jueves, 28 de junio de 2012

HELLRAISER: Hellbound's Heart (I)

25 años desgarrando almas
Este año se cumple un cuarto de siglo del estreno de este clásico del cine de terror, que sigue siendo una de las películas más influyentes del cine contemporáneo. Con el paso de los años, una obra como ‘Hellraiser’ se ha extendido a una cultura que vislumbra iconos pesadillescos y mitos capaces de estremecer conciencias desprovistas de emociones escalofriantes. Ahora mismo, nadie duda en determinar que esta cinta es una pequeña obra maestra del género. El luminiscente héroe ‘onírico-infernal’ de los clavos en la cabeza (el eterno Pinhead) nacido en una inolvidable década tan proclive para el terror como fueron los 80, ha engrandecido su efigie a lo largo de dos décadas para pasar a ser uno de los iconos fundamentales del cine apocalíptico y sangriento. En 1987, la New World Pictures trajo al mundo la ‘opera prima’ del que es uno de los genios más importantes de la literatura contemporánea, Clive Barker.
En aquélla se narraba la historia de Frank Cotton (Sean Chapman), un hombre que, aburrido de su vida cotidiana, viajaba a Oriente para conocer sus exquisiteces y perversidades. Allí, en lugar de nadie, un asiático le vendía una caja que, según la leyenda, le abriría las puertas del Infierno, ofreciéndole la posibilidad de disfrutar del placer y del dolor en una dimensión desconocida por el hombre. La curiosidad de Frank hace que resuelva el enigma de la caja con la consiguiente manifestación de los Cenobitas, seres infernales encargados de llevar la fruición del sufrimiento a quien los invoque. La casa desde la que Frank fuera llevado al Infierno, es habitada por su hermano Larry (Andrew Robinson), su hija Kirsty (Ashley Laurence) y su segunda esposa, Julia (Clare Higgins). Frank revivirá recobrando su humanidad gracias a la siniestra ayuda de ésta última, que fue su amante durante una época pasada. Renacido de entre los muertos, Frank no imagina que la inocente presencia de Kirsty iba a ser funesta para sus intenciones de regresar al mundo de los vivos, ya que la joven entregará a su tío a los Cenobitas para salvar su alma del enigma que reside en el misterioso receptáculo...
Este era el comienzo de la saga ‘Hellraiser’, un fascinante viaje a través de la transformación del cuerpo humano y el alma en su fase más salvaje, más dolorosa: placer y dolor en un solo concepto jamás experimentado por ningún hombre. Clive Barker estaba ya consolidado como uno de los herederos directos y a la vez congénere de Stephen King (quién llegó a decir “He visto el futuro del terror, y su nombre es Clive Barker”) cuando escribió esta inolvidable historia de horror, destinada a ser un clásico de dos ámbitos tan difíciles de vincular como son la literatura y el cine. El neófito realizador, al cual se le achacó en su momento su nula experiencia en el campo del celuloide, otorgó a la iconografía del fantaterrorífico (muy cerca del ‘gore’ –aunque nunca incluida en este subgénero-) una profundidad temática y estética revolucionaria, recreando una novedosa visión del terror basado en la insania fría, distante y en muchos momentos aberrante, en la que cada elemento que rodea la historia tiene algo de lúgubre y desagradable. Cada uno de los personajes se muestra de forma tenebrosa y sólo existe una cierta equidistancia del público con respecto a la cándida Kirsty (la hermosa actriz de culto, la musa de muchos sueños generacionales Ashley Laurence). Es cierto que el neófito director y novelista dirigió esta opera prima sin tener un conocimiento exacto del lenguaje cinematográfico, pero esto, si bien a veces evidencie una falta control de la acción visual sobre el argumento, sirve para ofrecer una perspectiva cristalina del espíritu global de ‘Hellraiser’ y su significado.
