viernes, 25 de mayo de 2012

Final de Copa 2012: 110 años después

El 16 de mayo de 1902, en el Hipódromo de Madrid se disputó la Copa de la Coronación de Alfonso XIII. Era la primera competición que pasaría a ser la Copa del Rey. Entonces había un combinado formado por los equipos bilbaínos del Athletic Club y el Bilbao F.C. y que jugó bajo la denominación de Bizcaya. Luis Arana, Careaga, Larrañaga, Luis Silva, Amado, Arana, Goiri, Cazeux, Astorquia, Dyer, Ramón Silva y Evans se enfrentaba al F.C. Barcelona de E. Morris, Pamies, Meyer, J. Morris, Witty, Valdés, Parsons, Gamper (fundador del club azulgrana), Steinberg, Albéniz y E. Morris.
Por aquel entonces, el Barça ya era un equipo que asustaba, con lo más granado del fútbol internacional en sus filas y con solidaridad de un planteamiento definido y preparado para la ocasión. La semifinal, jugada contra el Real Madrid había sido ganada con facilidad sin necesidad de recurrir a sus titulares. Por el contrario, el Athletic sí llegaba tocado y mermado por el cansancio físico. No fue óbice para que los goles de Astorquia y Cazeux desgastaran las ilusiones y la fuerza de un Barcelona que sólo pudo recortar el marcador en los minutos finales con un tanto de Parsons.
Fue la primera Copa del Rey para el Athletic, aunque los fastos oficiales contradigan que su primer título llegara tan sólo un año después, ganándole la final al Real Madrid. 110 años después el Athletic tiene la oportunidad de rememorar aquella hazaña de esa Copa de la discordia, que está como oro en paño en el Museo de Ibaigane y que durante largo tiempo ha seguido convirtiendo al equipo rojiblancos en lo que siempre ha sido: “El Rey de Copas”. Hasta que hace tres años, el Barça no dejó saldar al Athletic la deuda con su Historia. Se enfrentaba al génesis del que ha sido uno de los mejores equipos que ha dado el fútbol y la Era de un entrenador como Pep Guardiola que lo ha logrado absolutamente todo en un tiempo récord.
Aquel gol de Toquero en el minuto abrió unas ilusionantes expectativas que se fueron diluyendo por la rotundidad de un juego que aplastó al conjunto de Joaquín Caparrós y le endosó un inmerecido resultado de 1-4. Demasiado castigo para un equipo y una afición que vio cómo su equipo caía ante la velocidad de movimiento del esférico de un Barça completamente estratosférico y perfectamente táctico. Fue un duro trance ante tanta esperanza frustrada. Todo eso, forma parte del pasado.
Tres años después el destino ha querido que en su vuelta a la Gran Final Copera, el Athletic tenga enfrente el mismo rival. El Barça sigue siendo el gran favorito, el intocable que, sin embargo, ya no da tanto miedo como en el pasado reciente. Además, la final de Bucarest ya está olvidada. Han pasado dieciséis días desde la catástrofe. Tiempo suficiente para que ese ideólogo, de esa máquina perfeccionista de la estrategia que es Marcelo Bielsa, obsesivo y erudito en estas cuitas, haya tirado de psicología y haya devuelto la ilusión al equipo y a la afición. “El loco” ha demostrado en los dos partidos de liga contra los culés que sabe jugarle al gran campeón, pese a que no haya conseguido la victoria en ninguno de los dos choques. Esta noche vuelve a ser la oportunidad perfecta para saldar débitos pretéritos. Hay generaciones de aficionados que no han vivido lo que es ganar final, sentir la desmedida euforia de un triunfo de un equipo transformado en sentimiento. Una nueva generación de aficionados que desean vivir en primera persona las gestas que se han negado, como aquéllas legendarias hazañas de los 80, cuando el fútbol era equitativo y se medía por los méritos deportivos y no económicos y cuando las distancias entre clubes ricos y los humildes no eran tan descomunales y diferenciadoras como las que existen hoy en día. Y estos chavales se merecen la oportunidad de experimentar esas hermosas sensaciones colectivas.
El Athletic vuelve a estar en una final. La tercera en tres años. Algo muy difícil de pensar hace tan sólo un lustro. Y estamos de nuevo en la final de la Copa del Rey. La nuestra. La que más ilusión hace. Otra final que enfrenta a Goliat, el gigantesco equipo globalizado que aspira a darle a Guardiola el último título de un periplo que ningún entrenador será capaz de igualar ante ese Athletic que este año ha enamorado con su fútbol, el pequeño David con ansias de devolverle a la afición una alegría más, de recuperar el unánime sueño de un título. Los galones que los diferencian no serán un problema. Para el Barça es una muesca más en su colección de trofeos. Para el Athletic, sin embargo, esta Copa del Rey es especial, porque simboliza mucho más que un título. Casi tres décadas (veintiocho años) desde que el gran capitán, Dani, levantara la Copa del Rey, alejados de la grandeza de esos momentos son demasiados años de ilusiones y sueños destrozados por una realidad de absurda perversidad con la que es y seguirá siendo la mejor afición que tiene el fútbol actual. Son treinta y seis finales de las ciento ocho disputadas. Y éste año, el juego voluntarioso y sólido, donde prima la propiedad del balón sobre el campo, con su rápida circulación y una mentalidad repleta de ideas, de progresivo crecimiento con conceptos novedosos atesorada por una plantilla que es la más joven de la liga nos hace ver esta oportunidad con alguna perspectiva más halagüeña. Los pecados de juventud y temores, el agarrotamiento y la presión que hicieron que este gran equipo no mostrara su mejor juego contra el Atlético de Madrid de Simeone, deben servir como incentivo a la hora de aprovechar la inmejorable ocasión de enmendar los errores.
Es la hora de demostrar una vez más el espíritu guerrero, exhibiendo las cualidades luchadoras que han mantenido al equipo en Primera División desde el principio de la historia. Y para la afición, ése motor de voces y espíritus volcados apasionadamente con el equipo, convoca otro instante de unión colectiva memorable. Hay que dejarse las gargantas, en Madrid, en Bilbao y desde la distancia. En cualquier punto del mundo. La final será un partido donde se sufrirá cada minuto, cada oportunidad y en cada desliz. Pero, sobre todo, hay que celebrar los goles como jamás se ha hecho y seguir animando sin freno si se recibe algún otro. Y con todo esto, la victoria dejará de ser una utopía para acercar de nuevo la Gloria a San Mamés y al Botxo. Las lágrimas de tristeza serán reemplazadas por otras bien distintas. Los leones tienen que rugir como nunca y preservar la tradición ancestral de un club que, aún hoy en día, sigue siendo único en el mundo, salvaguardando las señas de identidad que defienden un estilo ajeno a la marabunta de intereses en la que se ha convertido el fútbol moderno, desde la honestidad de esa idea que cohesiona el compromiso con la tradición. Vuelve a ser una empresa que muchos consideran improbable, sí. Pero esta vez puede suceder y nadie puede quitarnos la ilusión. La misma que, en ocasiones, hace accesible los triunfos y convierten lo imposible en una realidad certera.
Hay que darlo todo y dejarse la piel. Que nadie dude de que esto vaya a ser así. Y poder contar que aquel 25 de mayo de 2012 ganamos la vigésimo quinta Copa del Rey ante el mejor equipo del Mundo. La Gabarra nos espera. Y si no es el domingo, será muy pronto. Que nadie pierda la esperanza.
Es nuestro momento ¡¡A por ellos, leones!! ¡AUPA ATHLETIC!
¡¡Beti Zurekin!! KOPAREN BILA.

