miércoles, diciembre 26, 2012

Especial 'Blade Runner'

Paradigma de la grandeza cinematográfica, tres décadas después
Iba a titularse ‘Mechanico’ y empezó siendo movido por la productoras con el título provisional de ‘Dangeous days’. Nadie apostaba por un guión de Hampton Fancher, que sería reescrito por David Webb Peoples que se basada en la novela de Philip K. Dick ‘¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?’, modélica obra de tecnología ‘cyberpunk’, cuyo tema medular era el indefinido margen entre lo natural y lo artificial. ‘Blade Runner’ asumía su referencia a una novela de William S. Burroughs que, a su vez, lo tomó en alusión de un relato de Alan E. Nourse con el mismo título del filme.
En sus páginas un mercenario solitario tenía la misión de buscar y eliminar a unos replicantes humanoides que fueron creados con propósitos militares y para la exploración y colonización del espacio. La Corporación Tyrell era la responsable de su creación y el último modelo, los Nexus 6, habían mostrado ciertos defectos con la consecuencia de mostrarse en rebeldía. Las altas esferas gubernamentales se proponen acabar con ellos, recurriendo a esos servicios policiales especiales llamados ‘blade runners’. El tipo solitario es uno de ellos. Su misión: “retirar” del mundo a estos díscolos androides.
Michael Deeley convencería a Ridley Scott para que se hiciera cargo de la dirección. El realizador británico venía avalado, primero por su trayectoria como director de publicidad y televisión en Gran Bretaña, donde dio el salto a la gran pantalla con ‘Los duelistas’ y, segundo, con su espectacular debut en Hollywood de la mano de otra obra maestra como ‘Alien’, que le convirtieron en uno de los genios prodigios de la época. ‘Blade Runner’ puede considerarse hoy en día como la última gran obra artesanal del cine contemporáneo debido a su detallismo y la obsesión que Scott puso en ella, creando un imaginario que sigue siendo referente y modelo dentro del séptimo arte.
Se trata de una fábula moral que se corresponde a un cine de anticipación que escapa por poco a la distopía, sin renunciar a ciertos ecos de ese post Apocalipsis tan de moda en la actualidad. Algo que hizo que una película de ciencia ficción albergara desde su gestación la particularidad clasicista que apuesta por la conversión de sus elementos en puro cine negro, al abrigo de visiones tan preclaras como la de Raymond Chandler o Dasiell Hammett. Así, la presentación de su antihéroe, Rick Deckard (Harrison Ford), pululando por las atestadas calles de la ciudad, comiendo comida oriental y sin mucho oficio que ejercer después de haber sido el mejor ‘blade runner’ junto a Holden (Morgan Paull), que ha sido eliminado por uno de los Nexus-6, aportan ese tono gélido y nostálgico que no abandonara en toda su portentosa travesía narrativa.
La historia se sumerge en una sugerente poética de húmedos e inexplorados recodos góticos, abriendo en su inicio con un plano detalle de una pupila que mira en panorámica a la ciudad de Los Ángeles, en el transcurso del año 2019, donde se suceden explosiones en lo alto de los rascacielos y de paso presentan a Gaff (Edward James Olmos), personaje clave y silencioso, testigo comprensivo del destino de todos los personajes. Es entonces cuando el filme dispone al espectador para que entre en un mundo inolvidable y asista a una narración única y trascendente. Paradójicamente, el futuro de ‘Blade Runner’ se asume como algo tangible y amenazante, con un mensaje que sigue vigente a lo largo de todos estos años y que ha eclosionado con fuerza en estos últimos tiempos; la de una era donde la hipocresía y el cinismo conforman gobiernos y poder a la hora de transformar los bienes comunes en usufructo propio, sin hacerse cargo de ninguna responsabilidad sobre sus negligencias. Hoy en día los coches no vuelan, ni hemos llegado al punto de creación tecnológica que se percibe en la película, pero es cierto que el aspecto real de lo que nos rodea no se diferencia en absoluto de aquellos callejones acuosos y lóbregos de una ciudad caótica y abigarrada, consumida por la superpoblación, el capitalismo, el miedo y a buen seguro, la crisis en sus diversos estratos.
‘Blade Runner’ presenta una sociedad que simboliza una especie de gigantesca Torre de Babel en la que la idiosincrasia cosmopolita se ha transformado en una amalgama de diversos ámbitos, culturas e idiomas, en la que el mestizaje no claudica en una mezcolanza dejada al antojo, sino que se muestra valedera para describir esa conjunción variada de códigos sintetizados en una nueva Babilonia cargada de representaciones de poder, grandeza y ostentación de esas pirámides donde su ubican las grandes corporaciones. Entramos así en ese cuestionamiento sobre la muerte y lo efímero de la vida, el tiempo y su caducidad de unos humanos artificiales que se salen de los preceptos a los que están destinados.
