martes, 4 de septiembre de 2012

El Athletic Club por encima de los problemas

Muy lejos parecen quedar en el recuerdo emotivos instantes como aquel en el que Javi Martínez, mirando desde el balcón del Ayuntamiento de Bilbao a más de un millón de personas que apoyaban a su equipo a pesar de perder la Copa del Rey en el año 2009, no pudo reprimir sus lágrimas y aseveró, micrófono en mano, que aquel sentimiento colectivo sólo se daba en un club como el Athletic y prometió que regresaría con el título. También parece haberse perdido en la memoria, pese a lo reciente, a Fernando Llorente desplomándose visiblemente emocionado tras el pitido final en la semifinal de la pasada Europa League tras conseguir unos momentos antes el gol que supondría el pase a la final del campeonato continental. Son instantes que parecen haberse destrozado con los últimos acontecimientos vividos en el corazón de un club poco acostumbrado a la convulsión que ha sufrido San Mamés y su entorno. Como dice el célebre refrán “Cría cuervos…”.
Se han tambaleado los cimientos de este Athletic que, pese a viento y marea, sigue siendo algo más que un club. El equipo del Botxo se ha caracterizado por esa utópica forma de arraigo a una tradición que vive de ese vínculo de afinidad y simbiosis entre jugadores y espectadores, del compromiso que tienen los jugadores hacía esa camiseta y de un escudo antológico dentro del fútbol español. Sin embargo, la filosofía de calma y convicción que reside en su esencia se vieron afectadas por varios motivos que desequilibraron lo que tenía que ser la preparación de una temporada ilusionante, debido a al fortalecimiento devenido en gran desempeño y logros que se habían conseguido el año pasado. Todo se vino abajo como una torre de naipes; primero, Marcelo Bielsa, salió a la palestra para desvelar la polémica suscitada por la nefasta ejecución de las obras en la ciudad deportiva de Lezama, que fue el punto concreto que habilitó la renovación del técnico rosarino. En vez de salvaguardar sus argumentos, el club le tildó de “empleado” y desdijo toda la protesta del entrenador, posicionándose a favor se la empresa que realizó la obra. Fue la mecha que encendió las alarmas dentro y fuera del club.
Cuando nada parecía que podía ir peor y que las aguas parecían volver a su cauce normalizado, Llorente comunica que no renovará con el Athletic después de cumplir su contrato, que finaliza en junio de 2013. Una pitada monumental en un partido para la clasificación de la Europa League inciden en los ánimos de un jugador conocido por su poca fortaleza emocional a la hora de sostener este tipo de situaciones incómodas en lo deportivo y se produce una ruptura recíproca que trasciende al ambiente deportivo. Por si fuera poco, Javi Martínez, aprovechando el revuelo que ocasionó el tsunami de la no-renovación del ariete de Rincón del Soto, negocia a espaldas del club su salida del Athletic con el Bayern de Munich, que se muestra dispuesto a pagar su elevada cláusula de 40 millones.
El caos y los rumores se instalaron definitivamente en el universo ‘zurigorri’. Esta situación se agravó cuando, conocidas ambas noticias, los jugadores regresaron a entrenar bajo los lógicos abucheos y gritos de ofrenda de cierto sector del público, que llegó a tacharles de “mercenarios”, mostrando el resentimiento y la molestia por esta fuga de talentos que descuartizaban el ideal de ese sentimiento que se le supone a un jugador del Athletic por su camiseta y por la afición que le idolatra. Desde ese instante, el proceloso estado de la situación lleva a Bielsa a confirmar que el “estado anímico” de ambos jugadores internacionales les inhabilita para competir con el Athletic a causa de la presión a la que están sometidos. Como gota que colma el vaso, se rumorea también que otro de los jugadores clave, Fernando Amorebieta, con la renovación pendiente, se encuentra en una situación similar. Pero el técnico argentino no duda en calmar los ánimos en éste último caso, orientando ausencia hacia la recuperación de la operación de pubalgia que sufrió el defensa hace apenas mes y medio. Especular es gratis, aunque es cierto que el delicado tema de su continuidad irá para largo si está motivado por las mismas razones que las de Llorente.
