miércoles, 29 de agosto de 2012

Trigésimo Aniversario de ‘La Cosa (The Thing)’, de John Carenter: la monstruosidad de lo informe

‘La Cosa’ supuso la primera película para un gran estudio encomendada a John Carpenter. Universal accedió a que el director mantuviera un control creativo en la producción y montaje de una arriesgada cinta que convergería en la aparente idea del cine independiente de un cineasta acostumbrado a jugar con pequeños presupuestos con la búsqueda de un gran público poco acostumbrado a platos del desabrimiento y la calidad cinéfila del cine de autor. Antes, el filme fue ofrecido por la ‘major’ a Tobe Hooper, pero éste la rechazó por estar comprometido con Steven Spielberg y ‘Poltergeist’, cinta que se estrenaría el mismo año que ‘La Cosa’. Con el principio de los 80 llegó la gran oportunidad para Carpenter de volcarse en una historia que siguiera la estela de Howard Hawks. Dentro de su filmografía, en reiteradas ocasiones, el seguimiento reverencial, siempre impoluto y traslúcido, ha sido un signo evidente en la forma de concebir sus historias a través de esencias de ‘westerns’ anexos a la ideología de cineasta clásico. La horma temática fue una referencia fílmica del género como ‘Enigma de otro mundo’, cinta dirigida por el propio Hawks junto a Christian Nyby.
Carpenter agudizó su disposición al género fantástico ofreciendo con ‘La Cosa’ la que sería su obra maestra y la cinta más decididamente transgresora de este mítico autor. La jugada demandada por el estudio no coincidía con el propósito del cineasta. Universal esperaba un artefacto comercial que pudiera hacer sombra a los grandes estrenos del momento, más afín a las exigencias de un ‘target’ que veía sus deseos satisfechos en la eclosión de aquella generación que concebía el Séptimo Arte como una forma escapista y diferente de entender el cine de entretenimiento y que germinó con los productos de la Lucas Ltd. y, sobre todo, de la Amblin Entertaiment de Spielberg. Este hecho parecía no importar a Carpenter. Para él era una oportunidad única de engrandecer y acentuar la misma idea liberal y virtuosa de su intención cinematográfica, asentada en la autonomía creativa, sólo que en esta ocasión con mucho más dinero y más riesgo en el compromiso con su propio concepto revisionista de los géneros.
Así Universal le confío un aparente ‘remake’ que se destacó de su antecesora por mantener una fidelidad casi tangente a la suma obra de J.W. Campbell ‘Who Goes There?’, publicada en 1938. ‘La cosa’ supone por entonces el más esperado y nostálgico encuentro del director con un género dominante en los años 50 y 60 de la ciencia ficción de serie B que sirvió, en gran medida, y con cierta subversión argumental, para que los monstruos y extraterrestres llegados del espacio provocaran el miedo comunista de los americanos a las faldas de McCarthy. Alimentada la efigie amenazante gracias a la literatura ‘pulp’, ejemplificada en las inolvidables ‘Argosy’ o ‘Astounding Stories’, la mitología generada por esta alocada y sinuosa tendencia literaria y cinematográfica dio como resultado la conocida como ‘space opera’, en la que entraba a formar parte el clásico de Howard Hawks y Christian Nyby ‘Enigma de otro mundo’ (que ya homenajeara en su éxito de taquilla ‘Halloween’), la historia de los ocupantes de una estación polar deben enfrentarse con un ser procedente del Espacio Exterior dado a alimentarse de sangre.
Alejándose de aquella, pero, sin perder su referencia y espíritu, Carpenter realizaría una rotunda obra con una descontrolada profundidad en la angustia narrativa, donde la tensión de cada instante está adaptada a un argumento que refuta con total propósito el efectismo y el susto a golpe de impacto musical. Los créditos ya dejan vislumbrar que nada va a ser lo que parece. Una nave espacial surca el espacio con el designio de la Tierra demarcado en sus propósitos de aterrizaje. El arranque nos sitúa en el frío, gélido y solitario Polo Sur, en la Antártida. A través del desierto de nieve, un perro de raza Huskey avanza raudo huyendo de algo. El animal hace pequeñas pausas para mirar desafiante a un helicóptero que parece seguirle desde las alturas. En ese momento, uno de los componentes que le persigue dispara sobre él varias veces.
Alternando la persecución del helicóptero noruego que intenta eliminar al animal, se presentan las primeras escenas del grupo que recrean con énfasis la soledad y el aburrimiento de los hombres de la Estación 4 del Instituto Científico de los Estados Unidos. El que será verdadero protagonista de la trama: MacReady (el mítico Kurt Russell), se sirve un JB mientras mantiene una partida de ajedrez contra un ordenador, hecho que no hace más que presagiar la excesiva individualidad de todos los miembros del equipo. Alentados por el ruido del helicóptero, todos salen a ver a qué se debe tanto ajetreo. Tras un fortuito accidente en el que el helicóptero explota por los aires cuando aterriza, uno de los noruegos persiste en su intento de eliminar al perro, hiriendo a uno de los hombres del destacamento gritando enardecido (en noruego clama “Detenedlo, viene del infierno. No es un perro, es una imitación, es una Cosa imitándolo. Destruid al perro u os llevará al infierno, malditos idiotas”). Ello provoca que caiga abatido por un certero disparo. Es el principio de la pesadilla.
Uno de los elementos que hacen de sus primeros minutos inquietantes, por supuesto, es la presencia de ese extraño perro, sus movimientos perfectos, controlados por la cosa, vigilando cada movimiento y explorando cada rincón y las personalidades de todos los compañeros de investigación. El perro es la semilla del particular y amenazante modo de presentar el estado de angustia que vivirán los integrantes del grupo científico con respecto a lo que aparentemente no representa ninguna amenaza. Para ello Carpenter cuenta que encontró a uno de los mejores actores con los que ha trabajado nunca. Se trataba de Jed, un Huskey del cual el cineasta siempre asegura que respetaba obedientemente las marcas y actuaba mejor que muchos de los intérpretes protagónicos.
