lunes, noviembre 26, 2012

Nos dejan Tony Leblanc y José Luis Borau

1922-2012
Ha sido un fin de semana de despedidas dentro del cine español. Uno de esos trances aciagos que cumplen esa pérfida ley no escrita que dicta que tras la muerte de un querido miembro de la familia de la farándula vienen otros fallecimientos que se suceden en una negra estela de desapariciones. La muerte de Ignacio Fernández Sanchez, más conocido por el mundo del cine como Tony Leblanc se produjo unas horas después de que José Luis Borau, otro de los directores más admirados del séptimo arte patrio, nos abandonara para siempre.
Siempre se cuenta que Leblanc trabajó desde muy pequeño como ascensorista en el Museo del Prado, donde su padre ejercía de conserje o que fue un gran bailador de claqué, destacando en su biografía su versatilidad como actor a la vez que se llegó a proclamar campeón de los pesos ligeros amateurs en Castilla como boxeador. Auspiciado por compañías actorales de la época como la Celia Gámez y la de Nati Mistral, Leblanc ha sido historia viva dentro de la interpretación, dando vida a galanes o a estafadores de poca monta, a vividores simpáticos y a remotos personajes televisivos como Cristobalito Gazmoño. Su vis cómica se anticipaba a su talento todoterreno que cedió protagonismo al humorista antes que al actor dramático. ‘El Tigre de Chamberí’, ‘Sabían demasiado’, ‘Muchachas de azul’, ‘Historias de la televisión’, ‘091 Policía al habla’, ‘Las chicas de la Cruz Roja’, ‘El astronauta’ y, sobre todo, ‘Los Tramposos’, dirigida por Pedro Lazaga y protagonizado por Leblanc, Antonio Ozores, Manolo Gómez Bur, José Luis López Vázquez y la que fuera pareja artística en la pantalla, la actriz Concha Velasco, son sólo algunos ejemplos de esa versatilidad. En el 75 se retiraría y años después sufriría un accidente de tráfico que estuvo a punto de matarle. No obstante, Santiago Segura le devolvería a la gran pantalla con la saga de ‘Torrente’, resurrección artística y soplo de vida que reavivó su estrella. Aquel hombre que aceptó el reto de aparecer haciendo algo inaudito y “nunca visto antes en televisión” que salió al Florida Park, peló una manzana, se la comió y desapareció delante de un atónito José María Íñigo. Escritor y cómico, el gran hombre nos ha dejado con la suerte de tener su legado artístico con el que poder seguir disfrutando de su excelencia.
1929-2012
Por su parte, Borau debutó con ‘Brandy’, un western de 1963 con guión de José Mallorquí, autor de ‘Coyote’ y uno de los referentes de la literatura popular española de los años 60, a la que seguiría ‘Crimen de doble filo’ un ‘thriller’ policíaco sobre un pianista que presencia un asesinato y comienza a ser acosado telefónicamente. Dos muestras de la inquietud contracorriente de un director avocado a convertirse en un ‘outsider’ de la época, sumando a su vez su función de productor independiente. Borau fue un cineasta complejo, capaz de experimentar y trabajar en el oficio desde los márgenes, inflexible cuando se trataba de caer en la complacencia. De ahí que la pericia como realizador se muestre con contundencia en ‘Hay que matar a B’, otra película que hoy en día nada tiene que envidiar a los clásicos americanos de serie B del género. La caza furtiva como forma de abigeato, como metáfora de clandestinidad y represión, hicieron de ‘Furtivos’ uno de los paradigmas de la crítica al franquismo y su más redonda obra maestra. Un título que simboliza la grandeza del cine español y el punto álgido de su carrera. Pese a los constantes vaivenes de crisis de nuestro cine, Borau se aferró a la idea del riesgo, como creencia que nunca abandonó en su filmografía, con coproduciones internacionales como ‘La Sabina’, ‘Río abajo’, rodada en Estados Unidos y que fue un fracaso y ‘Tata mía’, que tampoco logró satisfacer las exigencias de crítica y público. El cineasta aragonés, volvería años más tarde a demostrar la magnificencia de un autor único e intransferible con prodigios como ‘Niño nadie’ y ‘Leo’, singulares y desconcertantes cintas que reflejaron que la veteranía nunca fue un obstáculo para perpetuar ese combinación de destreza artística de libertad con la huella personal, de espíritu iconoclasta y verdadero. Así era Borau.
Nos vamos quedando sin figuras míticas, sin la esencia y raigambre de aquellos nombres que hicieron del cine español una cuna de obras imperecederas y que dejan el recuerdo de su grandeza en forma de película a las que acudir para lamentarse de que un día el cine estaba bien considerado en nuestro país. Ellos deben ser nuestros modelos para evitar que, ante el empeño de algunos que así lo desean, el cine español siga adelante.
D.E.P ambos.