La aterradora serie supone un trayecto por el lado más oscuro hacia la esencia de la razón y de locura, para experimentar nuevas dimensiones del ser y del placer, personalizados en unos entes demoníacos (los legendarios Cenobitas) llamados para sobrecoger a las incautas e imprudentes almas ante lo que puedan descubrir. La transformación como producto directo de los más ocultos miedos humanos es el verdadero significado de ‘Hellraiser’. La saga (diez entregas hasta la fecha), que tiene su mejor ejemplo en la fundadora de toda la leyenda, explora este miedo mostrando la consternación y la tribulación en momentos inolvidables gracias, en gran parte, a los excelentes efectos especiales de pura artesanía creados por Bobb Keen.
Clive Barker definió el Infierno en la serie ‘Hellraiser’ de una forma novedosa, más espiritual que fabulesca, muy diferente (pero a la vez paralela) a la creencia cristiana. En ‘Hellraiser’, aquellos que traen el averno destinan la voluntad humana a un caos de sufrimiento en el que la representación de las llamas eternas es sustituida por las torturas a las que someten los siniestros Cenobitas, descritos por el propio Barker como “demonios para algunos y ángeles para otros”. El extenso universo generado por el literato está dominado por Leviatán, un dios ávido de torturas y deseos, materializado en un octaedro punzante. Y la única forma posible de abrir las puertas del Infierno, de acceder al Leviatán oculto, el que se esconde en nuestro morbo más escabroso, es a través de la resolución de un puzzle, un enigma inscrito en una caja llamada la ‘Configuración del Lamento’ que descubrirá los Milagros Negros y las Maravillas de la Oscuridad. Clive Barker se acercó con el mito y la doctrina de aquella película a aspectos filosóficos hasta entonces poco abordados en el cine, basados más en la ideología de Jung –complejo entendido como constructor de los sueños y los síntomas- que en la factible teoría de Freud y su vertiente sexual, todo siguiendo una particular imaginería inscrita en las mitología sumeria.
‘Hellraiser’ explora la colectividad inconsciente, en la que los sueños tienen tanta importancia como la realidad que nos rodea. Gracias al ingenio del escritor británico, el ‘fantastastique’ se aproximó al terror de una manera virtuosa, ejecutando un análisis introspectivo de esperanzas y miedos, de sueños y realidades. A pesar de tratarse de un filme relativamente pequeño (debido a su escaso presupuesto –1 millón de dólares-), en su núcleo argumental esta obra cumbre incluye una deliberación de todo aquello que circunscribe los secretos de Ciencia, los enigmas de Lógica y la llama de Prometeo.
‘Hellraiser’ sirvió también para que muchos descubrieran una de las alegorías del género más carismáticas y menos conocidas de la tradición del terror. Reiterado el símbolo del ‘psycho-killer’ mesiánico y enajenado que cometía sus barbaries en un mundo real y cotidiano (Jason Voorhes, Michael Myers o Leatherface), Barker optó por un ser infernal, dinámico, de personalidad arrolladora y de estética fastuosamente cuidada. Pinhead (‘cabeza de alfiler’ en su traducción literal) embelesó a los amantes de un género necesitado del cambio que transfirió esta cinta clásica. Muchos conocen a Pinhead, pero pocos saben que en realidad Barker le dio un pasado enigmático, ya que se trata del Capitán Elliout Spencer, un soldado que luchó en la segunda Guerra Mundial. Después de la guerra, aburrido y en constante crisis, encontró la leyenda del Infierno, la caja que abre las puertas hacia la dimensión de placer y tortura. Con el paso de los años sería uno de los Cenobitas más carismáticos del Tártaro, pasando a ser conocido como Pinhead, pero también Pontífice Oscuro del Dolor, el Papa Negro de Infierno, Vasa Inquatitis o también Xipe Totec. Pero no es el único. En el Infierno de ‘Hellraiser’ hay más Cenobitas iconográficos que mortificarán las almas que osen descubrir el enigma de la caja: son The Chatterer (que bate sus mandíbulas constantemente, castañeando los dientes como si fuera una trituradora), Butterball, la Cenobita Ángel y el satánico Channard.
El caso es que no sólo estos iconos tienen una leyenda propia en las páginas del ensayista inglés, llegando a escribir sus nombres con letras de oro en el género del terror, sino que el propio Clive Barker tendrá su lugar como uno de los maestros más incorruptibles de la historia de la literatura y el cine.
Si no conocéis ‘Hellraiser’, es el momento de que abráis la ‘Configuración del Lamento’...

