jueves, 22 de noviembre de 2012

Review '007: Operación Skyfall (Skyfall)', de Sam Mendes

La reconstrucción y perpetuación del mito
Sam Mendes profundiza con elegancia y pulso en los miedos y defectos de un James Bond vulnerable y envejecido a través de una historia fundamentada en el juego de contrastes entre el pasado y presente.
‘Casino Royale’ supuso una ruptura con el mito de James Bond, una desmitificación y renovación que, más allá de cualquier simbología con el ‘reboot’, cuestionó con acierto la representación de ese héroe exquisito, encantador e irremediablemente atractivo. El Bond al que da vida con una convicción fuera de toda duda Daniel Craig ha pasado a ser un hombre acerbo y obstinado, tan visceral como descreído y despiadado con las misiones que acomete.
La resurrección continuista había dado con la clave para vivificar una serie que parecía haber entrado en un bucle de cuestionamientos y circunlocuciones con un fondo realista del icono creado por Ian Fleming, sin renunciar a una delineada fisicidad hemostática y dinamismo dosificado del personaje. Si bien ‘Quatum of solace’ desperdició la tentativa con su falso artificio sometido a la acción hiperbolizada de incertidumbre argumental y carencias de profundización que se le exigía a esa rehabilitación, parece que ‘Skyfall’ quiere retomar el rumbo de esta nueva línea de un sugestivo 007 coincidiendo con su 50 aniversario y que supone la vigésimo tercera cinta de la saga.
‘Skyfall’ arranca con un listón de acción que evidencia la esencia de lo que será esta parte de la saga, donde el espectador asiste a una frenética persecución por los tejados y las calles de Estambul, una montaña rusa de acrobacias acometida con ejercitada coreografía visual. Desde su comienzo, asistimos a la hipotética muerte del agente cuando M insiste en arriesgarse a sacrificar a su mejor hombre por un bien mayor: una lista de agentes infiltrados en las mayores agrupaciones terroristas internacionales, algo que recuerda con bastantes analogías a la lista NOC (Non-official cover) del primer ‘Mission: Impossible’ de De Palma y motor fundamental del filme.
Los créditos diseñados por Daniel Kleinman envuelven e insinúan la materia de la que va a nutrirse la cinta de Sam Mendes, un caleidoscopio de las lápidas, imágenes de muerte y sangre girando en espirales o contornos femeninos sugerentes al son de una canción de Adele queriendo convertirse en la nueva Shirley Bassey ponen al espectador entre el paradisiaco entorno en el que Bond sucumbe a una vida de vicios una vez desaparecidos y la grave situación de crisis que sufre el MI6, cuyo emblemático edificio es foco de un atentado que arrastra a M a la inquisición de un órgano en el que deberá defender su alterado estatus y las decisiones de sus operaciones dentro del centro inteligencia.
El regreso de Bond se convierte en algo personal, en un deber movido por la lealtad y la supervivencia. Desde el comienzo, Bond asume que no es más que un instrumento para combatir el mal, supeditado a un superior al que, en el fondo, le debe todo. Se muestra así el componente esencial de un individuo que, pese a su heroicidad y carisma, despliega un fondo de compasión. ‘Skyfall’ gira en torno a un Bond falible y vulnerable, cuestionándose su inapelable heroísmo, cansado y desencantado con su trabajo y con la sensación de ser un agente arcaico, casi anacrónico, para los nuevos tiempos, como sucedía en las últimas novelas de Fleming, abriendo un nuevo frente para enfrentarse a su culpa y ambivalencia. Es ésa profundización en los miedos y defectos de Bond, la debilidad que va mostrando en sus misiones, lo que más destaca en el guión de Neal Purvis, Robert Wade y John Logan, entroncando el modelo esperado con una oportunidad de explorar el personaje más allá del formulismo, pero sin perder el ritmo, la acción y evitando que el público se anticipe a cada movimiento argumental. Una sutil complejidad emocional capaz de dejar a Bond a un lado para dar preeminencia a la figura de M (de nuevo corporeizada por la estupendísima Judi Dench), que no asume su responsabilidad en los fracasos del MI6 evidencia un cambio considerable.