lunes, 21 de mayo de 2012

Review 'Los Vengadores (The Avengers)', de Joss Whedon

El más difícil todavía
Joss Whedon fusiona las franquicias ‘marvelianas’ en un nexo común adoptando con fidelidad el espíritu de Lee y Kirby en una trama global que entrelaza todo lo visto hasta la fecha y cuya avidez por la fascinación resulta incombustible.
La gran pregunta cuando se comenzó el ciclópeo proyecto de ‘Los Vengadores’ era si Joss Whedon era la mejor opción para llevar a la pantalla el filme más ambicioso y titánico del subgénero superheroico. Con una sola película a sus espaldas como director con hordas de fans como es ‘Serenity’ y una consolidada figura en el mundo televisivo gracias a series ‘Buffy cazavampiros’ o ‘Firefly’, Whedon ha sabido ganarse un puesto importante dentro del mundo cinematográfico con guiones de cintas como ‘Toy Story’ o ‘Titan A.E.’ y produciendo pequeñas reliquias como la web serie ‘Sing-Along Blog de Dr. Horrible’ y la paródica cinta ‘gore’ ‘Cabin in the Woods’, así como firmante de guiones de cómics de la saga ‘Astonishing X-Men’.
Whedon realiza aquí que el gran salto a las grandes ligas, a la megaproducción más costosa de los últimos tiempos. Su gran capacidad como especialista en la construcción interna del héroe y su raigambre manifiestan una notoria erudición de la cultura popular a la hora de levantar con coherencia y cautela esta colosal construcción de carácter comercial que responde a la idiosincrasia del ‘blockbuster’ en toda regla. Se trata, por tanto, de reunir en un mismo corral a los factores más importantes del último cine de superhéroes; Iron Man, Thor, Capitán América, Ojo de Halcón, Viuda Negra y Hulk y componen el mosaico sideral dentro de una especie de cumbre superheroica compuesta por lo mejor de cada saga ‘marveliana’. Un ‘all star’ cuya funcionalidad se ciñe a mantener la cohesión de todos sus elementos y no fragmentar la grandeza común antes que sobreponer los rasgos distintivos y unitarios. Lo difícil era dotar de protagonismo, a partes iguales, a cada miembro de este equipo galáctico de grandes figuras. Y vaya si se consigue.
La línea argumental no presenta complejidad aparente: El mundo llegará a su fin si Loki, un semidiós desterrado y hermanastro de Thor se hace con el Teseracto, una especie de cubo que funciona como fuente de energía capaz de abrir portales espaciales y que provoca las ansias del villano por conquistar el planeta y dominarlo junto a un ejército de Chitauris, una raza alienígena bastante cabrona. Lógicamente es cuando Nick Furia, intendente del S.H.I.E.L.D. pretende impedir los siniestros planes de Loki reuniendo a los Vengadores, un grupo formado por los superhéroes antes mencionados. Una familia bien avenida con toques de disfuncionalidad que concretan la argucia comercial de Marvel y sus anteriores tentativas por dibujar un plantel de filmes genéricos que no han sido más que un anticipo que tiene su eclosión aquí. Los pequeños elementos presentados a lo largo y ancho de las películas que preceden a esta colosal reunión toman forma concreta como piezas de un puzzle que encajan y fusionan las franquicias en un nexo común disfrutado como un colofón festivo y desmadrado.
Como guionistas, el propio Whedon, junto a Zak Penn, han hecho un espléndido trabajo trasladando esa esencia del universo creado por Stan Lee y Jack Kirby adoptando con fidelidad el espíritu de la fuente primigenia en una trama global que entrelaza todo lo visto hasta la fecha. La transición del individualismo que se cristaliza, no sin tensiones y choques, en un trabajo colectivo, metaforiza el objetivo grupal unificador de intenciones y causas para crear un único todo con un equilibrio y una dosificación impecables. De ahí que Whedon afiance su rúbrica reverencial hacia los componentes con los que edifica el mito superheroico sin ninguna prisa, evitando desequilibrar la balanza a la hora de construir los roles, con sus particularidades y motivaciones, dándole a cada uno un espacio privativo y controlando en todo momento los instantes en los que comparten plano entre ellos. Como era de esperar, aunque Iron Man y Capitán América ejercen de motores de la función, es cierto que Whedon logra evitar que unos estén por encima de otros, sin renunciar a lo que hace de ‘Los Vengadores’ una auténtica delicia, que no es otra cosa que el humor autorreferencial en buenas dosis, sin adulteración ni coartadas, con constantes toques de cinismo que engarzan con soltura y sin ningún desajuste esas relaciones interpersonales y de desafío entre unos personajes destinados a llevarse bien pese a su heterogeneidad.
