miércoles, 31 de octubre de 2012

Especial 'La noche de Halloween', de John Carpenter

La noche del psicópata de Haddonfield
Ya en los años 70, cuando el ‘glam’ se apoderó de los Estados Unidos y el cine porno hacía sus primeros pinitos comerciales (hermanado de alguna forma al cine de serie B en varios de sus aspectos más fundamentales), una nueva y potente hornada de directores y productores se hicieron con un hueco en un mercado internacional que les otorgaría un aura de inteligencia y rentabilidad gracias a la explotación de terrenos que hasta entonces el cine había considerado tabúes. Esta generación de cineastas creció entre cómics, el descubrimiento de la televisión y las eternas películas de bajo presupuesto (primordialmente de ciencia-ficción y de terror), tan comunes y beneficiosas en los años de posguerra. Películas que se convertirían en el génesis de la creatividad de directores como Steven Spielberg, Joe Dante, George Lucas, Tobe Hooper, Brian De Palma, John Landis, Larry Cohen... Cintas de presupuesto y medios exiguos, pero inmensas en imaginación y en intenciones de transgredir lo impuesto, para ofrecer nuevas y arriesgadas ópticas en los diversos géneros que se acometían.
Toda aquella influencia amalgamada con nuevas técnicas e inquietudes abrieron la imaginación hasta extremos anteriormente desconocidos que, sorprendentemente, eran igual de atractivos tanto para los adultos nostálgicos que vivieron aquella etapa imperecedera, como para los adolescentes más avispados con ganas de ver películas disolutas. Muchos de ellos lograron la gloria comercial. Algunos tuvieron su momento efímero, pero imborrable... Otros, empero, se han mantenido constantes en la serie B, intentando dar el salto de vez en cuando a las grandes producciones, dependiendo de la desconfianza o confianza de los peces gordos de Hollywood. Sin embargo, sólo uno de ellos se logró mantenerse en un término medio, apostando por un cine personal, consolidándose poco a poco como un mito, fraguando una filmografía tan sincera y honesta como reivindicativa. Su nombre, cómo no: John Carpenter.
La génesis del ‘psycho-killer’
Todos conocemos a estas alturas al célebre Ed Gein, el asesino en serie que sirvió, entre muchos otros, como fuente de inspiración a Robert Bloch en ‘Psicosis’ o de exacto patrón del Buffalo Bill de ‘El silencio de los corderos’ y que acuñó el término hoy conocido como ‘psycho-killer’. Sigue siendo extraño que un asesino patógeno y espeluznante haya supuesto para la cultura norteamericana un icono de modernismo referencial a la hora de inspirar los asesinos de la literatura de suspense o del cine. El germen de ‘La noche de Halloween’ no se encuentra tanto en la evocación que encuentra el asesino Michael Myers hacia Gein, sino en la idea de hacer pasar miedo al público con el modelo que siguieron adorados cineastas de culto como Herschell G. Lewis, Tobe Hooper o Wes Craven en sus clásicos del cine ‘gore’.
Era el momento adecuado para realizar una cinta de terror, los jóvenes norteamericanos estaban en plena revolución cultural y sexual y la ‘slasher movie’ era el ingrediente que buscaban los productores y el público en una sala de cine. Fue entonces cuando el productor Irwin Yablans sugirió a Carpenter rodar una película de terror de serie B sobre un psicópata que asesinara ‘babysitters’. Carpenter, ávido de nuevas fórmulas en su afán de hacer cine y en su constante afición por el cine de terror, puso su maquinaria en marcha, esta vez en colaboración con la que se establecería como inseparable pareja artística, Debra Hill, con la que escribió un sorprendente proyecto en tan sólo diez días de trabajo conjunto.
‘La noche de Halloween’ tenía un argumento simple y básico, sin grandes complicaciones. Una historia que, a pesar de su pureza, resultaba aterradora. La misteriosa y popular noche de Halloween en el tranquilo barrio suburbial de Haddonfield, Illinois, donde la multitudinaria celebración norteamericana se teñía de sangre con la aparición de un desequilibrado llamado Michael Myers, un neurótico precoz que se escapa del psiquiátrico, continuando la masacre que comenzara él mismo día 15 años atrás cuando, en un arrebato de locura infantil, asesinara brutalmente a su hermana. Este argumento formulario ya había tenido sus antecesoras en inolvidables clásicos ‘Blood Feast’, ‘La matanza de Texas’ o ‘La última casa a la izquierda’, como enunciación de la abrupta irrupción del mal en la rutina cotidiana, sin embargo, la película de Carpenter era la primera que conseguía una estética que fusionaba el suspense más ‘hitchcockiano’ con la vena ‘gore’ que estaba de moda por aquellos años; inolvidable es la secuencia inicial, con la vista subjetiva de Myers mirando a través de una máscara de carnaval, los tres asesinatos posteriores o la del clímax final con acoso en el armario al personaje de una jovencísima Jamie Lee Curtis.
Una excepcional obra fundacional
El filme de Carpenter simboliza una película de carácter fundacional, que atribuía sus intenciones a un halo de posmodernidad no buscado, en el que su axioma sangriento se va licuando por su perfecto sistema de coordenadas y métodos del análisis intencional y fílmico que propone Carpenter, en el que la exploración del suspense y la insinuación se superpone a lo explícito. Tal vez ahí es donde la recreación narrativa del cineasta aporte su mejor y más reconocible estilo, armonizado en el tiempo de prórroga y expectación, donde los puntos de vista cambian según se adapten a la atmósfera y a la cadencia fílmica impuesta por su creador. Carpenter lo condiciona también a la escenificación, a la música o la gran aportación fotográfica de Dean Cundey. ‘La noche de Halloween’ sabe sacar partido a la incertidumbre provocada por la prolongación de algunos instantes en los que juega con los clímax hasta lograr la inquietud y el recelo, haciendo que lo evidente pase a una esfera de abandono, proponiendo que incluso el espectador se meta en la piel del asesino de forma velada y malintencionada para crear un sentimiento de agobio casi metalingüístico.