Para acabar con el maremágnum que sacudió al Athletic, la prensa deportiva, como buitres que acechan a un moribundo, acentúan la tensión vertiendo acusaciones sobre Bielsa y su decisión de no contar con una serie de jugadores para esta temporada que acaba de empezar. Tampoco beneficiaron en absoluto las desafortunadas palabras sobre el tema del alcalde de Bilbao Iñaki Azkuna o el presidente del PNV Iñigo Urkullu sobre la situación de Llorente. Esta absurda mezcla entre intereses deportivos y políticos nunca ha coagulado con un buen fin y demuestran que los políticos, sean de la región que sean, sean del partido o ideología que sea, sólo sirven para salpicar de mierda y ridículo cualquier ámbito en el que se vean envueltos.
Nadie esperaba tanto ajetreo y la dolorosa crisis que atraviesa el club no ayuda a revivir el ánimo. Y menos, tras la magnífica temporada pasada que realizó el conjunto vasco al disputar dos finales importantísimas que se saldaron con derrotas, pero que, a la postre, ha ocasionado un fracaso mucho más duro. Lo que parecía el lanzamiento definitivo a la élite del fútbol mundial, con Athletic que maravilló a toda Europa gracias a varias exhibiciones futbolísticas en los más prestigiosos campos, no ha servido en último término sino para atenuar el débito emocional en algunos jugadores. Todo lo contrario de lo que se esperaba con tan buenos resultados. El éxito ha alentado a la búsqueda de más dinero financiado por la ambición y el egoísmo. Y eso, no se corresponde con los valores de este histórico club. Se ha considerado una traición por varios motivos de fuerte solvencia. El primero de ellos, porque tanto Fernando Llorente como Javier Martínez habían manifestado en reiteradas ocasiones su deseo de seguir muchos años en el equipo, porque según ellos, “era su casa” y “querían llevar a este club de sus amores a lo más alto”. En el segundo caso, aludiendo a que tenía un contrato con el club que cumpliría bajo cualquier circunstancia. Todo ha sido un ejemplo de artimaña y venta de humo que no ha hecho más que hacer más dolorosa y triste la consecuencia final.
Y no os engañéis, aquí en este blog no se va discutir que la pertenencia de un jugador se basa en un contrato y que el deportista, por las razones que sean, pueda o crea que su carrera se condicione a ganar títulos o al menos ganar más dinero con otro club. Aquí todo el mundo es libre de decidir sobre su vida y su carrera deportiva. Se puede llegar a entender, debido a que en el mundo del fútbol actual lo individual está reñido con la identificación colectiva y el trabajo en equipo, donde las aspiraciones solidarizadas bajo el simbolismo de un escudo ya no tienen importancia. Eso pertenece al pasado. Las grandes estrellas así lo demuestran. Martínez llegó de una forma similar de Osasuna como se ha ido al Bayern. No vamos a negarlo. Salvo con alguna diferencia abismal. Cuando aterrizó en Bilbao, era una joven promesa que costó la friolera de seis millones de euros. Tampoco era nadie en el equipo de Navarra. No era internacional. Y tampoco un jugador valuarte de la primera plantilla. Es más, ni siquiera llegó a debutar con los “rojillos”. Por lo que se puede entender su decisión de huir sin cumplir su contrato, pero que nadie vaya a equiparar ambas situaciones con el mismo jugador.
En el caso de Llorente es algo bien distinto. Como señaló Josu Urrutia, se trata de un “fracaso institucional” que representa que todo lo que se creía de un jugador formado en Lezama puede tener variantes derivadas de los nuevos mercados que corroen al fútbol moderno. El 9 del Athletic ha estado durante dos años (dos largas temporadas) negociando y apaciguando al aficionado con buenas intenciones, conducta fingida de comodidad en su club y retrasando una y otra vez su decisión de renovar escudado en una férrea conciencia por seguir vinculado al equipo. La estrategia llevada a cabo este último año por parte del delantero rojiblancos y de su entorno parece, vista hoy en día, indiscutible: tanto sus actuaciones en la Final de la Europa League y en la Copa del Rey como su más que posible titularidad en la selección de Del Bosque en la Eurocopa 2012 podían ser un escaparate perfecto para reivindicar su valía y revalorarse en el mercado con la intención de fichar por un club poderoso dentro de la lonja en que se ha convertido el fútbol.
Todo le salió mal porque ni estuvo a la altura en las finales (todo lo contrario), ni el seleccionador salmantino confío en él dándole un sólo minuto. Por supuesto, a día de hoy el jugador sigue teniendo contrato y él no se ha declarado en rebelión, ni se ha negado a entrenar ni a jugar en caso de que Bielsa cuente con él. Urrutia aseguró que no lo iban a vender a la baja, para evitar nuevos casos de chantajes de ningún tipo. El riojano esperaba que la Juventus de Turín fuera el que más pujara, pero tampoco llegó a buen puerto. Lo que está claro es que la ruptura entre aficionado y jugador es total. Más que nada con gestos como este y con la imagen de un Llorente frotándose las manos sabiendo que, sea como sea, saldrá del club con la carta de libertad, sin dejar un euro al equipo que le ha transformado en el jugador que es. Y con la posibilidad de aludir a una cuantiosa prima de contrato en su siguiente club, lo que elevaría sustancialmente sus ingresos.
