martes, julio 24, 2012

'Appetite for destruction' cumple 25 años

Este pasado sábado se cumplían 25 años del lanzamiento de uno de los discos considerados como trascendentales dentro del rock contemporáneo. El ‘Appetite for destruction’ de los Guns N’ Roses ha vendido más de treinta millones de copias en todo el mundo y llegó a consolidarse como un emblema icónico de una generación que vio revolucionado el panorama cambiante del heavy metal a final de la década de los 80. En 1987 el grupo, tras una gestación de vaivenes de componentes, salió a la venta después de que el grupo, bajo el sello Uzi Suicide Records, publicaran un primer trabajo en forma de EP en directo cuyo título fue ‘Live ?!*@ Like a Suicide’. Fue el comienzo. El encontronazo con Paul Stanley, de los míticos Kiss, no dio sus frutos a la hora de lanzar el que sería, a la postre, todo un éxito sin precedentes, pasando a ser producido por Mike Clink, que tenía bajo su tutela a otros clásicos del rock como Mötley, Megadeth o UFO.
Que el comienzo del álbum fuera un himno trascendental como el ‘Welcome to the jungle’ invitaba a lo que vendría a lo largo de todo el disco, a esa predisposición a la locura, a la rabia y el salvajismo de esa jungla como una gran ciudad devenida en peligroso paraíso de drogas y excesos. Abanderados por el gran William Bruce Rose, un tipo pelirrojo algo enclenque y excéntrico que vestía faldas escocesas, camisetas de leopardo, pañuelos en el pelo y lucía provocativos tatuajes traspasaría su propia estela de ‘rock star’ con el nombre que todo el mundo sigue recordando: Axl Rose. Sus contoneos en el escenario peculiarizaban la insurrección desbocada que hacía extensible ese tono indócil y contestatario en la no me nos simbólica imagen y estilo de su guitarrista principal, Saul Hudson “Slash”, con enigmático pelo afro que impedía dejar ver sus ojos y sombrero de copa junto a aquella mitológica réplica especial de la Gibson Les Paul del 59 confeccionada por Chris Derrig. Izzy Stradlin, Duff y Steven Adler completaban a aquel grupo primigenio que fue cambiando del miembros en su posterior descomposición y decadencia como banda.
Los Guns N’ Roses irrumpieron en el mundo de la música con fuerza, pero también crearon un distintivo a la hora de darse a conocer, vendiendo, además de su poderosa fuerza musical, una imagen, una idiosincrásica y característica forma de vivir el ‘rock and roll’. La idea del libre albedrío, de hacer lo que les saliera de los cojones dentro y fuera del escenario con una actitud autodestructiva y autocomplaciente con su ambición y posterior éxito fueron el marchamo que a ellos les gustaba adjudicarse. Su rollo de banda de delincuentes funcionaba a la perfección en la juventud, que les veía como esos chicos malos que provenían de familias disfuncionales y con ciertos problemas de disciplina. Era la realidad. Tanto las letras del ‘Appetite…’ como sus constantes problemas de disciplina y escándalos que terminaban en comisaría conferían al grupo de Los Ángeles esa ambición prototípica rockera a la hora de hacer realidad el sueño de cualquier grupo de chavales con talento que se lanzan a vivir una fantasía de sexo, rock and roll, alcohol y drogas con el única pauta del ‘carpen diem’. No importaban las consecuencias de los actos y los doce cortes del disco reflejaban esa explosiva mezcla de violencia, apego sicalíptico y plétora de alucinógenos. Un disco hijo de su tiempo que refleja aquel momento de anarquía de una juventud desconcertada que encontraba un dudoso reposo en todo tipo de abusos inmoderados envueltos en una mezcla de heavy, glam, punk y rock clásico. Las cacareadas peleas entre ellos, el caos que suponía albergarles en cualquier hotel o local, los destrozos una antigua casa del clásico cineasta Cecile B DeMille derivaban en una falta de respeto abusiva que funcionó como una estrategia comercial estudiada y eficaz. Tanto, que para lanzarles bajo esa condición de macarras provocadores, llegaron a estar vetados en la siempre políticamente correcta MTV en horarios de madrugada. Después, el magnate de la cadena, David Geffen, sería el productor de sus siguientes discos. Toda una jugada.