El filme encuentra asimismo varios puntos de crítica contra la sociedad del momento, con un sedimento acusador hacia varios elementos del país en aquellos tumultuosos años, como la desaprobación y censura general a tanta libertad sexual en la juventud sedienta de experiencias iniciáticas, la inacción del momento, simbolizada en esos vecinos que ignoran a Laurie, herida y atacada por Myers, cuando ésta acude a llamar muerta a su puerta que remite al caso real de Kitty Genovese, una mujer de Nueva York apuñalada hasta la muerte cerca de su casa en Kew Gardens ante la pasividad de sus vecinos, que contemplaron el espeluznante caso sin mover un solo dedo, lo que provocaría el llamado “efecto espectador”. También hay una invectiva velada a la tecnología en el hecho de que una de las víctimas de Myers muera estrangulada con un cable de teléfono… Carpenter y Hill tenían una idea clara: mostrar a ese asesino como una creación de la sociedad que se vuelve contra ella.
‘La noche de Halloween’ se rodó a mediados de 1978 de forma fulminante, acabándose en sólo mes y medio (incluida post-producción). Durante el rodaje ningún miembro del equipo técnico cobró, excepto Donald Pleasance, que ya que tenía un reconocido caché debido a sus apariciones en películas importantes, casi siempre en papeles secundarios. Había una eufórica sensación común que devino en actitud esperanzadora. Todos intuían que su Halloween fuera un éxito en taquilla. Nada más lejos de la realidad. Cuando se estrenó, fue un rotundo fracaso. Todos los miembros del equipo, con Carpenter a la cabeza, se llevaron la mayor decepción de su vida. Las esperanzas puestas en una película generada para las generaciones de adolescentes sedientos de sangre en la pantalla no se consolidaron en absoluto.
El cineasta y la productora dieron por perdido un proyecto en el que habían puesto lo mejor de sí mismos. Pero, incomprensiblemente, cuando se reestrenó al año posterior, coincidiendo con la noche del 31 de octubre, festividad de Halloween, el público acudió en masa a presenciar la obra que lanzaría internacionalmente a su director. Y no sólo eso, sino que, además, la película de Carpenter se convertiría en la cinta independiente más rentable y taquillera de la historia del cine, levantando una auténtica fiebre en todo el país.
Un icono llamado Michael Myers
También pasó a los fastos cinematográficos por ser la precursora de toda una generación de perdurables ‘psycho-killers’, cuyos creadores vieron en Myers un progenitor y modelo de psicópatas como Jason Voorhes, Freddy Krueger, Pinhead, Candyman o Ghost Face... Myers pasaría a ser de dominio colectivo, plagiado hasta la extenuación. ‘La noche de Halloween’ se mostraba al espectador como una estilizada muestra de sofisticación, de acabado perfecto y con un dominio de cada aspecto formal que concedía a esta sublime obra el privilegio de ser una de las pocas películas que lograban un objetivo hoy inalcanzable: el terror como sensación de la que no se puede escapar.
La construcción de la atmósfera, el ritmo narrativo con la dosificación perfecta de las apariciones (muchas de ellas subjetivas) del asesino del barrio, su inclinación hacia una violencia apenas sangrienta, pero filmada con contundencia o esa respiración ahogada y constante son algunos de los elementos que invocan a una película que, con los años, ha ido configurándose como un clásico a la vez que ha adquirido cierta inocencia debido al automatismo violento al que el público actual está acostumbrado. De alguna forma, Carpenter estableció con ‘La noche de Halloween’ los tópicos y clichés del cine subsecuente, estructurando las particularidades del cine de terror venidero, donde el susto, la conmoción marcada por un ‘score’ inmediato y pegadizo o la emoción contextual llena de texturas y miedo atávico formularon algunas de las virtudes de este clásico del género.
En ‘Halloween’ el mencionado Donald Pleasance que encarnaba al Dr. Loomis, un personaje adyacente al profesor Van Helsing de Bram Stoker y homenaje declarado al personaje de John Gavin en ‘Psicosis’ y la estupendísima Jamie Lee Curtis como la joven estudiante Laurie Strode son el eje fundamental en la lucha por la supervivencia contra el asesino sin escrúpulos. Con un ‘tempo’ unitario (todo transcurre en la citada noche), los violentos y estudiados planos y la calmada dimensión estética se rompían con la mala hostia de las secuencias cumbres en la que todo está tan afilado. Uno de los aspectos más sobresalientes del filme fue, como casi siempre, la música compuesta por el propio Carpenter, que le confirió a la totalidad del filme un característico ‘leitmotiv’ imposible de olvidar. ‘La noche de Halloween’ ganó el Gran Premio del festival fantástico de París, así como el del prestigioso festival de Avoriaz.
Una obra de culto y un clásico a la altura de cualquier obra maestra de cualquier otro género y que es una de las películas más recordadas y entrañables de este perspicaz cineasta. Carpenter se convirtió, por méritos propios, en cineasta de culto gracias a la película que marcó una era en el género de terror y en gran medida, la carrera del propio director. ‘La noche de Halloween’ no es una película ‘splatter’, como algunos han querido ver, pero sí origen de una retahíla de títulos genéricos que han pasado con letras de oro a la historia del cine ‘gore’, pero sobre todo a la genealogía de la ‘slasher movie’, donde sigue siendo una referencia inevitable.