No es su salida lo que ha decepcionado terriblemente. El perdón es valedor de una afición dolida por las decisiones que, a buen seguro, llega a entender estas circunstancias. Lo que ya no es discutible son las formas en que se han llevado a cabo la espantada. Han esperado a que la temporada estuviera a punto de comenzar, con el club inmerso en tres competiciones. En el caso de Martínez, incluso le fue a llorar a su ‘aita’ y a su ‘amatxo’ para que acudieran a Ibaigane y suplicaran a la Junta Directiva que dejaran ir al niño a ganar dinero a Alemania con una incompatible actitud del jugador, dispuesto a irse pagando él mismo parte de la cláusula. El Bayern ha pagado los 40 millones de euros (algo muy por encima de su valía como futbolista) y se ha ido. Perfecto. Sin embargo, ahora que los de Uli Hoeness tampoco se extrañen si son denunciados por vulnerar el Estatuto y Transferencia de Jugadores del reglamento FIFA (pár. 5, punto 7), ya que no han respetado ninguno de los puntos que acogían el contrato del jugador de Ayegui en el Athletic. Los clubes con dinero se creen con ese derecho y así lo ejecutan. Lo que más ha molestado es el mutismo con el que se ha llevado todo el proceso, con un asustadizo silencio de aquellos que esperaban salir corriendo sin ni siquiera ofrecer explicaciones o dar las gracias por ser quién eres gracias a una Institución a la que has escupido a la cara como si fuera un club contagiado por ese virus que tú mismo has inculcado.
Los 40 millones de euros no son un incentivo. Podrá invertirse para pagar parte del nuevo estadio San Mamés Barria o nuevos fichajes que apaciguaran el panorama. No obstante, la dificultad de esos repuestos es inasumible al poseer un mercado muy limitado que entorpece cualquier movimiento considerado sensato y porque tampoco se necesita reinvertir sin un estudio pormenorizado del negocio. Entre otras cosas, porque el Athletic no utiliza criterios comerciales en una industria que se mueve única y exclusivamente por dinero y donde el escudo de las camisetas se compra y se vende por los jugadores a una velocidad de vértigo. Tampoco faltarán aquellos que especulen con piezas del puzzle que puedan encajar en la filosofía del Athletic, acrecentando de forma artificiosa la cuantía de sus jugadores con estas características afines a la política rojiblanca para aprovecharse de ellos.
Contra viento y marea
La afición del Athletic, siempre volcada con su equipo contra la adversidad, no merece este trato por parte de algunos jugadores, ni tampoco de la Junta Directiva. Parece que nadie quiere asumir responsabilidades y que el silencio será el modelo de convalecer ante una situación ante la cual los aficionados esperan una explicación. Y esta situación hace dudar seriamente de lo sucede dentro del vestuario. Ha llegado un momento en que ni el mismísimo Bielsa, siempre diáfano en sus palabras, convence haciendo ver que la normalidad es el día a día del equipo. Los rumores le llegaron a señalar como responsable de la decisión de abandono de los dos mejores jugadores de la plantilla, cuando es sabido por todos que tras las dos finales les señaló como parte responsable de las dolorosas derrotas. Él asumió la totalidad de la culpa, por lo que no tiene mucho sentido. También de que tiene a los futbolistas exhaustos y al límite. Y esto desconcierta en el rol que deben desempeñar sobre el terreno de juego. A Bielsa se le ve férreo en sus decisiones y sin perder el carisma de lo que es; uno de los mejores entrenadores en activo del fútbol mundial.
El problema es que, hoy por hoy, no está apoyado por las altas esferas del club. Primero ninguneándole con el tema de las obras de Lezama, después fichando jugadores de posiciones que él no había solicitado y tercero, distanciándose por completo del contexto de cordialidad que aparentan para no seguir haciendo más grande la herida. La Junta Directiva tiene cada vez tiene menos credibilidad, pese a haber defendido el estilo incorruptible del club y el reconocimiento de los errores que hayan podido acontecer que un jugador formado en Lezama hace diecisiete años como Llorente quiera abandonar el club cuando iba a ser el delantero español con mejor sueldo de toda la liga española (4,5 millones por cada una de las tres temporadas que estipulaba la renovación). El silencio es el principal problema de la situación que vive el Athletic. Nadie da explicaciones que esclarezcan tanto problema. Y es necesario saber los argumentos de todas las partes implicadas para sacar una conclusión certera.