viernes, 22 de junio de 2012

Final NBA 2012: LeBron y los Miami Heat ya tienen su ansiado anillo

El equipo que representa la parte materialista y menos romántica de un deporte de épica colectiva, los Miami Heat, ya son campeones de la NBA. Viene siendo algo habitual que aquí, en nuestro país, ya tenemos que tener asumido desde hace tiempo. En la liga de baloncesto más potente del mundo se deben ir acostumbrando a esta situación. La era de esos conjuntos creados a golpe de talonario sirven de referencia en todas las disciplinas que alcanzan el nivel de ‘mainstream’. Los Heat tienen a casi su totalidad de hombres llegados por vía agencia libre, que han recalado en un club al que le ha costado más de lo necesario el hecho de haber invertido cantidades astronómicas para lograr el sueño del anillo. Y lo han obtenido finalmente llevados por un LeBron James que por fin ha logrado su objetivo vital. El equipo de Erik Spoelstra no ha dado tregua a los inexpertos Thunder de Oklahoma con un contundente 121-106 en el quinto partido de las Finales. Los Heat han arrollado por 4-1 en esta serie final ante un equipo que llegaba con la vitola de revelación y con mucha ilusión por plantar cara y ponerle las cosas difíciles al eterno aspirante.
Sin embargo, anoche, de inicio, ya se impuso un criterio muy fuerte a favor del juego ofensivo y defensivo de Miami. A pesar de que el equipo de Kevin Durant reaccionara con la calidad de Ibaka y Westbrook comenzado el tercer cuarto, los de Scott Brooks no pudieron dilatar por más tiempo la celebración de un título que, contra todo pronóstico, ha resultado mucho más fácil de lo que se preveía. Los triples de Chalmers y Battier, los errores de los Thunder y la figura de James que ejerció de protagonista absoluto, como el claro líder de un noche en la que logró su segundo triple-doble en una final (26 puntos, 11 rebotes y 13 asistencias), dejaron claro que, frente a los partidarios de Durant, la noche sería de los Heat y de un James que se perfiló como el mejor jugador de esta final. Con una determinación inconmensurable, con una fuerza arrolladora. El resto del ‘Big three’ estuvo a la altura. Así, Bosh se cascó 24 puntos y Wade 20, además de 8 rebotes. El otro invitado de lujo del equipo, Mike Miller sumó por su parte 23 (7 de 8 en triples). De nada sirvieron los 32 puntos y 11 rebotes de Durant. La final, que se ha antojado demasiado efímera, llegaba a su fin con la justicia del justo vencedor. Primero el ‘lock out’ y ahora este expedito fin de fiesta nos han dejado con ganas de más baloncesto norteamericano.
LeBron ha conseguido de una vez por todas lo único que le faltaba a su asombroso palmarés. Tras nueve temporadas, el jugador dotado con un físico y una técnica imparables, obtuvo su anillo a la tercera oportunidad, tras adherirse a la franquicia presidida por el legendario Pat Riley y a abandonar de forma polémica su anterior equipo, los Cleveland Cavaliers. Lo hizo al más puro estilo yanqui, a medio camino entre el ridículo circense y la expectación del espectáculo deportivo anunciándolo en un programa a lo ‘reality show’ de la ESPN. Un hombre que se ha ganado las antipatías de medio mundo baloncestístico con su actitud infantil y ombliguista, haciendo alarde de una chulería altiva que, en muchas ocasiones, ha desembocado en la pérdida del respeto a sus rivales. Eso parece no importar cuando es momento de erigirse como nuevo genio de la canasta: “The King”, como le gusta que le llamen.
Sus primeras palabras después de ser recompensado con este título y reconocido como el jugador más destacado han sido: “¿Ahora qué le vais a decir al Rey? Soy campeón de la NBA”. En ése aspecto es lo más parecido a Cristiano Ronaldo dentro y fuera de las canchas. Un hombre que provoca reacciones y consideraciones extremas en una dicotomía de opiniones difícilmente reconciliables. La gran diferencia es que James, hoy en día, sí puede autodenominarse como el mejor en su terreno. Por fortuna, aunque sea una pose estudiada para enmendar sus muchos errores de conducta, esta temporada LeBron ha cambiado de estilo. Ahora sus declaraciones son más circunspectas y coherentes. E incluso su actitud ha virado hacia una inteligente rectitud y honestidad con lo que dice. Puede que busque lograr una santificación como icono total. Y aunque es cierto que nunca lo conseguirá, se agradece la intención. Dejando a un lado sus logros como jugador, a LeBron le falta esa estrella que han tenido muchos sus predecesores e ídolos comunes de la NBA. Aquéllos nombres gloriosos de épocas pasadas y más recientes. Ésos que todos conocemos. Pero LeBron es la nueva imagen de la victoria, el testimonio de que los tiempos y los modelos deportivos han cambiado.
Al fin y al cabo, el anillo ya es suyo. Su juego le ha convertido en un modelo de jugador completo que roza la excelencia. Competitivo, repleto de virtudes y abrumante en todos los terrenos de la cancha, hay que reconocer su extrema valía dentro de un juego determinado precisamente por la colectividad. Y en esos términos, el 23 de los Heat, sigue progresando. Lo que suceda de aquí adelante será el acrecentamiento de un futuro que promete ver al mejor LeBron. Y eso, hoy en día, son palabras mayores. Por muy mal que caiga y por muchos ‘haters’ (esa palabra que define muy bien las posiciones en contra de la estrella) que siga acumulando. La era de LeBron James ya está aquí. A ver cuánto le dura.

