lunes, 30 de abril de 2012

'El Resplandor' y la fascinación conceptual de una sugerente moqueta

Uno de los símbolos predilectos para entender la complejidad y la confusión es la del laberinto. Una imagen gráfica que evoca esta complejidad la asumió Stanley Kubrick en la no menos laberíntica obra maestra de terror de Stephen King ‘El Resplandor’, no sólo en ese laberinto de jardín, perfectamente icónico que aparece en varias secuencias del filme y que aportó uno de los finales más inolvidables de la historia del género, sino como sugerente referente de la mente retorcida y perdida de Jack Torrance.
Se distingue también un emblemático suelo de mosaico modular donde el pequeño Danny juega con sus coches y camiones de juguete que tiene ese gran potencial sensorial e insinuante del juego de laberintos que se dan a lo largo del filme, así como todo tipo de geometrías visuales y conceptuales. La colorida alfombra provoca, incluso sacada de contexto y fuera de la pesadilla terrorífica del Hotel Overlook, un poder de fascinación más allá de la secuencia que abre la disquisición sobre lo que pudo suceder en la habitación 237. La idea de ese juego de formas proviene, no obstante, de un fragmento de alfombra persa histórica enmarcada en el hotel Ahwahnee, en el parque nacional de Yosemite, en California.
Si uno observa con detenimiento esta escena, cuando Danny juega con sus coches sobre la alfombra, éstos están alineados de forma de hexagonal en la zona que pertenece a los contornos naranjas del mosaico. Una pelota de tenis amarilla (la misma que golpea Jack una y otra vez en el Colorado Lounge vacío de ideas literarias) entra siguiendo uno de los trazados hasta llegar a él, oyendo un sonido que responde a esa puerta abierta que procede de la 237. En el siguiente plano, el tramado de la alfombra en relación a la disposición de los coches cambia, puesto que aparece dentro de los contornos marrones, situados de forma distinta al anterior.
Lo que sugeriría que Kubrick utilizó también este concepto geométrico de la alfombra para sugerir su siniestro juego mental que esconde cada fotograma de ‘El Resplandor’. Tal vez no y se debiera a un error de ‘raccord’. Lo cierto es que ese momento icónico, definido por la fuerza visual del color, del encuadre y la disfunción de la percepción del espacio imponen un magnetismo de esta escenografía quijotesca e irracional que transmitía la naturaleza apócrifa de un hotel maldito de espacios y estructuras tan inauditos en el cine con los que Kubrick, en aquella imposible geografía de aquel edificio, logró transferir esos perversos juegos de espacio y mente.
Esas losetas modulares de moqueta siguen siendo un grabado iconográfico que despierta pasiones artísticas y modelos basados en aquélla. Ya sea utilizando la estampa ‘kubrickiana’ en medias, corbatas o en diseños cartelísticos que rememoran ‘El resplandor’ sino como objetos de estudios que van desde una instalación artística de Sasha Krieger que reconstruyó el suelo de aquel pasillo infernal con el fin de explorar las múltiples y cambiantes influencias del filme de Kubrick capaces de crear un contexto con un sentido dimensional asfixiante con un poso de memoria cinéfila y cultural hasta ese documental visto en el último Sundance, ‘Room 237’, con el que Rodney Ascher explora a fondo las numerosas teorías que se manejan en torno a las provocadora imágenes simbólicas y secretos de significados ocultos que Kubrick infirió en cada fotograma, con aportaciones y desciframientos de las incógnitas que propone es esta fascinante película llena de ramificaciones, significados y callejones sin salida, como aquel mitológico laberinto diseñado por Dédalo y que pasa por hacer un mosaico este simple retal.

miércoles, 25 de abril de 2012

Brando y 'El Padrino'