Pese a que siempre fue un grupo víctima del marketing y algo artificioso en el espíritu de representar el rock y la música, ‘Appetite for destruction’ dejaba claro la abrumante calidad de aquel incendiario conjunto. Destacando, de entrada, ese chillido potente que sostenía un falsete desmedido y rítmico de un cantante diferente que extendía su amplia variedad de registros vocales hasta límites insospechados. Axl era el reclamo. El líder, el puto amo sobre el escenario que dilataba la grandeza de su vocalidad a través de la interacción de las guitarras entre Slash y Izzy Stradlind. Los Guns N’ Roses se autodefinieron musicalmente desde su comienzo con estilo propio e inconfundible que abrieron la puerta a una generación que se denominó L.A. Hard Rock con sus incisivas guitarras y sus riffs contundentes, ajenos a los convencionalismos y sin perder esa perspectivas e influencias de grupos como Aerosmith, New York Dolls, Kiss y clásicos como Led Zeppelin o los Rolling. Los Guns recogieron el testigo de esa filosofía de “sex, drugs & rock ‘n’ roll” de Mötley Crue o Twisted Sister para darle la vuelta y llevarla más allá. La visceralidad de sus letras y su ejecución convivían con esa condición variable de crudeza versátil subrayada con una cantidad de recursos alucinantes capaces de transmitir ese tono salvaje, peligroso y corrosivo con el que querían ser identificados.
Las antológicas ‘Welcome to the jungle’, ‘Paradise city’ y ‘Sweet child o’ mine’ fueron pelotazos absolutos, realmente representativos de un disco que incluía intenciones y letras plagadas de alusiones al alcohol de garrafón, como en ‘Nightrain’ a la continua adicción a las drogas, como en ‘Mr. Brownstone’ y ‘Paradise City’, desplegando una serie de alusiones subjetivas al paraíso de corrupción que se vivía en Los Ángeles a finales de los 80 o con jadeos de sexo real entre Axl y una antigua novia llamada Adriana Smith en ‘Rocket Queen’. Por supuesto, hubo quien dejó escapar la oportunidad para hacer aún más polémica acusando al grupo de un ejemplo de apologético ejemplo ensalzando el alcoholismo, misoginia y homofobia. Un grupo creado desde y para la controversia, como ejemplificaba la portada original del disco creada por Robert Williams donde un Cyborg que acababa de violar a una chica y que tuvo que ser sustituida por otra más convencional en forma de cruz con los rostros cadaverizados de sus componentes.
Un disco cuyas enfurecidas canciones se convertirían en la banda sonora de una generación, siendo capaz de recoger la invaluable esencia de una época inolvidable para los que la vivimos con toda la intensidad posible. Tras el ‘Appetite’ los Guns N’ Roses consolidaron su cetro como reyes del panorama musical con los imprescindibles volúmenes ‘Use your illusion’ para vivir una debacle personal y artística que se tradujo en dos discos muy espaciados en el tiempo como fueron ‘Spaghetti incident’ o ‘Chinese Democracy’ carentes de la magia de los tres primeros. No obstante, este hecho no resta la grandeza de un grupo que lideró la iconografía norteamericana musical de finales de los 80 y principios de los 90 y sobre todo en la escena musical posterior. Ha pasado un cuarto de siglo y aún hoy, en la revisión nostálgica de los clásicos, este álbum ejemplar, puesto a toda hostia y con la actitud evocadora necesaria, sigue siendo impresionante. Haced la prueba y dejaros llevar por el sublime debut de aquella banda legendaria que pasó a ser Historia de la música. Abrid una lata de cerveza, encendeos un cigarro de la risa, evocad aquellos años y veréis que todavía sigue estando vigente: ¿Where do we go now? ¿Where do we go now?

viernes, julio 13, 2012

El desolador panorama de los recortes y la crisis

El pasado miércoles España vivió uno de sus episodios más lamentables de su democracia. Una desvergüenza que no entiende a la lógica, que desgrana un país bajo la potestad de la indignación y golpeado hasta la saciedad por la incompetencia de los representantes que no representan al pueblo. Con las medidas de recortes tan brutales se han dado una patada a la coherencia, destruyendo la esperanza, descendiendo varios peldaños hacia atrás, sumiendo aún más a un país en una crisis que va más allá de la economía. Estamos hablamos de la caída estructural de la misma. Todos sabemos que es sólo el principio del fin. Porque entendemos que estaremos varios años más en constante recesión. Llegan años de caídas y desplomes del consumo, de bajadas de producción, de descensos de las importaciones y exportaciones, de emigración y falta de puestos de trabajo. Los salarios basura se verán como única salida a las diversas situaciones personales de unos ciudadanos de clase media y baja hundidos en el fango creado por unos miserables con graves carencias psicológicas.
