lunes, 20 de agosto de 2012

JJ.OO. Londres 2012: el espejo del mundo

Cada cuatro años se da una aproximación universal a la grandeza del deporte en su manifestación máxima, a la concentración de disciplinas que aúnan los esfuerzos colectivos e individuales en representación de todos los puntos del mundo. Los Juegos Olímpicos, como en todas sus sedes, aspiran a simbolizar, mediante su llama Olímpica, los valores de un movimiento más que centenario promovido en su origen por el idealismo de Pierre de Frédy, barón de Coubertin. Londres tenía el férreo compromiso de convertirse en el espejo del mundo, en el símbolo transitorio del esfuerzo y del espectáculo en su dimensión más opulenta. La capital del Reino Unido ha ofrecido, con disciplina inglesa, la grandeza de este magno acontecimiento seguido por millones de personas y que ha aglutinado a más de 10.500 deportistas que representan a 204 países, compitiendo en 302 finales de los 26 deportes que conforman en cuadro olímpico.
Han sido diecisiete días en los que se han vivido momentos para el recuerdo, fraguando hitos que se recordarán en el futuro. Principalmente, los propios británicos tardarán años en olvidar esta gesta. Nadie, salvo ellos mismos, esperaban que los británicos despegaran en el medallero de una forma tan rotunda como lo han hecho, cobrándose diez metales dorados más que en Beijing, acentuando el hecho de que si la dotación se vuelca en el apoyo al deporte, la consecución de un puesto de privilegio en el palmarés está más que asegurado. Sucedió algo parecido en Barcelona’92 con España. Nunca estaremos a ese nivel. Por mucho que soñemos. En este caso, los británicos han logrado algo histórico, ser terceros en el medallero por debajo de Estados Unidos y China, los países más ricos del mundo. Si hay dinero, hay medallas. Las sensaciones transmitidas dejan esta reflexión. No obstante, estos diecisiete días de deportes alternativos al fútbol, desde su inicio con la megalómana ceremonia inaugural dirigida por Danny Boyle como homenaje a la cultura su país, han dejado instantes que persistirán en la retina colectiva como emblemas visuales de unos juegos olímpicos modélicos que servirán como testimonio de superación imborrable.
Cuando miremos hacia atrás, evocaremos como “el hombre pez”, Michael Phelps, alcanzó la imposible cifra de veintidós medallas a lo largo de su ilustre trayectoria en la natación olímpica, al colgarse otros cuatro oros y dos platas, superando a la gimnasta soviética Larissa Latynina, que había conseguido dieciocho. Su última prueba los 4x100 metros estilos, patentizaron la superioridad de este hombre que pasará como un icono del deporte. También se encumbro como leyenda del atletismo Usain Bolt, adalid de la hegemonía jamaicana dentro de la velocidad. Sin traicionar a sus aspiraciones, pese a que había dudas sobre la duración de su potestad. Bolt ejerció de showman que no decepciona a sus seguidores. Sus brutales logros parecen meros trámites para el sprinter caribeño. Sus victorias en los 100 metros lisos en 9,63 segundos y los 200 en 19,32, ratificaron su autoridad y revalidaron su éxito de Pekín 2008. Sin embargo, una de las carreras más espectaculares fue la impresionante la victoria de los corredores jamaicanos de relevo de 4x100; Nesta Carter, Michael Frater, Yohan Blake y el propio Bolt pulverizaron ante el asombro del planeta el anterior récord situado en 37,04, dejándolo en unos increíbles 36.84. Alucinante. Tanto, como ver a Bolt discutiendo con uno de los jueces al querer llevarse de recuerdo el testigo de la victoria.
El estadio de Stratford también vivió de cerca otra de esas carreras perfectas que pasará a los fastos como una demostración de poder sobrehumana. El joven keniano masai David Rudisha logró cuajar una de las carreras de los 800 metros más apoteósicas vistas nunca, logrando bajar de la 1,41 con una plasticidad en sus zancadas que dejó boquiabiertos a los que presenciaron tamaña heroicidad. El destino hizo que Sebastian Coe, explusmarquista universal de la prueba y presidente del Comité Organizador presenciara el récord. Si ha habido un héroe local que se ha conseguido arrastrar todos los ojos hacia él, éste fue Mohamed Farah, que se acreditó como el hombre de estas olimpiadas al conseguir un doblete soñado (5.000 y 1.000 metros), convirtiéndose en el sexto hombre de la historia que consigue oro en dos pruebas de fondo en una misma competición. La persistencia del británico ante sus acosadores africanos fue también otra de las estampas más increíbles de estos quince días de ensueño.