¿Quién interpretaría a Don Corleone? Francis Ford Coppola quería a Marlon Brando, pero Brando había caído en desgracia. Sus travesuras en ‘Rebelión a bordo’ eran legendarias: se decía que había transmitido la gonorrea a la mitad de las mujeres de Haití, donde se rodó la película. Estaba obeso y, lo que es peor, su película más reciente ‘Quiemada’, de Gillo Pontecorvo, había sido un estrepitoso fracaso.
Sin dejarse desanimar, Coppola trató de colárselo a los ejecutivos de Paramount en una acalorada reunión en el cuartel general de Gulf + Western en nueva York. Cuando mencionó el nombre de Brando, Stanley Jaffe, prematuramente calvo y agresivo, dio un puñetazo en la mesa y proclamó que el actor nunca interpretaría al Don mjientras él fuera jefe de Paramount Pictures. Tras lo cual, parece que Coppola tuvo un ataque de epilepsia y cayó espectacularmente al suelo, como si la estupidez del ‘diktat’ de Jaffe le hubiera hecho perder el sentido.
Impresionado, Jaffe aceptó. Coppola filmó a Brando en vídeo mientras el actor se transformaba en Don Corleone poniéndose kleenex en la boca y betún en el pelo. “Sabía que era una pérdida de energía inútil hablar con Ruddy o con Evans y que era Bluhdorn el que no lo quería, así que me fui a Nueva York”, recuerda el director. Instaló una reproductora de vídeo de media pulgada en la mesa de la sala de juntas de Bluhdorn, entró a su despacho y dijo: “¿podría hablar con el señor Bluhdorn un minuto?”.
“Francis ¿qué vas a hacer?, dijo Bluthdorn al ver en la pantalla a Brando embetunándose el pelo rubio. “¡No! ¡Definitivamente no!¡No quiero a ése chalado!, ladró Bluthdorn y se dispuso a abandonar la sala. Pero se volvió un momento, justo cuando Brando empieza a encogerse como un globo pinchado y dijo “¿A quién estamos viendo? ¿Quién es esa vieja cobaya? Es fantástico”. Y Coppola consiguió a Brando.
Fragmento de ‘Moteros tranquilos, toros salvajes (La generación que cambió Hollywood)’, de Peter Biskind (Ed. Anagrama).

miércoles, 18 de abril de 2012

Una secuencia al azar (XIII): ‘Cowboy de Medianoche’, los fantasmas del pasado perviven en el presente