El éter confuso y claustrofóbico que provoca la Antártida y la soledad y el contexto que rodea la acción crea la atmósfera perfecta para la paranoia y la desconfianza. Carpenter juega con ello a crear estados en los que la agonía y la suspicacia instituyan un ambiente asfixiante y sin salida, donde el destino tiene un claro matiz de tragedia, de acusaciones y recelos que llevaran a la destrucción del grupo, de su aburrida cotidianidad hacia una fatal providencia.
Uno de los más loables y reconocidos elementos que hacen particularmente inquietante a ‘La Cosa’ es la notable presencia y perfección de los efectos especiales de maquillaje creados por Rob Bottin y que superpone su departamento a otros dentro del filme por la genial capacidad de conversión que logró darle a la criatura para transformarse en las más inimaginables y desagradables aberraciones. Carpenter, desde el principio, incidió especialmente en este terreno. La particularidad con otros estrenos de aquella época es que, junto al guionista Bill Lancaster, trabajó durante la adaptación de la obra de J.W. Campbell codo a codo con Bottin (sin olvidar al técnico de FX Albert Whitlock), para planificar todo el entramado que supuso crear las secuencias más crudas y sangrientas de la metamorfosis del ente en monstruo a partir de ideas del técnico de efectos especiales de maquillaje.
Con este tema cubierto, había que trenzar el sobresalto de esta inquietante película que deviene en la ampliación de un ambiente tan angustioso como vasto, describiendo sutilmente los miedos que se extraen de lo más profundo de los personajes y que, de forma indisoluble y etérea, concluyen en la materialización de un monstruo mutante, que cambia de forma según avanza la trama. Contra todo pronóstico, Carpenter logró con ‘La Cosa’, a la hora de realizar una nueva versión de un clásico del cine fantástico, olvidarse totalmente de Hawks, de su filme y de sus simbología, para llegar a realizar, con una inteligente sublimidad, una historia más que coherente, en concordancia con su previa y ulterior filmografía, pródiga en obras de culto.
El as escondido de Carpenter es que, mientras la Universal desembolsaba una gran cantidad a modo de inversión, éste fue eludiendo sagazmente la idea primigenia de realizar una película familiar (objetivo de la productora) hasta convertirla en lo que es hoy. Obviamente, la jugada no le salió como esperaba. ‘La Cosa’ fue un fracaso estrepitoso que le costó una excesiva cuantía a la compañía. Resulta que un par de semanas antes, se estrenó en Estados Unidos la entrañable ‘E.T. El extraterrestre’, de Steven Spielberg, el fenómeno comercial del comienzo de década y la cinta que arrasó en taquilla durante meses en 1982.
La evidencia del mensaje del maestro Carpenter era la antítesis del asimétrico alien cabezón del Rey Midas, por lo que el público, la crítica y los moralistas yanquis no dudaron en calificarle como “pornógrafo de la violencia y de la sangre”. Sin embargo, Carpenter no sólo lo pasó mal con aquella tortuosa experiencia comercial de la que él (y muchos de sus seguidores) cree que es su mejor aportación a la historia del cine, sino que dadas las elevadas temperaturas que sufrió el equipo de ‘La Cosa’ (40 y 50º bajo cero), el director sufrió un principio de cáncer de piel que arrastró durante décadas y que ha dejado en él unas secuelas físicas evidentes en su extrema y delgada figura y que superó, tras varios rumores de empeoramiento, hace ya algunos años.
La vigorización de un clásico irrefutable
La verdadera esencia del filme no está, por tanto, en la excesiva visceralidad con que el cineasta muestra los momentos más sangrientos y repugnantes, sino en la evolución interna de cada personaje, de sus susceptibilidades ante la amenaza del propio entorno. En ese aspecto, mucho más intenso de lo que pueda parecer, es dónde reside el terror verdadero de una película irrepetible. También, y al contrario que en ‘El enigma de otro mundo’, en ‘La Cosa’ no existe ningún elemento femenino, lo que hace más dura la convivencia entre los integrantes del solitario puesto científico perdido en la Antártida. En un principio Carpenter iba a incluir a una mujer en el grupo de científicos para acercarse aún más a la novela, pero desestimó la idea por el potencial de desconfianza humana que explota entre un grupo de hombres que llevan varios meses alejados de la civilización y que, en muchos de los casos, ni se soportan.
La única presencia femenina en la película es la voz que surge del ordenador con el que MacReady juega al principio de la cinta. Se filmó una secuencia en la que dos de los miembros del grupo discutían acerca del turno sobre una muñeca hinchable que servía como paliativo del frío y la soledad del Polo, pero se suprimió en la sala de montaje. El aislamiento y separación de la civilización es absoluta. Además, Carpenter propone a su vez una perspectiva cínica respecto a la amistad y a la colaboración, pero sobre todo al héroe y sus recursos. La manumisión que existía en el clásico de Nyby y Hawks en el puesto ártico cercado por la amenazadora forma extranjera de la vida servía para que todos se unan en la lucha contra la causa común, refrendando la cooperación entre ellos. Apartándose de estos conceptos referentes de género, en los que se podía percibir un claro alegato de solidaridad en los años de la Guerra Fría, Carpenter optó por todo lo contrario, por una perspectiva cínica en la que el apoyo es nulo y se sustituye por un instinto de supervivencia y egoísmo. No sólo por parte de los miembros del equipo ártico, sino por ese extraterrestre que apesadumbra sus vidas y que no hace más que intentar sobrevivir como sea. Todos son seres coherentes, no hay malos, ni buenos. Ni siquiera el bicho que anida en varios segmentos dentro de ellos. Una vez que la Cosa es descubierta por Blair y el conocimiento de las consecuencias que puede traer consigo la locura y los ataques entre el mismo colectivo se ven incrementadas de forma atroz.