El sometimiento de esa ciudad está definido a un control que ve en estos Nexus 6 un efecto de albedrío que no es más que la alegoría por conocer el destino y final de su raza, pero también como iconos de la libertad que representan. Un filme donde los simbolismos forman parte de su tejido narrativo, donde los ojos tienen un significado especial; como ese test de Voight-Kampff, que determina la veracidad de un ser humano con preguntas que buscan recoger ciertas inquietudes emocionales y concretar si la persona analizada es replicante o no. O ese otro punto de intercambio de perspectivas que se va dando a lo largo de la exposición del relato.
Sin embargo, si hay algo que caracteriza el filme de Scott es una marcada percepción escéptica, con carices que se podrían tildar incluso de antropológicos. La esfera de amplios logros tecnológicos, impensables hace siglos, termina concluyendo con la deshumanización en toda regla del ser humano, aquélla a la que está avocada la sociedad moderna. Este pesimismo afecta con gran dosis de ambigüedad desde su inicio a Deckard, un héroe cuestionable y sin principios que regresa a las calles para ejercer lo que mejor sabe hacer, ese “trabajo sucio”, como dice su superior Bryant, de retirar replicantes sin contemplación alguna.
Deckard se muestra arrogante y displicente en todo momento. Incluso cuando conoce a la chica de la que se enamora, Rachael (Sean Young), la secretaria particular de Tyrell(Joe Turkel)que resulta ser una replicante especial, no tiene corazón al explicarle su origen creado genéticamente ante sus recuerdos, implantados de la sobrina de su creador. A su vez, Rachael entra en lo cuestionable de la profesión de un policía al que una doble pregunta impugna su acepción de cazador; cuando sugiere si alguna vez ha matado a un humano por error y, definitivamente, si el propio ‘blade runner’ ha pasado el test de Voight-Kampff. ‘Blade Runner’ se percibe tan compleja como coherente, tan inquietante como hermosa. Mientras los replicantes que trabajan como esclavos escapan hacia la búsqueda de la verdad sobre su providencia, respondiendo así a una idea romántica de la vida, el ser humano cuestiona esa rebelión con el acto injustificado de “retirarles”, evitando mencionar así el término ejecución y matanza. ‘Blade Runner’ significará esa reconciliación del hombre con su naturaleza, aprendiendo a recobrar la compasión a través de seres artificiales que a su vez la han desarrollado contra natura.
Cine de atracción como experiencia sensorial
Todo ello bajo un contexto urbanístico novedoso y revolucionario dentro del cine de la época. Tanto es así, que dejaría huella no sólo en el posterior cine de ciencia ficción, sino en los replanteamientos de la cultura urbana con una dirección artística y diseños de producción nunca vista hasta el momento. Movida por su aptitud inherente de gran obra maestra, ‘Blade Runner’ desmonta los límites de la imaginación plástica, recreando una urbe oscura y terrible, inspirada tanto en la tendencia expresionista alemana de ‘Metropolis’, de Fritz Lang, pasando por Jean Giraud “Moebius” y su influencia en la revista ‘Metal Hurlant’ o las atribuciones del clasicismo inspirador de Edward Hooper o la parte superior del infierno del tríptico de ‘El Jardín de las delicias’, de El Bosco para esa ciudad lóbrega y sin alma.
A Ridley Scott se le acusó de un desproporcionado y maniático esteticismo en la pormenorización de su genial ambientación, llegando a decir que tanto énfasis llegaba a engullir la historia y los personajes. Sin embargo, tanto los recursos estilísticos, como el grafismo, los pequeños detalles que adornan esa portentosa fotografía de Jordan Cronenweth de luces sintéticas y de contrastes, quebrantadas por la extraña mezcla de edificios oscuros y publicidad de grandes marcas que no cesan en su constante venta de imágenes espurias, dan la pauta de un universo indisoluble y real a la trama. La tendencia al éter publicitario de los años 80 que tanto promulgó Scott adjudica a los escenarios ese efecto vaporoso y urbanita, con humo emergiendo de las cloacas, de neones y nocturnidad, con la que la su tipografía mejor se adaptaba a los noctámbulos contextos fílmicos de una ciudad amenazada constantemente por la lluvia ácida.
‘Blade Runner’ es una experiencia sensorial, que impone preguntas subversivas y reflexiones constantes al público a lo largo de la descripción de sus movimientos argumentales, transformado en cine de atracción, en el doble sentido de la palabra. Belleza y decadencia podrían ser dos adjetivos que ratifican la contundencia de esa esencia que supo recoger Vangelis en su mejor partitura, con sintetizadores evocadores de un mundo incómodo, tan lírico en la delicadeza con la que están compuestos sus temas más íntimos, como en la bella impercepción que pasa por alto Deckard rastreando alguna pista con el escáner fotográfico: ese instante de intimidad con Leon (Brion James) y Zhora (Joanna Cassidy), en una habitación y que invoca a ‘El matrimonio Arnolfini’, de Jan van Eyck o ese instante de subrayado dramatismo en el que Zhora es alcanzada sin piedad por los disparos de Deckard, con la duplicidad de transparencias de su chubasquero y el escaparate contra el que acaba derrumbándose. Víctima y verdugo, androide y ser humano que satisface su instinto destructor contra una creación considerada aberrante.