Con ello, Whedon reniega de una presumida disposición hacia un rumbo visionario del mamotreto que supone encauzar un filme de estas dimensiones, siendo mucho más cercano a la franqueza y respeto hacia los cómics que hacia unos inexistentes propósitos de megalomanía, por difícil que pueda parecer, contrayendo una deuda de honestidad con esa montaña rusa cuya avidez por la fascinación es incombustible. Al margen de lo estrictamente épico, el cineasta no intentar en ningún momento evidenciar una reinterpretación de los cánones genéricos, alcanzando que el conjunto orbite sobre una plausible funcionalidad que ha funcionado, mejor o pero, como carburante sintético de sus franquicias. En este aspecto, hay que subrayar el perfecto manejo de la puesta escena, tan arduo en realización como accesible para el espectador, sin necesidad de abrumar con un torrente de planos, ni de asumir los nuevos modelos del cine de acción colérico y frenético, sino aceptando su condición ‘mainstream’ como un acto de Fe dentro del género en el que se ubica y en unas condiciones englobadas con un objetivo que nunca se pierde de vista. ‘Los Vengadores’ expone sus atributos con abrumador ingenio, ritmo y confabulación con el público, que no puede por menos que dejarse llevar por la explosiva fastuosidad de una épica entregada a la autoconsciencia de un producto diseñado para vivirse como una grata experiencia comercial.
Hay que reconocer, además, lo bien orquestadas que están sus ‘set pieces’ de acción y reacción, sin escatimar en plétora de efectos, equilibrados por la sensación de coherencia que se despliega a lo largo de las dos horas y media que dura el espectáculo. Y lo mejor de todo; nunca pierde de vista las consignas de unos héroes contestatarios bajo el yugo de una base crítica con la actual situación de crisis mundial, ni tampoco por el discurso catastrofista que empapa su fondo, simbolizado en esa grandiosa batalla final propagada de devastación por las calles de Nueva York, donde la acción hiperbólica identifica las inseguridades actuales en un paradigmático clímax de acción que lucha contra las miserias que no son más que la representación de un mundo libre que no es tal. El filme, en el fondo, concretiza sus objetivos en la necesidad de creer en los superhéroes, con un discurso inteligentemente diseñado, añadiendo momentos de frivolidad que esconde en sus trazos de espectáculo y color bastantes golpes a la conciencia política y la manipulación a la que estamos sometidos. Incluso Nick Furia juega con su poderoso grupo en un pasatiempo psicológico sutil y pervertido.
Whedon ha confeccionado una película eficiente e inspirada, que golpea con contundencia e impulsa sus valores sin renunciar a un estilo delegando cualquier circunspección trágica a una trama maniqueísta en el que el Bien lucha con sus armas y honestidad ante el Mal del poder y el sometimiento. Por supuesto que para esta lectura positiva hay que tener en cuenta la presencia siempre sugestiva de un Robert Downey Jr. en su salsa, con un Iron Man juguetón y provocador. O que Mark Ruffalo haya conseguido dotar de esa tragedia interna al Hulk que no supieron corporeizar Eric Bana y Edward Norton o que el malvado Loki de Hiddleston llene la pantalla con agudeza y aplomo. Si además, Scarlett Johansson, embutida en un traje de látex a lo Diana Rigg, perpetúa su imagen de ‘sex symbol’ y los dos Chris, Evans y Hemsworth, están mucho más cómodos aquí que en las previas aportaciones a la familia Marvel, tenemos un entretenimiento de primera fila, donde, todo sea dicho, Jeremy Renner parece un poco desubicado con el personaje menos valorizado del batallón que es Ojo de Halcón.
‘Los Vengadores’ hace de su condición de juguete visual, delirio escandalosamente gigantesco, sin concesiones a la profusión de subtramas o recovecos, una compensada apuesta frontal por la convincente mezcla de efectos especiales, explosiones, acción y épica capaz de succionar la esencia de este tipo de macroeventos y culminar con ello la dignificación del ‘blockbuster’ lúdico y el perfecto ‘fan filme’ ¿Se puede decir que es la película definitiva de superhéroes? Posiblemente no. Sin embargo es lo que más se le acerca a la esperada definición de cumbre de un género que empezaba a ver mermado su atractivo hasta la llegada de esta esperada reunión de factores rutilantes. La cinta de Whedon está a la altura. Y vaya si lo está.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2012