lunes, 11 de junio de 2012

Rafa Nadal, el mito cercano

Lo demostrado por Rafa Nadal el pasado domingo (y en extensión, el lunes) en la final de Roland Garros supone una gesta marcada a fuego en los fastos del deporte español. Sí, obviamente, habría que analizar cuestiones más trascendentes y significativas, como el rescate económico de una nación infectada por la estulticia de quienes la gobiernan, de los bancos que han llevado a los ciudadanos a sufrir la peor crisis de su historia o de las mentiras que supondrán que ese rescate (al que llaman de forma despreciable “préstamo”) que no es más que una condena que pagarán los de siempre, aquéllos más desfavorecidos manipulados por unos hijos de puta anclados en el poder que van a ver desde su tribuna cómo la calidad de vida irá a peor y la economía se hundirá aún más si cabe con esos 100.000 millones de euros malditos. Debería ser así. Y habrá tiempo para ello. Aunque sea desde el retiro abismal que no está siendo tal. Sin embargo, a veces es preferible sosegar el espíritu antes de meterse en la descripción de ese fregado y alabar la figura de ese deportista que ha añadido una nueva gesta en el torneo francés, convirtiéndose en el primer jugador en lograr siete títulos y superando el histórico récord del sueco Björn Borg tras vencer a su gran rival Novak Djokovic.
Y prevalece en estos tiempos procelosos, en la actual sociedad de masas emponzoñada por los de siempre, como ejemplo de esa figura de épocas remotas, donde las más excelsas hazañas de unos cuantos atletas elegidos merecieron la más alta admiración de sus contemporáneos. Es lo que le sucede a este chaval de Manacor, a este hombre tranquilo que representa las virtudes que toda figura pública, sea cual sea su disciplina, debería personificar. Su grandeza se asienta en la sencillez de una persona destinada a hacer grande un deporte de vaivenes, de dureza y esplendor interrumpido o efímero, donde sólo los más privilegiados y dotados son los que se sobreviven en el sustento de la compleja gloria. Nadal es un deportista ejemplar, modelo de jugador disciplinado, educado en todo comportamiento, ya sea dentro como fuera de la pista. Su férrea amistad con tantos otros jugadores del circuito o estrellas de otras materias (emotivo fue el abrazo con el que se fundió a Pau Gasol el pasado lunes) y el respeto que tiene con todo el mundo que le rodea son valores que le configuran como un paradigma de la corrección en la que deberían fijarse todos los chavales y los deportistas de élite que deben ver en Rafa como modelo al que copiar.
Nadal es el primero que destroza a su rival en la pista, pero también el que les abraza y felicita por su juego y esfuerzo. Y lo hace sin falsa modestia ni atisbo alguno de prepotencia. La ejemplaridad es una noción que implica casi siempre positividad, pero Nadal sabe asumir su trascendencia y despojarla de su jerarquía para terminar ganándose el cariño de todos. Tras su derrota en Australia frente a su bestia negra, el serbio Djokovic, en un partido de cinco horas y cincuenta y tres minutos que pasó a ser el partido más largo en una final de Grand Slam, Nadal ya advertía que había aprendido mucho de aquélla derrota. De los reveses se puede aprender más que de las victorias. Y su resistencia al fracaso le permite remontar la frustración del desastre y conservar su motivación y el afán de superación por encima de cualquier obstáculo. Es ésa voluntad de mejora, de respeto hacia su profesión y a los rivales, de sus declaraciones comedidas y disciplinadas, de su realismo ante la vida, lo que hace que Rafa sea grande en los instantes de gloria como en sus inapreciables caídas de juego, en su contención en cuanto a estado físico y mental. De ahí que lo que hemos visto en Roland Garros haya sido un juego concluyente y demostrativo, el que caracteriza al gran destructor de la tierra batida.