viernes, 26 de octubre de 2012

PES 2013: La falta de respeto de Konami

Hace más de un mes desde que saliera el esperado PES 2013. Las expectativas eran altas, puesto que la Demo aparecida allá por julio hacia presagiar algunas de las mejoras más necesarias en esa espiral de incremento hacia un juego total que la empresa asiática de Seabass ha ido imponiendo por mantener su sello e idiosincrasia. La verdad es que las mejoras han sido evidentes sobre su antecesor. Las avances de movimientos, su jugabilidad, la IA interna, los desmarques del jugador sin balón, el realismo de los pases, las oscilaciones estratégicas, la incorporación de estadios reales de toda la BBVA y parte de otras ligas internacionales, el afinamiento de imperfecciones relacionadas con el portero o la física de un balón totalmente análogo a la realidad… no representan los alicientes necesarios para hablar bien del juego.
¿Podríamos haber asegurado que este PES 2013 es el mejor de su generación? Podríamos, sí. Es más, lanzando argumentos y analizando con detalle todos estos adelantos. No va a ser así ¿Qué ha sucedido? Konami, siempre tendente a incluir alguna chapuza en sus lanzamientos globales, este año ha incurrido en una terrible negligencia que ha cabreado hasta el insulto a gran parte de los habituales defensores del juego. Obstinados en sus mejoras online, en facilitar todo tipo de accesibilidad a los que juegan entre ellos de forma alienada dentro de la Red, no ha tenido en cuenta a los miles de jugadores que aplican este juego para su ocio colectivo compartido. Todos sus esfuerzos se concentran en mejorar la experiencia de juego en línea en una de las peores decisiones perpetradas en la peor estrategia comercial vista nunca en Konami.
Es decir, que todos aquellos que quedamos habitualmente para jugar con familiares y amigos nos hemos llevado la decepción más absoluta cuando descubrimos que los lumbreras de Konami han extirpado sin aviso las opciones Liga y, sobre todo, Comunidad, que impide jugar Copas y Ligas mano a mano con alguien que no sea virtual a tu lado, compartiendo una cerveza, echando unas risas, visualizando estadísticas, derrotas y victorias, goles, etc… Los nuevos tiempos imponen un juego de frialdad absoluta contra rivales sin rostro. Y para colmo, crean MyPES, una aplicación de Facebook que permite analizar resultados y competir con amigos en un ránking particular ¿Qué demonios es esta parida? Es el futuro que nos espera. La muerte de la interacción en este tipo de pasatiempos. Es lo que fomenta un juego que está haciendo que los valedores de su sistema y características estén optando por abrazar el juego estrella de la competencia. El simulador de fútbol es el mejor, vale. Pero… ¿para qué cojones queremos un juego que no vamos a poder compartir con nuestros amigos? ¿Es ésta vuestra oferta?
Se considera, por tanto, muy lamentable esta acción. Tanto es así como muchos no dudan en referirse a ella como un fraude que ha supuesto este imprevisto para aquellos que se han dado de bruces con esta decisión que, por ahora (y sin perspectivas de cambio), no tiene solución. Miles de usuarios se sienten estafados por la actitud irresolutiva de unos responsables que, sin tener mucha idea de lo que representa lo colectivo y lo grupal y de lo que suponen este tipo de juegos, han infringido la peor de las incurias: se han reído en la cara de todos aquellos fieles que, lógicamente, consideran que ya va siendo un cambio cambiar de aires. Cuando mejor lo tenían para solidificar su posición como líderes dentro de los simuladores de fútbol, cuando PES abría una línea de progreso espléndida, prefieren hacerse el harakiri y despreciar a los jugadores. Si no hay solución inmediata, Konami habrá terminado de perder el respeto a sus compradores y pasará a sufrir el enfado de millones de usuarios que no volverán a confiar en el adictivo juego que detuvo su evolución por una solución absurda, mal pensada y peor ejecutada.
Este año, PES 2013 simboliza la desilusión y la contrariedad de los que siempre les hemos respaldado. Esto se acabó. La esperanza queda puesta en la marca de juegos deportivos 2K Games… ¿A qué esperáis para haceros con este mercado? Las alternativas son volátiles y, a la vista, bastante mediocres. Es el momento de llevaros todo el pastel de los juegos de fútbol.
Konami parece que lo está deseando.