lunes, 14 de mayo de 2012

Un cuarto de siglo sin Rita Hayworth

Se cumplen 25 años desde que el mundo perdiera a uno de sus iconos más carismáticos y reconocibles de la época más gloriosa del Séptimo Arte. Aquélla bailarina que heredó las dotes artísticas de su padre, Eduardo Cansino y de su madre, la chica ‘Ziegfield’ de origen irlandés Volga Hayworth, debutaría en 1935 con pequeños papeles sin importancia, pasando desapercibida hasta que se casó con el multimillonario Edward Judson (el primero de sus cinco matrimonios) y Columbia se fijó en esa mezcla de exotismo sensual y sofisticada elegancia de una pelirroja imponente. Introvertida y poco amiga de las cámaras, Margarita Cansino era ya Rita Hayworth, una pieza indispensable para entender el ‘star system’ del momento y pieza clave en la mitología de la Edad de Oro de Hollywood. Howard Hawks atrapó todo su magnetismo en ‘Sólo los ángeles tienen alas’ para pasar a desplegar su talento coreográfico en clásicos del cine musical de baile junto a Fred Astaire o Gene Kelly en ‘Desde aquel beso’ o ‘Las modelos’, respectivamente.
Su imagen de bomba sexual llega al culmen con ‘Gilda’, de Charles Vidor, la cinta que marcaría su imagen y carrera y la transformarían en una efigie reconocible y mundial. Aquélla canción ‘Put the blame on mame’, en el playback de la voz Anita Ellis y el sugerente baile con sus movimientos al compás de la música mientras desnudaba su brazo despojándose de su guante de negro satén la elevaron a la etiqueta de mito erótico. Orson Welles, otro de sus maridos, inmortalizó esa fuerza de potencial imparable en ‘La dama de Shanghai’. Pero la voluble carrera de Rita no aguantó el peso de la fama, ni de sus controvertidas confesiones, ni de su debilidad frente a la adversidad. La modélica estrella de aquélla estirada mujer de pelo caoba y curvas interminables empezó su caída libre cuando rompió su contrato con Columbia y se casó con el príncipe Ali Khan. Todo fueron desaciertos y decisiones erróneas, como aceptar las propuestas cinematográficas de Harry Cohn, que la incluiría en películas mediocres como ‘La dama de Trinidad’, una versión absurda de ‘Gilda’, rol que la perseguiría para el resto de su vida. Perdida en sus fracasos amorosos (después de Khan, el cantante Dick Haymes o el productor James Hill) y fracasada en el objetivo de ser feliz sentimentalmente, aparecería en papeles esporádicos mostrando aún que era una gran actriz que había tenido mala suerte. El alcohol, las depresiones y el amargor de una vida de luces y sombras envejecerían a una mujer que terminó por olvidar la estela de su nombre cuando fue diagnosticada de Alzheimer para morir el 14 de mayo de 1987.
Rita Hayworth, sin embargo, siempre será eterna.

jueves, 10 de mayo de 2012

La derrota

La derrota son las ilusiones malversadas por la realidad que nos golpea con el incesante desaliento del fracaso. Como en nuestra vida, en el deporte las decepciones también cuesta asumirlas, porque además de componer un mosaico de dolor y lágrimas colectivas inciden en cada individuo irradiando la incertidumbre de un optimismo cada día más difícil de reivindicar. La derrota es sufrimiento escondido, que enciende el deseo de renunciar a convertirla en victoria, pero que en el fondo guarda cierta dignidad. La misma que hace que cuando caemos tengamos fuerza para levantarnos.
Sería fácil abatirnos en el desaliento y rendirse a la frustración de un sueño incumplido. Cierto es que la derrota es huérfana, por eso hay que asumirla y saber que siempre está ahí, acechando detrás del ánimo que nos ayuda a seguir nuestro camino. Se puede seguir llorando o hacer gloria de la desgracia. La derrota es la constante de esta vida de injusticias y cábalas vendidas al despropósito. Sin embargo, la expectativa debe seguir iluminando el trayecto vital porque es lo único que nos queda tras sentirnos perdedores.
El ayer no debe ser nuestro mañana. Y lucharemos por conseguir lo que nos pertenece. Más allá de los eventos deportivos que nos devuelven la mirada y nos obligan a mirarnos en el espejo de la realidad y la rutina.
Aupa! Hoy y siempre. Por ellos, por nosotros.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Athletic Club y la final de la Europa League: La deuda con el pasado