Si bien no hay un líder entre los diez integrantes de la Estación 4, el que mejor conforma el antihéroe de Carpenter es, como no, MacReady, definido desde un principio como un hombre cauto, solitario, especulativo y con capacidad de liderazgo. Ese final junto a Childs, inconfeso homenaje a ‘Casablanca’, nos muestra a un hombre incorruptible y ejemplar que acepta la muerte de una forma templada y resignada. Esa individualidad queda manifiesta en el modo de vivir del equipo de campamento, ya que mientras estos juegan al ping pong, escuchan música y fuman marihuana, MacReady vive en un puesto apartado, reflejando la tendencia misantrópica de guardar la distancia ante sus compañeros, siguiendo la mejor y más coherente táctica de conservación, una perspectiva vital que es una seña en los protagonistas del cine de Carpenter. La verdadera naturaleza de la Cosa procede de una época muy antigua, de millones de años según los noruegos, cuando la nave espacial del prólogo llega a la tierra, siendo sepultada bajo los fríos hielos polares. Sólo la curiosidad y la ambición humana perfilada en la ciencia moderna son los causantes de la liberación del extraño ente. Es la peculiar forma de que el hombre abra la temible ‘Caja de Pandora’ que se esconde bajo el hielo.
La Cosa como ente no representa, como en otros títulos de Carpenter, el Mal en estado puro. Sí personifica, por el contrario, la amenaza que cerca en un mismo entorno a personajes destinados a aguantarse, cercados por la situación y susceptibles ante el peligro. Como se ha especificado, el bicho sólo busca, al igual que los miembros del equipo científico, mantenerse con vida a las condiciones adversas, equiparándose su actitud a la del grupo encabezado por MacReady.
El deseo de vivir y de desarrollarse es insaciable, por lo que comienza a asumir la identidad de un perro para alcanzar su plenitud como ente extraterrestre. En esta asignación de personalidad, en la que el extraterrestre toma posesión de la apariencia humana para lograr su estabilidad, pasando así desapercibido, se han basado también las diferentes versiones de ‘La invasión de los ultracuerpos’ (Dopn Siegel, Philip Kaufman y Abel Ferrara), como muestra de los posibles acercamientos que tiene la obra cumbre de John W. Campbell. La diferencia entre éstas y ‘La Cosa’, de Carpenter, es el alejamiento intencional de un posicionamiento sobre los científicos y el ente. Desde el primer momento los miembros del equipo antártico desobedecen cualquier tipo de concesión a la identificación, dejando que las sospechas recaigan en todos y cada uno ellos, trayendo condigo un aspecto ambiguo; el que representa el conflicto epistemológico ante la llegada de la bestia incorpórea, la diatriba que supone entre la profesión científica que llevan a cabo y su colisión ante una anomalía de lo desconocido. El dilema sobre los métodos científicos y sobre la cognición acerca de la tecnología de la que disponen va forjándose en las dudas que se siembran a la hora de reconocerse los unos a los otros, incluso después de analizar la reacción de la sangre, provoca un cuestionamiento de la realidad y el comienzo de la pérdida de lo tangible.
Tal vez MacReady sea visto como el personaje más positivo de la película. Pero a mitad de filme, cuando el espectador le toma como una referencia para seguir a los posibles infectados por la cosa, oculta pruebas evidentes de que él mismo pueda ser el ente que destruya a sus compañeros (los famosos y comentados calzoncillos con sus iniciales y apellido). En todo momento, la cosa está por encima de los hombres, subvirtiendo sus ideas, desarrollando en cada uno de ellos el instinto básico de la supervivencia y aumentando su desconfianza hacia los compañeros que no, son, ni mucho menos, un apoyo para luchar contra el bicho, sino todo lo contrario, una amenaza contra su vida. La alineación funciona, de nuevo, como escudo para la conservación humana.
‘La Cosa’, bajo esa inquietante partitura de notas tétricas compuesta por el maestro Ennio Morricone (que bien podría haber compuesto el propio director, ya que sigue las líneas musicales de toda su labor como músico), expone un catálogo de ambigüedades narrativas expuestas con un prodigioso manejo de la cámara por parte de Carpenter, basándose en gran medida en el material de origen, así como en la traducción de ciertos conceptos de Lovecraft, Poe o Kafka, rejuveneciendo la pesadilla paranoica con una infusión de suspense para encuadrar la potenciación de su clímax en la paranoia y desconfianza. Una obra maestra sobre la monstruosidad construida del modo más turbio, perturbando con una representación de lo informe, el vacío sin rostro, para propagar la desconfianza con destellos de violencia inventiva que han convertido a esta pieza en una cinta imprescindible no ya dentro del género, sino como una de las más espeluznantes y modélicas películas de gran cines en estado puro. ‘La Cosa’ cumple tres décadas desde su estreno transformada en el clásico que merecía ser desde entonces y que continúa alargando su sombra a medida que sigue cautivando a las nuevas generaciones.

lunes, 20 de agosto de 2012

Tony Scott, el maestro de la acción adrenalítica

(1944-2012)
Nos hemos levantado con una triste noticia. La inesperada muerte de Tony Scott a causa de la innatural forma que siempre revela el suicidio deja al cine con la contusión de la pérdida de uno de los directores más inspirados en el género de acción que ha tenido Hollywood en mucho tiempo. Me atrevería a escribir que en toda su Historia. El director de ‘blockbusters’ inolvidables, el genio del ‘modus operandi’ único que devenía en mezcla de formatos, escupiendo virulentamente imágenes de un modo casi estroboscópico, nos ha dejado para siempre con un montón de interesantes proyectos en cartera. Fundamentalmente, la curiosidad cinematográfica que había suscitado esa secuela de ‘Top Gun’, el filme que le elevó a autor reconocido en la gran industria, tres décadas después de su estreno.
Una de las características más predominantes en el cine de Tony Scott era ese montaje frenético de impronta ‘videoclipera’ y publicitaria, de constantes filtros sincopados, de encuadres imposibles, de grúas improcedentes que propugnaron una abrasiva estética percutante que a algunos terminaba por resultar excesiva. El pequeño de los Scott fue así. Siempre fiel a una forma de hacer cine privativa y reconocible. Para bien o para mal, su estilo marcó un estereotipo de cine imitado y furibundo que, más allá de la aparente insipidez de su forma, fue todo un paradigma de honestidad hacia el género del que nunca se ha separó a lo largo de su carrera.