La secuencia al azar de esta tan abandonada sección abismal pertenece a ese clásico moderno que es ‘Cowboy de Medianoche’, mítica obra de John Schlesinger que, estrenada en circuitos con la calificación X, ha sido la única en toda la Historia en obtener los tres Oscars más importantes del año (mejor película, mejor dirección y mejor guión) con esta distinción de censura para adultos. La historia de Joe Buck, ese ‘cowboy’ texano que emigra a Nueva York a ejercer la prostitución y se da de bruces con un oscuro mundo de fracasos, vagabundeo y purulencia moral junto a un timador de poca monta, lisiado y enfermo, llamado “Ratso” Rizzo, continúa siendo todo un ejemplo de filme inalterable pese al paso del tiempo. La secuencia de hoy inicia con el tercer acto, donde se corrobora la soledad de un vaquero que no tiene a lo que aferrarse si la cosa se pone fea, cuando llama por teléfono a la que ha sido su primera y única cliente, Shirley (Brenda Vaccaro), sin nadie a quién recurrir. Su amigo y proxeneta está agonizando y necesita salir del infierno. No hay lógica. Sólo deseos. Requiere un médico, como sería lo normal. Sin embargo, no es lo que necesita. Ya es demasiado tarde. Para el protagonista, el hecho de que el amigo moribundo cumpla su último deseo de ir en autobús a Florida posee mucho más peso sobre su conciencia que el auxilio por salvarle la vida.
Para lograrlo, parece ser que sólo hay una salida. La colisión directa al infierno que suponía ese falso erial de mujeres ricachonas y dinero fácil que sabe que no existe. Ser chapero es más fácil y si se quiere dinero fácil ejerciendo la prostitución, hay que hacerlo sin alma y con violencia. La única salida de Joe. La eficacia de esa caza que Schlesinger metaforiza visualmente con Joe disparando una escopeta en un centro recreativo avanza la decadencia a la que se va a someter el joven ‘cowboy’. Es allí donde aparece Towny (Barnard Hughes), un hombre negocios de Chicago que le invita a acompañarle a su hotel. Movido por la necesidad, la secuencia va revelando los peores fantasmas de Joe. Primero, el catolicismo exacerbado de un desagradable hombre en busca de un joven que satisfaga sus obscenos deseos insatisfechos. Segundo, la carga ética que supone tanto su lisiado compañero como sus sueños destrozados en una oscura habitación.
Mientras el hombre habla con su madre, Joe se mira al espejo convenciéndose así mismo de un discurso creíble para conseguir el dinero para su amigo: “Tengo un chico enfermo que debe ir al Sur”, se dice a la vez que vemos un montaje intercalado de Joe arrastrando a “Ratso” hacia un taxi. Llegado el momento de la verdad, toda esa ira acumulada, los traumas y el desconsuelo, acaban dando paso al exterminio de la poca inocencia que va quedando en el joven, triturada por la situación y la carestía. Ese hombre católico podría representar lo que hubiera sido él, su pasado de falsedad y heridas, así como lo que lleva dentro: “Oh, Dios, odio esta vida” parecen compartir con la frase del viajante.
Es entonces cuando amenaza a este hombre, al que lincha y roba en una de las secuencias de violencia más incómodas nunca vistas. En el instante en que Joe forcejea con Towny, aferrado a la mesilla para evitar el hurto, los constantes puñetazos dejan la imagen superpuesta de “Ratso” en un par de planos cuando está a punto de machacarle la cabeza con una lámpara. Cuando asesta un último golpe (magnífico el detalle del fulano perdiendo la dentadura postiza) Joe se ha transformado en un despreciable gigoló de bajos fondos, pero a la vez invoca una necesaria catarsis de un final escrito. La de ese trayecto vital hacia la costa, escapando de la miseria sin ningún tipo de sueño que cumplir, más allá de la huída en busca de inalcanzables posibilidades de un mundo agresivo e inclemente.