En la temporada 1976-77, el Athletic Club de Bilbao también jugó dos finales. Las mismas que disputará este año. En aquélla ocasión perdió ambas. En la Copa del Rey sucumbió ante el Betis en una histórica tanda de penaltys en la que se llegaron hasta la veintena y donde el portero Esnaola terminaría por convertir un lanzamiento ante un Iríbar que éste sí erró. Antes, había caído en final de la UEFA (hoy Europa League) contra la Juventus de Turín, en la que sigue siendo la única final continental disputada en su Historia. En ambos casos se mereció mejor suerte aquella escuadra entrenada por Koldo Aguirre y con nombres míticos como los del mencionado Iríbar, Villar, Rojo, Goikoetxea, Dani, Irureta
Las equivalencias entre ambos clubes, pasado y presente, no son baladíes. Entonces el Athletic eliminó a grandes equipos como Milán, el Barça, el Molenbeek… este año han caído contra el fútbol imaginativo que impone Marcelo Bielsa equipos de la talla del Manchester United, Schalke 04 o Sporting de Lisboa. Por eso, esta segunda oportunidad supone un otro acontecimiento legendario que supone uno de los desafíos más grandes del club. El Athletic tiene en su mano saldar una deuda trascendental con su pasado, una segunda oportunidad de oro para ganar un título europeo por primera vez para su palmarés. Y puede lograrlo en Bucarest contra un viejo conocido de finales como es el Atlético de Madrid.
Estamos ante un auténtico partidazo en el que no hay favoritos, con dos conjuntos de empuje que han demostrado que en la intensidad y la fuerza, la inteligencia y la circunspección se fraguan las victorias. Aunque en ésa directriz sin traición a su juego, muchas veces hayan limitado sus opciones de victoria y hayan terminado dejándose puntos muy importantes. Hace dos años, el Atlético alcanzó el doblete al que aspira el Athletic bajo la dirección de Quique Sánchez Flores. De aquélla final de la Europa League jugada en Hamburgo contra el Fulham inglés solamente siete jugadores quedan de la gesta y de la que sólo dos fueron titulares entonces. El Athletic estaba en pleno proceso de construcción para llegar al modelo de fuerza y juego que hoy luce orgullo en toda Europa. Mucho de ello se lo debemos a Joaquín Caparrós, cuya contribución a la estructura del equipo ha sido básica. La llegada de Bielsa constituyó un modelo de juego asentado en un proceso que comienza con la determinación a la hora de recuperar rápidamente el balón y mantener la posesión inmediata. Para el técnico argentino lo importante es la presión desde un enfoque racional, subrayando una lectura anticipada de aquello que puede hacer el rival. Bielsa es el “loco” más cuerdo del fútbol actual y ha solidificado un Athletic ambicioso y desbordante, con un juego sugestivo que, más allá de los resultados en la liga, no dejan de ilusionar por la grandeza con la que se dilucida y mueve dentro del terreno de juego.
Treinta y cinco años son demasiados esperando dos finales que abran la viabilidad al Athletic de reconciliarse con la Gloria. Levantar esos quince kilos de ilusión y sueños que pesa la Copa de la Europa League significaría un hito que va más allá de la emoción y el sufrimiento con el que se va a vivir el partido vital de esta noche. Significaría que, como manda la tradición, la Gabarra volvería a surcar el Nervión después de casi tres décadas sin ver la luz. Y la insignia de la victoria bilbaína sólo se deja ver en la Ría cuando se consiguen títulos, no cuando se llega a las finales. Por eso, esta noche en el Estadio Nacional de Bucarest hay que apelar al espíritu de la trayectoria europea del Athletic esta temporada, donde ha dejado partidos y remontadas que se narrarán a las generaciones venideras. Como la gesta de Teatro de los Sueños contra el United, convocando el juego de fútbol dominante y abierto convertido en obra de arte de juego colectivo que dejó uno de los choques más imperecederos para los fastos de este deporte.
Hoy es el día en que toca arropar más que nunca a nuestro equipo. Un equipo único en el mundo seguido por millones de aficionados que hoy ondearán con orgullo sus banderas y sus bufandas en una comunión de júbilo y exaltación, de unidad por una emoción común de esperanza transformada en realidad. Desde su origen, en la que unos deportistas locales tuvieron la osadía de enviar a la prensa un aviso en el que desafiaban a los residentes británicos en Bizkaia a disputar un encuentro futbolístico en las campas de Lamiaco, el Athletic sólo había jugado una final continental. Hoy la espera ha terminado.
La identificación y lealtad a un estilo pueden desempolvar los sueños de una afición de poderosa fuerza. Estamos en la antesala de lo que puede ser un triunfo que invoque una aureola tanteada con un juego envidiable, que suponga el colofón de una temporada para enmarcar, pese a que muchas veces los resultados no hayan respondido a las expectativas del esfuerzo. La Historia se escribe desde aquel primer gol que marcó Rafel Moreno Arazandi “Pichichi” en San Mamés hasta la llegada de esta noche, en la que hay una primera cita importante para rubricar una temporada de ensueño. El Athletic tiene una idea clara, un concepto definido de juego y un sistema táctico de primera magnitud. Por eso, se ha suscitado una unanimidad colectiva a la hora de afrontar con esperanza e ilusión esta final.
Y en el campo no sólo jugarán once leones, porque somos millones de gargantas animando al equipo. Uno sólo, todos a la vez, vestidos de rojo y blanco, evocando la herencia de semejante sentimiento, de este amor incondicional a unos colores que conllevan la inculcación de unos valores éticos y deportivos. Hoy recordaremos a los que no están y no van a poder disfrutar de este día inolvidable, perpetuando con abrazos, lágrimas e himnos la puede ser la noche más trascendental del club. Siguiendo la coherencia y la estabilidad de una idea de la que no ha desertado en ningún instante, llevándola hasta sus últimas consecuencias, el juego del equipo debe ser el característico de ese Athletic orgulloso y aguerrido, capaz de conseguirlo todo.
Estamos preparados tanto para la euforia como para la decepción, pero sin renunciar nunca al juego que ha llevado al Athletic tan alto. El sentimiento, sea cual sea el resultado, permanecerá inalterable, porque el Athletic es algo más que un club. Es una forma de ver la vida, un aliciente confeccionado con el tejido sueños y traducido en la devoción de una afición modélica. Ha llegado pues la hora de concretar esa esperanza que nos invade desde hace días, de hacer realidad los deseos de unos seguidores cuyas vidas se detendrán durante noventa minutos para dedicarle toda su energía a que su equipo consiga una victoria histórica. Ha llegado momento de la VERDAD.
¡¡A por ellos, leones!!
AUPA ATHLETIC. Beti Zurekin!!