Llevamos tiempo en un pozo sin fondo, con una prima de riesgo que no sólo ha batido todos los récords, si no que está peor que nunca, que ha dejado la solvencia de España bien instalada en el bono basura con seguros sobre impago de deuda del Tesoro a la alza y una Bolsa demolida con inversores y mercados dando la espalda con total congruencia. Estamos viviendo la peor etapa de España en su Historia Contemporánea, con una panda de babosos a los que tenemos que llamar Gobierno incapaces de transmitir cualquier plan para solventar la economía, con decisiones más cercanas al absurdo que la sensatez. Este gobierno, respaldado por aquellos que le precedieron o que operan como satélites extrayendo beneficios unilaterales de la política, ese cáncer incurable que vivimos en la sociedad actual han ido ejecutando paulatinamente a una nación, empezando por la permisividad con la que los Gobiernos del PP y del PSOE tomaron respecto aquella burbuja inmobiliaria nos está saliendo cara. La estrategia de echarse la culpa entre ellos ha derivado en una tramoya de subnormales balbuceando falacias, engaños y embustes. España es una nación corroída por la estupidez y la inoperancia de aquellos que se lavan las manos ante sus execrables acciones para seguir manchándoselas sin ningún tipo de prejuicio ético con más dinero público mientras la gente empieza a pasar hambre. El engaño y la ineptitud parecen ser los únicos motores de estos buitres que viven a cuerpo de rey mientras las demás clases se vienen abajo.
Cuando entre todos se descojonaban con esas promisorias fusiones como la de Bankia y otras cajas de ahorros autonómicas, ya sabían que el estado de Bienestar iba a ser una idea del pasado reciente. El sector financiero está abierto en canal y España ha pedido el rescate a Europa para recapitalizar la banca. El malestar social, la pobreza y la desigualdad que nutrirán el presente y futuro a largo plazo como nueva realidad que nos toca vivir parece no ser un obstáculo para aquellos que miran desde arriba, mofándose de los ciudadanos con esa farsa de creencia baladí que supondría el ilusorio crecimiento económico. Ya nadie les cree. Ni siquiera cuando tratan de vender un rescate en toda regla como un “un apoyo financiero en condiciones ventajosas”. Somos un país incapaz de abrir ninguna puerta al crecimiento o en materia de desarrollo económico y social. Esto, hoy en día, es y seguirá siendo así.
La magnitud y ferocidad de la actual situación social y económica es responsabilidad única y exclusiva de unos bastardos que han dejado en manos la gerencia y el futuro del país para que otros terminen por imponer una tiranía económica que acabará por agotar las libertades y provocarán el dominio absoluta de la población. La distopía ya ha comenzado hace tiempo. Mariano Rajoy, ése sujeto cuyos calificativos más obscenos, insolentes y abusivos (y con él, a todos esos retrasados que aplaudieron cada hachazo que se daba la gente más desfavorecida del país), ha venido adulterando e incumpliendo todo aquello que negaba cuando salió elegido presidente. Maldito el día. Primero, subiendo el IRPF y el IBI, después aprobando una reforma laboral que favoreciera el despido y beneficiara al que despide, poniéndoselo fácil. También el defraudador tendrá acceso a una amnistía fiscal que podrán pagar tan sólo un 10% del dinero defraudado y recortó 10.000 millones de euros en sanidad y educación, ha implantado el “copago” (es decir, que el ciudadano, considerado ya como una chusma para la clase política, está pagando dos veces por la Sanidad), donde los pensionistas ya empiezan a sentir el primero de muchos “detallitos” con ellos. El miércoles le dio una hostia bien dada al consumo nacional al aplicar una subida histórica de tres puntos en el tipo general (que se sitúa en el 21%) y de dos en el reducido (10%). Incluso los funcionarios se unen al carro de la desafuero del circo de romanos que suponen estas medidas; primero aumentando su jornada de trabajo y ahora robándoles la paga extra de Navidad. Lo próximo, serán la congelación y bajadas de salarios y pensiones, alargar la edad de la jubilación. Y más impuestos, por supuesto.