jueves, noviembre 22, 2012

Review '007: Operación Skyfall (Skyfall)', de Sam Mendes

La reconstrucción y perpetuación del mito
Sam Mendes profundiza con elegancia y pulso en los miedos y defectos de un James Bond vulnerable y envejecido a través de una historia fundamentada en el juego de contrastes entre el pasado y presente.
‘Casino Royale’ supuso una ruptura con el mito de James Bond, una desmitificación y renovación que, más allá de cualquier simbología con el ‘reboot’, cuestionó con acierto la representación de ese héroe exquisito, encantador e irremediablemente atractivo. El Bond al que da vida con una convicción fuera de toda duda Daniel Craig ha pasado a ser un hombre acerbo y obstinado, tan visceral como descreído y despiadado con las misiones que acomete.
La resurrección continuista había dado con la clave para vivificar una serie que parecía haber entrado en un bucle de cuestionamientos y circunlocuciones con un fondo realista del icono creado por Ian Fleming, sin renunciar a una delineada fisicidad hemostática y dinamismo dosificado del personaje. Si bien ‘Quatum of solace’ desperdició la tentativa con su falso artificio sometido a la acción hiperbolizada de incertidumbre argumental y carencias de profundización que se le exigía a esa rehabilitación, parece que ‘Skyfall’ quiere retomar el rumbo de esta nueva línea de un sugestivo 007 coincidiendo con su 50 aniversario y que supone la vigésimo tercera cinta de la saga.
‘Skyfall’ arranca con un listón de acción que evidencia la esencia de lo que será esta parte de la saga, donde el espectador asiste a una frenética persecución por los tejados y las calles de Estambul, una montaña rusa de acrobacias acometida con ejercitada coreografía visual. Desde su comienzo, asistimos a la hipotética muerte del agente cuando M insiste en arriesgarse a sacrificar a su mejor hombre por un bien mayor: una lista de agentes infiltrados en las mayores agrupaciones terroristas internacionales, algo que recuerda con bastantes analogías a la lista NOC (Non-official cover) del primer ‘Mission: Impossible’ de De Palma y motor fundamental del filme.
Los créditos diseñados por Daniel Kleinman envuelven e insinúan la materia de la que va a nutrirse la cinta de Sam Mendes, un caleidoscopio de las lápidas, imágenes de muerte y sangre girando en espirales o contornos femeninos sugerentes al son de una canción de Adele queriendo convertirse en la nueva Shirley Bassey ponen al espectador entre el paradisiaco entorno en el que Bond sucumbe a una vida de vicios una vez desaparecidos y la grave situación de crisis que sufre el MI6, cuyo emblemático edificio es foco de un atentado que arrastra a M a la inquisición de un órgano en el que deberá defender su alterado estatus y las decisiones de sus operaciones dentro del centro inteligencia.
El regreso de Bond se convierte en algo personal, en un deber movido por la lealtad y la supervivencia. Desde el comienzo, Bond asume que no es más que un instrumento para combatir el mal, supeditado a un superior al que, en el fondo, le debe todo. Se muestra así el componente esencial de un individuo que, pese a su heroicidad y carisma, despliega un fondo de compasión. ‘Skyfall’ gira en torno a un Bond falible y vulnerable, cuestionándose su inapelable heroísmo, cansado y desencantado con su trabajo y con la sensación de ser un agente arcaico, casi anacrónico, para los nuevos tiempos, como sucedía en las últimas novelas de Fleming, abriendo un nuevo frente para enfrentarse a su culpa y ambivalencia. Es ésa profundización en los miedos y defectos de Bond, la debilidad que va mostrando en sus misiones, lo que más destaca en el guión de Neal Purvis, Robert Wade y John Logan, entroncando el modelo esperado con una oportunidad de explorar el personaje más allá del formulismo, pero sin perder el ritmo, la acción y evitando que el público se anticipe a cada movimiento argumental. Una sutil complejidad emocional capaz de dejar a Bond a un lado para dar preeminencia a la figura de M (de nuevo corporeizada por la estupendísima Judi Dench), que no asume su responsabilidad en los fracasos del MI6 evidencia un cambio considerable.