martes, 8 de mayo de 2012

Maurice Sendak, gracias por hacer mi vida más feliz

Pero los monstruos gritaron: “¡Por favor no te vayas -te comeremos- en verdad te queremos!”. A lo cual Max respondió: “¡NO!”. Los monstruos emitieron unos horribles rugidos y crujieron sus afilados dientes y lo miraron con ojos centelleantes y le mostraron sus terribles garras pero Max subió a su bote y se despidió de ellos.
Y navegó de regreso casi más de un año por varias semanas y durante todo un día hasta llegar a la noche de su propia habitación donde encontró su cena que aún estaba caliente.
Maurice Sendak ('Donde viven los monstruos (Where the wild things are)'.
D.E.P (1928-2012).

jueves, 3 de mayo de 2012

Especial 'La semilla del Diablo (Rosemary's Baby)', de Roman Polanski

El parto de las Tinieblas
La obra maestra de Polanski se estrenó dejando una macabra y difícil leyenda negra que marcaría para siempre el Hollywood más conservador.
En los tiempos que corren, el cine de terror, como género moderno, se podría considerar como un mero pretexto para implantar desarrollados efectos especiales o tratar de dar sustos efectistas por medio de malversados sobresaltos sonoros o visuales camuflados en ostentosos maquillajes sangrantes antes que dirigirse hacia una evolución formal basada en las buenas historias. Los actuales productos prefabricados reinciden en argumentos y estética en busca de un público que fagocita este tipo de productos es incapaz de satisfacer sus ansias de miedo. El cine de terror ‘mainstream’ ha llegado a su fin, entre otras cosas, porque se ha eliminado el rigor de lo filmado y la verdad de lo contado.
Una retahíla de naturalismo y nula adjetivación visual que mantenía los necesarios puntos de vista emocionales y sus flexiones temporales fueron la clave del éxito de una película clásica, de una cinta de terror que cambió la forma de ver el género en el año 1968. ‘Rosemary’s Baby’ puede y debe considerarse como una de las películas más carismáticas e influyentes ya no sólo del género de terror, sino también del cine desde su perspectiva histórica, que hace añorar más que nunca los planteamientos de historias como esta ‘cult movie’ del pequeño director polaco Roman Polanski. El hecho de que la ambigüedad subversiva de la cinta de Polanski desde su inicio hasta su desenlace se pierda sólo con su título españolizado, ‘La semilla del diablo', constituye una muestra paradigmática de la ineptitud de muchos de los distribuidores españoles de la época a la hora de traducir los títulos originales y que en este caso trivializó de forma indiscriminada este gran trabajo de exquisita factura. Aún así, en nuestro país tuvo un reconocido éxito y supuso el trabajo con más renombre de la tambaleante carrera del director europeo con tendencias otrora desorientadamente pedófilas. Por ello este clásico merece (como tantos otros) una conmemoración por todo lo alto después de más tres décadas consolidada como una de las obras de terror más ejemplares que haya ofrecido el cine.
Los comienzos de una epopeya aterradora
Marcado en gran medida por una macabra leyenda que se gestó antes, durante y después de un áspero rodaje gracias al cual surgió una obra maestra del séptimo arte. Un exhaustivo trabajo lleno de piedras en el camino que acabó consumándose como la precursora de todo el llamado ‘cine satánico’ y el desatado fervor a una temática que incluso hoy parece estar de moda. Una obstinación que en nuestros días constituye un género propio. ‘Rosemary´s baby’ dejó para la historia una leyenda plagada de anécdotas, tensiones y subfábulas (reales o capciosas) valederas para alimentar una enferma necesidad de morbo diabólico en el mundo de Hollywood hasta la llegada, diez años después de la que es otro de los títulos fundamentales del cine de terror; ‘El exorcista’, de William Friedkin.
‘Rosemary’s baby’ llegó en un momento, llamémoslo histórico, en el que toda clase de sectas, espiritismo, parapsicología y ocultismo estaban de moda. Una tenebrosa simpatía por el Diablo que se mezclaba, además, con todo tipo de drogas alucinógenas en un periodo en el que magia, vudú y satanismo veían la luz al amparo de la libertad de la época y como celebración prematura de una ‘Nueva Era’, que trajo consigo a los liberales ‘hippies’, las nuevas creencias y el culto por lo sobrenatural. Todo este jaleo peliculero comenzó cuando Bob Evans, en aquella época el jefazo de la Paramount, ofreció al joven Polanski, afincado por entonces en Estados Unidos, dos proyectos para dirigir. Uno narraba una historia de unos esquiadores de altas cumbres (con mucha nieve, por supuesto), el otro, una de terror inusual y arriesgada bajo el título ‘Rosemary’s baby’, cuyos derechos estaban en manos del mítico genio del ‘grand guignol’ cinematográfico William Castle, productor que ha pasado a la historia por ser uno de los reyes del cine de terror de serie B de todos los tiempos por la utilizazación de sus célebres ‘gimnicks’ (estrategias comerciales para asustar al espectador dentro de las salas). En realidad, la historia estaba basada en una novela de Ira Levin, conocido novelista neoyorquino de origen judío por la que Polanski se sintió atraído desde un primer momento, fundamentalmente porque trataba el tema luciferino desde una perspectiva cercana a la visión de Nietszche sobre la religión llevada a una percepción puramente mesiánica. En el fondo una ácida y espléndida crítica social y religiosa.
