jueves, 13 de diciembre de 2012

‘8’, un cortometraje de Raúl Cerezo

Oscuros rituales familiares
En su segundo y anterior cortometraje, ‘Escarnio’, el cortometrajista Raúl Cerezo apostó por un texto ajeno, materializado en la adaptación del cuento ‘La gallina degollada’, de Horacio Quiroga. En aquél, el realizador incidía en una oscura fábula de marcada subversión, diabólica y cruel, que tenía como fondo del relato la violencia, la familia, el rechazo, la humillación y el desconsuelo. Su último cortometraje ‘8’, multipremiado y profusamente nominado (ha acumulado momentáneamente 155 selecciones) y fue preseleccionado en la lista para los aspirantes a los Oscars, que aunque no consiguiera pasar la criba, optará al Méliès d’Or al Mejor Cortometraje Fantástico Europeo al lograr el Méliès d’Argent en el Razor Reel Fantastic Festival de Brujas, incide, de un modo mucho más tangencial, en esos mismos elementos con un objetivo común: la venganza. Un desagravio que, aunque de forma ambivalente, pertenece al nutriente argumental de ambos relatos.
‘8’ es, como se autodetermina, un ‘musicortometraje’ (‘Escarnio’ ya era un ‘cuentometraje’), debido a la aventurada decisión de su autor de asumir un riesgo cinematográfico que huye de cualquier diálogo, sin recurrir a ninguna voz en off, apoyándose únicamente en la imagen, el elenco artístico y, sobre todo, en la música, haciendo de estos los dispositivos narrativos de los que Cerezo saber sacar partido con una gran resolución visual. En él descubrimos a un niño que cumple la edad que da título al corto, flanqueado por una cohorte de familiares que acude a la celebración envuelta en la excentricidad y el misterio de un ritual que esconde un secreto familiar que pretenden destruir. Es a su vez una visión de la pérdida de la inocencia de la infancia, cuya violencia adulta permanece asumida e integrada en un relato iniciático tan cruel como irrevocable.
Se forja así una lograda atmósfera de incomodidad espectral, con gran protagonismo de una persistente niebla erigida como una protagonista más de la acción, que incluso se inmiscuye en los interiores, doblegando las brumas morales que afectan a sus personajes y los convierten en pérfidos vengadores contra un elemento diluido que va corporeizando la maldad a lo largo del metraje, a través de la sutileza con la que Cerezo va mostrando la verdadera naturaleza de su historia. La trama encuentra a su vez una expresión fisonómica en la sucesión de miradas y lentas maniobras de un elenco que está a la altura del reto silencioso del trabajo, sumiendo el proceso bajo una teatralidad soterrada que solicita la complicidad con el público, que deja de ser un observador para convertirse en cómplice del tenebroso protocolo.
En ‘8’ se manifiesta una doble historia, la de un padre regresando al cumpleaños de su hijo pequeño y la del interior de una casa convertida en un oscuro escenario de nigromancia familiar que expone un ejercicio de estilo que le permite a su director experimentar diversas formas de acercarse al arte fílmico, despojando de eventualidad a la historia, haciendo de ella un oscuro cuento atemporal. Hay que señalar a su vez un montaje que se adecua a los movimientos narrativos y unos efectos especiales, que corren a cargo del mítico Colin Arthur, al servicio de la historia. Pero si hay dos disciplinas en la que ‘8’ mantiene un alto nivel y que lo alzan como una fascinante obra de cámara son la ornamentada y malévola música de Voro García, capaz de envolver la acción con sus resonantes notas, que auxilian todo ese entramado de ‘tempo’ imprevisible en el que se mueve constantemente el corto y la cuidadosa estética visual, a la que pone luz el director de fotografía Nacho Aguilar, con un impecable acabado visual que identifica el lucimiento estético de la obra, atendiendo a la reminiscencia cinéfila del espectador, pues contextualiza una nostalgia afín a películas clásicas de los años 80, pero sin incidir en exceso en homenajes o referencias (que las hay), teniendo presente esta condición en su vocación artística.
Estamos ante una pequeña obra visceral, un juego maléfico que termina con una incógnita mucho mayor que todo lo propuesto, llevándola a sus últimas consecuencias, atributo que apuntala la gratificante elección por el riesgo de encauzar el corto hacia un cariz oscuro, desplegado en los confines del terror para hacer finalmente del compromiso con el género la gran virtud de ‘8’. Un trabajo de composición minuciosa y exhaustiva que encuentra el mejor ejemplo de esta cualidad en un cuidado ‘making of’ que dura nada menos que sesenta minutos, en los que el equipo relata todas las vicisitudes del rodaje en todas sus fases y que define muy bien la atracción de su director por el detalle casi obsesivo por certificar sus propósitos.
Basta echarle un vistazo al DVD para comprobarlo; además de anteriores trabajos como director de Cerezo y profuso material relacionado con ‘8’, encontramos un hueco para descubrir la gran labor pretérita y presente que este realizador está haciendo por el mundo del cortometraje, dirigiendo festivales y muestras avocadas a engrandecer los mejores proyectos nacionales e internacionales cortometrajísticos, siempre en lucha por dar cabida a un género que necesita de la ardua labor de gente como Cerezo para poder subsistir.
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