Ante esta situación de ambiente enrarecido, de podredumbre deportiva afectada por una situación ajena a un club acostumbrado a ver estos culebrones desde el exterior, el Athletic procura salir del pozo. Ha tocado vivir el ridículo del fútbol nacional, con la dificultad añadida de volver a reconstruir tácticamente un equipo que echará de menos a dos piezas claves que sustentaban el equilibrio y la enorme calidad de sus compañeros. El gran perjudicado de todo esto es el Athletic como institución. En lo deportivo, ha comenzado firmando el peor arranque liguero en los ciento catorce años de historia del club. Por eso, ahora más que nunca, cuando más difícil se torna la adversidad, es cuando la unión del equipo y afición debe responder a su estirpe, aunque parezca que cada vez tenga menos peso como fuerza de unión gracias a los acontecimientos que tristemente han encabezado las portadas de los periódicos deportivos en el último mes.
Antes, el Athletic suponía el ejemplo de equipo donde el escudo, la implicación y la solidaridad eran elementos indisolubles que cohesionaban la grandeza de su tradición y que, como todo en esta vida, cristaliza el dicho “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Igual es que debemos resignarnos y reconocer que los tiempos han cambiado y que el Athletic no encaja bien en este fútbol moderno. Tristemente, va a haber que ir asumiendo que este club debe ajustarse a este mundo post-ideológico sin credo de ningún tipo más allá del económico. El fútbol es una gran corporación capitalista que ha engullido cualquier resquicio de romanticismo, identificación o lealtad. El fútbol moderno es un ente mercantilizado que se juega desde los despachos y donde estrellas del calibre de Cristiano Ronaldo llora de forma infantil y patalea porque quiere ganar casi veinte millones por temporada para seguir metiendo goles con clubes dispuestos a pagar esa cifra insultante en medio de una gravísima crisis económica. Los jugadores han dejado de ser estrellas del fútbol para convertirse en caprichosos millonarios y los equipos colectivos que representan un escudo y una tradición seguida por sus aficionados han pasado a ser lujosos lupanares de alto standing, con ‘escorts’ que dan patadas a un balón y se besan el escudo cuando en realidad lo que adoran es el peculio ingente más allá de los títulos que puedan conseguir o no.
A partir de ahora, el Athletic tiene la imperiosa obligación de pasar página y olvidar el circo que se ha montado con dos payasos protagónicos que han desestabilizado la continuidad de un proyecto ilusionante que se ha desvanecido. Es necesario que se instauren medidas de estímulo que hagan olvidar ese fracaso corporativo y el momento de inestabilidad, confusión y zozobra que se ha vivido. No se puede caer en la incertidumbre. Hay que pensar que todo lo acontecido de forma desagradable han sido circunstancias puntuales y que aunque permanezcamos lejos de la armonía, no es tarde para devolver la ilusión de la pasada campaña. El pasado domingo, el Athletic palió los fantasmas con una contundente victoria frente a un gran Real Valladolid recuperando las sensaciones del pasado año. Pero lo más importante, sin necesidad de recordar ni al número 9 ni al 24.
Tenemos un equipo joven, prometedor y lleno de talento que encuentra ejemplos contrarios a los escapistas con un Markel Susaeta como paradigma de adeudo sentimental, al menos momentáneamente, rechazando una millonaria oferta del Manchester United. Aunque sea un espejismo, aferrémonos a ello. Los leones deben tener todo el apoyo posible. La idea es confiar en lo propio, convertir la flaqueza de la necesidad en entereza y ánimo ante la adversidad. Porque suceda lo que suceda, por muchos vaivenes que se vivan de forma dramática, el Athletic Club seguirá siendo para el aficionado como una forma de ver la vida, un aliciente confeccionado con el tejido sueños y traducido en la devoción de una afición modélica. El fútbol sólo es una excusa. No se trata del deporte, ni de un balón, ni de los goles… se trata sentimiento de alianza, como se dice de “una prolongación de nuestra vida”. Y eso no se puede arrebatar así como así. El Athletic está por encima de todo. Y así seguirá siendo, por muy mal que nos vaya. Orain eta beti Athletic!!