Dentro del discurso, si algo se subraya desde el primer momento y que será el eje sobre el que orbita constantemente el filme, es su juego de contrastes entre el pasado y presente. M afirma en la película que sus métodos funcionan porque los enemigos del mundo se han movido entre las sombras, es la representación de la vieja escuela geopolítica en contraposición de Mallory (Ralph Fiennes), que ejerce de impoluto presidente de la comisión del servicio de inteligencia dentro del Parlamento y relevo a esa vetusta defensa ideológica de organizaciones como el MI6 o la CIA. También en la improbable secuencia de la National Gallery que presenta a un remodelado Q (Ben Whishaw), más joven y ‘geek’, ajustado a los tiempos que corren, Bond acierta a rebatir a su joven compañero exhortándole que a pesar de que la edad no sea una garantía, la juventud tampoco lo es en cuanto a innovación. Parece que el discurso, en ese sentido, responde a los propósitos de balance entre lo viejo y lo nuevo, por mucho que se enfatice con algunas pinceladas la situación de crisis mundial, la hipocresía política y la incertidumbre quebrantada por los nuevos tiempos que se avecinan.
Por otra parte, el villano, Raoul Silva, es un ‘hacker’ sexualmente ambiguo capaz de poner en jaque a cualquier institución o poder gubernamental que se le antoje con un solo ‘clic’. De ahí que se le haya comparado con Julian Assange, debido a que ambos suponen una amenaza contra la seguridad de los servicios de inteligencia al publicar información confidencial del gobierno a través de Internet. Es el enfrentamiento por parte de Bond a un nuevo modelo de villano actualizado. Él, sin embargo, parece moverse como un agente de campo chapado a la antigua que ironiza en una secuencia de amenaza y seducción por parte de un Javier Bardem que borda un personaje entre lo inquietante y patético, lo perverso y caricaturesco, asustando con una caracterización lograda con la habitual destreza de un intérprete de altos vuelos.
Mendes, por su parte impone en todo momento el clasicismo y elegancia innegable que se le esperaba, exhibiendo un respeto por el legado en su afán por recuperar, dentro de la novedad, guiños a la raigambre más conocida del personaje. No faltan por tanto, una amante exótica hermosa llamada Sévérine (Bérénice Marlohe), que es víctima parte y femme fatale, un plano con martini y vodka “agitado, no revuelto” e incluso la aparición del Aston Martin DB5. Además del clásico de Monty Norman sonando más que en otras entregas recientes.
La excusa ideal para que 007 regrese a sus orígenes, brindando una visión revisionista, pero innovadora. Con ello, Bond viaja al pasado, al lugar de su infancia, de sus recuerdos ocultos, a los orígenes más remotos, insuflando una nueva perspectiva a lo que ha venido siendo la clave de la pugna entre héroe y villano, en una doble disposición de la influencia fuertemente maternal que ejerce M sobre su agente predilecto y a su vez sobre el malvado ‘hacker’, que no es más que un ex agente del MI6 en busca de venganza. Sin embargo, lo que debería ser una épica confrontación entre Caín y Abel, la resolución del complejo edípico entre ambos, la estratosférica pugna entre este par de cachorros hermanados por un mismo objetivo que se muerden en el camino, necesitados de una madre que pueda perdonar sus errores y salvaguardar su redención, desluce lo erigido con una absurda linealidad que cae en la más tremenda decepción.
Incluso el maestro Roger Deakins, brillante en la creación de una estética cambiante a juego con los movimientos de Bond, decae en una operística cromática de colores mostaza producto de una explosión incandescente e interminable que irradia su belleza fotográfica a varios kilómetros de distancia y que ejemplifican un tramo final que termina por difundir la contundencia exhibida en la relativización de sus conclusiones con gran torpeza, echando por tierra todo lo acometido hasta el momento, incluyendo ese imposible giro que transforma de un plumazo a una agente secreto de campo (Naomie Harris) en una secretaria archiconocida de la saga.
Pese a todo, los logros de ‘Skyfall’ definen una cinta que evidencia que estamos ante otro soplo de aire fresco que entronca el mito de Bond dentro de su elocuencia e ingenio, del vibrante y trepidante manejo de la acción, que pone a prueba de bombas a un personaje ahora reconstruido y persuasivamente reinstalado en otros conceptos modernizados de espía al servicio de Su Majestad. Con ello, James Bond tiene vía libre para continuar siendo tan lucrativo y rentable como siempre. La resurrección del mito es un hecho fehaciente. Y que dure por muchos años.
Miguel Á. Refoyo "Refo" © 2012