martes, 23 de octubre de 2012

Review 'Lo imposible (The Impossible)', de J.A. Bayona

El emotivo equilibrio entre catastrofismo e historia familiar
La historia de supervivencia de J.A. Bayona consigue conmover con una experiencia concreta dentro del descomunal sufrimiento que provocó el tsunami que azotó Asia en 2004.
J.A. Bayona ha conseguido con ‘Lo imposible’ un récord absoluto de taquilla en sus primeros días de exhibición en nuestro país. Su maquinaria comercial encomiable y patrocinio ejemplar de mercadotecnia estudiada han dado como consecuencia el fenómeno de masas que está suponiendo la segunda cinta dirigida por el cineasta catalán. Todo un paradigma de operatividad consecuente de lo que debería ser la normalidad dentro de nuestro cine. La realidad es bien distinta, pese a que a final de temporada la estratosférica recaudación del filme deje unos números que hagan albergar algún tipo de expectación respecto a la salubridad del cine patrio.
El 25 de diciembre de 2004 un catastrófico tsunami asoló las zonas inmediatas a Indonesia, Tailandia y la costa noroeste de Malasia dejando más de 300.000 personas muertas y otras tantas de miles desaparecidas. Esta tragedia es el objetivo de ‘Lo imposible’. A través de la adaptación a la ficción de los acontecimientos que rodearon a la familia española Álvarez Belón, supervivientes reales del tsunami, se traslada a la gran pantalla su terrible experiencia mediante otra familia modélica, compuesta por un británico empresario, su esposa y sus tres hijos pequeños para dar arranque a la acción con la llegada a una urbanización de bungalows de lujo en Khao Lak, en Tailandia, sin faltar algunos recalcados de idoneidad con los que se esculpe la cercanía e identificación con cada uno de ellos. Todo es idílico; la relación entre los padres, la educación de sus hijos, una Nochebuena con globos de luz en la nocturnidad de una playa paradisíaca y un despertar en el que Santa Claus deja regalos para todos… hasta la llegada del terror, de la ola que marcará sus vidas para siempre.
De repente, el espectador se sumerge con los protagonistas dentro de la inclemencia de una situación que impone su lógica realidad con una impoluta dramatización de los eventos, con una inclinación minimalista, sin perder la austeridad ni ejercer aspavientos grandilocuentes ni espectáculos innecesarios. Mediante unos efectos a medio camino entre realidad reconstruida y el CGI de altísimo nivel que podría calificarse como proeza técnica, la ola que se come literalmente a todo lo que desfila por la pantalla y desaparece bajo un poder recreado con tintes de terror análogo a lo que es un movimiento sísmico de esta magnitud ejerce tal fascinación y angustia, arrastra al público la narración posterior de este impresionante golpe de efecto.
‘Lo imposible’ comienza su periplo como una película de catástrofes donde los hiperbólicos desastres se dan cita interrumpiendo de forma devastadora un paraje y una situación placentera que aboga por diseccionar esas imágenes de destrucción en un primer tramo de absoluto deslumbramiento visual. La abrumadora verosimilitud está mostrada con destreza a la hora de implicar al espectador dentro de ese terrorífico suspense cuidadosamente diseñado, sin ahorrar detalles ni pensar en el ojo aprensivo, como esa pierna de la que cuelga un enorme trozo de carne que culmina el terror absoluto que ha provocado la sensación de ahogamiento hasta mostrar el caos que espera en la superficie y que seguirá sucediéndose con varios instantes de realismo riguroso e incómodo.
Bayona orquesta con ello una narrativa puesta al servicio de un constante vendaval de imágenes y sensaciones sentimentales que van y vienen, que golpean y arrastran a una maraña de ramas y detritus que serán la esencia y resorte de la acción y del drama. Una vez pasado ese mal trago en el que destaca la admirable utilización del sonido como elemento radical de la conmoción, tanto al cineasta como a su guionista, Sergio G. Sánchez, lo que les interesa es que, más allá del horror natural, de la catástrofe de ese infierno real, la consecución y vivencias se transmitan desde la perspectiva de los ojos infantiles de un niño que experimenta el final de una infancia abortada por la fortaleza que emerge desde el mismo fango de la pesadilla.