La historia arrancaba con un joven matrimonio feliz recién casado (Guy y Rosemary Woodhouse) instalándose en su nuevo apartamento, en el que acabarán haciendo amistad con dos vecinos vejestorios y petardos (Minnie y Roman Castevet). Pero bajo su amable aspecto, éstos resultan ser apóstoles del Maligno en busca de una muchacha fértil que sirva como vientre de alquiler para el mismísimo Anticristo. El proyecto cautivó tanto al Polanski, que pidió escribir él mismo el guión prometiendo respetar en todo momento el espíritu y la dureza de una novela, que antes de transformarse en celuloide era ya un éxito de ventas. El elegido fue Polanski, en gran medida por tratarse de un director europeo con cierto prestigio en círculos reducidos gracias a películas como ‘El cuchillo en el agua’ o la posterior gamberrada cómico-terrorífica ‘El baile de los vampiros’.
El hecho de que Polanski fuera europeo, agnóstico y un tanto liberal suponía que pudiese manejar la historia de Rosemary sin tantos prejuicios como un cineasta norteamericano, o al menos así lo vio Bob Evans, que manifestó “sólo hay que ver qué gran trabajo ha hecho Roman con ‘Repulsión’ para comprobar que es el director idóneo para dirigir esta revolucionaria cinta de terror”. No hay que olvidar la adhesión que ha tenido (y tiene) el pequeño cineasta polaco por historias casi siempre encaminadas hacia temas tan abruptos como el asesinato (‘El cuchillo bajo el agua’), la obsesión (‘Repulsión’), el sexo (‘Lunas de hiel’, con ese bombón de mujer que tiene, Emmanuelle Segnier), la venganza o la muerte (‘La muerte y la doncella’) y en, último término, sus fantasmas más personales (‘El Pianista’).
Con un presupuesto inicial cercano a los dos millones de dólares, la película se rodó casi por completo en los estudios de la Paramount en Hollywood, donde el diseñador de producción Richard Sylbert (con ayuda del decorador Joel Schiller) reprodujo el apartamento de la joven pareja, los siniestros corredores interiores o el macabro recinto donde se realiza la bacanal del aquelarre. Además de algunos planos exteriores como los del edificio Dakota, la arriesgada secuencia de Rosemary por la Quinta Avenida o el supuesto suicidio de Terry, la hija adoptiva de los Castevet. Con un equipo técnico al gusto de Polanski, sólo faltaba la elección de los actores. Una labor mucho más dificultosa de lo que en un principio se creyó. Cuando todos esperaban que fuera la preciosa esposa de Polanski Sharon Tate la que protagonizara ‘La semilla del diablo’, el director europeo contrató a Mia Farrow para el papel de Rosemary. Por aquel entonces, Mia era ya una prometedora actriz gracias al conocido culebrón televisivo pre-Dinastía ‘Peyton Place’.
Desde un primer momento la actriz contó con el total apoyo de Polanski, encantado con la frágil mujer de rostro aniñado. Menos fácil lo tuvo con el actor encargado de dar vida a Guy Woodhouse. Aunque se pensó en el ‘dandy’ Warren Beatty, Jack Nicholson o Robert Redford (la elección principal del director y que estuvo a punto de protagonizarla, pero al final ambos no se pusieron de acuerdo), el afortunado que se llevó el gato al agua fue el actor John Cassavetes, conocido en pequeños circuitos por ser director de culto de películas independientes que hoy en día suponen un paradigma de la independencia fílmica. Tras largos y tortuosos meses de rodaje y rebasando el presupuesto previsto hasta llegar hasta los casi tres millones de dólares, ‘Rosemary’s baby’ se estrenaría el 12 de junio de 1968, obteniendo un inesperado éxito de público y crítica que pilló por sorpresa hasta sus mismos productores. Una película de culto que lanzó a la fama a Polanski y a los componentes del equipo artístico (la espléndida secundaria Ruth Gordon –como la cotilla Minnie Castevet- ganó el Oscar de la Academia).
Oscuras leyendas