Dentro del discurso, si algo se subraya desde el primer momento y que será el eje sobre el que orbita constantemente el filme, es su juego de contrastes entre el pasado y presente. M afirma en la película que sus métodos funcionan porque los enemigos del mundo se han movido entre las sombras, es la representación de la vieja escuela geopolítica en contraposición de Mallory (Ralph Fiennes), que ejerce de impoluto presidente de la comisión del servicio de inteligencia dentro del Parlamento y relevo a esa vetusta defensa ideológica de organizaciones como el MI6 o la CIA. También en la improbable secuencia de la National Gallery que presenta a un remodelado Q (Ben Whishaw), más joven y ‘geek’, ajustado a los tiempos que corren, Bond acierta a rebatir a su joven compañero exhortándole que a pesar de que la edad no sea una garantía, la juventud tampoco lo es en cuanto a innovación. Parece que el discurso, en ese sentido, responde a los propósitos de balance entre lo viejo y lo nuevo, por mucho que se enfatice con algunas pinceladas la situación de crisis mundial, la hipocresía política y la incertidumbre quebrantada por los nuevos tiempos que se avecinan.
Por otra parte, el villano, Raoul Silva, es un ‘hacker’ sexualmente ambiguo capaz de poner en jaque a cualquier institución o poder gubernamental que se le antoje con un solo ‘clic’. De ahí que se le haya comparado con Julian Assange, debido a que ambos suponen una amenaza contra la seguridad de los servicios de inteligencia al publicar información confidencial del gobierno a través de Internet. Es el enfrentamiento por parte de Bond a un nuevo modelo de villano actualizado. Él, sin embargo, parece moverse como un agente de campo chapado a la antigua que ironiza en una secuencia de amenaza y seducción por parte de un Javier Bardem que borda un personaje entre lo inquietante y patético, lo perverso y caricaturesco, asustando con una caracterización lograda con la habitual destreza de un intérprete de altos vuelos.
Mendes, por su parte impone en todo momento el clasicismo y elegancia innegable que se le esperaba, exhibiendo un respeto por el legado en su afán por recuperar, dentro de la novedad, guiños a la raigambre más conocida del personaje. No faltan por tanto, una amante exótica hermosa llamada Sévérine (Bérénice Marlohe), que es víctima parte y femme fatale, un plano con martini y vodka “agitado, no revuelto” e incluso la aparición del Aston Martin DB5. Además del clásico de Monty Norman sonando más que en otras entregas recientes.
La excusa ideal para que 007 regrese a sus orígenes, brindando una visión revisionista, pero innovadora. Con ello, Bond viaja al pasado, al lugar de su infancia, de sus recuerdos ocultos, a los orígenes más remotos, insuflando una nueva perspectiva a lo que ha venido siendo la clave de la pugna entre héroe y villano, en una doble disposición de la influencia fuertemente maternal que ejerce M sobre su agente predilecto y a su vez sobre el malvado ‘hacker’, que no es más que un ex agente del MI6 en busca de venganza. Sin embargo, lo que debería ser una épica confrontación entre Caín y Abel, la resolución del complejo edípico entre ambos, la estratosférica pugna entre este par de cachorros hermanados por un mismo objetivo que se muerden en el camino, necesitados de una madre que pueda perdonar sus errores y salvaguardar su redención, desluce lo erigido con una absurda linealidad que cae en la más tremenda decepción.
Incluso el maestro Roger Deakins, brillante en la creación de una estética cambiante a juego con los movimientos de Bond, decae en una operística cromática de colores mostaza producto de una explosión incandescente e interminable que irradia su belleza fotográfica a varios kilómetros de distancia y que ejemplifican un tramo final que termina por difundir la contundencia exhibida en la relativización de sus conclusiones con gran torpeza, echando por tierra todo lo acometido hasta el momento, incluyendo ese imposible giro que transforma de un plumazo a una agente secreto de campo (Naomie Harris) en una secretaria archiconocida de la saga.
Pese a todo, los logros de ‘Skyfall’ definen una cinta que evidencia que estamos ante otro soplo de aire fresco que entronca el mito de Bond dentro de su elocuencia e ingenio, del vibrante y trepidante manejo de la acción, que pone a prueba de bombas a un personaje ahora reconstruido y persuasivamente reinstalado en otros conceptos modernizados de espía al servicio de Su Majestad. Con ello, James Bond tiene vía libre para continuar siendo tan lucrativo y rentable como siempre. La resurrección del mito es un hecho fehaciente. Y que dure por muchos años.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2012