Pagando justos por pecadores
La coyuntura está teñida de incertidumbre y miedo, ya que se prevé, como consecuencia de los nefastos mandatos que han ido encadenando esos despreciables delincuentes, una oscura etapa de desesperanza y hambre que abrirán un proceso mucho más virulento de conflictividad social. Es la única salida a tanta insensatez. La erosión social está gestando consecuencias que serán irreversibles en el futuro más inmediato. El fin de la democracia y de las libertades puede sonar como algo apocalíptico. Pero no es está tan lejos como pensamos. Decía Amable Pérez Oliva, que darles 100.000 millones de euros a los que antes malgastaron esa misma cantidad es como pillar a un violador de niños confeso y en vez de meterle en la cárcel, darle un puesto de bedel en un colegio. La frase es extrema, pero da que pensar. Esta crisis, al fin y al cabo, la van a pagar los que menos tienen, que supondrá un efecto a la baja en el gasto de los hogares, lo que perjudicaría la recuperación y cargar como una losa en la recaudación del Estado a corto plazo. La solución más sencilla era torturar al que menos tiene con más impuestos. Se trata de financiar la malversación de los poderosos, la haraganería de las clases altas. De ahí que todas las medidas no afecten en absoluto a los que más tienen. Hay que insistir en que se acabó el estado de bienestar, pero no para todos.
Los salarios, privilegios y pensiones vitalicias de alto rango y de la clase política siguen intactas ante los recortes, con sus gobernantes, oposición, partidos alternativos, ministros, diputados, asesores, jefes de gabinete contando a manos llenas sus sueldos mientras se descojonan de aquellos a los que están cercenando su vida diaria. Tampoco se han dispuesto a clausurar gobiernos militares y vender pisos y terrenos de defensa, ni a cerrar embajadas ni disminuir el gasto de éstas. La Iglesia Católica y su mafia oscura de vampirización de dinero y subvenciones tampoco se ha tocado (11 mil millones de dinero público para esta dictadura monetaria disfrazada de farsa católica). Una de las medidas necesarias era la de cuestionar las competencias de ayuntamientos y diputaciones, que sólo sirven para succionar dinero repartido entre inoperantes altos cargos que miran con desdén esta crisis. Ninguna medida que equilibre el problema haciendo que las grandes fortunas queden impunes a los recortes. Tampoco se ha trazado ninguna tasa a las grandes corporaciones, que dominan en gran parte el mundo en que vivimos. Es ridículo que los que menos tienen asistan a esta patraña que, como era de prever, tampoco involucra a la familia real, que sigue disfrutando de una suculenta partida astronómica destinada a alimentar con lujo a una estirpe plagada de inútiles que ha pasado del “campechanismo” a dar vergüenza ajena. Los sindicatos, esos que se aferran a su fuente constitucional para seguir viviendo del cuento, deberían dar ejemplo y comenzar a sentar las bases de un cambio autofinanciándose exclusivamente con las cuotas de sus afiliados. Otro asunto que tampoco ha visto afectada su agujero es el tema de las autonomías, que totalizan la cifra de 86.000 millones de euros al año; utilizando 1,8 millones de empleados para hacer lo que el Estado hacía con mucho menos de un millón. A cambio, la salud está cada vez más lejos del que menos tiene. La educación y las becas serán accesibles únicamente a los más acaudalados. A todos estos estafadores y deplorables personajes se la suda que los impuestos y los servicios sociales desequilibren las diferencias entre las clases, ni que esto se traduzca en que la grieta de educación y de salud tenga como consecuencia una reducción del crecimiento. Se dirá que clases medias podrán mantener el poder de compra, pero lo cierto es que cuando se precariza el empleo, se abusa de la totalidad de la sociedad, se encarece la cesta de la compra, recortando servicios básicos lo que se busca es debilitar la protección social vitales para millones de personas y poder abarcar más poder y dinero ocultando con ellos una red de conspiraciones e intereses económicos.
La etapa de crecimiento sostenido, la misma que desde mediados de la pasada década fue deshinchándose como un globo con las paupérrimas políticas de redistribución de la riqueza, se va al traste con una facilidad asombrosa. Todo por seguir formando parte de la UE, un proyecto inacabado que huele a fracaso y a descomposición por la nulidad de todos los que se reúnen multitud de veces para cenar, charlar y pasar unos días en diversas capitales de Europa bajo una esfera de ostentosidad perceptible en los costosos boatos que despliegan. Y así flexibilizará los plazos de rebaja del déficit y llevar dinero a través del Banco Europeo de Inversiones y de los fondos estructurales para espolear la descalabrada economía española. Es decir, que han logrado tener un poder total sobre nosotros desde el exterior. Es la forma en que estos tenebrosos payasos sin gracia fomentan un nuevo modelo de terrorismo, mucho más desolador que la utilización de esa violencia adormecida de aquellos que dejamos que unos cuantos nos estén quitando la esperanza y el futuro. Cuando miramos hacia delante la sensación de miedo es consecuente; servicios mínimos insuficientes, desconcierto popular y rumores fundamentados de catástrofe social. El acto de la diputada del PP Andrea Fabra simboliza la voz de toda una clase política ante el derrumbe del país. Su grito “que se jodan” dirigido a los parados y a los afectados por la crisis es el emblema de toda esta chusma rastrera y extensible a los demás políticos de España.