Es lo que deja en un prisma opaco, de forma intencional, del descomunal sufrimiento de los oriundos de las zonas afectadas y demás víctimas, porque ‘Lo imposible’ habla de una experiencia concreta, a partir de la historia de supervivencia de una familia diseccionada por el tsunami destinada a sufrir para reencontrarse. No obstante, se atribuyen ciertos valores metafóricos respecto a la maternidad, la unidad familiar frente al desastre, a la muerte y la diatriba psicológica y física que golpea a los protagonistas en esa constante búsqueda que pretende remover el sentimentalismo del público entre hospitales atestados de heridos, légamos con olor a muerte y refugios improvisados.
La grandeza de una fantástica dirección a cargo de Bayona no queda exenta de cierta manipulación emocional, de intercambios melodramáticos, interludios dolorosos y cierto juego sentimental con algún pasaje ligeramente insostenible que se van dando progresivamente en esta aventura de compasiones, desconsuelos, encuentros y desencuentros con una intención comercial característica del ‘blockbuster’ que representa. A cambio, el director sabe sutilizar el tremendismo, sujetando los atisbos de sensiblería a los mecanismos del drama que vincula la tragedia con el relato, nunca al revés.
Ni siquiera cuando toca ofrecer una lección sobre la elevación del sacrificio del ser humano, cuando se trata de ponerse en la piel de otros en momentos de desesperación y más aflora el sentimiento de solidaridad y el sentido de humanidad, sabe acercarse con delicadeza a una simple llamada de teléfono como catarsis del dolor o a un niño gritando nombres entre camas sumidas de tragedia que encuentra la recompensa de un encuentro, como el desencadenante de un regusto agridulce en su clímax, tan complaciente como traumático en un futuro a largo plazo, lo que invalida el ‘happy end’ con ese último plano de la zona afectada y desolada por la fatalidad.
Y es precisamente la relación de equilibrio entre lo monstruoso de la catástrofe colectiva y la pequeña historia familiar con tono de ‘tearjerker’ (película de kleenex y lágrima viva), lo que consigue que el drama de esa separación e incertidumbre de la lejanía que sufre la familia entre sí confiera a la narración, a priori previsible, un incremento del dolor de la ausencia, del temor a la pérdida que ahoga las esperanzas de los integrantes de una estirpe sin llegue a verse afectado por el exceso, aunque dependa de él para lograr sus propósitos en todos los sentidos.
‘Lo imposible’ está ejecutada con un inmutable sentido del propósito, buscando desde el primer instante que el sufrimiento desesperado descubra su éxtasis lacrimógeno en la fuerza irrefutable del emotivo e imposible reencuentro bajo las circunstancias de concomitancias expuestas. En ése sentido, la película de Bayona es una cinta convertida en una experiencia en sí misma, que incluso escapa a cualquier discurso existencialista (a excepción del sobrante cameo de Geraldine Chaplin y su teoría estelar), al estipular el fondo del destino a la crudeza de la suerte como factor desencadenante de la historia, la misma que deja a Dios o cualquier planteamiento pseudoteológico de la providencia (que hubiera sido lo fácil) sepultados junto a los miles de muertos que quedan bajo el horror del tsunami.
Desgarradoramente actuada por parte de una poderosa Naomi Watts o el gran factor de ensamble de los personajes en que se convierte el joven Tom Holland, junto a los demás intérpretes que dan vida a los miembros de la familia encabezados por Ewan McGregor, marcan un tono de intensidad a la hora de mostrar la capacidad para sobrevivir a los desafíos físicos extremos. Una película que vehicula sus intenciones estéticas a través de la estupenda fotografía de Oscar Faura, la fuerza musical (a veces con exceso de subrayado dramático) de Fernando Velázquez y la prodigiosa dirección de producción, como atributos necesarios para que la vivencia cinematográfica resulte conmovedora e impactante. ‘Lo imposible’ consigue que el público se vuelque con las emociones a flor de piel en un cuento de supervivencia tan hábilmente conducido hasta los objetivos comerciales de unos responsables que pueden sentirse orgullosos de haber creado una película única.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2012