Hasta aquí es la frecuente historia de cualquier producción hollywoodiense, la que muchos de los analistas de cine habitúan a narrar. Como la de cualquier producción ‘made in Hollywood’. Pero la cinta de Polanski no fue una producción nada habitual. La película estaba destinada a ser una tortura para todos, incluso años después de rodarse. Durante el rodaje las relaciones entre Cassavetes y Polanski fueron un calvario para los todo el equipo, con continuas peleas y enfrentamientos verbales debido fundamentalmente a la distinta visión que tenían ambos sobre la historia de Ira Levin. Cualquier declaración era buena para atacarse e insultarse. Polanski, detractor del cine de Cassavetes manifestó “lo mejor que sabe hacer es interpretarse a sí mismo y lo bueno de eso es que hace a su personaje demasiado antipático, como es él en la vida real”. Por su parte, Cassavetes definía a Polanski como “un cineasta genial pero una persona detestable”. El adalid del cine independiente también definía la historia como “la película sin violencia más violenta de la historia del cine. Algo aberrante”.
Con Mia Farrow hubo una historia más armónica. En este caso, el problema estribó en el divorcio a medio rodaje de la hija de Maureen O’Sullivan y John Farrow y el medio ‘mafioso-cantante’ conocido como “La voz” Frank Sinatra. Éste amenazó en varias ocasiones a la pobre Farrow, ya que llegaba tarde a casa todos los días por culpa de las largas jornadas de rodaje. Según cuentan, Sinatra se presentaba en el ‘set’ para llevarse a casa a su cónyuge, donde le proporcionaría varias de sus habituales palizas maritales. Todo se calmó cuando una feliz Mia Farrow firmó los papeles de su ruptura matrimonial días después.
En cuanto a Polanski, la maldición llegó ulteriormente. Al estreno de ‘Rosemary’s baby’ asistió Anton Szandor LaVey, amigo personal del cineasta polaco y conocido en los círculos más esotéricos hollywoodienses como "El Papa Negro" y célebre dirigente de la secta denominada ‘Hijos de Satán’. Una congregación que popularizó las historias más macabras y soterradas de muertes de superestrellas del Hollywood de los 60 y 70. LaVey supervisó todas las escenas de satanismo e hizo de consejero a Polanski. Incluso se le puede ver brevemente haciendo un ‘cameo’ en la pesadilla en la que el Diablo copula con Rosemary para engendrar a su hijo, rodeados de una multitud maléfica.
Mucho se ha hablado de la relación de Polanski con sectas y grupos de este ámbito. Pues bien, tan sólo un año después del estreno la hermosa actriz y esposa de Polanski Sharon Tate fue asesinada junto a unos amigos en su casa de Cielo Drive en California de la forma más cruel, despiadada y violenta que recuerda la historia negra de Hollywood (tema central del que fue el ‘post del verano 2005’ en el Abismo). La orgía de sangre fue obra de Charlie “Tex” Watson, acompañado de Patricia Krenwinkel, Leslie Van Houten y Susan Atkins bajo las órdenes del líder Charles Manson (conocidos desde entonces como ‘The family’), unos desequilibrados satánicos que marcaron la trágica leyenda de Polanski. Para colmo de mal, el director sería acusado poco después de abuso sexual de una menor. Acto que le ha mantenido apartado de los Estados Unidos hasta la fecha (ni siquiera pudo recoger su Oscar como mejor director por ‘El Pianista’).
La maldición no quedó ahí. El excelente y prometedor compositor de la aterradora música de la obra de culto (¿quién no recuerda la nana de cuna que abre y cierra el filme?), Kryzstof Komeda, moriría depués de tener un extraño accidente cuando esquiaba, tan sólo cinco meses después de estrenarse la película. Además, el Edificio Bramford donde transcurre la acción no es otro que el célebre Dakota, popular inmueble por ser escenario de insólitos y tétricos sucesos tras sus paredes (más de una decena de personas se suicidaron en sus habitáculos). Artistas de vida tumultuosa como Judy Garland, Boris Karloff, Leonard Bernstein o Lauren Bacall también sufrieron la inestabilidad cuando vivían en este edificio del que se dice que es uno de los vórtices de fuerzas maléficas reconocidos en todo el mundo. Si todo esto no fuera poco, el Dakota pasaría a la posteridad por ser la residencia de John Lennon, a cuyas puertas fue asesinado por Mark Chapman, un desequilibrado ‘fan’ queriendo un poco de protagonismo.
A pesar de todo esto ‘Rosemary’ baby’ continúa siendo una estremecedora película de terror psicológico que se ha hecho un hueco muy importante en el cine de terror y en los anales de la historia del séptimo arte. Una gesta imborrable sobre nuestros miedos, sobre la sociedad, la religión y sobre el horror más interno y psíquico que uno pueda imaginar. La fascinación de esta inolvidable película reside, por tanto, en ese poder de hipnotismo oculto en la sugerencia constante. Un filme con una oscura leyenda delante y detrás de las cámaras que quedará en la retina colectiva por su excelente calidad. ‘Rosemary’s baby’ es un filme cuyo elegante e intachable ambigüedad sigue siendo el mayor de sus aciertos, ya que la película jamás acaba de definir si efectivamente la protagonista se encuentra en lo cierto, o si estamos ante un caso de paranoia y obsesión provocada por la soledad de quien se siente desatendido, pues todo lo que vemos lo hacemos desde el punto de vista de la maravillosa y dulce Rosemary Housewood.