‘Cowboy de Medianoche’ es una perturbadora oda al fracaso en un mundo de sueños incumplidos e insatisfechos que no se logran materializar por ninguna de las dos vías que se presentan; ni Joe tendrá en Nueva York el éxito mujeriego que esperaba, ni la ínfulas paradisíacas de “Ratso” se harán realidad. Waldo Salt (uno de los célebres integrantes de la “lista negra” de Hollywood) tradujo la desesperanza de la novela de James Leo Herlihy en la dureza con la que el sueño americano mostraba su peor cara, el reverso de la moneda. La ingenuidad era dinamitada por la indigencia, por la hostia que significa ver cómo los sueños esquivos se transforman en fracasos y la única expectativa que se abre es la de escapar día a día del miserable mundo en que o lavas platos como en tu pueblo o te prostituyes a bajo saldo.
Una desgarradora y realista película sobre la pérdida de la inocencia a través de una historia de amistad y afecto entre dos hombres cuya sexualidad es puesta en duda de forma latente y ambigua, personificados por un Jon Voight descomunal y Dustin Hoffman que, pese al moderado histrionismo, dota a su tullido de una fragilidad canalla impresionante. Más allá de la complejidad de su relación, lo que les une es la instintiva iniciativa de resistencia que liquida el optimismo con un recorrido emocional aplastante. Schlesinger logró transmitir la incertidumbre de la época, en su vena más cruda y naturalista y el espíritu de finales de los 70, ejemplo germinal de las bases que revolucionarían el cine y su concepto en los años de los ‘Moteros tranquilos y toros salvajes’ que definió en su libro Peter Biskind donde todo lo viejo era malo y todo lo bueno era bueno y la reinvención y destrucción de clichés dio paso a otra visión mucho más realista de la verdadera situación que rodeaba al mundo.
Desde esos hipnóticos ‘flashbacks’ que salpican y dinamitan la acción con un efecto pesadillesco y psicotrópico montados de forma conveniente por Hugh A.Robertson con las pesadillas recurrentes sobre los traumas de infancia y adolescencia de Joe, de su ultracatólica e hipócrita abuela, de la violación de su novia, donde cabe la culpa y el rencor o el extraño delirio de grandeza en el sueño de “Ratso”, de su ansía por seguir junto a su amigo mientras evita sin conseguirlo acabar como su padre limpiabotas que murió analfabeto y víctima de los hedores de los betunes. La descripción de los ambientes lóbregos de la gran ciudad de Nueva York inhóspita, debut del director de fotografía Adam Holender, avanzaría una desoladora severidad de otros títulos míticos de los 70 que mostraban la ciudad de los sueños como una agresiva jungla de ambiciones desalentadas. Un orbe sórdido y sucio. De nocturnidad y fiestas psicodélicas, de restaurantes donde una loca juega con una rata de juguete y su hijo, de rostros que miran displicentes y con asco, de personas que representan la deshumanización que rodea la gran manzana.
Lo curioso de un oportuno revisionado es que hoy en día, tal y como está el panorama social, ‘Cowboy de Medianoche’ no está muy lejos de reflejar la sociedad moderna que parece retrotraerse hacia modelos y actitudes rejuvenecidas, donde el constante desprecio hacia las clases más desfavorecidas no hace más que devolver la mirada en el espejo del mundo en el que vivimos. El desencanto se ha apoderado de nosotros otra vez. Y este ejemplo de supervivencia en un trayecto emocional lleno de recovecos y de arduos obstáculos que descubre la miseria, el egoísmo, la descomposición social que cada día aumenta su inventario numerológico de perdedores, abatidos trabajadores avocados a la pobreza y desesperados frustrados que caminan sin un rumbo concreto da buena cuenta de ello. Eso sí, sin perder de vista la banda sonora solaz de John Barry y el eterno ‘Everybody’s Talkin’ de Nilsson.