Y mientras tanto, la conciencia colectiva permanece idiotizada, amedrentada por todo lo que está pasando. Pronto llegará la supresión de libertad de expresión y seguimos sin tener un agitador o agitadores de masas que inviten con su temeridad a salir de la inopia. Ya no basta con salir a la calle a protestar, porque el menosprecio seguirá vigente ante los gritos y las quejas. Las pancartas y los lamentos no tienen efecto. Tal vez habría que pensar en un golpe de efecto, siguiendo las directrices de responsabilidad individual liberalistas manifestadas por Spencer, Tocqueville, Jefferson o Hayek, en la búsqueda de una arriesgada propuesta utópica que encontrara la destrucción de los símbolos políticos y estatales y cuyo propósito final fuera el de movilizar a la sociedad y recordar al colectivo, a la gran masa que somos todos, que los ciudadanos son los auténticos y únicos preceptores de su destino. Mientras no hagamos esto, seguiremos pagando nuestra propia esclavitud. Llevamos demasiados años cerrando los ojos ante una situación que se ha infectado transformándose en un problema común. Es lo que hay.

lunes, julio 09, 2012

Se va el mítico Ernest Borgnine, uno de los nuestros

La oportunidad de actuar llegó de forma tardía a la vida de Ernest Borgnine. Después de combatir en la Segunda Guerra Mundial, cumplidos los 31 años, debutó con ‘Harvey’ sobre un escenario y en la gran pantalla lo haría tres años más tarde, en ‘China Corsair’ y bajo las órdenes de Robert Siodmack en ‘The Whistle at Eaton Falls’. Dotado con un rostro familiar que acercaba al espectador, a esa normalidad tan infrecuente en la era dorada de Hollywood que simbolizaba la perfección inalcanzable, Borgnine sobresalió con ese rostro imperfecto y cercano que tan bien interpretó siempre en pantalla. Comenzó dando vida a algún desalmado con cara de bruto en filmes de gran enjundia como ‘De aquí a la eternidad’, de Fred Zinnemann, ‘Veracruz’, de Robert Aldrich o ‘Conspiración de silencio’ de John Sturges. Sin embargo sería con esa naturalidad que desprendía y la ternura rústica que emanaba la que le llevaría a lo más alto con ‘Marty’, donde encarnaba a un carnicero solterón enamorado de una tímida institutriz y que le supuso un Oscar y un premio como mejor actor en el Festival de Cannes.
La constatada rudeza e identificación con el villano tosco en el que empezaba a encasillarse le llevaron a desplegar su talento en la televisión, alejado del cine, como el oficial de la Marina Quinton McHale en la serie ‘Barco a la vista (McHale’s Navy’), con la que obtuvo su primer premio Emmy. Con Aldrich rodó ‘El vuelo del Fénix’, la mítica ‘Doce del patíbulo’, ‘La leyenda de Lylah Clare’, ‘El emperador del Norte’ y ‘Destino fatal’, además de envidiables títulos entre los que destacan ‘Johnny Guitar’, de Nicholas Ray, ‘Jubal’, de Delmer Daves, ‘Los vikingos’, de Richard Flesicher, ‘La revolución de las ratas’, de Daniel Mann o ‘La aventura del Poseidón’, de Ronald Neame. A Borgnine se le conocerá siempre por su valía como secundario capaz de eclipsar al protagonista, por ese tipo de porte simplón que puede llegar a ser peligroso, como en su inolvidable Dutch Engstrom para Sam Peckinpah en ‘Grupo Salvaje’ o su estampa más entrañable como el taxista Cabbie de ‘1997: Rescate en Nueva York’, de John Carpenter.
Otros dos Emmys (la versión televisiva de ‘Sin novedad en el frente’ y un capítulo de la serie ‘Urgencias’) y una incesable carrera que llenó una filmografía vasta y fructífera es el gran logro de esa estirpe de actor incombustible y clásico. Uno de los grandes, sin duda.