lunes, noviembre 19, 2012

'Kane', una genial obra incandescente de Paul Grist

A pesar de pertenecer a los años 90, ‘Kane’, una de las obras más reconocidas de su autor, el británico Paul Grist, continúa considerándose como uno de esos referentes a redescubrir en el ámbito del cómic que logró aunar reconocimiento de crítica y público y arrasar en nominaciones y premios dentro de los mejores certámenes del ámbito del cómic (Eisner, Eagle, Professional Comic Awards…). Parece que el tiempo no pasa para un creador que imprimió en esta obra su impronta alejada de todo tipo de convencionalismos, ilustrando y guionizando con personalidad absoluta un complejo juego con la morfología de la narración. ‘Kane’ es una modélica obra donde su grandeza de detallismo se esconde en la sencillez de un trazo que cautiva al lector desde el primer momento, estudiado desde un fin artístico y exteriorizado en la distribución de las viñetas y los contundentes dibujos.
Ubicada en el género policiaco, desde una disposición orientada a sacar partido a las posibilidades del medio tebeístico, Grist construyó una narrativa a través del arte y diseños innovadores que logró impulsar a través de las emociones y las tramas de sus dibujos, con un blanco y negro sin matices, forjando sus virtudes mediante el uso de la página y el espacio en blanco. Su historia se sitúa en el departamento de policía 39 de Nuevo Edén, una ciudad que fuera un paraíso que evocara su nombre, pero que, como todo en este mundo, ha acabado pervirtiéndose y embruteciéndose. El detective Kane regresa al servicio cuestionado por sus compañeros tras una suspensión de medio año después de matar en defensa propia a su ex compañero, Dennis Harvey, al que iba a arrestar por un tema de corrupción. Por si fuera poco, le acaban de asignar a una nueva compañera de fatigas, Kate Felix, junto a la que intentará dar caza al gran capo mafioso de la ciudad, el oscuro Oscar Darke.
Lo que caracteriza a ese Nuevo Edén es que se configura como una orbe delineada dentro de una moral desordenada y confusa, ideal como sustancia de dramas internos y humanizadores, donde Felix, pese a su creencia en la justicia y el honor, nunca ejerce como la voz de la razón ante Kane o el villano puede resultar muy cruel a la vez que humano y piadoso. El cómic amplia su profundidad con ‘flashbacks’ ciertamente solemnes, añadiendo una modélica diversidad de puntos de vista integrados como parte de la narrativa más allá de la intención del autor, sin recurrir a un solo diálogo en algunos de sus capítulos, asumiendo alteraciones argumentales deliberadas para alcanzar el realismo necesario tanto en la rutina policial como en las espectaculares persecuciones. A Grist le encanta salpicar sus viñetas con frases de ambigüedad y dobles sentidos para que el lector intuya que la criminalidad y la defensa de la ley encubren dudosas motivaciones. ‘Kane’ no necesita circunloquios ni explicaciones visuales para dar entender qué está pasando, tampoco inferir con recalcados en ese fondo metafórico alusivo a la Biblia o a la hora de referenciar y aportar ofrendas o parodias a estereotipos del género.
No es necesario que surjan nombres como David Lapham o Frank Miller a la hora buscar comparativas en sus reminiscencias del ‘noir’, enfundadas en la ironía que no deja vislumbrar esa pesadumbre que mantienen todos los personajes de la historia, permitiéndose incluso acercarse a la parodia. Por tanto, ‘Kane’ es una impredecible y enérgica obra, capaz de articular un lenguaje idiosincrático que expone del mismo modo las hazañas de este peculiar agente de la ley a la vez que las de un improbable Sr. Flopssie Whopssie, un ladrón disfrazado de conejo que no soporta que le comparen con Bugs Bunny. Se trata de un cómic policial extraordinario, una cumbre en su género que rezuma libertad por todos sus flancos con su sorprendente y fascinante habilidad dentro de un medio entregado a la mecánica visual con grandes planos generales únicos y habilidosas fragmentaciones llenas de matices.
Una genialidad que no hay que perderse.