martes, 10 de abril de 2012

El inicio de la distopía o un futuro desolador

El cine español está acojonado. Y no es para menos. La cultura es prescindible en época de crisis. Aquello que nos define como identidad cultural poco importa cuando hay necesidades. Nadie va a reprochar que en tiempos de crisis, no haya que apretarse el cinturón. Sin embargo, hay asimetrías en los ajustes. Por supuesto, no en el hecho de que al Instituto Nacional de las Artes Escénicas y al de la Música les hayan rebajado el 17% en sus ayudas o que la Dirección General de Políticas e Industrias Culturales y del Libro baje en 3,4 millones de euros sus fondos, ni que el Teatro Real, Biblioteca Nacional, el Museo Reina Sofía o el Instituto Cervantes vean depreciadas sus prestaciones en un 15%, 14,2%, 14% y 5,4% respectivamente. El sector del cine ha sido el más perjudicado con el tijeretazo. El Fondo de Protección a la Cinematografía se desploma un 35%, quedándose en 49 millones de euros, frente a los 76 del año pasado y el Instituto de de Cinematografía y las Artes Audiovisuales (ICAA) pierde otro alarmante 35,4%. De esas ayudas, más de 35 millones están destinados a pagar los débitos contraídos en anteriores ejercicios. La consecuencia ha sido inmediata. En lo que llevamos de año, sólo se han rodado una decena de títulos, mientras otros tantos esperan su oportunidad o se han cancelado por un periodo indeterminado.
Las cifras de taquilla del primer trimestre dejan un panorama devastado por el desaliento y la poca confianza de una pronta mejora. La producción basada en una subvención de tercera vía y la compra de derechos televisivos también se hunde. La funesta reducción de todo su sistema no deja una predicción de optimismo. Todo lo contrario. Muchos miran hacia modelos cinematográficos foráneos como ejemplo de buen funcionamiento sin saber o querer creer que también basan sus cimientos en ayudas estatales muchos mayores que las que se venían repartiendo en nuestro país. La desinformación es, muchas veces, el detonante que hace que la ignorancia sea atrevida. Tampoco hay alternativas, los nuevos modelos de negocio digitales, que podrían ser una tabla de salvación, dan miedo en un entorno abigarrado en el ancestral pensamiento que intuye Internet como una amenaza en vez de como una solución. Muchos serán los afectados, pero gran parte de ellos son los aspirantes a cineastas, a guionistas, los trabajadores del medio que curran aquí y allá y se ganan la vida cuando pueden y que intentan sobrevivir en un universo cerrado y duro. Una de las consecuencias de este degüello Ayudas a nuevos talentos que no tienen la oportunidad de valerse económicamente es para quitarle la poca ilusión a aquéllos que luchan con esfuerzo para sacar adelante sus proyectos.
Algunos hablan de reinvención, de necesidad de buscar nuevas salidas. Es la única opción. Adaptarse a las circunstancias es la única vía. No quedan más cojones. Con tanto parado y sin un futuro que albergue nada más cercano que la visión de un declive económico y financiero, social y político como el que está sufriendo este país en ruina, tendremos tiempo de inventar historias y seguir escribiendo. Entretanto, es de recibo asumir que la herida acabará por supurar e infectarse hasta la amputación. Eso es lo que se habrá logrado en un corto medio. El presente se escribe matando al cine, matando la televisión (otro sector mutilado por el ajuste), ejecutando, en definitiva, cualquier atisbo de esperanza en el audiovisual o en el arte en general.
No se vayan todavía, aún hay más… que decía Super Ratón.
En época de ajuste presupuestario las Administraciones subvencionarán, con un considerable aumento, según avanzó el ilustre ministro de (a)Cultura, la industria de los toros, que superaría los 500 millones de euros aportados anualmente entre el Estado, Comunidades Autónomas y Ayuntamientos ¿Leéis? En 2011 el Cine español contaba con 76 millones. Haced cálculos. También, seguirán otorgándose 13 millones mensuales a la Iglesia Católica, lo que al año supone más de 156 millones de euros que, por si fuera poco, tampoco se ve afectado por la subida de impuestos para los bienes inmuebles (IBI) aprobada recientemente. Tampoco parece que a la Casa Real le afecte la crisis, puesto que reduce su partida en un 2% respecto al año anterior.
La cuestión es… ¿Podemos vivir sin cine? ¿Podemos vivir sin la cultura? Tal y como está configurada nuestra sociedad y vistos los intereses generales que tienen la mayoría de los españoles, algunos podrían decir que sí. Pero los que lo hagan, ya van viendo de qué forma. Porque parece ser que la sanidad y la educación tampoco importan demasiado. Los 10.000 millones de recorte dejan claro que la deuda se saldará con la sangre del ciudadano y no con el esfuerzo del gobernante. Las políticas de salud pública, sanidad exterior y calidad son las más machacadas. Ahora toca esperar el ‘modus operandi’ que se ejercerá. Las becas de ayudas a los estudiantes caen un 11,6%, así como un 36,5% en educación infantil y primaria. El descenso del 22% en infraestructuras dejará las ciudades como están por varias décadas. El ferrocarril, la red de carreteras, aeropuertos, sistema portuario o la calidad medioambiental caen en picado también. Por supuesto, las políticas de invocación y ciencias ven afectado su progresión. La reforma laboral favorece el despido, el castigo a las clases menos favorecidas beneficia a las mas acaudaladas incluso ofreciendo amnistía a la deuda que abraza y salvaguarda la economía sumergida. La subida de impuestos sigue su curso.
Mientras tanto, todos nosotros seguiremos aceptando una sodomía silenciosa que viene desde lejos, dejando que los abusos sigan coartando nuestras ilusiones. La situación es muy preocupante. En breve habrá más de cinco millones de parados y en este momento tenemos la prima de riesgo en 434 puntos básicos, mientras el rendimiento del bono de deuda a diez años roza el 6 %. No parece que tenga una solución rápida. Y mientras el mutismo y la cobardía son los protagonistas de tanto despropósito, la indiferencia parece ser el escudo de aquellos mandatarios (no importa el color de su bandera o la ideología de su partido) para los que sus millonarios sueldos, su parasitismo, su nepotismo y su succión de fondos de pensiones vitalicias están aseguradas.
Bienvenidos a la distopía, amigos. Bienvenidos al Infierno.