lunes, julio 02, 2012

Eurocopa 2012: La selección española que logró la épica legendaria

Cuando la selección de Vicente del Bosque jugó contra Croacia, en el tercer partido de clasificación donde se jugaba la primera plaza del grupo C, venía de dar una doble versión; por una parte, tiró de oficio contra Italia en la ciudad polaca de Gdansk en un empate definido en un juego que no traicionó en absoluto a esa España conocida, pero que generó las primeras dudas cuando en la alineación se renunció a un “nueve” tradicional. Cuando le tocó un rival infinitamente más asequible, la selección le pasó por encima a una Irlanda con un contundente 4-0 que, de momento, recuperaba la sensación aparente de las últimas grandes citas.
Sin embargo, contra la Croacia de Slaven Bilic la cosa recuperó ese tinte desdibujado con un empaque menos rompedor y más especulador ante un equipo que le puso las cosas más difíciles de lo esperado. Fue un partido correoso donde diluido ese posible “biscotto” del que se hablaba por parte de algunos medios italianos (un empate a dos dejaba fuera a los ‘azzurri’), la posesión nunca se le discutió a España, pero aún así lo pasaron mal. Mucho más de lo esperado. Sólo cuando la defensa croata se abrió con los cambios ofensivos de su selección, la velocidad de conjunción entre Cesc Fábregas, Andrés Iniesta y Jesús Navas lograron abrir el tarro de las esencias, el gol dejaba a España clasificada y otro nombre de nuevo reclamando el necesario protagonista de estas grandes citas: Casillas, como siempre, estuvo absolutamente prodigioso.
Las preguntas que se suscitaron ante el obcecado planteamiento de Del Bosque fueron desde la mera autocrítica (gente como Javi Martínez e Iniesta reconocieron esa falta de profundidad habitual) hasta los apocalípticos que auguraban el peor de los desenlaces para esta “Roja” capaz de hacer sufrir al aficionado pero con un objetivo claro y preciso: no renunciar a la idea de su seleccionador. Del Bosque iba a seguir siendo fiel a un estilo determinado, sin modelar ni retocar los aspectos criticados. El seleccionador ha seguido una línea recta, un modelo que muchos veían desequilibrado, sin la severidad que ha convertido a este equipo en el más importante de los últimos tiempos. Un sabio sosegado que ya venía advirtiendo, con su impertérrita educación, que todo el mundo siendo pesimista sin motivos y que, de repente, la afición “había pasado de ricos a pobres y no sabía valorar lo que teníamos”.
Incluso cuando España ganó sin miramientos a una selección francesa ahogada en sus propias limitaciones y la imposibilidad de jugarle a este equipo o con algo más de dificultad se comentaba lo poco que se había celebrado el pase a semifinales ¿Producto de la situación de crisis del país? Puede ser. La confianza del seguidor, del hincha que observa con ilusión un espejo en el que mirarse para eludir la fea rutina que nos rodea, también es propensa a no ver claro nada. Y menos en estos tiempos. Una pena que los que manipulan y golpean la estabilidad social no posean la honestidad y los valores del técnico salmantino. Porque él sabía que, en el fondo, muchos periodistas, sus detractores y ciertos sectores de la afición se equivocaban.
Llegados a este punto, tampoco hizo mucho caso a la prensa internacional, que por entonces tildaba el fútbol de España como “aburrido”. A Francia la desactivó frontalmente, por las bandas, en el campo… El equipo de Laurent Blanc pareció un muñeco en manos de un niño. Las dos serias amenazas, Ribéry y Benzema, nunca aparecieron. Y Xabi Alonso deslumbró justamente en su partido número 100 con dos goles. El fútbol-control, el “Tiki-taka”, la posesión, el equilibrio y la circulación del balón meditada y rápida seguían siendo las señas de identidad de un equipo donde prima lo colectivo, donde las individualidades no existen. Por eso, Portugal, el rival de semifinales tampoco pudo franquear la meta de Casillas.
Los de Paulo Bento salieron a morder, imponiendo una exigencia altísima que consiguió que hubiera apenas profundidad ni espacios ante la intensidad y la presión, sólo rota cuando la verticalidad de los hombres de medio campo impusieron algo de tensión hacia adelante. Si no se podía parar a España dentro de la legalidad, ahí estuvo Pepe para mostrar a ese jugador impío y esquizofrénico protagonista de tantas muestras de ignominia deportiva. Portugal tampoco encontraba su sitio y no podía mantener el balón, siempre en posesión de España. Y llegó la prórroga. Y se enseñó a los portugueses que con 48 horas menos de descansado se podía exprimir a un ritmo de escándalo y crear más juego en media hora que en todo el partido. Primero, con Iniesta a punto de marcar con un pase de Jordi Alba (auténtica revelación del campeonato) y luego con una falta de Sergio Ramos y la insistencia de una selección volcada hacia la portería contraria.