En el cine de Scott prevaleció la forma por encima del fondo, cierto. Sin embargo, nunca fue un óbice para enfatizar en sus muchísimos valores. El cineasta de títulos tan antológicos como ‘Revenge’, ‘Superdetective en Hollywood II’, ‘Días de trueno’, ‘El último Boy Scout’, ‘Amor a quemarropa’ o ‘Marea roja’ marcó un estereotipo de cine furibundo que le hicieron convertirse en uno de los mejores y más valedores cineastas de este género reconocible en elementos como el montaje, los efectos, las explosiones y persecuciones que, en ocasiones obedecieron a la sensatez y la objetividad, pero que dinamizaron los cauces visuales y narrativos con una marca de la casa que echaremos de menos. Fue un pionero, un investigador de las técnicas fílmicas que impuso una visión distinta a todo lo que se venía haciendo allá por los años 80.
Ya no habrá más invitaciones al visual mundo estético de efusión y diligencia que nos otorgó en sus últimos trabajos (‘El fuego de la venganza’, ‘Déjà vu’, ‘Asalto al tren Pelham 1 2 3’ o ‘Imparable’) de estilo perfectamente convulsionado, constante movimiento y progresión narrativa de un cine luminiscente e hiperactivo. Scott permaneció ajeno a las modas, evolucionando y experimentando con un estilo postmodernista de métodos divergentes, con una única visión siempre enfocada a la acción y la violencia que ahora elevó al arte cinematográfico.
Su muerte nos deja mucho más huérfanos de espectáculo.
Hasta siempre, maestro.
D.E.P.

JJ.OO. Londres 2012: el espejo del mundo

Cada cuatro años se da una aproximación universal a la grandeza del deporte en su manifestación máxima, a la concentración de disciplinas que aúnan los esfuerzos colectivos e individuales en representación de todos los puntos del mundo. Los Juegos Olímpicos, como en todas sus sedes, aspiran a simbolizar, mediante su llama Olímpica, los valores de un movimiento más que centenario promovido en su origen por el idealismo de Pierre de Frédy, barón de Coubertin. Londres tenía el férreo compromiso de convertirse en el espejo del mundo, en el símbolo transitorio del esfuerzo y del espectáculo en su dimensión más opulenta. La capital del Reino Unido ha ofrecido, con disciplina inglesa, la grandeza de este magno acontecimiento seguido por millones de personas y que ha aglutinado a más de 10.500 deportistas que representan a 204 países, compitiendo en 302 finales de los 26 deportes que conforman en cuadro olímpico.
Han sido diecisiete días en los que se han vivido momentos para el recuerdo, fraguando hitos que se recordarán en el futuro. Principalmente, los propios británicos tardarán años en olvidar esta gesta. Nadie, salvo ellos mismos, esperaban que los británicos despegaran en el medallero de una forma tan rotunda como lo han hecho, cobrándose diez metales dorados más que en Beijing, acentuando el hecho de que si la dotación se vuelca en el apoyo al deporte, la consecución de un puesto de privilegio en el palmarés está más que asegurado. Sucedió algo parecido en Barcelona’92 con España. Nunca estaremos a ese nivel. Por mucho que soñemos. En este caso, los británicos han logrado algo histórico, ser terceros en el medallero por debajo de Estados Unidos y China, los países más ricos del mundo. Si hay dinero, hay medallas. Las sensaciones transmitidas dejan esta reflexión. No obstante, estos diecisiete días de deportes alternativos al fútbol, desde su inicio con la megalómana ceremonia inaugural dirigida por Danny Boyle como homenaje a la cultura su país, han dejado instantes que persistirán en la retina colectiva como emblemas visuales de unos juegos olímpicos modélicos que servirán como testimonio de superación imborrable.
Cuando miremos hacia atrás, evocaremos como “el hombre pez”, Michael Phelps, alcanzó la imposible cifra de veintidós medallas a lo largo de su ilustre trayectoria en la natación olímpica, al colgarse otros cuatro oros y dos platas, superando a la gimnasta soviética Larissa Latynina, que había conseguido dieciocho. Su última prueba los 4x100 metros estilos, patentizaron la superioridad de este hombre que pasará como un icono del deporte. También se encumbro como leyenda del atletismo Usain Bolt, adalid de la hegemonía jamaicana dentro de la velocidad. Sin traicionar a sus aspiraciones, pese a que había dudas sobre la duración de su potestad. Bolt ejerció de showman que no decepciona a sus seguidores. Sus brutales logros parecen meros trámites para el sprinter caribeño. Sus victorias en los 100 metros lisos en 9,63 segundos y los 200 en 19,32, ratificaron su autoridad y revalidaron su éxito de Pekín 2008. Sin embargo, una de las carreras más espectaculares fue la impresionante la victoria de los corredores jamaicanos de relevo de 4x100; Nesta Carter, Michael Frater, Yohan Blake y el propio Bolt pulverizaron ante el asombro del planeta el anterior récord situado en 37,04, dejándolo en unos increíbles 36.84. Alucinante. Tanto, como ver a Bolt discutiendo con uno de los jueces al querer llevarse de recuerdo el testigo de la victoria.
El estadio de Stratford también vivió de cerca otra de esas carreras perfectas que pasará a los fastos como una demostración de poder sobrehumana. El joven keniano masai David Rudisha logró cuajar una de las carreras de los 800 metros más apoteósicas vistas nunca, logrando bajar de la 1,41 con una plasticidad en sus zancadas que dejó boquiabiertos a los que presenciaron tamaña heroicidad. El destino hizo que Sebastian Coe, explusmarquista universal de la prueba y presidente del Comité Organizador presenciara el récord. Si ha habido un héroe local que se ha conseguido arrastrar todos los ojos hacia él, éste fue Mohamed Farah, que se acreditó como el hombre de estas olimpiadas al conseguir un doblete soñado (5.000 y 1.000 metros), convirtiéndose en el sexto hombre de la historia que consigue oro en dos pruebas de fondo en una misma competición. La persistencia del británico ante sus acosadores africanos fue también otra de las estampas más increíbles de estos quince días de ensueño.