Otros instantes que a buen seguro, serán recodados como destacados dentro de todos los muchos que ha dejado la capital británica, serán las lágrimas del dominicano Félix Sánchez, campeón olímpico en Atenas en 400 vallas y que recuperó su cetro ocho años después. O las de coreana Shin A Lam, bien distintas, al perder en esgrima una semifinal de forma injusta y que la tuvo más de una hora compartiendo el desconsuelo con un público entregado a la tristeza de la esgrimista. El reinado de Ye Shiwen en la piscina también produjo cierta controversia. La nadadora china certificó, a sus dieciséis años, el oro en los 200 metros estilos y un récord mundial en los 400 que batió nadando los últimos 100 más deprisa que muchos hombres récord. No así, la también nadadora estadounidense Missy Franklin, consiguiendo cinco medallas durante esta cita olímpica. No olvidaremos el patético espectáculo de esas ocho jugadoras de badminton de China, Corea del Sur e Indonesia que fueron descalificadas de los Juegos por perder deliberadamente sus partidos para obtener ventejas de cara a llegar a la final. El rostro de la veteranía lo puso Yelena Isinbayeva, que asumió el cambio de trono en pértiga al no poder coronarse por tercera vez consecutiva en unos juegos, así como lo exagerado de la celebración excesiva y contundente del lanzador de disco alemán Robert Harting. Sorprendió igualmente que Andy Murray arrollara a un Roger Ferderer que no pudo hacer nada ante la avalancha de tenis del británico o ver a un atleta paralímpico como Óscar Pistorius compitiendo en unos Juegos Olímpicos a pesar de su discapacidad.
Los juegos de Londres 2012 también pasarán a la historia por ser los primeros en los que todos los países incluyeron mujeres en sus delegaciones. Eso sí, la judoka saudí Wojdan Shaherkan cayó a las primeras de cambio y la atleta de 800 metros Sarah Attar quedó última. Precisamente, en la delegación española este apartado, el de las mujeres, ha sido el que ha cosechado los triunfos más importantes, síntoma de que los tiempos cambian y la paridad se desnivela hacia el mal llamado sexo débil. De las 17 medallas que ha conseguido España, once las han obtenido mujeres. Ha sido la culminación y licenciatura del deporte individual y colectivo femenino nacional. Las chicas han hecho grandes sus disciplinas y le han puesto la emoción y el arrojo que necesitaban los aficionados. Empezando por la doble medallista Mireia Belmonte, con sus dos platas, Maialen Chourraut, bronce en K-1, Marina Alabau, oro en windsurf, Maider Unda, bronce en lucha libre 72 kg., Echegoyen, Toro y Pumariega oro en Match Race:, medalla de oro y las platas de Brigitte Yagüe o Andrea Fuentes y Ona Carbonell en taekwondo y sincronizada respectivamente. El joven equipo waterpolo femenino de la mano de Miki Oca hizo vibrar con su arrojo y explosivo juego en la piscina llegando a una final en sus primeros juegos, así como la grandeza del balonmano femenino, apartado en el que fueron las dominadoras, haciendo afición y enganchando a nuevos seguidores con ese épico partido de dos prórrogas contra Corea del Sur que les brindó el bronce. Por supuesto, las diecisiete medallas no son, ni mucho menos, un fracaso. Pero saben a poco, en un año lleno de diplomas, quedando cuartos en ocho disciplinas. Por eso, los metales conseguidos por los chicos (Javier Gómez Noya, plata en triatlón, Joel González, oro en taekwondo, el mítico David Cal –único atleta español en conseguir cinco metales- con plata en C1 o las platas de Nico García y Saúl Craviotto) repusieron una inicial sequía que preocupaba a la delegación nacional en la villa, y aunque son meritorias, dejan en minusvalía un orbe deportivo español que aspira a ser una potencia mundial olímpica. Y esa progresión, exceptuando hace dos décadas, nunca termina de llegar. Tres oros, diez platas y cuatro bronces saben a muy poco.