Portugal había desaparecido. Algo extensible en los temidos penalties. Una lotería con muchos alicientes añadidos; la pugna entre Iker Casillas y Rui Patricio que habían sido muros infranqueables durante el choque, Cristiano Ronaldo, que no quiso asumir el primer lanzamiento para reservarse un hipotético último penalty y consagrarse así como el héroe, la necesidad de Cesc de repetir la gesta de hace cuatro años en la tanda contra Italia o el morbo de ver otro penalti ejecutado por Ramos después de su fracaso desde los once metros contra el Bayern de Munich meses atrás y que dejó a su club fuera de la Final de la Champions. Mucha tensión y expectación. El resultado: otro histórico pase a una final de Eurocopa con esa explosión de júbilo que devolvió la sonrisa a todos y concilió posturas encontradas. La madurez de este equipo se había consolidado con el sufrimiento, con el convencimiento de los campeones. Portugal fue un digno rival, pero delante tenía a un colectivo que estaba a punto de escribir sus nombres con letras de oro.
Cuando la selección española se enfrenta a Italia es imposible no traer a la memoria aquel codazo de Mauro Tassotti a Luis Enrique en el Mundial de Estados Unidos el 9 de julio de 1994. Viejos presagios que ya fueron saldados en la anterior Eurocopa en la que la Maldición de los Cuartos se dinamitó frente aquella selección que, hoy en día, ha adaptado su modelo a un fútbol más acorde con los tiempos que corren. Italia ya no es ese conjunto que fomenta el ‘catenaccio’. Su entrenador, Cesare Prandelli, ha llevado a cabo una brillante renovación de estilo que deja atrás el mítico cerrojo italiano y falsas artes para lograr la victoria. La selección italiana había expuesto, junto a Alemania y a Portugal, el juego más válido en esta Eurocopa. Tanto, que contra la todopoderosa escuadra bávara, lució instinto y pegada fiscalizando el juego a través de ese fenómeno que ha sido durante este mes Andrea Pirlo y apuntilló a los hombres de Joachim Löw con dos cisuras en forma de gol en los pies del díscolo y controvertido Mario Balotelli.
España e Italia. Una final de ensueño. Ya no existe aquel miedo escénico que confabulaba la mala suerte a un posible resultado. España salía al Olímpico de Kiev conocedora de su faceta de favorita, respetando a un rival muy poderoso, pero con una meta histórica: ser el único equipo de los fastos del balompié capaz de urdir un triplete de Eurocopa-Mundial-Eurocopa consecutivo. Y así fue. España y el mundo entero disfrutaron de la Mejor Selección de Futbol de la historia, con un juego único e irrepetible, trazando con perfección una gesta que nadie podrá olvidar jamás.
Las palabras de Xavi Hernández que aceptaban que no había estado tan trascendente y determinante como en anteriores campeonatos se borraron desde el inicio de partido. Apareció su mejor versión en el momento indicado. El cerebro que hace que el mecanismo y engranaje de todos opere como un reloj suizo salió a la luz e hizo en esta selección caracterizada por la alegría del fútbol, en constante crecimiento, abrumando con esa conducción del balón admirable. La magia volvió a tener sentido en las botas de un equipo destinado a la gloria donde el colosal Iniesta había viniendo sido el valuarte referente de un equipo ganador. No obstante, el de Fuentealbilla ha sido considerado el mejor jugador del torneo. Por supuesto, en la final, tampoco falló. Antes de cumplirse el cuarto de hora de partido, Cesc, el tan criticado falso “nueve”, se fue directo como una exhalación hacia el fondo del área para amagar y ponerle el pase a la cabeza de Silva. España estallaba de júbilo. La final deseada estaba al alcance de las manos. Los italianos, con un Pirlo anulado y con una delantera desaparecida, no podían ser más que observadores de lujo de tan bella propuesta futbolística, pese a que el potencial ‘azzurro’ intentó asestar algún zarpazo por alto. Pero ahí estaba como siempre Casillas.
Bordeando el descanso, Xavi se inventó un pase medido a ese expedito chaval incansable que es Jordi Alba y logró batir a Buffon en un mano a mano que dejó el 2-0 y al público en éxtasis de alegría desbordada. La segunda parte fue una fiesta. Una lección total del fútbol que ha hecho tan grande a este conjunto de amigos dentro y fuera del campo. Los límites se abren a la imaginación cuando un equipo juega de forma similar. Torres saldría a rematar la noche; en primer lugar, con un gol que le convertía en el único delantero en marcar sendos goles en dos finales distintas en este campeonato. El otro, para asistir a Juan Mata, que había ingresado en el terreno de juego un minuto antes y devolverle el apoyo moral que éste le ha ofrecido en el Chelsea durante la temporada, en un año que Torres no podrá olvidar por distintas causas.