Otros instantes que a buen seguro, serán recodados como destacados dentro de todos los muchos que ha dejado la capital británica, serán las lágrimas del dominicano Félix Sánchez, campeón olímpico en Atenas en 400 vallas y que recuperó su cetro ocho años después. O las de coreana Shin A Lam, bien distintas, al perder en esgrima una semifinal de forma injusta y que la tuvo más de una hora compartiendo el desconsuelo con un público entregado a la tristeza de la esgrimista. El reinado de Ye Shiwen en la piscina también produjo cierta controversia. La nadadora china certificó, a sus dieciséis años, el oro en los 200 metros estilos y un récord mundial en los 400 que batió nadando los últimos 100 más deprisa que muchos hombres récord. No así, la también nadadora estadounidense Missy Franklin, consiguiendo cinco medallas durante esta cita olímpica. No olvidaremos el patético espectáculo de esas ocho jugadoras de badminton de China, Corea del Sur e Indonesia que fueron descalificadas de los Juegos por perder deliberadamente sus partidos para obtener ventejas de cara a llegar a la final. El rostro de la veteranía lo puso Yelena Isinbayeva, que asumió el cambio de trono en pértiga al no poder coronarse por tercera vez consecutiva en unos juegos, así como lo exagerado de la celebración excesiva y contundente del lanzador de disco alemán Robert Harting. Sorprendió igualmente que Andy Murray arrollara a un Roger Ferderer que no pudo hacer nada ante la avalancha de tenis del británico o ver a un atleta paralímpico como Óscar Pistorius compitiendo en unos Juegos Olímpicos a pesar de su discapacidad.
Los juegos de Londres 2012 también pasarán a la historia por ser los primeros en los que todos los países incluyeron mujeres en sus delegaciones. Eso sí, la judoka saudí Wojdan Shaherkan cayó a las primeras de cambio y la atleta de 800 metros Sarah Attar quedó última. Precisamente, en la delegación española este apartado, el de las mujeres, ha sido el que ha cosechado los triunfos más importantes, síntoma de que los tiempos cambian y la paridad se desnivela hacia el mal llamado sexo débil. De las 17 medallas que ha conseguido España, once las han obtenido mujeres. Ha sido la culminación y licenciatura del deporte individual y colectivo femenino nacional. Las chicas han hecho grandes sus disciplinas y le han puesto la emoción y el arrojo que necesitaban los aficionados. Empezando por la doble medallista Mireia Belmonte, con sus dos platas, Maialen Chourraut, bronce en K-1, Marina Alabau, oro en windsurf, Maider Unda, bronce en lucha libre 72 kg., Echegoyen, Toro y Pumariega oro en Match Race:, medalla de oro y las platas de Brigitte Yagüe o Andrea Fuentes y Ona Carbonell en taekwondo y sincronizada respectivamente. El joven equipo waterpolo femenino de la mano de Miki Oca hizo vibrar con su arrojo y explosivo juego en la piscina llegando a una final en sus primeros juegos, así como la grandeza del balonmano femenino, apartado en el que fueron las dominadoras, haciendo afición y enganchando a nuevos seguidores con ese épico partido de dos prórrogas contra Corea del Sur que les brindó el bronce. Por supuesto, las diecisiete medallas no son, ni mucho menos, un fracaso. Pero saben a poco, en un año lleno de diplomas, quedando cuartos en ocho disciplinas. Por eso, los metales conseguidos por los chicos (Javier Gómez Noya, plata en triatlón, Joel González, oro en taekwondo, el mítico David Cal –único atleta español en conseguir cinco metales- con plata en C1 o las platas de Nico García y Saúl Craviotto) repusieron una inicial sequía que preocupaba a la delegación nacional en la villa, y aunque son meritorias, dejan en minusvalía un orbe deportivo español que aspira a ser una potencia mundial olímpica. Y esa progresión, exceptuando hace dos décadas, nunca termina de llegar. Tres oros, diez platas y cuatro bronces saben a muy poco.
Más allá de estos logros, en dos secciones tan ilustrativas como definitorias de lo que viene siendo y representando el éxito colectivo y que ha despertado el entusiasmo internacional son el fútbol y el baloncesto. La selección española de fútbol entrenada por Luis Milla acaparaba entradillas deportivas de televisiones y portada de periódicos. El reciente europeo sub-21 y sobre todo la consecución de la última Eurocopa por parte de la selección senior de Vicente del Bosque hacían prever un rutilante destello dentro de este deporte que monopoliza el interés el resto del año. Llegados con la Eurocopa de los mayores como escaparate del fútbol mundial, la selección de fútbol olímpica cayó a las primeras de cambio. No fue tan terrible, puesto que desde que Honduras acabara con el sueño olímpico de “La Rojita”, todas las miradas se centraron en deportes que simbolizan el verdadero espíritu de superación, la esencia del olimpismo. Una pena que en balonmano masculino cayera en cuartos de final de Londres por un gol en el último segundo ante el equipo francés o que los chicos de hockey hierba fueran apeados del campeonato por injusticias arbitrales o que en waterpolo nos quedáramos a las puertas de la gesta. Los que nunca fallan, los que hacen esperar una medalla segura en este tipo de citas es la actuación de esos ‘Golden Boys’ de baloncesto que tan mal han acostumbrado al público durante esta última década. Sin embargo, Londres entregó un ciclo de luces y sombras.