Más allá de estos logros, en dos secciones tan ilustrativas como definitorias de lo que viene siendo y representando el éxito colectivo y que ha despertado el entusiasmo internacional son el fútbol y el baloncesto. La selección española de fútbol entrenada por Luis Milla acaparaba entradillas deportivas de televisiones y portada de periódicos. El reciente europeo sub-21 y sobre todo la consecución de la última Eurocopa por parte de la selección senior de Vicente del Bosque hacían prever un rutilante destello dentro de este deporte que monopoliza el interés el resto del año. Llegados con la Eurocopa de los mayores como escaparate del fútbol mundial, la selección de fútbol olímpica cayó a las primeras de cambio. No fue tan terrible, puesto que desde que Honduras acabara con el sueño olímpico de “La Rojita”, todas las miradas se centraron en deportes que simbolizan el verdadero espíritu de superación, la esencia del olimpismo. Una pena que en balonmano masculino cayera en cuartos de final de Londres por un gol en el último segundo ante el equipo francés o que los chicos de hockey hierba fueran apeados del campeonato por injusticias arbitrales o que en waterpolo nos quedáramos a las puertas de la gesta. Los que nunca fallan, los que hacen esperar una medalla segura en este tipo de citas es la actuación de esos ‘Golden Boys’ de baloncesto que tan mal han acostumbrado al público durante esta última década. Sin embargo, Londres entregó un ciclo de luces y sombras.
No hubo que esperar otros veinticuatro años para que la selección española de baloncesto pudiera volver a verse las caras en una final olímpica contra los USA, auténticos dominadores de la disciplina. Tan sólo cuatro años después de aquella gesta que estuvo a punto de terminar en oro, aunque si bien el camino fue más descafeinado y lleno de claroscuros, España se plantó en la final. Eso sí, sin encontrar la lucidez y el talento de antecedentes. Por un lado, porque su juego, siempre a la altura de las circunstancias, no irradió esa idoneidad que todos ellos atesoran, sembrando dudas incluso en esa derrota contra Brasil que vedaba la presencia de un ‘Dream Team’ norteamericano hasta la posible final que se consolidó finalmente y que tanto molestó a los franceses. Sin embargo, por otro, la selección de Segio Scariolo demostró su grandeza y unidad de las grandes citas, en ese partido definitivo donde el resultado 107-100 entregó el mejor partido de la cita olímpica en esta disciplina, obligando a los arrogantes y autosuficientes demiurgos del aro a presentar un esfuerzo extra, con choque de juego dinámico y a remolque de las embestidas españolas del equipo capoteando por el colosal Pau Gasol que estuvo a punto de tocar el cielo del Oro y que sirvió para recuperar todo el prestigio del que se dudó a lo largo del campeonato por las medallas.
Londinenses deben estar satisfechos de haber invitado al mundo a unos juegos donde el funcionamiento del complejo engranaje que supone un evento de esta magnitud haya estado realmente dentro de un estrato de excelencia. Todo ha funcionado como un reloj. La tecnología ha ayudado en su prueba de fuego a metodizar las decisiones y optimizar la parcialidad dentro de pruebas que avanzan con rectitud hacia la ecuanimidad, como la cámara subacuática japonesa para las pruebas de sincronizada o los petos electrónicos que miden la fuerza y la intensidad para la puntuación en las artes marciales. Las Olimpiadas siguen en su camino de profesionalización absoluta en favor del espectáculo y la completa mercantilización de la mayor parte de las elites deportivas. Algo que, sin duda, ofrece más competitividad y espectáculo.
Londres ha visto de qué forma la eclosión de los grandes nombres visten de gala el evento para deleite de los millones de aficionados que siguen esta cita multicultural y ecuménica. Como cada año, desde el país organizador se insiste en una frase acentuada hasta el hartazgo, este año de boca de Boris Johnson, alcalde de Londres, quien afirmaba que estos Juegos Olímpicos han sido “los más grandiosos que jamás se han visto en la Tierra”. Siempre lo son. Los próximos en Río de Janeiro, donde están a punto de desalojar a los vecinos de la favela Vila Autódromo, lugar en el que se construirá el Parque Olímpico que hace prever un suspense más que probable a la hora de optimizar la situación ideal para que la cita olímpica colme las perspectivas de todo el mundo.