Es la búsqueda de la identidad lo que mueve ‘Blade Runner’, la de esas vidas programadas que caducan a los cuatro años y que se equiparan a ese diseñador genético llamado J.F. Sebastian (William Sanderson) aquejado del síndrome de Matusalem. También a Deckard, cuyo viaje interno provoca el cuestionamiento de todo su mundo, de lo que él representa. Somos lo que hemos vivido. No importa el tiempo que permanezcamos en este mundo. Y es ahí donde entra el cuestionamiento de la propia existencia, del autoconocimiento, de la imposibilidad de perfección. El camino del sentido final de estos androides y su motivación por la necesidad de libertad y repuestas, con el trasfondo teológico que hay en relación a Dios y la creación defectuosa de sus semejantes que ejercen desde esa corporación que se erige imperiosa sobre una pirámide insondable, llega a la lógica destrucción del creador. De la misma manera en que el hombre que ha jugado a ser su deidad imaginada, acaba en manos de su androide, con los ojos arrancados, por haber sido incapaz de ver, más allá de la utilidad de sus creaciones, la afectividad e ira capaces de generar tanto amor como odio y una partida de ajedrez descompone la jerarquía que existe entre los replicantes, peones del tablero capaces de derrocar el poder de la pieza clave de una victoria que no es tal, ya que matar a Dios no concede la inmortalidad ni cambia el destino.
En último término, dentro del mítico edificio Bradbury, emblema de toda esa decadencia del mundo en ruinas y desencantado, donde lo tecnológico y lo humano chocarán frontalmente, el cazador termina siendo el perseguido, acosado por la fortaleza física de un Nexus que descubre su dignidad y piedad como valores humanos. Cuando salva la vida a Deckard, la máquina se fusiona en su trascendencia con el hombre. La tristeza del replicante, el entendimiento final de su muerte y la redención llega con el perdón ante la atónita mirada de Deckard, que concibe a estos seres perecederos como ejemplo de esos nutrientes humanos que se están perdiendo, precisamente, como las lágrimas en la lluvia a las que alude Batty. Precisamente una de las controversias que sugiere ‘Blade Runner’ es la posibilidad de que el propio Deckard fuera también un replicante. En sus tres versiones oficiales (existen hasta siete montajes distintos) existen dos perspectivas sobre esta teoría que se distancian precisamente en la sugerencia sobre la verdadera naturaleza del ‘blade runner’; mientras en la versión impuesta por los productores y estrenada hace tres décadas se enfatizaba en su rama estilísticamente ‘noir’, con voz en off, con ese antihéroe escéptico y descreído inmerso en una misión que cumplir, en las posteriores ‘director’s cuts’, Scott atribuyó a su personaje protagonista esas dudas sin respuestas que buscaba Roy Batty (Rutger Hauer), confrontándole y uniéndole en sus reflexiones finales.
No obstante, el origen de Deckard dentro del filme se atribuye a la ambigüedad, a dotarle de más oscuridad y de cariz enigmático que en el primer montaje, con ciertos añadidos como ese sueño que provoca un final reflexivo cuando Gaff deja el unicornio de origami en la entrada de su apartamento, insinuando o aludiendo a una posible condición de replicante de Deckard. Aunque en ambos montajes, se evoca no tanto a esta disposición más acentuada en la visión de Scott, como en la idea del perdón de la chica, de ese consejo que suena en off anteriormente cuando el protagonista comprende a su vez que la vida es demasiado corta y que se le ha dado la oportunidad de comenzar esa relación con una replicante de la que no se sabe su fecha de caducidad.
‘Blade Runner’ es, con una lógica y un sentido de las leyes cinematográficas propias e indivisibles, una obra maestra absoluta, capaz de conmover con una historia que traspasa las fronteras del tiempo con su actual discurso y que propone la inconsistencia de ese armazón que entendemos como realidad. La cinta de Ridley Scott supone una cosmología estética propia y un mundo de persistentes ecos existenciales, enriquecida con alusiones filosóficas y teológicas que superan todas aquellas teorías acerca de sus significados, muchos más profundos de lo que aparentan.

2 comentarios:

Emilio Calvo de Mora Villar dijo...

Tenía ganas de leer cosas de estas. Refo cumple, Refo entusiasma. Un abrazo navideño, amigo. Que lols cielos catódicos y la lluvia del apocalipsis no cieguen tu bondad cinéfila.

REFO dijo...


Muchas gracias, amigo Emilio. Tus palabras contienen siempre ese efecto gratificante que hace que siga escribiendo y mantenga la ilusión. FELIZ FIN DE AÑO y un gran 2013.

Abrazos.