lunes, 15 de octubre de 2012

El metafórico salto de Baumgartner

Ayer a las 20:05 el mundo que seguía a Felix Baumgartner en su enloquecido desafío de batir varios récords en un salto al vacío desde una distancia descomedida y estratosférica mantuvo la respiración antes de verle caer a ese caos que llamamos mundo. A más de 39.000 metros de altura todo debe parecer minúsculo. Logró rebasar la barrera del sonido sin propulsión a una velocidad de 1.341,9 kilómetros por hora. Bajo la atenta mirada de millones de personas que siguieron la gesta épica en directo a través de televisión y sobre todo Internet, el paracaidista austríaco logró aunar la atención de la tarde del domingo en una temeraria pugna contra los elementos amparada por la marca de bebida que te pone a cien con el antisalubre efecto de la taurina: Red Bull Stratos.
Joseph Kittinger, un ex capitán de las fuerzas aéreas que en 1960 también se arrojó desde una altura de 31.000 metros, iba instruyendo a Baumgartner, consciente de la dificultad del reto. La intrepidez alcanzó cotas de tensión dignas del suspense de una película de ficción, destacando el instante en que la escotilla se abrió dejando ver el espacio exterior y cómo la cápsula se tambaleaba antes de producirse el salto. Esos segundos de reflexión ante la atónita mirada del espectador, que había esperado dos horas y treinta y seis minutos, llegó a su culmen cuando vio cómo el cuerpo del paracaidista caer a la nada haciendo de la hazaña una realidad.
Fueron cuatro minutos y treinta y diecinueve segundos de caída en los que vimos durante unos segundos al heroico insensato dar vueltas sobre sí mismo como si fuera un muñeco. Kittinger lanzaba una súplica que dejó al mundo en vilo “sigue hablando”, repitió un par de veces. De repente, Baumgartner se convirtió en una metáfora del mundo que le veía, de la economía que ahoga a los débiles, de los problemas contra los que luchan aquellos que son tan volubles como él en esos instantes de pánico en los que ha reconocido que estuvo a punto de perder el conocimiento.
Felizmente, logró reconducir su cuerpo y estabilizarse antes de abrir el paracaídas que le depositaría en tierra firma sano y salvo, consciente de que, por un día, era la persona más popular del planeta consiguiendo saltar desde el escalón más alto del mundo. Esperemos que los tiempos procelosos que nos amenazan y ahogan sigan el mismo camino de éxito y propósito cumplido que el de este obstinado saltador, porque a decir verdad, ahora mismo estamos cayendo de forma similar, pero sin ayuda de patrocinadores, sin seguridad médica y lo que es peor, sin paracaídas.