No hubo que esperar otros veinticuatro años para que la selección española de baloncesto pudiera volver a verse las caras en una final olímpica contra los USA, auténticos dominadores de la disciplina. Tan sólo cuatro años después de aquella gesta que estuvo a punto de terminar en oro, aunque si bien el camino fue más descafeinado y lleno de claroscuros, España se plantó en la final. Eso sí, sin encontrar la lucidez y el talento de antecedentes. Por un lado, porque su juego, siempre a la altura de las circunstancias, no irradió esa idoneidad que todos ellos atesoran, sembrando dudas incluso en esa derrota contra Brasil que vedaba la presencia de un ‘Dream Team’ norteamericano hasta la posible final que se consolidó finalmente y que tanto molestó a los franceses. Sin embargo, por otro, la selección de Segio Scariolo demostró su grandeza y unidad de las grandes citas, en ese partido definitivo donde el resultado 107-100 entregó el mejor partido de la cita olímpica en esta disciplina, obligando a los arrogantes y autosuficientes demiurgos del aro a presentar un esfuerzo extra, con choque de juego dinámico y a remolque de las embestidas españolas del equipo capoteando por el colosal Pau Gasol que estuvo a punto de tocar el cielo del Oro y que sirvió para recuperar todo el prestigio del que se dudó a lo largo del campeonato por las medallas.
Londinenses deben estar satisfechos de haber invitado al mundo a unos juegos donde el funcionamiento del complejo engranaje que supone un evento de esta magnitud haya estado realmente dentro de un estrato de excelencia. Todo ha funcionado como un reloj. La tecnología ha ayudado en su prueba de fuego a metodizar las decisiones y optimizar la parcialidad dentro de pruebas que avanzan con rectitud hacia la ecuanimidad, como la cámara subacuática japonesa para las pruebas de sincronizada o los petos electrónicos que miden la fuerza y la intensidad para la puntuación en las artes marciales. Las Olimpiadas siguen en su camino de profesionalización absoluta en favor del espectáculo y la completa mercantilización de la mayor parte de las elites deportivas. Algo que, sin duda, ofrece más competitividad y espectáculo.
Londres ha visto de qué forma la eclosión de los grandes nombres visten de gala el evento para deleite de los millones de aficionados que siguen esta cita multicultural y ecuménica. Como cada año, desde el país organizador se insiste en una frase acentuada hasta el hartazgo, este año de boca de Boris Johnson, alcalde de Londres, quien afirmaba que estos Juegos Olímpicos han sido “los más grandiosos que jamás se han visto en la Tierra”. Siempre lo son. Los próximos en Río de Janeiro, donde están a punto de desalojar a los vecinos de la favela Vila Autódromo, lugar en el que se construirá el Parque Olímpico que hace prever un suspense más que probable a la hora de optimizar la situación ideal para que la cita olímpica colme las perspectivas de todo el mundo.

jueves, 16 de agosto de 2012

Bukowski y el 'uppercut' de verano

Una lectura recomendada que cualquiera puede leer en verano, cuando el calor aprieta, las ideas se reblandecen y el ánimo decae es cualquier legado literario de Charles Bukowski, el mismo que se sumergía en los bares de mala muerte y el alcohol antes que en la vida y sus miserias y mentiras, desde una perspectiva insurrecta y deshonesta, acometida con emoción y sentimientos desencontrados. En un post de este tipo uno podría optar por extender unas palabras sobre sus iniciáticos artículos ‘Secuelas de una larguísima nota de rechazo’, de ‘20 Tanks From Kasseldown’, sobre sus versos en ‘Crucifijo en una mano muerta’ o ‘Los días pasan como caballos salvajes sobre las colinas’ e incluso analizar de forma concienzuda los nexos que unen obras como ‘Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones’, ‘Factotum’, ‘Mujeres’, ‘La senda del perdedor’, ‘El borracho’ ‘Hollywood’… o tantas otras.
Sin embargo, apetece ajustarse al apreciación general sobre el artista, entender porqué Bukowski era como era, porque supo mejor que nadie describir con su corrosiva mirada la depauperación del mundo que nos rodea, con una despreciativa y entrañable actitud de aquél que sabe mirar con comprensión los subfondos de la ruindad humana. Su prosa de sumidero nacía directamente del alma, de las entrañas de un escritor borracho, cansado y harto de todo pero que, al fin y al cabo, sabe sonreír. Bukowski desglosó tras sus páginas un mundo de realidad escondido en el lenguaje malhablado, de madrugada de bares, de bajos fondos que siempre irradia una luz desde el fondo de un vaso vacío que necesita ser rellenado con más alcohol y dejar atrás de nuevo la impertinente soledad de una noche de copas y confesiones que atañen directamente a la obsesión por el sexo y otros vicios fundamentales.
La suciedad y degradación nunca tuvieron una verdad moral tan contundente. Bukowski, desde el reverso del espejo contracultural, ‘underground’ si se prefiere, que un día cruzaron Henry Miller, Jack Kerouac, Willam Burroughs o Norman Mailer, revirtió la crítica y confusión generacional en insano cinismo. Sus obras son como tremendos ‘uppercuts’ (que viene a ser lo mismo que una hostia bien dada en toda la jeta) que devuelven al lector a sus instintos básicos, a la naturaleza con la que se mueven los animales humanos y que borra cualquier atisbo de gilipollez y esperanza en los felices semblantes de los que adulteran sus problemas en la mezquina e inexistente felicidad de una vida de artificios laborales y personales sujetos a la imposición social.
Su voz con olor a alcohol y sudor, su ímpetu crítico alejado de cualquier grupo generacional convirtieron al viejo Chinaski, el viejo indecente, en un disertante de la vida. Y lo hizo desde el desencanto propio de las noches interminables de burdel, del vértigo y la resaca del día después, la misma que te hace ver la realidad con coherencia y repugnancia. Asumiendo lo que hay. Sin más.
El perdedor
Y el siguiente recuerdo es que estoy sobre una mesa,
todos se han marchado: el más valiente
bajo los focos, amenazante, tumbándome a golpes....
y después un tipo asqueroso de pie, fumado un puro:
- Chico, tu no sabes pelear - me dijo.
Y yo me levanté y le lancé de un golpe por encima
de una silla.