jueves, 5 de abril de 2012

Hoy se celebra el Día de Nuestro Santo Padre Genarín

Hoy es Jueves Santo, el primer día del Triduo Pascual, jornada en la que la Iglesia Católica conmemora la institución de la Eucaristía en la Última Cena de Jesús dentro de una semana donde la tradición católica celebra la muerte de Cristo, la pasión como bien dejó para la posteridad fílmica el ínclito rumí cristiano Mel Gibson. Pero hay otras conmemoraciones, en este caso paganas y heterodoxas, que avivan una afinidad para aquellos a los que la zambra y el embriaguez les motiva para profesar su dogma hacia la baraúnda tumultuosa. O lo que es lo mismo, la fiesta jaranera sin freno donde el alcohol es la deidad a venerar.
Esto es lo que sucede en la Semana Santa Leonesa, en esta noche de Jueves Santo, donde miles de leoneses y potenciales odres llegados de toda España invaden el casco antiguo de la ciudad, el popular Barrio Húmedo, para celebrar el Entierro de Genarín, una romería que se determina por ser estridente, picaresca y de carácter beodo en todas sus dimensiones. Una procesión desplegada a la gloria de Genaro Blanco, más conocido como Genarín, un personaje de principios de siglo que ejercía de pellejero y que vivió en León. Era conocido por ser bajito, caricaturescamente feo, tunante artero, diletante de los lupanares (es decir, un putero en toda regla), pero sobre todo ha pasado a la historia como un gran borracho. Así de fácil. y sencillo Un buen día, mientras se acercaba dando tumbos hasta la Avda. de los Cubos (una de las calles más populares de la ciudad), el primer camión de la basura de la ciudad de León le atropelló y acabó con su bulliciosa vida en marzo de 1929.
Cada año, como manda el ceremonial, la comitiva se desplaza desde la Calle de la Sal (siguiendo la liturgia de los 30 pasos, oratorias de romances e ingestión de grandes cantidades de orujo de la tierra) portando en las espaldas de los cofrades (ya mamados) un paso que acarrea un barril de orujo con una corona de laurel y velas hasta la Plaza del Grano, donde se prosigue con los romances y los desmedidas degluciones de orujo hasta que el hermano colgador de la cofradía de Genarín se encarga de escalar la muralla y colocar en lo alto una botella de orujo, queso, pan de hogaza y dos naranjas, que simbolizan el alimento para el espíritu de Jenaro, el Genarín.
Entonces entona los siguientes versos:
Y antes de ser declamadas para gloria de este mundo,
siguiéndote en tus costumbres, pues nunca ganasteis lujos,
bebamos a tu memoria una copina de orujo,
que fue lo que más chupaste antes de ser difunto.
Y así termina esta vía-crucis, con todo el mundo ebrio, brindando con orujo.
Una entrañable fiesta, sin duda alguna, que muchos tachan de sacrílega e irreverente. Pero a los fieles de esta tradición “que les quiten lo bailao”. Un antiguo ritual de laurel, queso, una hogaza de pan, naranjas y una botella de orujo en honor a este santo no reconocido por la Iglesia.