechazo, la humillación y el desconsuelo. Su último cortometraje ‘8’, multipremiado y profusamente nominado (ha acumulado momentáneamente 155 selecciones) y fue preseleccionado en la lista para los aspirantes a los Oscars, que aunque no consiguiera pasar la criba, optará al Méliès d’Or al Mejor Cortometraje Fantástico Europeo al lograr el Méliès d’Argent en el Razor Reel Fantastic Festival de Brujas, incide, de un modo mucho más tangencial, en esos mismos elementos con un objetivo común: la venganza. Un desagravio que, aunque de forma ambivalente, pertenece al nutriente argumental de ambos relatos.
‘8’ es, como se autodetermina, un ‘musicortometraje’ (‘Escarnio’ ya era un ‘cuentometraje’), debido a la aventurada decisión de su autor de asumir un riesgo cinematográfico que huye de cualquier diálogo, sin recurrir a ninguna voz en off, apoyándose únicamente en la imagen, el elenco artístico y, sobre todo, en la música, haciendo de estos los dispositivos narrativos de los que Cerezo saber sacar partido con una gran resolución visual. En él descubrimos a un niño que cumple la edad que da título al corto, flanqueado por una cohorte de familiares que acude a la celebración envuelta en la excentricidad y el misterio de un ritual que esconde un secreto familiar que pretenden destruir. Es a su vez una visión de la pérdida de la inocencia de la infancia, cuya violencia adulta permanece asumida e integrada en un relato iniciático tan cruel como irrevocable.
Se forja así una lograda atmósfera de incomodidad espectral, con gran protagonismo de una persistente niebla erigida como una protagonista más de la acción, que incluso se inmiscuye en los interiores, doblegando las brumas morales que afectan a sus personajes y los convierten en pérfidos vengadores contra un elemento diluido que va corporeizando la maldad a lo largo del metraje, a través de la sutileza con la que Cerezo va mostrando la verdadera naturaleza de su historia. La trama encuentra a su vez una expresión fisonómica en la sucesión de miradas y lentas maniobras de un elenco que está a la altura del reto silencioso del trabajo, sumiendo el proceso bajo una teatralidad soterrada que solicita la complicidad con el público, que deja de ser un observador para convertirse en cómplice del tenebroso protocolo.
En ‘8’ se manifiesta una doble historia, la de un padre regresando al cumpleaños de su hijo pequeño y la del interior de una casa convertida en un oscuro escenario de nigromancia familiar que expone un ejercicio de estilo que le permite a su director experimentar diversas formas de acercarse al arte fílmico, despojando de eventualidad a la historia, haciendo de ella un oscuro cuento atemporal. Hay que señalar a su vez un montaje que se adecua a los movimientos narrativos y unos efectos especiales, que corren a cargo del mítico Colin Arthur, al servicio de la historia. Pero si hay dos disciplinas en la que ‘8’ mantiene un alto nivel y que lo alzan como una fascinante obra de cámara son la ornamentada y malévola música de Voro García, capaz de envolver la acción con sus resonantes notas, que auxilian todo ese entramado de ‘tempo’ imprevisible en el que se mueve constantemente el corto y la cuidadosa estética visual, a la que pone luz el director de fotografía Nacho Aguilar, con un impecable acabado visual que identifica el lucimiento estético de la obra, atendiendo a la reminiscencia cinéfila del espectador, pues contextualiza una nostalgia afín a películas clásicas de los años 80, pero sin incidir en exceso en homenajes o referencias (que las hay), teniendo presente esta condición en su vocación artística.
Estamos ante una pequeña obra visceral, un juego maléfico que termina con una incógnita mucho mayor que todo lo propuesto, llevándola a sus últimas consecuencias, atributo que apuntala la gratificante elección por el riesgo de encauzar el corto hacia un cariz oscuro, desplegado en los confines del terror para hacer finalmente del compromiso con el género la gran virtud de ‘8’. Un trabajo de composición minuciosa y exhaustiva que encuentra el mejor ejemplo de esta cualidad en un cuidado ‘making of’ que dura nada menos que sesenta minutos, en los que el equipo relata todas las vicisitudes del rodaje en todas sus fases y que define muy bien la atracción de su director por el detalle casi obsesivo por certificar sus propósitos.
Basta echarle un vistazo al DVD para comprobarlo; además de anteriores trabajos como director de Cerezo y profuso material relacionado con ‘8’, encontramos un hueco para descubrir la gran labor pretérita y presente que este realizador está haciendo por el mundo del cortometraje, dirigiendo festivales y muestras avocadas a engrandecer los mejores proyectos nacionales e internacionales cortometrajísticos, siempre en lucha por dar cabida a un género que necesita de la ardua labor de gente como Cerezo para poder subsistir.