martes, 9 de octubre de 2012

Imfdb (The Internation Movie Firearms DataBase): arsenal de armas cinematográficas

Hay cierto tipo de gente que cuando ve una película no se fija en la sutileza del movimiento de cámara, la intención del encuadre o de la utilización de la fotografía para subrayar un propósito narrativo. Todo el arte queda en un segundo plano. Muy menudo, surge esa tipología de espectador que se obsesiona por descubrir fallos de ‘raccord’, objetos que aparecen y desaparecen, de reflejos o vestuario cambiante. En las películas es normal que se den anacronismos o saltos de continuidad de montaje, pequeñas sutilezas imperceptibles para el ojo de cualquier espectador, pero que sirven para dejar en evidencia las dotes minuciosas de un director y su ‘script’.
No obstante, hay una categoría dentro de ése público con morbidez detallista que llama la atención de entre todas las demás. En estados Unidos todo ciudadano yanqui posee el derecho de tenencia, uso y transporte de armas de fuego para su utilización deportiva, como método de defensa e incluso con cariz cinegético. La controvertida libertad que se deja 9.500 víctimas al año por arma de fuego no es óbice para que el mundo de las armas de fuego continúe siendo un universo tan atractivo como peligroso.
El caso es que hay peña obsesivamente convulsiva que adora este inframundo armamentístico de halo tan atractivo y heterogéneo con olor a pólvora. El cine se encargado, en gran parte, de divinizar ese halo seductor y perverso que convoca un arma en pantalla, casi imprescindible en determinados géneros en los que la violencia de disparo, una amenaza o un tiroteo se hace indispensable. Existe en la red una página imperativa para todo aquellos para los que las armas de fuego convoquen una devoción apasionada. La atracción por este extensísimo catálogo de armas de repetición, semiautomáticas y automáticas que incluye una lista insondable de calibres, balas, alcance y cadencia, milímetros, cargadores, ocultaciones, funcionalidades, antiguayas o de última moda técnica y militar… tiene su cúlmen en ese santuario llamado Imfdb (The Internation Movie Firearms DataBase), una antológica recopilación de armas de fuego en el cine.
Dentro de este site, podemos pasarnos horas buscando fichas de películas que recogen todos y cada uno de los modelos de armas que aparecen en ellas, puntualizando el instante exacto del filme en que se ve el arma en forma de captura a máxima resolución, con una relación descriptiva del modelo y las características de cada una. La web identifica cualquier pistola, fúsil de asalto y de precisión, minas antipersona, UBGL, ametralladora ligera, lanzacohetes, granadas de mano, lanzamisiles… Todo un universo sugerente y meticuloso que provocará que en las conversaciones cinéfilas, más allá de intenciones estéticas o argumentales y críticas baladíes, uno pueda apostillar con precisión que en tal o cual filme uno de los personajes dispara con un M4, un Browning, un FN FAL, un Thumper, un Sturmgewehr 44, un M24 SWS con la mítica Beretta 92F, una Smith & Wesson 64 o una Glock 17.
Un submundo apasionante que crea adicción y filia.