Fue como una escena de película y
allí quedó sobre su enorme trasero diciendo
sin cesar.
-Dios mío, Dios mío, pero ¿qué es lo que
te ocurre?- Y yo me levanté y me vestí,
las manos aún vendadas, y al llegar a casa
me arranqué las vendas de las manos y
escribí mi primer poema,
y no he dejado de pelear
desde entonces.

martes, 7 de agosto de 2012

Especial Aniversario: 'Arma Letal (Lethal Weapon)', de Richard Donner

En este verano de nostalgia y onomásticas imprescindibles tengo que destacar otra especial que no podía dejar pasar. Hay varias que configuran cierta época tan feliz como irrecuperable. Películas que forman parte de ti y defiendes como si fueran posesión tuya. Acontecimientos considerados baladíes que fomentaron y avivaron tu amor hacia un arte. En el verano de 1987, en los Cines Coliseum de Salamanca, tuvo lugar uno de esos momentos mágicos que se van perdiendo a través de los años, dejando una reminiscencia de satisfacción y un sello vital guardado en la emoción de un instante concreto. Esto fue lo que sucedió a aquel adolescente devorador de cine cuando se dio de bruces con ‘Arma Letal’.
Tal día como hoy, hace un cuarto de siglo, un 7 de agosto, se estrenaba en toda España la película de Richard Donner. Cinco meses después de la premiere americana. Llegaba con la vitola de ‘sleeper’, de exitazo inesperado para la Warner en aquel año. Cuando salí de ver aquella cinta de acción sin contemplaciones, supe que nunca la delataría cuando llegara la hora de atestiguar que ‘Arma letal’ es y será una de mis obras de culto perennes. Expresé lo mismo con muchas más. A algunas las he traicionado, fundamentalmente porque han envejecido mal. O más probablemente porque el que ha soportado el paso de los años con más deficiencia he sido yo. Pero con esta concreto no. Es una debilidad, como otra cualquiera.
Hoy en día, ‘Arma letal’ sigue permitiéndome revivir aquellos momentos. Pocas películas logran transmitírmelo con tanta intensidad. Con el mismo ímpetu que fluye por sus fotogramas de mitología viva del cine de acción de los 80. Inscrita en la clasificación simplista pero muy popularizada que fue el súbgenero llamado “buddie movies”, se adhería al cliché policiaco centrado en agentes de la ley obligados a trabajar juntos pese a sus insondables diferencias. Años atrás, Walter Hill ya había dejado para la historia del subgénero ‘Límite: 48 horas’, otra obra cumbre con Eddie Murphy y Nick Nolte como dos polos opuestos obligados a entenderse. Aquí, todo arranca con un villancico, una joven rubia y atractiva en ropa interior que se acaba de meter una raya de farlopa y que salta al vacío desde un rascacielos cayendo de bruces contra un coche. La presentación de sus dos iconos policiales no se hace esperar, germinando el constante acercamiento a la vida íntima de sus protagonistas.
Por una parte, Roger Murtaugh (Danny Glover), un curtido poli que acaba de cumplir los cincuenta y espera la jubilación para poder disfrutar de su yate de pesca recién adquirido. Es un padre de una familia feliz y ejemplar y siempre ha tenido una posición de tranquilidad dentro del cuerpo policial. Por otro, Martin Riggs (Mel Gibson), un policía con brotes psicóticos que no ha podido superar la trágica muerte de su mujer en un accidente de tráfico. Se levanta con resacas de espanto, fuma como un carretero, anda en pelotas por una destartalada roulotte y se abre una birra mientras orina. En narcóticos sus investigaciones con ‘dealers’ de la droga concluyen con varios muertos y hace gala de unos hábitos poco deontológicos a la hora de detener a los sospechosos. Un contraste ostensible que aviva la representación de dos partes bien discordantes de los códigos policíacos; uno es negro y el otro es blanco, el primero sigue a rajatabla la ley con una impoluta carrera como agente y el segundo es el único policía del sur de Los Ángeles registrado como “arma letal”. Una Smith & Wesson Model 19 contra la más moderna Beretta 92F. El ying y yang. El aceite y el agua. Sin embargo, tras un encontronazo en la comisaría en el que Murtaugh confunde a Riggs con un delincuente armado, sus caminos se han cruzado para resolver un caso que toca de cerca al primero. La chica suicida es Amanda Hunsacker, la hija de un antiguo compañero de ejército y todo parece apuntar a que el caso insinúa un asesinato.
Hasta ese punto, ‘Arma letal’ proyecta una trama bastante convencional; la de dos hombres que no se mirarían a la cara si no fuera porque están obligados a compartir y resolver un crimen. La gran baza del filme de Donner es la automática química que desprender los roles y lo bien que se auxilian esos moldes parabólicos en ambos como cotejo de distintas actitudes vitales que evitan que se caiga en el formulismo. El dinamismo es inmutable y su trasfondo policiaco de altos vuelos ratifica un patrón modélico en la construcción del guión, aportando al subgénero nuevas vías de dramatización conjugadas con ciertos toques de humor que amenizan y estimulan la acción.
Todo ello debido a la grandeza de unos diálogos provenientes de un debutante, un estudiante recién salido de la UCLA llamado Shane Black, que confirió el suspense y la genialidad en un caso de apariencias camuflado tras la muerte de una joven y que brindaba los escenarios del submundo del narcotráfico a gran escala por el que deben desenvolverse los dos agentes para desentramar una complicada red que supone el Caso Hunsaker. Un caso que no es más que la punta del iceberg de un cartel de la droga regida por una banda de mercenarios capitaneados por un antiguo general condecorado; Peter McAllister (Mitch Ryan) y su mano derecha, el temible Sr. Joshua (Gary Busey). La fórmula de las “películas de compañeros” se vio alterada con la conducción del drama, que vehicula la historia haciendo avanzar las tramas y dejando en un segundo lugar la acción explosiva con una investigación que va cobrando protagonismo con gran naturalismo y credibilidad, si bien, en su eclosión, cuando todo estalla por los aires, responda más a un objetivo definitorio del cómic más desorbitado (la pelea final entre Riggs y Joshua sigue siendo la parte más inverosímil) que a esta directriz. En cualquier caso, el sentido de ‘Arma letal’ encauza su tempo narrativo siempre apuntando a las emociones y reflexiones buscadas por el guionista y el realizador, más allá de todo el culmen de fisicidad hemostática y el dinamismo explotado en su último tramo.