martes, diciembre 04, 2012

Review 'Holy Motoros (Holy Motors)', de Leos Carax

La metamorfosis de lo real y de lo ficticio
Con esta obra radicalmente distinta, críptica e hipnótica, Carax busca provocar reacciones, impulsar su discurso metalingüístico más allá de los ojos del que mira, llevándolo al límite.
Hacía trece años que Leos Carax no estrenaba un largometraje. Desde que en 1999 lo hiciera con ‘Pola X’, tan sólo había filmado uno de los episodios del filme colectivo ‘Tokyo’ con una pieza que ya avanzaba los objetivos de este nuevo filme y ‘42 One Dream Rush’, cuarenta y dos cortos de cuarenta y dos segundos dirigidos por algunos de los nombres más trascendentes del mundo del cine. Como viene siendo habitual en él, la normalidad parece ser un obstáculo en su condición de entender el arte. Para Carax la noción obsoleta de una realidad objetiva es sustituida y reinterpretada por la magia del cine y la contravención de los formalismos. Y en esta línea sigue esta locura fantástica llamada ‘Holy Motors’.
Una platea repleta de espectadores duerme ante el sonido de unos pasos de alguien que abre una puerta, se lamenta y seguidamente escuchamos un disparo que encadena con la resonancia de un barco, las gaviotas, las olas, el mar… El propio ‘enfant terrible’ del cine francés despierta de un sueño para abrir con una especie de llave adaptada a su dedo una puerta fantástica sobre una pared con un bosque dibujado sobre el papel. Una vez dentro, un corredor le lleva directamente a ese enorme cine lleno de gente aletargada ante la pantalla. Por uno de sus pasillos corretea un bebé desnudo, al que sigue un enorme perro que transita lentamente por la alfombra del patio de butacas mientras Carax echa un vistazo a la proyección. Es el umbral de todo lo enigmático y surrealista que está por venir y que aludirá a territorios comunes de Cocteau, Franju, Demy, Buñuel, Godard o Lynch.
‘Holy Motors’ muestra un juego de máscaras como símbolo posmoderno, exponiendo bajo su feísmo y transgresión un discurso de necesidad de cambio, como una metáfora de la crisis social que estamos viviendo, también en el arte, de su sordidez y miseria estructural, de la escasez y la necesidad que pide a gritos una metamorfosis radical, como las vidas que interpreta ese actor que recorre la ciudad en una limousine-camerino, ‘monsieur’ Oscar. Un hombre que se enmascara una y otra vez en el transcurso de un día, ejerciendo su laborioso trabajo de transformación en diversos personajes, concediéndoles una identidad mediante otra representación del otro “yo” de una persona que es un personaje, de la apariencia frente a lo real. Nos sumergimos, a través de un vehículo que es también el propio Oscar, en la piel una anciana vagabunda, un freak desagradable que sale de las cloacas para comer flores de un cementerio donde secuestra a una modelo para componer una obra pictórica ataviándola con un burka en cuyo regazo reposar con una erección. Pasando por un asesino a sueldo que se mata a sí mismo, un octogenario moribundo que comparte el último instante de vida con su sobrina, un padre de familia resentido por lo “impopular” de su hija o la gran escena del filme, aquélla en la que encuentra a un antiguo amor con el que conversa sobre el pasado y el presente en los antiguos almacenes Samaritaine, lugar desde el que se reconoce el Pont-Neuf.
Resulta complejo definir este trayecto sin principio ni final, transmutado en experiencia a través del espacio cinematográfico, geográfico y psíquico de un cineasta que parece no temer la exposición de su obra y lanzarla a los riesgos estéticos y argumentales definitorios de un cineasta kamikaze. Su poder de abstracción e intertextualidad parecen ser el modelo preexistente en las narraciones en las que cada espectador pueda interpretar sus piezas.
El cine es concebido como una mitología pagana que acerca al actor y al espectador a la vida real desde una ficción mostrada como paisaje onírico. Carax busca provocar reacciones, impulsar su discurso metalingüístico más allá de los ojos del que mira, llevándolo al límite, sin que importe lo bizarro que pueda llegar a ser el hecho de sustraerse a la teatralidad de los conceptos enrevesados que convergen en esta oda sobre la identidad, la vida, la muerte o la mutación tecnológica del arte hacia algo imperceptible.
Tanto la realidad como la voluntad se retuercen entre lo multiforme o cambiante y una concepción del lenguaje que no se supedita a los conceptos que hacen de él un instrumento fascinante para reflejar la narración convencional. ‘Holy Motors’ es experimentación y liberación de una reencarnación que es síntoma de simbologías apocalípticas y trágicas, donde la vida es espectáculo y todo el mundo es un escenario. Aquí el cine es un lugar donde lo real se mezcla y confunde con la ficción. La concepción clásica del cine se ha esfumado dejando paso a una serie de ‘performances’ de actores frustrados que interpretan papeles porque el medio no es como antes y las cámaras han desaparecido.
Una cinta que propone el incómodo autorretrato de Carax, que encuentra en un poderoso actor camaleónico e inconmensurable como Denis Lavant su necesario Lon Chaney comprometido con la permuta física en esta búsqueda de la esencia fílmica dentro de las formas cambiantes que subyacen en el relato. Estamos ante una obra radicalmente distinta, críptica e hipnótica, que se establece como narración vivida y filmada al límite. Una hermética carta de amor al lenguaje cinematográfico y a sus géneros filmada con maestría en un París tan fantasmagórico como mágico.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2012