España era campeona de Eurocopa. Otra vez el cuento tenía el final feliz que todos queríamos. Y Del Bosque y los suyos lo lograron con un 4-0 que seguirá vivo en nuestras memorias cuando alguien nos hable de esa bestia negra llamada Italia. Hacía 92 años que la selección no ganaba a los italianos en competición europea. Italia ha cambiado tanto que incluso saben perder con dignidad, aunque sea por una goleada en la que el capitán español pedía respeto por el rival solicitando que no se alargara más la agonía italiana. La selección de Prandelli ha sido la mejor del campeonato si exceptuamos al campeón. España está a otro nivel. Y todos merecen el elogio consensuado porque así lo han demostrado: los Casillas, Valdés, Reina, Arbeloa, Ramos, Piqué, Jordi Alba, Juanfran, Javi Martínez, Albiol, Iniesta, Xavi, Xavi Alonso, Cesc, Cazorla, Busquets, Jesús Navas, Torres, Llorente (que mereció la oportunidad de formar parte de algún minuto disputado), Pedrito, Mata, Silva y Negredo son ejemplo de unidad, de humildad y honestidad con respecto a los grandes logros que obtienen como selección.
Una selección que supo dosificar sus fuerzas, que llegaba al límite a la final, pero que nunca cejó en su empeño de seguir siendo fieles a su estilo. Es lo que diferencia a este grupo de chavales de sus rivales, a los que desnaturaliza con su juego, logrando que los entrenadores antagonistas pretendan transformar la identidad de su selección sólo para intentar parar a España. Esta generación se perfila como irrepetible, como ilusionistas capaces de levantar la alegría de un país sumido en una profunda crisis y hacer olvidar, aunque sea transitoriamente, las subidas de impuestos, la prima de riesgo y la ineptitud gubernamental. A cambio ofrecen recuperaciones de balón, juego fluido, absoluta capacidad de ampliar el porcentaje de posesión, con gran acierto en los pases, creando espacios desde la pertenencia del esférico y obligando al contrario a recuperar muy atrás para recorrer todo el campo si quieren ver la portería de Casillas.
Un equipo que sabe competir, lidiando con cualquier tipo de inconveniente que surja, haciendo de sus errores un ejemplo de superación hasta obtener el máximo logro en el terreno de juego para asumir su propia idiosincrasia y ganar los partidos en función del desarrollo de los mismos. Son tantos los recursos y se conoce tan bien el seno interno del grupo, que el hecho de que importantes ausencias como las de David Villa y Carles Puyol puedan ser reordenadas con una estructura muy solidificada, sin buscar coartadas o excusas. Ahora todo el mundo sabe cómo juega España. Ésa viene siendo la dificultad con la que las demás selecciones intentan ponerle las cosas más difíciles al equipo de Del Bosque. Tampoco importa, porque estamos ante un entrenador modélico pormenoriza todas particularidades tácticas y estudia hasta el más mínimo detalle. Por ejemplo, tras la polémica que envolvió a ambos tras sus choques con sus clubes, Ramos y Piqué aprendieron a llevarse bien y con ello se transformaron en la pareja de centrales más resolutiva de la competición. Porque Del Bosque sabe reemplazar las piezas y amoldar las necesidades del equipo sin desistir en su ideología de un fútbol que, como se ha visto en este Europeo, todas las selecciones han intentado copiar sin éxito.
Esta selección española es genuina. En la honestidad de una idea llevada hasta las últimas consecuencias, en ese sistema moderno que funciona dentro de unos parámetros que desafían a los convencionalismos. Son una gran familia que ejemplifica la victoria compartiéndola con los suyos, con hijos, padres y esposas en el césped, dejando que así la felicidad se extienda a otros aspectos vitales. El del pasado domingo fue EL PARTIDO. El fútbol que logra que, durante noventa minutos, los problemas sean menos, que logra que generaciones de familias se fundan en abrazos emotivos, que la amistad albergue retazos comunes para recordarlos cuando la realidad vuelva a golpear nuestros sueños, que supongan una vía catártica ante tanto recorte, ante tanta injusticia y tomaduras de pelo. Eso es, en definitiva, parte fundamental de este espectáculo. Eso es lo que representa un equipo que desde el domingo ha pasado a ser leyenda que pervivirá en las páginas de la Historia.