viernes, noviembre 09, 2012

'It's alright', de Call Me John: el videoclip

Continuando el post anterior, en la noche de ayer tuvo lugar la presentación del videoclip ‘It’s alright’, de Call Me John. El mítico Bar Ciao se llenó de amigos y gente con ganas de divertirse con este estreno que fue acompañado con un estupendo concierto acústico que se marcó un grupo destinado a hacer grandes cosas en el mundo de la música. Tocaron temas inéditos, bebimos cerveza, reímos, desfasamos, vimos el vídeo varias veces y la fraternidad se consolidó en una perfecta consumación de esos factores que convierten la diversión nocturna en algo mítico. Incluso me permití el dudoso lujo de acompañarles al micrófono cuando cantaron la canción del videoclip tras una encerrona que me fue devuelta de esta forma tan maravillosa.
Fue una noche para el recuerdo, aunque parte de ella, se diluyera con los efluvios de la felicidad y la cerveza. La diversión, ese término clave que circunscribe el espíritu libre del videoclip, fue la protagonista de esta velada memorable en la que el genial Ángel Zamanillo “Zama” hizo que esta presentación fuera posible con su generosidad eterna. Tanto los miembros del grupo, Luis, Luzia, Mario, Manu y Jose como yo mismo agradecemos a toda esa gente que se acercó a compartir este acontecimiento con nosotros, así como a los que han participado en el proceso creativo del videoclip y también los que habéis dado muestras de apoyo a través de las redes sociales.
Sin más… aquí os dejo el resultado de todo esto. Disfrutadlo y compartirlo.