Todo ello con oscilaciones de adrenalina y disparos, de movimientos graduales en las hazañas de estos dos policías marcados con grandes dosis de ironía que ejemplifica ese choque entre Riggs y un suicida que amenaza con tirarse desde una cornisa (“¿De verdad quieres tirarte? Venga vamos gilipollas. Por mí estupendo. Yo quiero tirarme”). La descripción del ritmo fusiona a la perfección sus subtramas engarzadas con ‘set pieces’ que son elegías al cine de acción lleno de corrosiva actitud gamberra. ‘Arma letal’ incluía bajo su afable comercialidad una dramática versión del policía problemático y autodestructivo patente en la que puede ser la mejor interpretación de Gibson en toda su carrera, al recordar a su mujer y tentar con el suicidio. Martin Riggs está lejos de ser un antihéroe, por mucho que se entronice como un ‘action hero’ de los 80. Es policía peligroso y temerario, cierto, pero no es más que un perdedor que va fraguando su redención en la amistad y la fidelidad hacia su nuevo amigo y hacia su profesión en una progresiva admiración a esa forma vida familiar de Murtaugh que le imponen su realidad y que él nunca tuvo. En ‘Arma letal’ la virtud más destacada sería la introducción del espectador dentro de un juego de divergencias, con ascendente tensión y acción en la evolución de la amistad entre Murtaugh y Riggs y que denota la fuerza cinética de sus propósitos.
De este modo, ni a Donner ni a Black les pesaba en exceso imponer un mensaje cuanto menos ambiguo en la forma de administrar la ley y el oficio de policía en una gran ciudad, traspasando la línea de lo constitucional si hay que hacer de la justicia el medio para alcanzar una venganza personal, abriendo diferentes frentes de ataque con esos villanos que han abandonado su pasado como héroes de Vietnam para ejercer como peligrosos traficantes de droga. Vietnam, de hecho, marca, de una u otra forma, la vida de todos los personajes que aparecen a lo largo de la trama. Y aunque prevalece la acción y no hay lugar para la incertidumbre sobre el devenir superheroico y el ‘happy end’, el filme sigue sin perder sus dilemas morales y duplicidad ética en sus personajes principales. Sobre todo, cuando Murtaugh ve peligrar la vida de los suyos y no tiene ninguna duda a la hora de pasarse por el forro los estatutos policiales afianzando el incorrecto y sádico método del “disparar a matar” que configura la ley del más fuerte que propone desde su inicio Riggs.
Richard Donner nunca ha sido considerado como un nombre destacado dentro del género, pero en ‘Arma letal’ hay que legitimar su dominio de los aspectos visuales y sonoros del género. Cada plano es coreografíado con gran firmeza, sin perder esa pátina inocente y algo incauta que profería la espectacularidad de la acción siempre directa y cuidada tan característica de la iconografía de finales de los 80, con especial atención que se le da al sentido narrativo. Este filme de culto es un arquetipo de estricto y genuino espectáculo, un primoroso producto que puede verse como simple ejercicio de acción o como revulsivo de todo el cine genérico que vendría después, con su delectación estética y rítmica que desarticulaba cualquier regla establecida.
De ahí que en ‘Arma letal’ hubiera algunos de los mejores momentos de acción vistos en mucho tiempo, filmados con gran energía y excelente aptitud técnica que nunca ha sido lo suficientemente encumbrada. Ejemplo de ello es esa larga secuencia del tiroteo en el desierto. No se descubre nada nuevo señalando que una cinta como ‘Arma letal’ no proponía nada nuevo. Pero había algo diferente en ella. Y se trataba de la honestidad con la que está expuesta, logrando que emocionara con la violencia y la libertad de movimientos de sus personajes de principio a fin, moderando la energía de sus resortes y punteando su grandeza con la lacónica música de cine negro pulsada por guitarras y saxos de la mano de Michael Kamen y Eric Clapton. Aquello era pura acción y estricto entretenimiento.
En su día, Warner Brothers tuvo una fe muy limitada en este producto. Fue Joel Silver el que abriría la veda con la confianza ciega en este tipo de cine a punto de encontrar su momento en Hollywood. Supuso un gran acierto en taquilla y daría pie a que películas como ‘Jungla de Cristal’ y ‘Depredador’, magnas obras del colosal John McTiernan (y de las que me hubiera gustado analizar en el Abismo) vieran la luz con derroche de medios. En su día algunos lo consideraron un espectáculo visto como machista, otros como una película intrascendente y menor. Pero ahí está en toda su integridad una rotunda ‘action-movie’ que marcó la estela del cine de acción posterior con aquella determinación ajustada a los parámetros de un género que viró con la llegada de este, vamos a decirlo ya, clásico de culto inagotable.
Por mucho que pasen los años, los fans de esta saga que, en su posterior desarrollo mantuvo la esencia y el espíritu iconográfico de su génesis, pero nunca estuvo a la altura, sigue siendo un filme con un poder y una fuerza inconfundible. Echando un vistazo atrás, se puede reafirmar que ya no se hacen películas como ‘Arma letal’. Y que con una cinta mítica como es el caso nunca estaremos “demasiado viejos para esto”. Seguro que los habrá (y muchos) que crean que todo este post “tiene muy poco peso”, pero lo cierto es que Riggs y Murtaugh siempre serán como dos viejos amigos con los que volver a disfrutar de aquellos tiempos en los éramos capaces de disparar a un hombre a un kilómetro de distancia y contraviento. En los que el cine de acción emocionaba y las películas pasaban directamente a ser un pequeño clásico que recordar. 25 años. Ahí es nada.