Rafa Nadal es el gran culpable de que Roland Garros haya vuelto a ser un torneo con audiencias prodigiosas, de referencia que supera la expectación frente a otros deportes mucho más populares. La grandeza de Nadal hace encumbrarle como un mito cercano que será recordado con admiración como el símbolo de una generación de deportistas españoles que se antoja difícil de superar. A todos los niveles, es el ejemplo que seguirá perseverando su imparable consolidación como uno de los mejores deportistas de élite del universo, como el mejor jugador de tenis de la historia y, probablemente, como el deportista más completo que ha tenido el deporte español jamás.
Rafa Nadal es leyenda.

jueves, 7 de junio de 2012

La fascinación por Ray Bradbury será eterna

1920-2012
“…Pero los primeros Solitarios tuvieron que saber soportar el estar solos...”.
‘Crónicas Marcianas’, de Ray Bradbury.
La pérdida de Ray Bradbury supone la desaparición de uno de los genios literarios más reconocidos dentro de un difícil género como la Ciencia-Ficción. Y lo ha hecho con el deber consumado, a los 91 años, dejando su inmortal figura escrita con letras de oro. Se trata de uno de los grandes escritores que contribuyó con su incandescente estrella artística a impulsar el género en el ámbito de la literatura junto a nombres como Robert A. Heinlein o Arthur C. Clarke.
Su vasta obra, donde los cuentos multiplican su grandeza y sus novelas conjugan la retórica sobre la razón que alienta al lector al placentero descubrimiento de un universo diferente, confirió una reconfortante accesibilidad a una lírica evocadora capaz de transportar hacia entornos inaccesibles y lejanos, descritos con un sentido de la claridad visual familiar, como si estuviera detallando un pueblo cercano y reconocible. Sus mundos, matemáticamente imaginados, indagaron en la fantasía, en las sombras de una América que escondía en sus márgenes un ruido de fondo metaforizado en amenazas incómodas silenciadas por la aparente normalidad.
Su obra magnifica la idea de una alimentación imaginativa, que describe con habilidad algunos insondables recovecos de la mente humana para fabricar una verdad vestida de futuro, logrando a su vez aterrar en el ahogo de una rutina para exprimir así la tensión hasta límites insospechados, penetrando en los miedos seculares arraigados a la humanidad. Bradbury, nunca se sintió un futurista, sino un escritor que advertía sobre lo que nos va a venir y sobre la depauperación de la bondad humana infectada por el progreso hacia una visión de modelo especulativo que, a la postre, se convertiría en la más perdurable dentro del género.
Tal así que, repasando las páginas de sus más notables libros y narraciones cortas, recordamos ese arcaico precepto que impone la transformación de la oscuridad en entelequias capaces de que el más pavoroso temor o soledad saque a flote nuestras insuficiencias y limitar con ello cualquier grandeza a una nada desoladora. Su carácter innovador utilizó la ciencia ficción para cultivar un apego en el desarrollo de las relaciones humanas y sus emociones antes que caer en la recreación excesiva de mecanismos adelantados a su tiempo o lustrosas máquinas robóticas. Travesías encaminadas siempre a lo fantástico, itinerarios a través del tiempo y la memoria donde todo es posible, donde lo desconcertante y extraño terminan por revelar la esencia de algún recelo, peligro o miedo.
El hombre que supo profetizar la ignominiosa evolución antidemocrática a la que estamos sujetos en estos instantes y que profetizaron tiempos como los mostrados en su obra maestra ‘Faherenheit 451’ siempre subrayó un individualismo enmascarado en la supervivencia de un boscaje tecnológico y urbano. Con una claridad de pensamiento y una sencillez de su discurso incorruptibles, más que un escritor fue una inspiración para varias generaciones. Y así lo seguirá siendo para la posteridad. Su legado queda fulgurado como excepciones manifiestas en páginas que siguen despertando la fascinación y la melancolía como remedio para los que lloran, de diversas formas, el adiós del Gran Maestro.