jueves, noviembre 08, 2012

Mi primer videoclip: 'It's alright', de Call Me John

Desde siempre he querido dirigir un videoclip. Para alguien que adora el medio audiovisual y se mete en este tipo de aventura de riesgo que es dirigir es una deuda que hay que saldar antes o después. Sobre todo si la música también forma parte de la filia constante y nutre tanto la creatividad como el desafío formativo. Me había encontrado con bandas de diversos estilos y géneros que me habían preguntado de vez en cuando si me apetecía que dirigiera algún videoclip para ellos. No se encontró ni el momento ni la conciliación para llevarlo a cabo. En ocasiones, porque no me identificaba con la esencia del grupo en concreto o no reunían la calidad suficiente para embarcarme en el proyecto y en otras, simplemente, por imposibilidad de fechas o diversas circunstancias.
A los chicos de Call Me John los conocía hace tiempo, de compartir cervezas, partidas de futbolín y charlas de todo tipo de las noches comunes en ese templo de la diversión y la dipsomanía lúdica salmantina que representa el bienquerido Bar Paniagua, local al que llevo yendo desde hace más de dos décadas. El conocimiento de su grupo llegó de forma posterior. Viven en Salamanca porque han estudiado en la universidad; tres de ellos medicina, otro farmacia y el último ciencias económicas. Luis, Luzia, Mario y Jose son portugueses. Manu, de Logroño. Se conocieron a través de la música y decidieron formar uno de los conjuntos más prometedores del panorama musical nacional. Es así de simple. Son todos muy majos y entrañables. Se hacen querer casi de inmediato. La empatía estaba establecida.
Sin embargo, cuando escuché su primer (y hasta el momento único) disco ‘Little Show’, quedé enganchado al estilo diverso de la banda. No es extraño que fuera designado como mejor LP de 2011 en Castilla-León por la conocida revista MondoSonoro. Un grupo circunscrito al rock alternativo, que podría incluirse al mal delimitado estilo llamado garaje rock y que suena creando adicción. Su música se mueve entre sonidos ‘lo-fi’ muy frescos y desbordantes de energía con una fusión y mezcla de cadencias, cambios de tiempos, tonalidades y acordes, como muestra de una música fresca y directa, con letras llenas de contenido vital. Pero si por algo se caracterizan es por ofrecer unos increíbles y potentes shows en directo, donde despliegan la esencia de un grupo con un futuro más que prometedor.
Cuando me dijeron que si quería hacer un video con ellos, no lo dudé ni un instante. Acepté de inmediato, sabiendo que podíamos crear algo muy divertido y atrevido. Al menos, tanto como sus canciones. Tras varios encuentros que acabaron en profusión de cerveza, conocimiento mutuo y que aprovechamos para forjar una sólida amistad, fuimos delimitando, primero la canción que rodaríamos y segundo un ‘brain storming’ de concepciones locas y enfurecidas sobre lo que describir y narrar en la minúscula historia de fondo de ese ‘It’s alright’ seleccionado, una canción que apenas llega a los dos minutos de duración. El espacio de rodaje sería un regalo caído del cielo y cúmulo de providencias, ya que, precisamente, el escenario sería el bar Paniagua, junto a amigos y clientes habituales que aceptaron sucumbir a la dirección de este enloquecido servidor. “¿Y de qué irá el video?”, me preguntaron en varias ocasiones. “Muy fácil”, contesté, “una sola palabra: DIVERSIÓN”.
El rodaje de la pieza musical tuvo lugar el pasado mes de julio, logrando congregar a multitud de personas que participaron en el clip. Y eso hicimos. Divertirnos. A la vez que íbamos metiéndonos dentro de la tónica propia de la fiesta nocturna local, conferimos al espíritu de la grabación todo aquello que se hace cuando uno disfruta y se lo pasa como nunca. Puedo asegurar que jamás había disfrutado, me había reído y había bebido tanta cerveza trabajando en un proyecto audiovisual. El enfoque lúdico tan arraigado a las noches salvajes de esta ciudad tienen su punto de encuentro en un ambiente de fiesta que se transmite desde dentro y desde fuera de un videoclip que contó con un equipo técnico en el que destaca mi amigo del alma y hermano, el gran cineasta Iván Sáinz-Pardo, que vino desde Munich a no perderse el evento y currar hombro con hombro y echar una mano y el fotógrafo charro Hernán Martín (presidente de AFOSAL y responsable de la foto fija y making of de ‘3665’), que tampoco quiso perderse la oportunidad de participar en él.
La espera ha acabado. Hoy se presenta ‘It’s alright’. Y lo hace en otro clásico de la noche salmantina, el Bar Ciao (Calle Consuelo, 6), arropados por el gran Zama, a partir de las 21:30, donde además de tener lugar la presentación de este trabajo, Call Me John brindará un espectacular concierto acústico a los asistentes de la presentación de este su nuevo videoclip. La entrada será libre hasta completar aforo.
Estamos seguros de que lo vamos a petar… ¿A qué esperáis? ¿Os lo vais a perder?