lunes, 15 de octubre de 2012

El metafórico salto de Baumgartner

Ayer a las 20:05 el mundo que seguía a Felix Baumgartner en su enloquecido desafío de batir varios récords en un salto al vacío desde una distancia descomedida y estratosférica mantuvo la respiración antes de verle caer a ese caos que llamamos mundo. A más de 39.000 metros de altura todo debe parecer minúsculo. Logró rebasar la barrera del sonido sin propulsión a una velocidad de 1.341,9 kilómetros por hora. Bajo la atenta mirada de millones de personas que siguieron la gesta épica en directo a través de televisión y sobre todo Internet, el paracaidista austríaco logró aunar la atención de la tarde del domingo en una temeraria pugna contra los elementos amparada por la marca de bebida que te pone a cien con el antisalubre efecto de la taurina: Red Bull Stratos.
Joseph Kittinger, un ex capitán de las fuerzas aéreas que en 1960 también se arrojó desde una altura de 31.000 metros, iba instruyendo a Baumgartner, consciente de la dificultad del reto. La intrepidez alcanzó cotas de tensión dignas del suspense de una película de ficción, destacando el instante en que la escotilla se abrió dejando ver el espacio exterior y cómo la cápsula se tambaleaba antes de producirse el salto. Esos segundos de reflexión ante la atónita mirada del espectador, que había esperado dos horas y treinta y seis minutos, llegó a su culmen cuando vio cómo el cuerpo del paracaidista caer a la nada haciendo de la hazaña una realidad.
Fueron cuatro minutos y treinta y diecinueve segundos de caída en los que vimos durante unos segundos al heroico insensato dar vueltas sobre sí mismo como si fuera un muñeco. Kittinger lanzaba una súplica que dejó al mundo en vilo “sigue hablando”, repitió un par de veces. De repente, Baumgartner se convirtió en una metáfora del mundo que le veía, de la economía que ahoga a los débiles, de los problemas contra los que luchan aquellos que son tan volubles como él en esos instantes de pánico en los que ha reconocido que estuvo a punto de perder el conocimiento.
Felizmente, logró reconducir su cuerpo y estabilizarse antes de abrir el paracaídas que le depositaría en tierra firma sano y salvo, consciente de que, por un día, era la persona más popular del planeta consiguiendo saltar desde el escalón más alto del mundo. Esperemos que los tiempos procelosos que nos amenazan y ahogan sigan el mismo camino de éxito y propósito cumplido que el de este obstinado saltador, porque a decir verdad, ahora mismo estamos cayendo de forma similar, pero sin ayuda de patrocinadores, sin seguridad médica y lo que es peor, sin paracaídas.