martes, 5 de junio de 2012

La incógnita del futuro abismal

Hace bastantes años este blog, ‘Un Mundo desde el Abismo’, en los albores de la gesta que supuso hacer de él un referente en un mundo tan competitivo como el fenómeno ‘blogger’ (hoy presumiblemente perecedero), aprovechaba el verano para tomarse un descanso a la frenética actividad que hizo que en menos de dos años se llegará al imposible número de mil entradas. Eran tiempos felices en los que la prodigalidad acumulaba posts, los seguidores se contaban por miles y hacía falta retirarse y tomarse un respiro. La pausa de este 2012 no viene provocada, precisamente, por esos condicionantes tan satisfactorios. Más bien podría decirse que es por todo lo contrario. Las capacidades y la plétora dactilógrafa que simbolizaron este blog antaño no se han perdido, pero sí han debilitado su esencia por varias razones que han ahondado en el ánimo hasta límites insospechados. Ya no me divierto escribiendo. No hay motivaciones suficientes. Tampoco deviene en agotamiento o en una sensación de obligación para seguir poniendo este entorno abismal a la disposición y servidumbre del lector. Lo cierto es que tengo que ausentarme un tiempo.
Durante estos años una idea tan privilegiada como es la de tener esta bitácora me ha dado muchas satisfacciones, pero llega un momento en que, cuando la situación personal, asentada en la carestía laboral, en tantos problemas y ahogos, diluye las expectativas puestas en un proyecto y transforman los sueños en un lodazal de desesperanza que acarrea un escenario que se antoja imperecedero. Tengo la sensación de que toda esa lucha, de que todos esos textos, de que todas las críticas, estudios, dossieres, artículos, secciones… han sido en vano. En gran parte, porque no han tenido ninguna retribución vital a pesar de haber recibido el apoyo y el aliento de los muchos lectores que siguen leyendo estas líneas. Puede que ése fuera y haya sido el objetivo final. Creí que algún día, tanto trabajo, terminaría por encontrar otro tipo de vía, de canalización, de desafío relacionados con la escritura, con el hecho de volcar aquellos deseos e ilusiones o de reafirmar el dudoso talento que atesoraba aquel veinteañero que inició uno de los viajes más maravillosos de su vida con un rumbo cada vez menos claro. Estoy cansado, abatido, sin una certidumbre sobre nada en general. Y esa huella no es buen compañero.
Desde su origen, puse todo mi empeño ferviente en que ‘Un Mundo desde el Abismo’ no fuera otro de esos blogs destinados a desaparecer como tantos que se han quedado en la red tras un paso más o menos reconocido por la blogoesfera. Ahora lo pongo en duda. Será una fase muy delicada en la que habrá que deliberar detenidamente si ha llegado la hora de abandonar el mundo Blog o no. Os engañaría si no expresara mis dudas, ni el temor a esa posibilidad del cese total de actividad en estos lares. Los desafíos incompletos han acabado por destruir la moral y lo que un día daba muestras de una salud fértil ha terminado por representar a la perfección el título que da nombre y sentido a este espacio. El de ese mundo diario pisando en terreno inestable, donde la inconsistencia asola cualquier decisión que puedas llegar a tomar. Además, a eso hay que sumar el abandono y la inadaptación a los nuevos modelos de comunicación de la actualidad. Un aspecto que está estancado, en una dilación pasiva por renovar y acomodar este blog a las redes sociales que quiebran cualquier tipo de esfuerzo de renovarse. El blog se ha quedado anticuado y no hay perspectivas de modernización que insuflen la alegría perdida. También la web REFOyo.com parece haberse quedado obsoleta y abandonada. No es buena época. 2012 es un año que está siendo el enésimo año ‘horribilis’, de esos que oxidan el espíritu y elimina cualquier muestra de mejora.
Pero no avancemos acontecimientos. Puede que este respiro, el alejamiento de esta pantalla, de la vida en las redes sociales y la reconciliación íntima con este teclado sea efectiva. Tal vez esta tregua, con un correcto aislamiento del mundo, traiga renovados ánimos con los que afrontar nuevos y habituales contenidos. Y no sólo será una interrupción de la vida abismal. Este retiro va mucho más allá: desde hoy, mi presencia en Facebook, Twitter y demás redes sociales que abducen hacia ese paraíso falsamente reconfortante llamado comunicación 2.0 será más bien escasa. Únicamente de consulta, de participación muy limitada. Ha llegado la hora de desconectar. Ha sido muy complicado llegar a esta decisión. Así que el próximo 5 de septiembre anunciaré, coincidiendo con el octavo aniversario de esta bitácora, la decisión final sobre el futuro de este abismo herido de gravedad, maltrecho e infecundo. Me encantaría exhortar, con todo mi corazón, que esto sólo es un trance pasajero o que se trata de un eventual bajón ideal para el reposo veraniego. No es así.
Sería cojonudo despedirme hasta entonces con un afectuoso “to be continued”... Sin embargo, no puedo asegurarlo. Necesito una prórroga. Tampoco os preocupéis en exceso. Seguro que entre el día de hoy y el post de cumpleaños de la citada fecha (que pueda que sea el último), algún tímido texto emergerá aparentando normalidad, rememorando a aquellas piezas tituladas ‘Extras de Verano’ de antaño. La palabra “retirada” tal vez sea demasiado trágica o derrotista, aunque es cierto que llevo tiempo renunciando a encontrar un día a día relacionado con lo único que sé hacer y esto se paga. Serán tres meses de introspección, de razonamientos, de valoraciones de toda índole que derivará en una decisión trascendental para mí, puesto que este blog se ha convertido en parte fundamental de mi vida. Y no sólo se refiere al abandono del Abismo, sino la abdicación definitiva a escribir y seguir mi camino por otros derroteros imprevisibles alejado de ello debido a las penosas circunstancias que nos rodean. Depende de muchísimos factores. Y espero, como muchos de vosotros, que todo esto tenga continuidad después de ese extraño aniversario. Sólo entonces podré asegurar si esto seguirá o me despediré de la red para siempre. Llegados a este punto, quiero daros las gracias (una vez más) por haber estado ahí cada día, siguiendo las reflexiones subjetivas de un pobre diablo que creó este espacio irreflexivamente, sin saber sabe muy bien a qué expectativas respondía el inicio del Abismo.
Hasta entonces, feliz verano a todos y gracias, de todo corazón, por continuar ahí durante casi una década.
Abrazos de tod@s.